‘Como la semilla busca la luz para brotar’. Entrevista con Hugo Mujica sobre la creación, la vida y la poesía

En la fotografía, la luz baña por completo a la planta y permite ver las telarañas tejidas a su alrededor, quizás durante bastante tiempo. Tomada en el Jardín Botánico de Medellín, en el 2016.

Este texto fue posible gracias al 26.o Festival de Poesía de Medellín.

I

Hace varios años escuché por primera vez a Hugo Mujica,[1] en Bogotá, cuando fue invitado al festival Las líneas de su mano. Era de noche y él se presentaba en una de las lecturas de poesía, junto a otros autores. Llegó su turno de leer, se levantó y, ante todos, surgió su poema “Hace apenas días”. Quiero decir que no lo leyó, sino que apenas lo dijo, lo exclamó tomándonos por sorpresa: no hizo ninguna presentación, no hubo ninguna justificación, ninguna pausa. El poema surgió allí, en ese mismo momento, como si brotara de su boca, como si las imágenes acabaran de nacer, como si un fragmento de la vida hallara forma, voz y luz en ese momento preciso.

Esa inesperada presencia del poema fue, para mí, la experiencia de un relámpago. Se iluminó, repentina y fugazmente, por el poema, una parte de la vida. En su introducción a Lo que vive y tiembla, antología poética de Mujica publicada por la Universidad Javeriana, Martín López-Vega dice que, justamente, el relámpago es uno de los símbolos cardinales de su poesía, y cita de él estos versos: “Después del relámpago es otra / la misma noche”. No hay imagen más exacta que sintetice mi experiencia tras ese primer encuentro con la poesía de Mujica: una luz instantánea en medio de la noche, un destello que cambia la noche misma.

En el poema que Mujica nos compartió esa noche ya lejana, se dice que ha muerto el padre “hace apenas días”, “hace apenas tanto”, pero no se habla de la muerte a través de lo que esta le produce al yo del poema. No hay un despliegue del mundo íntimo, sino el desarrollo de la imagen del padre muriendo: “Cayó sin peso / como los párpados al llegar / la noche o una hoja / cuando el viento no arranca, acuna”. La imagen está fuera del yo; la liviandad de la muerte está en los párpados de algún rostro o en las hojas de algún árbol. Y en esta noche de muerte sin peso, se manifiesta, de repente, el tiempo y la naturaleza. Quiero decir que llueve en el poema: “Hoy no es como otras lluvias / hoy llueve por vez primera / sobre el mármol de su tumba”.

Pero pese a la concreción del mármol, esa constatación de la mortalidad, este poema no tiene espacio ni tiempo concretos, sino que es apenas la penumbra. ¿En qué parte estamos, qué día es, qué año? Nadie lo dice. Y es por esa indeterminación, es por esa nebulosa oscuridad en la que apenas escuchamos una lluvia sin tiempo, que siempre que el lector se encuentre con el poema, el padre habrá muerto hace apenas días, y en ese hoy, que es la lectura, lloverá por primera vez sobre su tumba. Cada lectura es el brotar de la misma escena, sin tiempo, sin espacio: tan solo la noche, la lluvia y la muerte o la ausencia de algo.

Esto sucede en varios poemas de Mujica: “Solo lluvia / cayendo / hacia / siempre”, dice otra de sus composiciones. Su poesía es enfrentarse apenas al vacío, sobre el que se apoyan ciertas figuras con sus pocos detalles: “solo el mendigo durmiendo / sobre el banco // como sobre la palma del mundo”. En ese mundo a oscuras, en el grandísimo vacío de la vida, las pocas figuras adquieren sus mínimos contornos cuando la voz del poema las ilumina, las nombra. Pero poco sabemos de ese yo que nombra. Parece que se negara a sí mismo arrojándose a lo exterior, fundiéndose con lo que no es él: “Bajo cada lluvia / podría ser yo quien yace, ahora lo sé, / ahora que he muerto en otro”. Así finaliza “Hace apenas días”; el yo ha muerto porque él estaba en su padre (él era en su padre) más que en sí mismo.

