«Decir un día», de José Gregorio Vásquez — Freddy Ñáñez

Fotografía: Irena Kiełb.

 

Presentamos una reseña sobre «Decir un día», el último poemario del poeta venezolano José Gregorio Vásquez.

 

Por Freddy Ñáñez

Decir un día (Editorial Acirema, Venezuela-2018) es un libro aparentemente difícil de transitar por su tono luctuoso que se va aclarando poco a poco a través de un lenguaje fino y exigente capaz de deleitarnos con imágenes fuertes y el ritmo trepidante de una narración incumplida. Si debo definirlo, diré que se trata de una larga elegía que entraña dolor y lucidez en un mismo gesto. Decir un día no es una reflexión sobre la muerte: con toda certeza su proyecto es puramente poético, lo cual no significa necesariamente una tangente al pensamiento mismo que ha dado cuenta de la finitud de la existencia. Digo más: su poética procede de unos previos filosóficos que me devuelven a un libro supuestamente distante de la poesía actual: El ser y el tiempo. Sobre todo a la segunda parte donde inicia Heidegger su pregunta por la totalidad del ser: por su verdad.

Mi casa
Qué dice
qué oculta
qué llora
qué grita

Y yo me pregunto
en esta hora aciaga
qué es mi casa

De algún modo José Gregorio Vásquez se hace acompañar  de esa duda  y a la vez de esa noción de finitud que pretende dar cuenta no sólo de nuestra conciencia de muerte sino del peso de la muerte de toda metafísica. Es verdad que estas coincidencias con El ser y el tiempo son momentáneas pero en tanto que esenciales, operan dentro de la poemática de Decir un día como el espacio de su despliegue. Por ejemplo, la sospecha de que la nuestra es una existencia temporal e impropia hila y permite entender al poema como un todo. Es posible, por ello,recorrerlo de manera aleatoria, romper con la linealidad de todo discurso y suspenderse en la imagen de eso que en la jerga heideggeriana carece de forma. Que el ser es tiempo y es siempre un ser inacabado son  premisas que dominaron lo suficiente el siglo XX como para no estar impregnado de ellas incluso en el intento de su olvido:

Ando en el fondo del tiempo
y no salgo

Tarde regreso a mis viejas palabras
para decir lo poco que me queda

 

Más aún: la intuición según la cual ese estado de incompletitud no se da por falta de algo sino, precisamente, como cualidad del ser ahí en tanto que apertura a la totalidad —esa existencia en la que acaecemos como fracciones— parece darle más que ritmo y articulación a las estrofas del poema: le da un horizonte, lo obliga barruntarse un más allá. Lo que en Heidegger es una duda fuera del tiempo para J. G. V. es una respuesta urgente: la finitud implícita de todo ser es también una experiencia de posibilidad. ¿Cuál de ellas aparece en la promesa temprana del poema? El lenguaje. O mejor aún, la palabra poética como pura trascendencia:

La palabra vino siempre
de otras tierras
de lejanos lugares de otro tiempo

venía sin mí
sin mi recuerdo

una frontera indivisible
de la que he partido sin mí

La premonición de ser siempre un proyecto no es en la poética de J.G.V. una esperanza sosa sino un elemento constitutivo de lo irreductible. Decir es siempre el inicio de un combate y en este caso el enemigo no es el silencio tanto como el olvido.

No sé que palabras hay
si las hay
para invocarlas
en este momento
de infortunio

Quiero decir con ellas
el dolor de horizonte perdido
Y más adelante:
Hemos olvidado
la música secreta
de estas palabras

