La carta — María Juliana Alzate Ríos

Imagen: Tradescantia sp. Real Expedición Botánica del Nuevo Reino de Granada. CSIC.

Cuando hablamos de Selva, el tema de nuestra edición de febrero de 2019, no podemos olvidar la alta connotación violenta que esta tiene en Colombia, pues ha presenciado el horror y pocas veces ha conocido el silencio. En esta reflexiva narración que les presentamos María Juliana Alzate Ríos nos cuenta su viaje como voluntaria para llevar correspondencia casi anónima a excombatientes. A nuestro Comité Editorial se le traduce en esperanza y valentía.

 

Ut nihil non iisdem verbis redderetur auditum

Jorge Luis Borges

 

Iban a ser las siete y treinta minutos de la mañana cuando nos encontramos por primera y última vez. La sensación de vernos a los ojos, de escucharnos y de conservar cada minucia de aquellas soledades individuales, era similar a ver una sucesión infinita de espejos, una espiral descendente que conducía a ese espacio en negro en medio del estómago y la mente; visceral e indómita experiencia aquel encuentro. Puedo jurar (aunque la afirmación represente una falsedad probatoria sobre la veracidad de los hechos que estoy próxima a narrar) que nada en la vida: ni el suave seno lactante de mi madre, ni la primera vez que me lancé al vacío de una decisión desfavorable, ni el epígrafe no olvidado de ese libro, ni el beso primero, ni el arte; pudieron impactarme tanto como esa vez que les vi el rostro, de facto, me impactaba que tuvieran uno, que fueran reales. ¿Qué sintió el primer hombre que vio a un lobo en libertad, sin divinidad, sin antropomorfismos ni teatralidad?

El encuentro fue igual de tedioso y no por ello menos precioso y magistral que el viaje. Partimos en la madrugada, esperando que el sol nos encontrara más adelante en el recorrido de no sé cuántos kilómetros hasta el lugar. El paisaje se transformaba radical y constantemente. Partíamos del jolgorio matinal de la ciudad, hacía el abrumador y desolado camino montaña adentro y cuando abrieron las puertas del cielo, en el risco se dejaba contemplar la etérea forma del río entre las montañas, como una serpiente. Aun así, ni el río, ni el portentoso paisaje entre las montañas enormes pudo compararse con el encuentro, pero no puedo negar que el inhóspito camino, con sus rocas sueltas, el barro, la selva abundante rodeando cada espacio y el sol saliente entre la niebla baja, eran simplemente milagrosos, creados quizás por la mente brillante de un niño sin dogmas. Después de tres o cuatro horas por la senda, vimos (por fin) algo cercano a lo humano; ver construcciones de bahareque o los lavaderos comunitarios con ropa al sol, eran una calma ante el pensamiento catastrófico de habernos perdido en los inexplorados caminos con ese verdor y espesor.

Paralelo a esa sensación de calma ante la mirada de extrañeza de los campesinos en la vereda, crecía en mí un terror voraz, porque sabía que conforme más avanzábamos, más nos acercábamos a nuestro destino y en ese momento solo regía una verdad en mí: el temor a lo desconocido. Los seres humanos siempre nos debatimos entre dos polos inversamente proporcionales: entre más nos aferremos a una verdad conocida, menos cerca estaremos de encontrar una verdad. Lo que yo temía de ese momento fue precisamente lo que sucedió, sentía que enfrentarme a esa realidad tan desconocida y mitificada iba a cuestionarme y a transformar todas mis verdades fundamentales, tenía miedo de sucumbir ante el miedo de encontrarme con rostros totalmente desconocidos y que lograra verme a mí misma a través de ellos, como en una especie de transmutación en la que yo me sentía en la piel de otro sin esterilizarme con sesgos. Tuve miedo de encontrarme con otro humano, pero ese sentir era disonante en todos los aspectos al propósito con el que me embarqué en esa travesía y sin embargo no fue menos constante.

Cuando llegamos a nuestro destino solo hubo un silencio abismal y el frío decoraba el espacio. Puse un pie en tierra, pero en ese momento no pertenecía ni a ese ni a ningún lugar, de nuevo creciente en mí el pánico. Y aquí es donde verdaderamente se sitúa el inicio de la historia, el principio sin fin de las reflexiones inexplicables sobre lo que soy, lo que son y lo que hemos sido en conjunto. A menos de un metro de nosotros, estaban ellos (metafórica y milimétricamente ese cinismo circunstancial de una separación entre los unos y los otros me pareció tétrico pero revelador) formando una hilera de hombres y mujeres que en un recibimiento honorífico nos aplaudían y con un fervoroso saludo sonriente, nos estrechaban las manos uno a uno. ¿Por qué a nosotros? Me cuestionaba.

