Queridas familias desastrosas — Daniela Gaviria Piedrahíta

De la colección Antihéroes. Ilustración/Fotografía digital de Susana Blasco.

Daniela Gaviria es una coleccionista de datos increíbles (inútiles, dice ella misma), una erudita como las de antaño; le gusta hacer listas de calidad (no por nada es quien hace las playlists en Literariedad) llenas de humor, anécdotas exóticas y hasta de misticismo.  Dentro de la edición de diciembre nos trae una «lista caprichosa y azarosa, sin un orden específico», de las familias más recordadas de la literatura, tal vez por lo entrañables y terribles.

 

Por: Daniela Gaviria Piedrahíta

Leon Tolstoi abre Anna Karenina diciendo que las familias felices son todas iguales, mientras que las familias infelices lo son a su propia manera. Aunque mucha gente feliz y bien adaptada podría decir que esta afirmación es sólo una mentira de la gente miserable para sentirse especial, las nociones tradicionales de la perfecta familia feliz son bastante estrechas. Estas podrían ser un ejército de clones de gente bonita y alegre, con hijos rubios y un perro, que tanto plagan las películas familiares y todas mis pesadillas. Estereotipos cinematográficos aparte, atinarle a la felicidad no sólo propia sino colectiva es una misión complicadísima que incluye el cuidado de demasiados detalles. Mientras tanto, las familias desastrosas no tienen por qué acogerse a cánones de paz y orden. Por el contrario, tienen más libertad para ser horribles, pues lo monstruoso nunca ha tenido límites tan limpios y definidos como lo aceptado, lo bondadoso y lo luminoso.

La bondad tiene pocas posibilidades, mientras que con lo horrible la variedad es casi infinita. Toda esta diversidad de mezquindad humana podría llamar más la atención que las familias hermosas y bien puestas, como fantasías domésticas de la posguerra americana. Los humanos estamos a medio armar toda la vida, y nos apoyamos en seres iguales desde que nacemos, pero sonreímos para las fotografías de los cumpleaños y saludamos a los parientes que nos caen mal. Somos criaturas domesticadas a fuerza de necesidad, y la armonía y la felicidad no siempre se nos dan bien.  Pero si hay algo en lo que las personas demostramos talento, creatividad e innovación, es en ser desgraciados.

Ahora bien, si pudiéramos organizar unos Juegos Olímpicos de familias disfuncionales, la literatura nos presenta dignos competidores, capaces de ensañarse hasta la muerte empuñando pasivo agresividad, crianzas aterradoras y parentescos confusos.  Como la felicidad no tiene por qué ser cuestionada ni protestada, se ha escrito bastante sobre cosas turbulentas y difíciles de digerir. Y las interacciones con otros humanos, particularmente con quienes tenemos más cerca desde que somos seres frágiles y vulnerables, son a menudo motivo de caos. Las relaciones que construimos (o no) con nuestros parientes y las ideas que nos hacemos al respecto de estas figuras, bien podrían ser el origen de al menos la mitad de los líos de la humanidad. Bien lo saben las deidades griegas y cualquiera que discuta opiniones políticas en medio de una cena familiar.

Para sentirnos ya sea aliviados por comparación o identificados en sus cuestionables dinámicas fraternales, escogí seis de mis familias horribles favoritas. Y como todas las listas y escogencias, esta es caprichosa y azarosa. Una lista sin un orden específico, pues todas las personas (ficticias o no) deberían tener el derecho de creer que su vida familiar en particular, es la más caótica del mundo.

 

1. Los Buendía ― Cien Años de Soledad, por Gabriel García Márquez

El carácter de todo un pueblo en una estirpe condenada. Las generaciones de los Buendía se suceden en tiempos cíclicos e inescapables de incestos, guerra, hechos confusos, pasiones violentas e incertidumbre; hasta por fin sucumbir a su destino trágico. En esta familia, el principio y el final es el mismo: lo irremediable.

 

2. Los Karamazov ― Los Hermanos Karamazov, por Fyodor Dostoevsky

Cuando en un espiral de venganza algún hijo decide matar a garrotazos a su padre, se intuye que las relaciones familiares son menos que ideales. Tres hermanos de dos matrimonios diferentes, de temperamentos y opiniones dispares, crecen como pueden al margen de un padre despótico y con poco interés en nada que no sea él mismo. La familia, que poco se conoce se reúne para discutir sus derechos a la herencia: líos fraternales y económicos son receta para el caos. Para completar el panorama, el hijo mayor y el padre, de temperamentos parecidos, se encaprichan con la misma mujer. Las relaciones entre los hermanos y su padre son complicadas, contradictorias y violentas; lo que es la oportunidad perfecta para largas discusiones sobre dios, la moral y la libertad. Y aunque los hermanos representan de forma bellísima el cambiante clima político y moral de la Rusia que le tocó presenciar a Dostoevsky, no hay discusión filosófica que me animaría a cenar en casa de los Karamazov.

