Premios Oscar: todas las variedades de la domesticación

Imagen: Carro del Parnaso. Domingo Martínez (1748/1749). Museo de Bellas Artes de Sevilla.

 

Por: Daniela Gaviria

Victor Hugo decía que presenciar amansamientos es una cosa que complace. Que la suprema satisfacción humana consiste en ver “cómo desfilan todas las variedades de la domesticación” y que esta era la razón por la que tanta gente acudía a ver cómo desfilaban las caravanas reales. En la actualidad, las monarquías y sus caravanas han caído un poco en desuso, pero la afición por las cosas domesticadas sigue intacta. Amamos los jardines bien cuidados, las focas haciendo malabares, los tacones, los pueblitos fotogénicos y los cachorros de pug. Cosas dóciles y adorables, probadas cómodas y azucaradas. Hay algo que divierte en saber que alguna cosa, aun con el potencial de ser terrible, no pueda serlo ya más. Tiene sentido que la humanidad tenga gran afición por lo bonito, lo seguro y lo domado. A fuerza de necesidad, los humanos nos domesticamos para obtener la seguridad y la estabilidad que ofrecen las sociedades establecidas.  

Aunque ya no podemos pararnos a admirar el esplendor de las caravanas reales, tan despreciadas por el señor Hugo y tan maravillosamente anacrónicas en épocas de estados-nación, aún conservamos versiones modernas de estas: las alfombras rojas.  Un desfile de esplendor, riqueza, influencia y encanto; que bien podrían inspirar la misma admiración, envidia y devoción que los desfiles reales. Cuerpos disciplinados, vestidos perfectos, riqueza en exhibición: que se borre todo defecto, suciedad o salvaje desorden. La máxima domesticación ya no son nobles en pelucas empolvadas sino celebridades y estrellas que pueden darse el lujo de ser encantadores, perfectos o extravagantes.

La alfombra roja más importante de occidente, es de lejos la de los premios de la Academia, los icónicos premios Oscar, que justo celebra su versión 2019 este 24 de febrero. El evento se ha celebrado cada año desde 1929 y ni huracanes ni la II Guerra Mundial, han impedido que se realice.

Llevo varios años siguiendo la pista de los Oscars, ya sea por un interés adolescente en la farándula occidental, o por uno genuino en el cine. Aunque lo más acertado sería decir que aún los veo porque me gusta ejercitar el sentido de decepción que casi siempre sigue a las elecciones de vaga inspiración democrática. Se me hacen además fascinantes, porque al igual que las caravanas reales en tiempos de Victor Hugo, son un enorme monumento al status-quo. Una alfombra roja es una fabulosa presentación de los estándares occidentales, de sus valores culturales y de lo aceptablemente transgresor.

Los shows de premios y particularmente los relacionados con la industria del entretenimiento, son entre otras cosas, eventos publicitarios que se esfuerzan en convencer qué productos culturales, personas, causas o tendencias deberían considerarse relevantes. Ahora bien, quienes están en la cima del poder económico y cultural (un afortunado y mínimo porcentaje de la sociedad) son quienes pueden llegar a validar qué es lo aceptado y qué no.

Sin embargo, en los últimos años, esta relevancia está empezando a resquebrajarse. En 2018, la presentación televisada de los Oscars tuvo la audiencia más baja de su historia, con 16% menos de espectadores en comparación con 2017.  Esto podría explicarse por el hecho de que más personas que antes ven este tipo de shows via streamings ilegales online, pero el asunto es un poco más complicado.

El lento y creciente desinterés en los shows de premios tiene que ver con rápidos y nuevos cambios en la forma en que se consume entretenimiento masivo y la forma en la que las personas se relacionan con los poderes culturales hegemónicos. Por otro lado, los Oscar llevan un par de años experimentando una serie de eventos más o menos desafortunados.

En 2015, la escandalosa falta de diversidad entre los miembros de la Academia (y quienes en últimas deciden qué tipo de obras se llevan los premios) inspiró la campaña #OscarsSoWhite.  Esta criticaba la falta de inclusión en la industria cinematográfica, en los nominados y en los miembros de la Academia. Esta estaba dominada en su mayoría por hombres blancos, ricos y viejos: una representación mínima de la sociedad. Y esto se reflejaba en qué tipo de contenidos se consideraba dignos de Oscars, lo que se traducía en que muy pocas mujeres y minorías alcanzan siquiera a ser nominadas. Las narrativas culturales que se validaban en este tipo de premios eran decididos por un grupo de gente bastante exclusivo y excluyente.

Una alfombra roja es una fabulosa presentación de los estándares occidentales, de sus valores culturales y de lo aceptablemente transgresor.

En 2017, un error de logística llevó a los presentadores a entregar el premio final y más importante a la película incorrecta. A pesar del drama y el escándalo, las cifras de espectadores de la señal en vivo para el siguiente año, no dejaron de caer. Durante lo corrido del 2017 y buena parte de 2018,  la campaña de #meToo sacudió al mundo y Hollywood no fue la excepción. En particular los abusos cometidos por el productor de cine Harvey Weinstein, le mostraron al mundo que esta, como cualquier otra industria, está plagada de depredadores misóginos. El asunto es más complicado de digerir cuando estos están ocultos entre gente hermosa, encantadora y que encarna íconos amados en la cultura popular.

