«El grito vagabundo», un cuento de Albeiro Montoya Guiral

De la colección Antihéroes. Ilustración/Fotografía digital de Susana Blasco.

 

A veces las familias se divierten en Navidad mientras tienen a sus muertos escondidos en un pozo. Esta pareciera ser la premisa de este cuento de Albeiro Montoya Guiral que les presentamos en nuestra edición de diciembre.

 

Por: Albeiro Montoya Guiral

 

He matado a un hombre. Nunca pensé hacerlo, nunca imaginé que un día mancharía mis manos de sangre, de forma indeleble. Me parte el alma pensar en arrepentirme, porque es algo que deseo con profundidad pero, a la vez, no dejo de pensar en mi hija, en lo que ese salvaje le hizo, y no me siento culpable. La culpa es un roedor que va dejando las migajas del espíritu al pie del sueño, un roedor incapaz de abrir mi corazón. Nunca pensé, además, que mi familia me encerraría en este aljibe abandonado. Cuando bajaba a esta oscuridad supe con gran pesar que no volvería a ver la luz. Estoy condenado a muerte.

Pronto será la medianoche, y siento que será la última vez que aguardo su llegada. No sé cuántos años llevo aquí. Hasta ayer esperaba el silencio. Hoy espero dormir por última vez.  No me perdonan el hecho de matar un hombre, por amor, tal vez… Antes yo no hubiera perdonado cosa semejante. Ahora son mis manos las que sudan esa vergüenza, y debo decir que siento merecer la libertad, la continuación de mi vida. Quisiera salir y sentarme a la mesa con mamá en este veinticuatro. Qué sé yo, probar la natilla, brindar con una copa de aguardiente amarillo y sonreírle a los invitados a la fiesta. Desde la radio me llega una canción triste que todos habrán de estar bailando.

Alba. ¿Podrás perdonarme? Es una pregunta que creo no será respondida. Es una pregunta estúpida de alguien que se habla a sí mismo en el fondo de un aljibe. Y saber que días antes de lo sucedido estabas tan feliz. Te di las buenas noches en tu habitación. Suspiraste. «Qué tienes», te dije. «Nada», dijiste. Pero volvieron los suspiros. Estabas temblando. Yo tenía el pecho como el de un colibrí en pleno vuelo. Te pregunté si te había sucedido algo malo y echaste a llorar y tus palabras me hablaron del trabajador de la finca que te esperó en el camino de regreso de la escuela y te metió a los cafetales. Sentí que me moría, sentí al escucharte que te mentí cuando te dije aquella vez: pequeña, no estás sola, se va mamá, yo te cuidaré, seré tu padre y tu madre de ahora en adelante, no estés triste, no llores, amanecer de mis montañas.

Al día siguiente no saliste de tu habitación. Nunca más saliste.

Si alguien pudiera escucharme. Si a mi lado alguna presencia milagrosa respirara. Si alguien tomara mi mano y me dijera que todo estará bien. ¿Cuántas veces lo hice? ¿Cuántas veces tomé la mano de un amigo deprimido y le pedí guardar la calma porque mejores tiempos vendrían? Si pudiera salir de aquí y oler más allá el aire limpio, las flores. Pero sé que estoy solo, y mi soledad es abismal, porque estoy conmigo mismo. Y la medianoche se empieza a extender por las llanuras de mi desesperación.

Pronuncio estas palabras para mí. Nadie puede escuchar a quien está muriendo. Maté un hombre. Aun así no me arrepiento de nada. Llevo toda mi vida aquí (puedo decir toda mi vida, pues va a terminar). Moriré por haber defendido a una criatura indefensa de una afrenta imperdonable. ¿Tendré perdón por este crimen tan hondo como este pozo?

¿Alguien me extrañará con la fuerza que me gustaría extrañarte, Alba, si hubiera vida más allá de la muerte? De la radio me llega la música de nuevo: «Yo quiero pegar un grito y no me dejan». Hace mucho tiempo estoy encerrado en esta oscuridad, hace mucho tiempo, como tú, estoy muerto.

 

Albeiro Montoya Guiral

Autor de los libros «Una vida en una noche», «Celebraciones» y «El aprendiz de tahúr». En Twitter: @amguiral.

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