Este es el mundo que brota de la poesía de Mujica; es siempre el surgimiento de la ausencia o la constatación de eso que no está. Y es en medio de ese vacío en donde las palabras iluminan ciertas formas, como asentándolas en la palma de un mundo nebuloso, como fundiéndolas en las manos del vacío. Y a la vez, cuando nombra, el yo se asienta en esa nebulosidad del mundo, anhela abandonarse a sí mismo, quiere dejarse ser para poder estar en las figuras nombradas. Ese es el relámpago de la poesía de Mujica, según López-Vega, “ese relámpago en el que todo se armoniza con su contrario, se completa abriéndose: desaparecen los volúmenes de las cosas y lo interior se vuelve exterior”. El lenguaje del poema brinda esos momentos de luz en los que el vacío, las cosas y nosotros mismos manifestamos nuestras hendiduras, es decir, mostramos nuestros contornos y nuestras fracturas, las grietas en las que se adentran otras cosas, otros vacíos y otros seres: “como una flor / en la grieta de un muro // como esa flor / todo // en apenas todo”. El relámpago de su poesía nos ofrece un espacio de habitar colectivo.

II

Volví a encontrarme con la obra de Mujica en su visita al Festival de Poesía de Medellín, en el 2016. Asistí a sus dos charlas sobre Heidegger, o, más bien, desde Heidegger, pues dice Mujica, en otra entrevista, que este filósofo es para él “el lugar del pensar que piensa la poesía”;[2] es decir, Heidegger es el punto de partida de un diálogo que Mujica continúa, es un camino y un haz de luz que se sigue para reflexionar sobre la creación. Por ello, sus charlas, más que sobre Heidegger, fueron reflexiones sobre el lenguaje y sobre el acto de conocer. “Lo esencial a la creatividad poética es”, dijo en una de las charlas, “ponerse a la escucha del lenguaje. Yo tengo que morar en el lenguaje y demorarme en cada palabra para escuchar lo que todavía esa palabra no dijo de ella misma, o sea, todos esos matices que todavía no se habían captado”. Se trata, creo, de iluminar una palabra que está en medio de la penumbra, sin ser escuchada del todo.

Estas reflexiones sobre el lenguaje, el conocer y la poesía me llevaron a una serie de preguntas que resultaron en esta entrevista, que Mujica me concedió el último día del festival y que publico casi tres años después. Rememoro ahora sus respuestas porque aquellas son, como sus charlas, como sus poemas, manifestaciones del relámpago. Quiero decir que transforman nuestra noche: cambian la forma en la que concebimos el lenguaje, en la que entendemos la creación, en la que vemos y nos relacionamos con el mundo. Más aún, ese relámpago desencaja, transforma, la estructura de nuestro propio yo. Para estos tiempos que parecen ser, cada vez más, una enorme sombra que se esparce con la hipertrofia del yo mal comprendido, nada como las palabras de Mujica, un destello en medio de la penumbra.

—Ahora es casi una certeza decir que la poesía es una forma de conocimiento. Es algo que uno escucha de muchos poetas. Para usted, ¿qué tipo de conocimiento es la poesía? ¿Cómo se diferencia de otros tipos de conocimiento?

—Hay que ver qué entendemos por conocer. A mí me parece que la poesía es una de las posibilidades, en la vida, de traer, a la presencia del lenguaje, las cosas. Pero uno trae al lenguaje —cuando el lenguaje es creador y cuando el que lo trae es creador— aquello que no sabe. Si uno trae lo que sabe, trae una cosa, algo que ya está sedimentado y que ya dejó de nacer. Y la poesía es más que ese conocimiento, porque me da la sensación de que cuando se habla de la poesía del conocimiento, esta se piensa a partir de una subjetividad que trae para sí su autoconocimiento. El famoso autoconocimiento inscrito en el templo, “hombre, conócete a ti mismo”, estaba seguido por otra frase que nunca se cita: “Y sabe que no eres Dios”. Era un llamado a la proporción humana. No había una subjetividad como la contemporánea, según la cual nos miramos adentro y nos hacemos discurso.

