«Maternidad», un cuento de Santiago Sepúlveda

Experimentos con fachadas de Pereira. Collage digital de Thanna para Literariedad.

 

Presentamos en nuestra edición de diciembre un cuento inédito de Santiago José Sepúlveda Montenegro, sugerente, poético y, podría decirse, filosófico. Sus imágenes conmueven, sus preguntas inquietan y trastocan lo cotidiano, su atmósfera consterna; mejor dicho: no hay palabras para presentar su originalidad.

 

 

Por: Santiago José Sepúlveda Montenegro
Arte: Thanna

 

Anoche tuve un sueño en el que parí un hijo. Me recosté contra la pared fría de un callejón, y sentí cómo me rasgaba para darle paso a un cuerpecito que pataleaba. De mí salió la cabeza y luego salieron los hombros, los brazos y el pecho, la cintura, las piernas, los pies. Era un bebé sin sexo, sin madre, sin futuro. Tenía la piel enrojecida, pero no por mi sangre derramada. Tenía la piel enrojecida y yo puse sobre ella mi mirada, amando esa piel frágil como si no fuera un sueño, sino la vida. Lo tomé entre los brazos y lo sostuve contra el pecho. Era un bebé sin rostro. En él podría imaginar cualquier imagen, podría nombrar su ser con cualquier nombre. ¿Qué es lo que se nombra cuando se nombra? ¿Podía nombrar un cuerpo sin rostro? Allí, contra el pecho que le ofrecía como refugio, el bebé era silencio.

La debilidad en las piernas me hizo recostar en el suelo. No expulsaba líquido ni sangre ni tenía restos de placenta entre los muslos. No había cielo, pero sabía que estaba a la intemperie. El vientre tenía la apariencia de un globo desinflado, que rápidamente recobró su tersura original. Yo miraba hacia delante entre las piernas extendidas. Podía sentir cómo el dolor cedía después del parto. Me puse de pie. Podía caminar. Casi no tenía remanentes del embarazo. Nuestros tiempos eran tiempos diferentes. El cuerpo que yo habitaba en el sueño regresó a su bienestar, a su fuerza. El del bebé no cambiaba. Tan solo movía los brazos y las piernas y me mostraba un rostro vacío, envuelto en la bruma del anonimato.

¿Cuáles son los atributos de la identidad? ¿Por qué a mi hijo le era negado un rostro? Observar en el sueño un cuerpo sin identidad, o mejor, un cuerpo cuya identidad es la ausencia de atributos, hace que ahora me pregunte quién me inseminó el cuerpo. ¿Quién plantó en mí la semilla que me haría parir dentro de un sueño? El embarazo terminó cuando empecé a soñar. ¿Estuvo siempre embarazado el cuerpo? ¿O quizá fui yo quien estuvo todo este tiempo en ese estado y no el cuerpo que despierta y se mira a sí mismo, confirmando que comienza la vigilia? Si parí en el sueño, ¿parí?

Al despertar, no pude levantarme enseguida. Abrí los ojos y los volví a cerrar por la incómoda luz de la mañana. El tiempo lineal de mis días hizo que cobrara consciencia del lugar en el que estaba, que recordara que atrás quedaba el viejo día y delante la mañana. Di vueltas, me cubrí de nuevo con las cobijas hasta que el sueño que había tenido comenzó a derramarse en la vigilia. Sus rezagos me ataron a la cama, y la inmovilidad me llevó a investigar la imagen del bebé sin rostro. Mi madre ya había salido para entonces. Mi padre ya hace mucho se había ido de casa. Investigué más con la intuición que con la razón, y recordé que en el sueño había una madre que tenía un hijo y un rostro, y que su hijo tenía un nombre y un rostro. Yo nunca me miré al espejo en el sueño. Nunca dije mi nombre en voz alta. Nunca me miré las manos para reconocerme, pero sabía que era yo. En el sueño observé a la madre y me pregunté qué hacía en mi sueño de la descendencia sin rostro. Me pregunté por qué había querido soñar una madre y un hijo que no hacían parte activa de lo que me estaba pasando. ¿Por qué no bastaba mi historia, la historia de mi parto? ¿Acaso estaba ahí para confrontarme? ¿Estaba ahí para confrontar a su hijo con el ser que yo acababa de parir?