A partir de ese momento, todo fue contemplación. En la mirada de cada uno de esos hombres había un inmenso dolor, pero nunca equiparado a ese sentido puro de humildad, de despojo, no estaban atados a nada, para que nada los detuviera, había humanidad allí dentro. Tácitamente me nacían preguntas, que por respeto a su realidad nunca ejecuté. ¿Qué se siente matar a un hombre? ¿Qué se siente dormir con el frío inclemente de la selva? ¿Qué se siente disparar un arma? ¿Dónde está Dios después de todo? Después de mucho, naturalicé el hecho de que no estuvo mal que me nacieran esas preguntas; no eran un reproche, eran un reflejo de todo lo que nunca había vivido, por privilegio quizás, pero eran hombres, no un laboratorio. En ese momento empecé a recordar los rostros de mi familia y las personas amadas, estaban tan lejos de mí, y yo solo tenía una misión y la duda enorme de poder cumplirla.

¿Qué habrá sentido el primer hombre que envió una carta? Imaginé en ese momento todas las posibilidades: la zozobra acreciente de no lograr que el comunicado llegue a su destino, el extravío de un descubrimiento o de una confesión, el desespero ante el paso de los días sin una respuesta. Sin embargo, siempre llegaba a una conclusión. El sentir más puro del envío de una carta, no lo tiene el escritor, creo tampoco el receptor. El mensajero, la persona a la que se le confía la esperanza acumulada en un papel, es quien verdaderamente carga sobre sí, no solo responsabilidad y subversión, sino que atesora algo mucho más profundo. Yo, era un mensajero, a quién se le confiaron todas las palabras, quien tenía la misión de atravesar estepas, montañas e incluso la selva para hacer llegar las cartas. Ese era mi verdadero propósito. A esos hombres, le llevábamos uno a uno cartas de desconocidos y nuestro único propósito era romper esa injusta y mutiladora barrera entre ellos, los otros, nosotros.

Si me preguntan, dudé de principio a fin sobre mi capacidad para poder cumplir esa misión, no por cobardía, sino porque me superaba en tamaño toda esa situación. Eran hombres, a los que me temía una carta no podría cambiarles su realidad, hombres a los que no podría borrarles las imágenes devastadoras de lo que habían vivido, hombres sumidos en su inexpresión y en su silencio. Cuando uno se ha tambaleado constantemente entre la vida y la muerte, entre el apacible sonido del río, la densidad de la selva y el calamitoso sonido de la guerra, no quedan muchas palabras. Sentía que de algún modo, todos habíamos arrojado a esos hombres y mujeres, a esos rostros anónimos a la inercia inclemente de un combate y cuando habíamos decidido pararlo, ya no podrían vernos a los ojos, ni mucho menos leer nuestras palabras.

Pero no fue así, por fortuna para mí no solo pude entregar muchas cartas, sino que obtuve un envío como respuesta. Cuando miré el hombre a los ojos, temblaba. Saqué la única carta que llevé siempre en mi bolsillo y con timidez infantil, rozamos nuestras manos cuando se la entregué.

—¿Quién me la envía? Me preguntó, con su mirada fija en mí. Por un segundo se me hizo un nudo en la garganta, supe que él siempre había vivido la realidad bajo una tempestad. Quizá pude decirle que era una carta de Dios o que era una carta del mundo. Pude haberle dicho que era una carta de un prócer bélico o una figura que representara para él, la redención y la alegría de sentirse humano y estar vivo.

—Mi mamá. Le dije. Di con uno de los pocos hombres en ese lugar que no pidió mi ayuda para escribir o para leer. Le eran perceptibles las conjunciones verbales, los fonemas escritos que en nada se parecen al sonido de las balas entre matorrales. Tomó un papel y escribió.

Aquí, su carta:

“Gracias mi señora por decirme que estoy en el camino correcto. Por abrir los brazos a un colombiano más. Esta carta me anima a seguir luchando por Colombia desde otro escenario político sin armas. Gracias por recordarme que no perdí 22 años de lucha, seguiremos en paz.

Gracias, Lorenzo”

Después de eso, sentí que jamás iba a regresar la misma persona que salió en esa madrugada a entregar esa carta. Por lo menos entendí que de cierta forma a esos hombres y a mí nos uniría eternamente algo: la selva nos había transformado para siempre. En honor a sus vidas, a sus rostros más humanos y a su eterna lucha por sobrevivir en esta feroz vida, escribo hoy, esperando algún día volverme a cruzar con Lorenzo, darnos un abrazo y seguir.

Nota: La Carta es una historia basada en una experiencia real. El 1 de mayo de 2017, en la zona veredal de la Elvira y Caldono, en Buenos Aires, Cauca, Colombia, la campaña de Cartas por la Reconciliación, con jóvenes voluntarios de todo el país, contribuyó con más de 4000 cartas de la ciudadanía a los excombatientes de las FARC. La carta incluida en el texto es verídica y fue tomada textualmente por la autora, a quien fue entregada.


btfMaría Juliana Alzate Ríos, politóloga de la ciudad de Manizales.

Literariedad

Revista dominical que asume la literatura, la poesía, el cine y el teatro como calles, lugares de encuentro y desencuentro. ISSN: 2462-893X.

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