En la ceremonia de 2018, las estrellas llevaron lazos  y dieron discursos apoyando la causa de #meToo, pero seguían  decidiendo selectivamente a quien creer y a quién no. Todo el asunto se reducía a un par de discursos inspiradoramente ambiguos y a una etiqueta en Instagram.

Los Oscars son famosos por sus bromas mal traducidas y por las referencias políticas en sus discursos.  Hay quienes sólo quieren ver un show apolítico, pero eso es simplemente un imposible. La Academia es una institución reguladora que se encarga de elegir qué formas de arte son aceptables y cuáles no. Esto es un enorme vez poder político, en tanto valida ciertas narrativas culturales.

Tiene sentido que un espectáculo con una plataforma tan gigantesca demuestre sus afiliaciones ideológicas. Pero al ser  dirigido a un público tan amplio, sus apoyos velados a causas sociales y sus guiños políticos son siempre demasiado seguros, irritando a los más conservadores y decepcionando a todos los demás. Hacer chistes con tintes políticos no tiene tanta profundidad cuando la misma Academia tiene enormes problemas de diversidad, acoso sexual, racismo sistemático y disparidad salarial.  Los gestos simbólicos y los discursos pseudo progresistas no arriesgan demasiado cuando son dichos en un escenario tan amigable y seguro. Sus actos de protesta, aunque tienen la intención de visibilizar las causas que apoyan, corren el riesgo de banalizar las causas y hacerlas una nota la pie de página de revistas de chismes.  Por otro lado, se hace difícil creer en los gestos ligeramente transgresores de personas que se encuentran en la cúspide del poder de la cultura pop americana, que de forma directa o indirecta se benefician del status quo y de las instituciones hegemónicas. La misma industria cinematográfica que de numerosas formas sigue replicando narrativas culturales que se benefician de reafirmar el poder cultural establecido. La diversidad, por otro lado, sigue siendo algo excepcional.

Como respuesta a la campaña de #OscarsSoWhite, la Academia se esforzó en incluir más mujeres, personas de trasfondos étnicos e identidades sexuales, un poco más diversos. Pero estos esfuerzos no han sido suficientes para validar ante el público una institución que por años ha sido excluyente y se ha beneficiado del poder establecido. El ser conscientes de esto, lleva a desconfiar de las decisiones tomadas por la Academia. El ganarse un Oscar no sólo habla de la calidad cinematográfica sino del clima social particular del momento.

Por otro lado, los Oscars son un show mediático, que  da visibilidad a creadores, contenido e intérpretes. Pero cuando existe internet y la publicidad es inescapable, no hace falta ver seis horas de televisión en vivo para enterarse qué película está de moda.

Ahora, con el auge del internet, de las computadoras personales y de las plataformas de streaming, el consumo de cine y televisión, es individual e incluso secreto. No hace falta que un poder regulador justifique lo que disfrutamos, ya sea este un placer digno de ser presumido en Instagram o uno culposo. Poco importa lo que diga un crítico y cuántos Óscares se haya ganado esa película con apenas diálogos. Esto además, genera tensiones entre los formatos más tradicionales y los cambios vertiginosos que está experimentando lo cinematográfico. Es una cosa espectacularmente interesante que este año, Roma, una película hecha para reproducirse en internet, tenga 10 nominaciones y bastantes probabilidades de llevarse la estatuilla a mejor película. Los cambios vienen bastante rápido e instituciones sólidas y tradicionales como la Academia, a pesar de sus esfuerzos no alcanza a seguirles el ritmo.

Mientras estamos de frente a crisis políticas, ambientales y sociales, no hace falta un gran catalizador para desconfiar de las instituciones. Basta tener Wi-Fi en cada esquina para enterarnos que las instituciones reguladoras, benefician a y se benefician del estado particular de las cosas. Además de que las instituciones no son tan  ideales como parecen y no siempre son tan acertadas a la hora de describir y adaptarse al mundo.

En la actualidad hay  muchísimas más opciones y demasiado contenido al cual prestarle atención al mismo tiempo.  Las presiones sociales por haber visto cada serie en Netflix, son dignas de un episodio de Black Mirror (serie que por cierto se puede reproducir por Netflix). El consumo de contenido se convierte en algo cada vez más rápido y pasajero.

Con tanta facilidad para acceder a cantidades gigantescas de información, no sólo estamos abrumados,  sino que también podemos estar enterados de las enormes inequidades mundiales con mayor facilidad. Tantos premios lujosos entre gente privilegiada se sienten un poco más como una excepción fastuosa entre un mundo caótico. Podríamos decir que así ha sido siempre, sólo que ahora podemos verlo todo en vivo, en directo y en HD. Y toda esta saturación y abundancia mediática acaba por agotar.

Es un chiste recurrente entre los titulares de internet, que los millenials están matando esta industria u otra, por tener intereses impredecibles. Pues nuestros hábitos de consumo bien podrían amenazar hasta a los mismísimos premios Oscar. Al menos, a como los conocemos hasta ahora.

 
Daniela Gaviria

Me gustan las cosas inútiles. Pacifista y eternamente enojada. Espía de museos. Siempre quiero estar en otra parte.

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