 

3. Los Lisbon ― Las vírgenes suicidas, por Jeffrey Eugenides

Cinco hijas hermosas, una familia nuclear tradicional, clase media americana, un vecindario suburbano, el fin del verano, juventud intoxicante. Todo pareciera ir bien con los Lisbon, hasta que una a una todas las hijas mueren. La presencia de las hermanas Lisbon en la novela se siente casi como una aparición, como si fueran seres gaseosos, que son desesperadamente atajadas a la tierra por sus padres y los techos de sus cuartos. La cotidianidad asfixiante de las relaciones familiares se va cerrando en torno a las protagonistas, en medio de una melancolía tibia y acogedora.  Los Lisbon son una familia amorosa y quieren el bienestar de sus hijas a cualquier precio, incluso cuando lo que está en juego es la vida misma. El ánimo protector de los padres vuelca el peligro hacia adentro. Las chicas están a salvo del exterior, pero la amenaza nunca estuvo en el mundo. Y como lectores, sólo podemos observar por las ventanas a la familia Lisbon que se desliza suavemente hacia el desastre.

 

4. La de Hamlet ― Hamlet, por William Shakespeare

Algo se pudre en Dinamarca. ¿Ser o no ser traicionado por tu propia familia? Esa es la cuestión. En un confuso complot de venganza y poder, el trono está vacante. Y mientras el joven príncipe intenta distinguir realidad de sueño, en su hogar hay envenenamientos, acuchillamientos y  fantasmas que claman por venganza; arrastrando a todos los involucrados en un rápido espiral hacia la locura. En esta obra los acontecimientos familiares tienen conteo de muertos. Por favor, que alguien salve de Shakespeare a los personajes de Shakespeare.

 

5. Los Thénardiers ― Los miserables, por Victor Hugo

No sería una novela del querido escritor romántico Victor Marie Hugo, sin gente horrible que sufre y hace sufrir. Victor Hugo sería capaz de imprimirle carácter y profundidad incluso a las alcantarillas de París (y, de hecho, es justo lo que hace) y esta familia de posaderos caídos en desgracia, no se queda atrás. Victor Hugo representa en ellos todo lo que consideraba estaba mal con la gente común que, de naturalezas nada extraordinarias, con un poco de provocación tienen toda la capacidad de ser monstruosas. Pertenecientes a una raza de seres defectuosos, los Thénardiers son mezquinos corruptos y mediocres. A pesar de sus pocos escrúpulos al intentar escarbar riqueza donde fuese, sus esfuerzos no los llevan muy lejos porque «no basta ser malo para prosperar». Aunque comienzan el libro como una familia medianamente acomodada, los padres arrastran lentamente a sus hijos a la miseria y el crimen de París. Esparcida por la ciudad y sobreviviendo cada uno por su cuenta, la familia se las arregla para ser decisiva en los sucesos de la novela, aunque no para mucho beneficio propio.

 

6. La de Jane Eyre ― Jane Eyre, por Emily Brönte

Las cosas comienzan mal para Jane Eyre cuando se le ocurre ser una niña huérfana en la Inglaterra del siglo XIX. La familia de su tío la trata con desprecio y crueldad y las cosas no mejoran cuando Jane va a parar a un orfanato. Su fuerza personal la lleva a sobrevivir y a hacerse cargo de su propio destino, contra las expectativas de los demás y hasta sus propias posibilidades. Además de buscar libertad y autonomía, Jane se la pasa intentando construir algo parecido a una familia, cosa que añora desde el principio.  Primero con su tía y sus primos,  luego con sus compañeras en el orfanato y más tarde en la casa del señor Rochester, para quien va a trabajar.

La idea de pertenencia y a la vez de radical libertad es transversal a toda la historia, en particular cuando Jane se convierte en institutriz en la mansión de Thornfield. Esta es una casa misteriosa, con inesperados huéspedes en el ático, diversiones extrañas en las fiestas hogareñas y relaciones fraternales complicadas. Y, además, está el carácter fuerte y difícil del señor Rochester, quien no logra asustar a Jane a pesar de que lo intenta. Al final Jane logra ser aparentemente feliz encontrando un hogar y una familia. Esto a pesar de que las relaciones que crea en la mansión de Thornfield son de marcada desigualdad y bajo estándares modernos, sería cuando menos cuestionable.

 

¡BONUS!

Literalmente todas Canción de hielo y fuego, por George R.R Martin

Para ser una serie de libros que se ufana de su realismo y autenticidad, las relaciones familiares se tornan violentas y disfuncionales hasta niveles fantásticos. Las familias que protagonizan las tramas principales podrán estar en guerra abierta entre sí, pero las batallas  se quedan también en las salas de sus castillos. Desde bromas infantiles hasta parricidio y venganza pirómana, podemos encontrar todos los sabores de la crueldad. De seguro todo esto era normal en la Europa medieval que tenemos en la cabeza: caprichos adolescentes que terminan en décadas de guerra, hijos bastardos, hermanas rivales, incesto, las reliquias familiares que se convierten en dragones malgeniados. Todo muy realista y entrañable.  Lo que sí es seguro, es que no todas las familias tienen planes de aniquilarse entre sí para conseguir el dominio total de un continente. Y por ese detalle deberíamos estar aliviados de que los dioses viejos y nuevos que rigen el destino de Westeros no son reales.

Daniela Gaviria

Me gustan las cosas inútiles. Pacifista y eternamente enojada. Espía de museos. Siempre quiero estar en otra parte.

3 comentarios sobre “Queridas familias desastrosas — Daniela Gaviria Piedrahíta

    1. Excelente felicitaciones uds son una famili de verdad muy culta .para mi es nuevo todo lo que he aprendido de ud y sara
      Muchas gracias

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s