Viaje en tren ─ Ángela Gaviria Piedrahíta

San Agustín, Colombia. Foto: Sara Gaviria Piedrahíta para Literariedad.

Presentamos un cuento inédito que muestra el absurdo de la vida, lleno de oscuridad y de luz, de la joven escritora colombiana Ángela Gaviria Piedrahíta.

Todo ha terminado, nos hemos acabado. Pero espera… Toda la noche la pasé esperando.

Virginia Woolf, Las Olas.

Por el momento, solo hubo oscuridad, y no fui capaz de pensar. Ni siquiera sabía si en verdad existía. Aturdido, desorientado, tal vez había dormido varios siglos, tal vez acababa de nacer. Traté de abrir bien los ojos para averiguar qué me había traído hasta ahí. Solo se escuchaban las ruedas de un tren, se sentían unos suaves empujones hacia adelante, y se olían respiraciones ajenas en el aire. Aún no lograba entender cómo funcionaba ese mundo, ni hacia dónde iba. A duras penas mantenía la consciencia, y ni siquiera ella hubiera ayudado mucho.

Ya ese momento se acabó. Un bache en el camino me hizo saltar y abrir los ojos a la fuerza. Ahora me ubico un poco mejor. Puedo notar algunos rayos de luz que surgen desde los lados, y aunque tenues, son suficientes para ver una cabina llena de distintas caras, reflejando el mismo desconcierto. Nos miramos. La superficie de sus rostros no refleja más que desconcierto. Ni siquiera abrir por completo las ventanas traería más iluminación.

Miro a mi alrededor, buscando más pistas. Nada indica hacia dónde se dirige el tren. Debe haber un destino, aunque no recuerdo cuál. Probablemente sea apenas una intuición sin fundamento.

—¿A dónde era que íbamos? —pregunto, entre sueño y sueño, sin confiar en que alguien responda. Espero con ansias la respuesta que he buscado desde un inicio. Nos miramos unos a otros, y prestamos atención. El roce de las ruedas con el carril salió es la única respuesta. Cualquier otra quedaría ahogada en el ruido, incluso si alguien se atreviera a formularla. Simplemente habrá que seguir la vía.

Casi al instante, han vuelto a dormir, y sueñan con llegar pronto. Se nota en el sosiego de sus rostros. Vuelvo a cerrar los ojos también, sin que importe. Giro la cabeza a un lado. A otro. Me rindo. La incertidumbre ya me dejó alerta.

Busco a tientas la ventana, deslizando mis dedos por las paredes. Aquí está la cortina. Espero que no les moleste a los demás pasajeros si la abro. De todas formas, están medio despiertos, medio dormidos, pero en ningún lugar.

Por la ventana, miro las estrellas y las luces de una ciudad a lo lejos, apenas visibles. Parece medianoche. En otra vida, he madrugado cada día a ver el mismo sol, en lugar de pasar en vela junto a las estrellas. El frío de la noche, el estremecimiento, y la sensación de vacío al mirar al cielo… Toda sensación se intensifica. Con los primeros soplos de luz del amanecer, las estrellas se irán extinguiendo, una a una, hasta que no puedan resistir más la luz, y entonces todas habrán desaparecido, a todas se las tragará el sol. Una vez entrado el día, pocos recordarán.

No quiero creer, si acaso eso sirve para evitar la angustia. Más que su propia fugacidad, me revelan la mía. Había estado tratando de olvidarlo, y ellas me recuerdan que a mí me pasará lo mismo. Entiendo entonces la confusión de los primeros instantes, y ahora la angustia creciente por no querer despertar. Si las estrellas desde acá apenas son un destello, ¿qué seré yo? Si ellas apenas durarán una noche, ¿cuánto tiempo tendré yo?

Mi cuerpo va a despertar, me olvidará, y esta noche será un parche en su vida, un abrir y cerrar de ojos. Ya lo veo levantarse, al amanecer, y seguir su otra vida, que se cree un tanto más real, un tanto más duradera. Con suerte, guardará un par de escenas, por un par de minutos, y luego no habré existido. No quedará siquiera el arrullo del tren.

Pero por ahora estoy vivo, y finjo que lo estaré por siempre. Pero veo los pasajeros soñar, las estrellas centellear sin miedo, siento mis propios latidos. Solo será por unas horas, mientras dure el viaje. Cuando llegue el amanecer, nuestra vida, corta e inconclusa, se habrá acabado, y nunca nos volveremos a ver ni recordar. Pero vamos a estar satisfechos con nuestra vida, por corta e inconclusa que sea. Me digo, «la próxima noche podré renacer», a modo de consuelo, aunque sepa que no será así, y mañana ya no sea yo.

Ahora, tratando de desviar mi atención y olvidar el fin por un momento, bajo mi vista de las estrellas, y miro al frente. A través de la ventana, y aunque es de noche, se ven paisajes que también me gustaría admirar, pero que pasan tan rápido como pasará esta noche. Infinitas imágenes corren sin que tenga tiempo de apreciar los detalles. Apenas son un trazo corrido. A través de la ventana, todo viene y se va, viene y se va. Los paisajes se me escurren, las estrellas se mueven; el tren sigue avanzando. Pasamos de largo. Solo se queda el camino, mientras el exterior se queda en su lugar, y al mismo tiempo, huye de mí. La velocidad hace que todo afuera se difumine, y esta cabina hermética es de nuevo el único lugar donde puedo confiar en mis sentidos con un poco más de certeza. También el único donde habrá comodidad. Me reclino en el asiento, extiendo de nuevo la cortina, y cierro los ojos. Habiendo aceptado que será una única noche, me conformo. La idea de llegar pasa de angustia a calma. Voy a dejar que me lleve. A fin de cuentas, solo se trata de esperar.