Acá toda la fuerza vital está vertida en la palabra por la responsabilidad del testigo, del ser en el lenguaje. Porque de eso se trata: nombrar la finitud es oficio de quien debe dar cuenta de la vida, del anhelo de totalidad. ¿Cuál totalidad?La inexistente, dicho de otro modo, aquello susceptible a la invención frente a lo inmanente: lo que hay. Lo que hay es vida y muerte, muerte y vida en una extraña unidad que sólo la presencia del hombre distancia, polariza. Y esta actitud testimonial que implica la entrada en escena del yo le otorga un valor estético superior a Decir un día que nos aleja, ahora sí, de las dubitativas enunciaciones teóricas: ya hemos dicho que el poeta no busca la verdad pero asume, a diferencia del filósofo, la tarea de responder a las preguntas. J. G. V. compromete en este libro el cuerpo—lo que leemos son cicatrices biográficas—se confiesa y dice sus pérdidas, enseña el luto encarnado y lo desnuda con metáforas. Y en ese transparentar la íntima letanía que todos somos; esas muertes se hacen legibles,respirables. No se puede hablar de la muerte sin hablar de uno mismo, es cierto,pero el logro de J. G. V. no es su presencia en el poema nada más, consiste en incorporar sobre todo su potencia: la potencia del yo es una singularidad que universaliza.

Quién de nosotros
podrá cargar esta osamenta
Quién de nosotros
podrá cantar esta historia

Yo nada puedo
en esta hora

Acá no hay teatralidad ni narración. Es verdad que por momentos el poema nos deja pensar que discurre, que irá —iremos— a un lugar diferente, que el luto es pasajero y se llegará a decir: se cumplirá la promesa, se realizará el poema. No es menos cierto que la voz cambia de lugar dando, por momentos, la ilusión de un personaje múltiple. Sin embargo, hasta el último verso no habrá movimiento ni desarrollo de nada, hasta entonces nos enteraremos de que estuvimos habitando unos ojos enamorados de las cosas inconclusas, de los bordes de la tierra, de la soledad de las casas, de la existencia sin historia, de la muerte que constituye a todo esplendor. La poesía es eso: una afirmación contemplativa frente al florecimiento de la finitud.

Qué me impide de mí
callar
El dolor circunciso de la agonía
el abandono
el exilio postergado

La contemplación es una invitación a detener el tiempo, a dilatarnos en el ser. No para evitar su muerte sino para experimentarla, captarla en su imposible. Es la valentía que nos demanda la poesía: no basta con hacer consciente nuestra finitud, la vida exige el coraje de contener ese derrumbe, celebrarlo incluso.Ser en él materia y verticalidad.

Se ha deshojado mi ahora
Se ha roto
Y no se ve

El nombre: la palabra que no se supera, que no ofrece un después sino la hondura del tiempo del decir, de alumbrar; que es el mismo —y único— tiempo de desaparecer,es toda la apuesta de Decir un día. Dar con el nombre exacto de eso que siendo un afecto es también vacío. La poesía es la única expresión humana capaz de detenerlo todo en su movimiento. Ese destello de eternidad, que me interesa y me basta, está presente en este libro,sin lugar a dudas.


José Gregorio Vázquez. San Cristóbal 1973

Poeta, ensayista y editor. Actualmente es profesor de literatura en la facultad de Letras de la Universidad de Los Andes (Mérida).

Ha publicado: Palabras del alba, Lugares del silencio, Ciudad de instantes, Bogotá siempre palabras, El fuego de los secretos, La tarde de los candelabros, Ingapirca, Cantos de la aldea, La noche del sol (Antología poética), Solamente el olvido y Mínimo esplendor.

Su labor como editor no es menos prolija. Como director fundador de la casa editorial La Castalia ha sido responsable de la publicación de la obra de José Manuel Briceño Guerrero y de la Antología del poeta ecuatoriano César Dávila Andrade entre otras obras fundamentales de la poesía latinoamericana.

Su presencia en la nueva poesía venezolana representa una comunión donde la tradición y la modernidad, juntas, dan paso a un fino y arriesgado gesto que se plasma en una obra sólida de relevante lugar dentro de las nuevas promociones de escritores venezolanos. Con «Decir un día» el poeta Velázquez nos ofrece un verso trepidante que nos eleva a los espacios de dolor y la muerte de cara a la afirmación de la existencia.

Literariedad

Revista dominical que asume la literatura, la poesía, el cine y el teatro como calles, lugares de encuentro y desencuentro. ISSN: 2462-893X.

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