Entonces, la poesía es el conocimiento de la existencia, de la vida, del ser. Pero no del sujeto que es el transmisor de aquello. Precisamente, el creador tiene que dar el paso atrás de su subjetividad. Y lo que acontecerá, entonces, es una novedad también para él. En esos casos se da un conocimiento, pero no un conocer que el creador busca para sí, sino que busca porque algo en él pulsa por venir al lenguaje.

—¿Las cosas del mundo están buscando que uno las conozca?

—Sí, claro. Olvídate que somos personas, sino capas del cosmos, por así decirlo. El hombre agrega una capa que no había antes, que es la noosfera. Un lugar donde el mundo reflexiona sobre sí mismo, una capa nueva que no es lo vital, no es lo vegetal, sino que es la conciencia. Entonces, así como la semilla busca la luz para brotar, las cosas nos buscan a nosotros para tener donde expresar algo.

—El poeta moderno tiene la preocupación constante de que la poesía sea un acto tan hermético que lo encierre y lo aísle, de manera que solo pueda conocer su propio yo. Tiene miedo de caer en un solipsismo, en una interiorización tal que le haga perder la comunicación con el mundo. Una de las ideas de sus conferencias es que durante mucho tiempo la filosofía había pensado al hombre en su abstracción (su abstracción del mundo, de hecho), y que, de allí, se desplegaba la conocida idea de que el hombre nace y muere solo, lo que para usted es completamente irreal. “Cuando muera”, decía usted, “voy a morir en un yo constituido a través de otros. Somos un ser que siempre estuvo en un mundo”. Quisiera que ampliara esta idea de que siempre estamos inmersos en algo.

—Bueno, me parece de sentido común. No sé por qué hubo un discurso que, de alguna forma, nos aisló; un discurso que pensaba que al hombre se le podía poner, con un alfiler, como a una mariposa, y que, a partir de allí, se podía describir cómo era. Mi primer latido estuvo entramado con el latido del corazón dentro del cual yo estaba, que era el de mi madre. Y de ahí salimos al mundo y latimos en una sinfonía de latidos, por así decirlo. No hubo ningún latido mío que no haya sido dentro de un mundo, dentro de un cuerpo y dentro de toda la historia de todos los cuerpos, en ese cuerpo que me da a mí para que yo lo siga.

—“La creatividad es participar de algo que está aconteciendo. El mundo, la vida, el ser, Dios, como quieran, no es algo acabado, como pensábamos. Yo soy lo que la vida todavía no había vivido nunca”, dijo usted en sus charlas. Entonces, ¿hacemos parte de una serie de correspondencias del mundo?

—Sí, es lo que llamamos vida. Nosotros somos un instante de la vida que nos está viviendo para vivir una novedad de sí misma. Y creo que el escritor, el poeta, es aquel que puede contar lo que él escucha de la vida en sí mismo, aquello de lo que la vida le dice que aprendió viviéndolo a él.

—Usted lo pone en términos muy posibles, como si fuera fácil estar en todo y poder escuchar esas cosas que quieren ser escuchadas por nosotros. En una de las charlas, usted decía que “somos llamados por el ser a escucharnos, a escuchar lo que quiere brotar de nosotros que todavía no puede”. Pero el mundo en el que vivimos, el mundo moderno, dificulta esa comunicación.

—Si te parece que para mí es fácil, eso quiere decir que existe la posibilidad de que sea. Todos vivieron en un mundo así. ¿Vos creés que en el Medioevo vivían cómo? También vivías, como ahora, bajo el yugo de la sobrevivencia —y qué otra que Internet o el Tío Tom—. Ibas al baño y Dios te miraba, te levantabas en las noches y Dios te miraba. Pensá lo que era ese mundo. A nosotros nos parece que todos la pasaron bien y que a nosotros nos tocó una época rara, pero no. Para empezar, cada uno no tuvo más que su historia para vivir —llorar por otras épocas o anhelar las que vengan, eso será para otros—; eso que señalas se realiza o no se realiza ahí, en la historia de uno, es una decisión.