No me di cuenta. La luz se va haciendo más fuerte, incluso a través de la cortina. Tiro de una esquina para mirar. El cielo ya se ha teñido de tenues pinceladas amarillas, y las estrellas más débiles mueren, mientras otras todavía se resisten. Ya casi.

Ahora alcanzo a ver nuestro destino. No es nada nuevo; yo sabía a dónde íbamos a llegar. Pero ya no es un delirio que las estrellas me inspiran, sino un hecho. Y sonrío al ver que los demás siguen durmiendo de la manera en la que mejor pueden acomodarse, con la cara enterrada en los brazos. Me gustaría ver cómo podrían reaccionar si vieran lo que yo estoy viendo. Sería caótico, pero entonces no habría nada por hacer, y ellos tendrían que enfrentarse a lo que se han dedicado a evitar toda su vida.

Respiro hondo y aguardo. Los pasajeros van despertando cuando la luz se escurre por entre la cabina. Miran su alrededor, se estiran un poco, caminan torpemente por la cabina. Una joven es la primera, después de mí, en abrir la cortina de una ventana, y encontrarse con lo que yo llevaba varios minutos contemplando. Queda paralizada. Me mira con desesperación, casi con furia.

—¿No ves?

Yo asiento. Algunos ahora están gritando, y despiertan a los demás. Yo miro de nuevo hacia el abismo. Igual, no hubiera logrado nada. Nos hemos pasado la noche temiendo despertar, mirando por la ventana, esperando. Pronto, toda nuestra vida dará igual. Apenas soy el descanso de una vida más real que yo mismo, lo reconozco.

—Ya no hay nada por hacer —digo, sin alterarme.

«¡Vamos a morir!» Esa sentencia, una revelación que acaban de conocer, se esparce con un grito desesperado por entre los pasajeros. Revoloteaban de un lado a otro, como insectos buscando una salida. Vamos a morir. Y en este punto, parar el tren no es una opción viable. Hemos estado muy preocupados por descansar antes del largo día de trabajo que sigue, cuando despertemos a nuestra vida real. Pero no seguirá ningún día más. Y lo hemos sabido muy tarde.

—Vamos a despertar

Por mi parte, espero a que lleguemos al abismo en unos minutos. En los últimos minutos de este viaje, ya soy capaz de mirar hacia el horizonte y sonreír, sin miedo. ¿Qué otra cosa hacer si un callejón sin salida es la única vía? Todo tipo de gritos no lograrían detener el tren. Sigue avanzando.

Me alegro, porque el final viene. Simplemente observo el fin, como un condenado, que luego de años de esperar su juicio en una celda, se alegra por ver el día, aunque eso signifique que vaya a morir. Me tiro así, en paz, a esperar que el final me alcance, y por fin nos encontremos. No hay nada más qué hacer. Apenas somos un sueño, que espera que el amanecer lo asfixie. Y solo esperamos a que venga, a que nos lleve, a que nos arrastre fuera de este mundo. Recuerdo todo el viaje que hemos hecho, y todo el recorrido de más que podría estar esperándonos al otro lado del abismo. Pero esto sería otra historia, que nosotros no viviremos.

Los pasajeros sueltan chillidos por todo lo que les hubiera gustado hacer, y que será imposible en unos segundos. Pero es inevitable: todo seguirá su camino. El tren se convertirá en ruinas, la caída nos va a despertar, y nosotros, que una vez fuimos sueños anhelados, en segundos nos dejarán morir. Mañana, en otro mundo, todos van a decir que no han soñado nada.

Todo se va desvaneciendo. Miro a los ojos negros del abismo, y una vez más hacia las estrellas. Ellas tampoco temen. Saben que en poco tiempo darán paso al sol. Siento pena por ellas. Lentamente se van haciendo más tenues, hasta apagarse del todo. Las estrellas se desvanecen, el abismo se acerca cada vez más, la luz me llena la vista… La espera se acaba.

Finalmente, un grito largo y ensordecedor, un vacío infinito en el cuerpo. Las sensaciones se vuelven más reales, los pensamientos se aceleran. Caemos. Mientras ellos miran hacia abajo, yo miro hacia el sol. Las estrellas se funden, el sol se derrama. La luz nos inunda. Para el mundo, el amanecer es comienzo; para nosotros, es un fin. Pero el sol nace, y la vida sigue su curso. Los sueños se caracterizan por ser efímeros y absurdos. ¿Pero no es la vida igual de efímera, igual de absurda?

Mi vida fugaz ha acabado, y se desintegra en un nuevo día. Ya amanece, ya mi cuerpo despierta con la caída. Lo único que veo es luz.


Angela-Gaviria-PiedrahitaÁngela Gaviria Piedrahíta. Terca, torpe, e indecisa, como una polilla. También es habitual colaboradora de nuestra revista.

Literariedad

Revista dominical que asume la literatura, la poesía, el cine y el teatro como calles, lugares de encuentro y desencuentro. ISSN: 2462-893X.

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