Selección de poemas de Daniel Padilla Serrato

Foto: Mahnoor Hussain.

 

Presentamos este puñado de poemas en prosa del libro «Prismas» (Fallidos Editores, Medellín, 2017) del poeta colombiano Daniel Padilla Serrato.

 

 

Oficio de larva

 Recién espantada la mosca, el hombre empezó a pasarse el índice con suavidad por la mejilla. Luego lo encorvó para raspar la piel repetidamente, aumentando la fuerza, enterrando la uña azulada y ganchuda. Removió la carne varias veces hasta abrir un agujero. Siguió adelante, y sólo se detuvo cuando rozó la carnosidad de la lengua, que aguardaba con un aire de gusano regordete. Entonces empezó a tirar de ella, primero con tres, cuatro dedos, después con la mano entera, y por último —a través de un boquete considerable— alternando ambas manos en un movimiento continuo de extracción que parecía no tener fin. Por esa ventana abierta fue arrancando músculos, descuajando huesos y tendones, sacándose todos los órganos, vaciándose por completo. Del interior de ese cuerpo desinflado salió, con el último espasmo de aire, una forma negra y velluda, que fue a posarse zumbando sobre el vigilante ojo izquierdo del cadáver vecino.

 

Akelarre

 Salen, enfundadas en chales, pañolones y capas negras, cargadas con comida para repartir a los pobres en la plaza del centro. Lavan los pies de los mendigos, acarician los miembros deformes de los enfermos, besan en la frente a los borrachos —esos dulces soñadores— e imponen sus manos a los recién nacidos abandonados en el atrio.

Tras la puesta del sol suenan las campanas llamando a la plegaria de la noche. Al entrar en el templo encienden una hoguera junto a los enormes pilares. En ella una criatura de luz blande una espada. Una serpiente susurra algo cerca de su oído. Ambos seres ascienden abrazados y se funden con los adustos frescos de la bóveda. En el suelo de la nave central, las gruesas líneas concéntricas labradas en el empedrado marcan las evoluciones, avances y retrocesos de una antigua peregrinación. Las recorren en fila, tomadas de la mano. Paso a paso se despojan de sus ropas. Luego, felices como ninfas juguetean salpicando el agua de la pila bautismal. Un oblicuo rayo de luna ilumina sus cuerpos desnudos. Entonces empiezan a danzar sobre las estrellas florecidas en un claro del césped. En el altar de roca una calavera de macho cabrío resplandece, rodeada por las ofrendas que los fieles depositaron durante siglos ante las deidades de la inquisición.

 

Infranautas

En los grandes fondos se ven anómalas criaturas. Llevan siglos huyendo de la luz. Merodean revestidas de algas y papel podrido. Tosen un extraño polvo púrpura similar a las manchas evanescentes de los sueños. Se arrastran aquí y allá con ojos tumefactos, en busca de carroña. Su alimento preferido son los cuerpos hinchados de piratas o poetas. Cuando el arrecife era joven se dejaban llevar por las corrientes, pero ahora contaminan todo con su presencia.

A veces buscan refugio entre los restos de vetustos anaqueles hundidos. Vigilan los cambios de marea y los remolinos para encontrar alguna presa. Un recuerdo, una esperanza, la visión fugaz de otro mar allende los abismos surca el suelo oceánico y una de estas criaturas extiende sus tentáculos. Incontables ventosas se aferran haciendo imposible el escape. En algunas ocasiones una línea rutilante serpentea entre la arena como una anguila; flota una palabra acaracolada dentro de sí, o, medio enterrada, yace una ostra cuyo interior atesora la perla del sentido, el nácar absoluto. La criatura acecha recubierta de lama, se acerca curiosa, aguarda, cambia la textura y el color de su piel o se entierra ella también hasta completar la cacería. Entonces es el festín: con el pico rompe el caparazón, pellizca la carne, tritura las sílabas. Pero estos momentos no suponen victoria alguna. Una vez saciadas se refugian entre torres de tomos coralinos y despojos forrados de lapas y otros moluscos. Luego se mecen al vaivén de los sargazos, resignadas a lanzar turbias nubes de una triste y débil tinta, mientras advierten la magnitud del naufragio en el que habitan.