—Es una decisión. Es decir, cualquier persona, en ese orden de ideas, puede escuchar lo que la vida tiene que decir sobre el hecho de vivirlo a uno. No es algo privativo del poeta. No es un don que lo ponga en un estatus superior.

—No, para nada. En el poeta, uno ve la dimensión creativa de todos. Solo que él hizo una profesión de eso.

—Por eso, en una de sus charlas, usted hablaba de la errancia, ese vivir a la intemperie, como la manera de romper con la seguridad de la vida y, con esa ruptura, viene la posibilidad de la creación. Pero esa vida de ruptura y creación, decía usted basándose en Nietzsche, es posible para todos. “No solo el artista está creando, sino que cada uno tiene que ser su propia obra, la poesía de sí”. Uno mismo, cuando escoge el camino de la ruptura, está haciendo y siendo poesía.

—Sí, sí. Poesía es el brotar de la realidad. Quiero decir, la poesía es esa dimensión donde la realidad todavía no se volvió funcionalidad.

—En medio de este problema de cómo me relaciono yo con la vida, recuerdo una imagen muy bella de Kant que usted usó en sus charlas para referirse a la razón: “Kant entiende que la filosofía es un discurso cerrado, pero su cerrazón nos da seguridad. Él dice que, en torno a la cabeza, que es una isla, hay un océano profundo, un océano inmenso”. 

—Y Kant advierte sobre los peligros de salirse de esa isla.

—Luego, usted decía que para Nietzsche el mar vuelve a presentarse, otra vez, abierto: habría que lanzarle a él. Para usted, ¿cómo se enfrenta o cómo se relaciona el hombre con ese mar, con ese mundo, con eso que está allí afuera?

—Esa isla, por así decirlo, siempre existió. Y precisamente, en la tradición de Grecia, el héroe era el que rompía el umbral. El héroe era el transgresor del umbral y, al transgredirlo, estiraba, digamos, la ciudad y la conciencia. Y bueno, esta isla segura ha seguido determinados cambios. Aristóteles hizo la isla o también la casa, como quieras. Digamos que hizo la casa de la naturaleza y nos lo explicó todo. Entonces, por un par de siglos, vivimos seguros ahí adentro. Después de Aristóteles vino el Medioevo y Santo Tomás nos hizo la catedral, con la que explica todo. Después, nos dimos cuenta de que no cabíamos, vino Hegel, hizo la casa lógica y nos explicó todo. Ahora estamos en la casa científica. Siempre el hombre encontró un lugar donde descansar, por así decirlo. Pero los momentos creativos son los que van de lugar en lugar. Si no hay ruptura no hay creatividad, hay extensión de lo mismo.

—Pero esa ruptura es necesariamente un riesgo para el yo.

—Sí, por supuesto. Pero ¿quién dijo que la vida no es riesgo? Precisamente, la traición a la vida es la comodidad, la isla a la que te somete Kant, y de la que te dice: “no, no salgas nene, que en la calle está el hombre de la bolsa”. Es lo mismo que pasa con el mito de Ulises: existe todo ese otro mundo que no es el racional, que es donde están las sirenas, pero Ulises se ata al mástil, para mirar, como espectador. Ese es el burgués: el que es espectador, pero no actor, no es partícipe.

—¿Y no hay límites en ese océano al cual nos lanzamos y del cual nos volvemos partícipes?

—¿Extensión? No, para nada. Era lo que los griegos llamaban el ápeiron, lo que no tiene límite; πεῖραρ era el límite. Antiguamente estaba la imagen de lo ilimitado.

