Un encuentro con el nómada

Foto: Helen Lister

Creo que fue una polaca la que me acercó a la obra de Nikola Madzirov. Lo que me relató en aquel entonces, digamos, en el 2012, aunque pudo ser antes, o después, debió ser un poema del macedonio, un poema que en mi memoria todavía se confunde con las sensaciones de Beata, que era el nombre de aquella mujer. Me dijo que mientras Madzirov leía un poema que se titula No sé ella realizaba un viaje de vuelta a su natal Polonia, me dijo que mientras ese hombre desconocido leía ese poema, ella derramaba lágrimas porque el espacio que mediaba entre ella y su niñez era demasiado amplio y que era como si se hubiera abierto una brecha allí mismo en la sala de lectura, y me dijo que había sido como si por aquella rajadura en el vacío se hubiera colado un mundo en este mundo, como si un mundo usurpara el espacio de este mundo, como si los colores y la temperatura se hubieran desplazado para dar cabida a ese otro mundo que se encontraba en otra parte, o que, tal vez, se encontraba presente, pero que ella no había visto.

Uno o dos años después, pero en materia de libros el tiempo no importa, estaba haciendo mi acostumbrada rabdomancia por los corredores de la infame Feria del Libro de Bogotá, y me encontré con un libro de la editorial Pre-Textos, de la Colección Cruz del Sur, el título: Lo que dijimos nos persigue de Nikola Madzirov. Lo compré porque no pude hurtarlo. Me senté por ahí y lo leí. Al día siguiente, lo leí de nuevo, y así sucedió por espacio de varias semanas. Leí ese libro una y otra vez como si no fuera posible otra poesía o como si leyendo ese libro me hubiera sido posible alargar la mano y rozar la nefasta historia de los penitentes del mundo o, mejor, como si me hubiese sido dado alargar la mano y meterla en el sueño de los demás para luego sacarla empapada de visiones ajenas, visiones que no me pertenecían, que todavía no me pertenecen, pero que me abordan como si fueran mías.

Nikola Madzirov nació en Strumica en 1973, pero pudo haber nacido en 1919 o en 1943, o en 1962, o en 1949, y pudo haber nacido no en Strumica sino en Bogotá, a la vuelta de mi casa y haber igual escrito:

Estamos lejos como una pelota que ha fallado el tiro

 y se va hacia el cielo, vivimos

como termómetros que se necesitan sólo cuando

los vamos a mirar.

Madzirov es un apellido que la familia de Nikola adopta por el camino del exilio al que los empuja la guerra. Quiere decir nómada. La doble errancia del significado me mantiene cautivo todavía; ser un nómada por efecto de la guerra, ser nómada porque esa es la condición humana, porque primero fuimos nómadas, porque lo seguimos siendo, porque a nadie se le escapa que somos sólo forasteros de la vida, que traemos nuestro peso y nuestro volumen y que no lo podemos dejar por ahí, que tenemos que llevárnoslo, después de todo. Madzirov lo escribe así:

Por el abrazo de la esquina entenderás

que alguien se va a alguna parte. Siempre es así.

Vivo entre dos verdades,

como una luz de neón que vacila

en un pasillo vacío. En mi corazón cabe

cada vez más gente que ya no está.

Madzirov bien puede ser un campesino de las comarcas de Boyacá o del Cauca, un campesino que se mueve de aquí para allá huyéndole a los fusiles de la guerra civil colombiana que no termina. Un campesino que espera que esa profunda noche que nos desvela se resuelva de una buena vez, no para volver a su comarca, puesto que para eso sirve mejor la poesía, sino para poderse echar a dormir tranquilo, como cualquier criatura venida de la tormenta de la historia.

Roberto Segrov

No dormimos esa noche. Ni los médicos, ni mi madre. Tampoco yo, cuando supe, era demasiado tarde, ya había nacido. 1 de Mayo de 1980. Lo siguiente que recuerdo es estar sentado en la sala de mi casa con nueve años. Leía a Kafka y me desconcertaba con La transformación. El mundo se conmocionó, habían volado el edificio del DAS. Aquello me marcó para siempre: Literatura y Violencia y la forma en que ambos discursos modelan nuestra identidad, no solo la colombiana (por demás ilusoria), sino, la humana. Como Borges, no me envanezco de lo que he escrito sino de lo que he leído. He encontrado la forma más eficaz de conjurar la violencia existencial, primero, las artes marciales, luego, la literatura. En mi panteón de dioses tutelares, como para Roberto Bolaño, Borges es Dios, de ahí para abajo, en un orden perfectamente anárquico están Hemingway, Clarise Linspector, Kafka, Emily Dickinson, Sábato, Carolina Sanín, Clarice Lispector, D.F.Wallace, Flannery O'Connor, Faulkner, Katherine Mansfield, Lovecraft, Poe, Ásimov, Cortázar, Rulfo, Saer, Bolaño como cuentista, Fredy Chikangana, Bolaño como poeta, Bolaño como novelista, Bolaño como actor porno y como vago. Desprecio la literatura colombiana a no ser que el escritor lleve por nombre García Márquez, Fuenmayor, Rojas Herazo o Marvel Moreno. En el cine soy omnívoro. En la música, adicto ecléctico con tendencias al metal finés y al Death Metal Melódico de todo pelaje.

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