 

Anotación de un diario

 El día en que lo iban a matar, el señor K. amaneció convertido en un espantoso lector. Tuvo la idea de reencarnar en un suicida y se acostó a soñar sobre una página cualquiera, como el más ilustre de los mendigos.

 

 

El quebrantahuesos

No tengo el don. Lo perdí o tal vez nunca lo tuve. Ahora vivo exiliado en la montaña, junto a la cima donde llegan las tormentas y nace el arcoíris. En estos despeñaderos es muy poco lo que crece, apenas un liquen seco que se aferra a las rocas y las hace estallar desde adentro.

Una criatura sobrevuela mi cabaña. Es la única señal de vida en las alturas. Tal vez me precipite en el oscuro laberinto de su vuelo hasta encontrar las señales esperadas. Tengo el rostro cubierto con arcilla roja de las cumbres, macero mis manos en soledad, espero en mi refugio de niebla los orbes resplandecientes, el milagro, por fin.

A veces pienso que la sombra alada pertenece a un arcángel descendiendo sobre mí para salvarme, pero no es así: la tierra se sacude cuando estrella mi alma contra los riscos. En el arco de su corvo pico crujen mi polvo y mis astillas. En sus garras una punzante derrota me tritura.

 

 

Plegaria para un buen vivir

Señor, hazme un hombre silencioso, triste y solitario.
Que mi alegría no se convierta en esperanza,
que nunca alcance la satisfacción de mis sueños,
que me regocije cuando Tú, Señor, bendigas al mediocre y al ruin
con prosperidad sin límite.
Haz de la estupidez nuestro único horizonte.
Colma a los asesinos y sus lacayos
de salud, tranquilidad y bienaventuranza
pues de ellos es tu misericordia.
Reserva celosamente para mí la desdicha, el polvo y el fracaso.
Úngeme con desgracia y pena
y sella mi boca si el poderoso me humilla y medra a costa de mi derrota.
Envía más legisladores para dignificarnos con su ejemplo.
Eleva al soberbio.
Maldice al justo.
Señor, que mis hijos olviden mi nombre,
que mi corazón sea negro nido de gusanos,
que se tuesten mis pulmones y mi lengua
antes de musitar una palabra insolente.
Extirpa mi rabia. Deja sólo la sumisión y la obediencia.
Dobla mi cabeza, mi lomo y mis rodillas.
Glorifícame Señor con el suplicio y la condena
y que mi cadáver se pudra
bajo la estatua de mi asesino.
Amén.

 


Fotografía del autor
Foto por Carlos Arturo Cleves.

Daniel Padilla Serrato. Estudiante. En el 2011 obtuvo el primer puesto en el Concurso Nacional de poesía de la Universidad Externado de Colombia. Es autor de los libros El

espejo dormido (SIC Editorial, 2013), Licor de lodo (Universidad del Tolima, 2014), y Prismas (Fallidos Editores, 2017). El poeta colombiano Guillermo Martínez Gonzáles comentó acerca de su obra: “Con la densidad que concentra los fósiles y las galaxias, la nada y el asombro, el polvo y la gota de lo eterno, Daniel Padilla exacerba textos de largo aliento, a veces en prosa, que en un tono lacerado o próximo a la ceguera, recaban en una condición menesterosa, que ahora y siempre palpita ante el sordo clamor de la sed, espera la extinción o el milagro”. Orienta cursos de escritura creativa en la Universidad del Tolima.

Literariedad

Revista dominical que asume la literatura, la poesía, el cine y el teatro como calles, lugares de encuentro y desencuentro. ISSN: 2462-893X.

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