Me miró con altivez desde el segundo piso de un edificio. Yo parí en la calle. Parí en medio del abandono, rasgándome sin que nadie estuviera ahí para cuidar mis heridas. Ella, por el contrario, no estaba sola. Yo sabía que había quien la acompañara, que había quien la cuidara y cuidara de su hijo. No era necesario ver a nadie más en el sueño. Era suficiente con ver su gesto de altivez, como si saberse cuidada la hiciera superior a mí.

Caminé hasta una lona que estaba tirada en el callejón. Ahí puse al bebé. No lloraba. No emitía sonidos. Movía la cabeza de lado a lado, movía las piernas y los brazos y los dedos pequeños. Aún sentía el ardor de mis heridas, el desgarro de la piel que sanaba. Sanaba la piel, pero persistía la sensación del desgarro, de la sangre viscosa: una sensación diferente de una caricia o de un golpe que viene de afuera y entra por los nervios, abriéndose paso como un gusano que escarba, como un taladro que rompe, como un cuchillo que penetra, como la luz que entra y nos da la capacidad de ver. Era una sensación que venía de adentro, sin salir, como había salido de mí otro cuerpo. Lo único en lo que me reconocía al mirar al bebé, lo único que compartíamos, además de ser humanos, era la desnudez. Ambos cuerpos desnudos. Y las mismas preguntas: ¿quién me inseminó el cuerpo? ¿Por qué no había nadie que me acompañara? Y también, ¿por qué era un bebé sin rostro? ¿Qué me hacía diferente de él?

Me alejé unos pasos para observarlo. Lo observo al recordar. Los dedos mínimos, los piececitos pateando el aire. Observo el ombligo, sin un cordón que lo una a mí. Estoy de pie y observo la piel que se hizo dentro de mí. Observo las articulaciones que se doblaron por primera vez en el vientre que les dio un espacio para juntarse. Observo los dedos que se separaron en los líquidos que se derramaron entre mis piernas. Observo la cabeza y los hombros que me desgarraron. Sus huesos crecieron entre mis huesos, ¿o acaso sus huesos son mis huesos? ¿Acaso esa cabeza, ese cuerpo todo que salió de mí, es ya otro, aunque no tenga rostro? ¿Puede un grupo de huesos y carne y venas y sangre y tendones y grasa y bilis tener dueño? Las entrañas que lleva, ¿le pertenecen? Observo la cabeza. ¿Quién es ese que lleva el cuerpo que salió del cuerpo que habito? ¿Quién soy yo después de parir un cuerpo hecho de la sangre que me corre por las venas?

Si pienso en mi madre, pienso también en su madre, mi abuela. Y luego de pensar en mi abuela, pienso en la madre de mi abuela. En un instante pienso en todas las madres, que son mi madre. Madre solo hay una, dicen. ¿Se refieren a eso? Cada una de ellas pariendo un cuerpo al que en algún momento empezaron a nombrar. Cada una de ellas viendo un rostro nacer. Cada una de ellas escuchando el llanto de una voz nueva que empieza a perder la cualidad del anonimato. Cada una de ellas descubriendo lo que yo descubrí en mi sueño: nacer es condenarse, poco a poco, al fracaso. Cambiar lo posible por lo probable, preferir la vigilia sobre el sueño, nombrar el anonimato, gritar allí donde el silencio tenía lugar.

Observo al bebé sin nombre sobre la lona. Vuelvo a vivir mi sueño. Me recuesto sobre la pared de un callejón vacío. Abro las piernas. Siento la rasgadura, la herida, la sangre, los líquidos amnióticos, el dolor. Sale de mí un hijo. Paro. Paro un cuerpo sin rostro. Lo tomo entre los brazos. Lo acerco al pecho. La rasgadura me divide: soy mi nombre y el anonimato. El dolor no sana como el cuerpo. Queda vivo, enterrado en el tiempo. Yo avanzo. El dolor se queda. Puedo ponerme de pie. Camino hasta una lona. Sobre ella pongo el cuerpo que es el bebé que no es mi cuerpo. Observo. El vacío comienza a llenarse. Comienzo a nombrar el anonimato. ¿Quién ha plantado en mí la semilla de la vida? He sido yo mismo. He parido un hijo sin rostro que me mira sin ver y me confronta. Es todo lo que puede ser y yo no soy.

Santiago José Sepúlveda Montenegro

Autor de la novela Ayer terminará mañana, y finalista del VI Premio nacional de cuento de La Cueva. Fundador y organizador de 'Tómese un tinto con', ciclo de conversaciones sobre libros con sus autores en Café Nicanor y su Librería Hojas de Parra.

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