—Muchos poetas dicen “yo persigo constantemente un ideal, algo que no está en este mundo, que quizás estuvo”. No creo que sea su caso, pues en sus charlas, en relación con el mito de la caverna de Platón, usted decía que ahora “estamos ante la misma convicción griega: la realidad es solamente una imitación de las ideas puras. El original está en algún lado. Ese es el gran mito occidental: en algún lugar está la pureza”. Y este mito era, para usted, tan solo eso, un mito. Entonces, ¿cómo cree que se relacionan, en el proceso creativo, la búsqueda y el creador? ¿No podemos hablar de un ideal perdido que perseguimos?

—No, yo tengo unas líneas de un poema que dicen: “La vida no cabe en la vida / por eso siempre, / en algún lugar, se nos parte”. Lo que yo creo es que vivimos en un océano de creatividad. Quiero decir, en este momento mis células están siendo transformadas absolutamente, y entre vos y yo no hay distancias, sino que somos vibraciones. Hay un acontecimiento infinito que nuestros sentidos no perciben, no pueden catalogar ni pueden razonar y, a la vez, estamos experimentando ese acontecimiento. Entonces, yo creo que la idea de lo perdido, del otro, es todo ese mundo que no entra en la codificación y que, sin embargo, estamos sintiendo. Creo que la ausencia es eso: que el cuerpo no logra transmitir todo lo que está viviendo.

—¿Cuál es la relación del poeta con la ausencia?

—La ausencia son los posibles. Toda cosa es lo que es y la posibilidad que tiene de ser otras cosas. La ausencia es lo que nunca fue, todavía. Y, por eso, la ausencia llama. ¿A qué? A crearla.

—Usted dice que vivimos en un océano de creatividad. Pero ¿cómo logramos, en ese océano, llegar a algo, a una creación? ¿O vivir en ese océano significa que todo ya está creado, que ya está listo ahí?

—No, todo está aconteciendo. Pero no ha acontecido todavía, si querés, como conciencia del lenguaje.

—¿Entonces, al sumergirnos en ese océano, lo que hace falta para llegar a la concreción de un poema es conciencia?

—No, no hace falta nada de lo que vos decís, porque todo lo preguntás como asumiendo que lo hacemos nosotros. Hace falta abrirse y dejar que llegue.

—Eso me llamaba la atención de sus charlas. Usted decía: “La creatividad no es algo que nace originariamente como un acto de voluntad. Yo no digo: voy a escribir un poema, sino que algo me conmueve y, en ese moverme con, yo y lo que me conmovió empezamos un movimiento de reciprocidad, en el cual lo que me buscaba no sabía qué quería en mí y yo no sabía, tampoco, qué era eso que me buscaba. Y yo creo lo que se me dio, pero no sé lo que es hasta que no lo he creado yo mismo”. En ese proceso usted parece concebir al poeta como un ser pasivo frente a eso que lo conmueve, frente al mundo. En cambio, yo tengo la idea de que quizás el proceso creador es totalmente activo.

—Pero decíme una cosa. Para hablar de lo más fundamental de tu vida: ¿vos fuiste activo para nacer? No, entonces toda tu vida está bajo el signo de la pasividad. La vida te pasó a vos. Y, en tu muerte, ¿vas a ser activo? No, si tú no puedes; vas a querer, pero no vas a poder. Si venimos de un don y después nos dan el don de la muerte, eso quiere decir que la idea de que nosotros hacemos tanto debe ser una ficción. Pasa también cuando vos te enamorás. Yo no puedo decir: “ahora salgo a la calle y me enamoro”, sino que me pasó, de repente, me di cuenta de que estaba enamorado de alguien. Después puedo decir que sí o que no, puedo consentir. Todo eso quiere decir que nosotros vivimos pasiblemente. Las cosas esenciales te las da la vida y vos sabés qué hacer con ellas, vos le das la forma a eso.

—Uno le da forma y conciencia a eso, después.

—Sí, forma y conciencia es lo mismo, de alguna manera.

—Es decir, yo no salgo a enamorarme, pero en algún momento, cuando por las distintas relaciones que existen entre las cosas me pasa, me digo a mí mismo: “estoy enamorado”.

—Claro, lo metés dentro de una cosa, ese sentimiento genérico, tenés ya un nombre para eso.

—En sus charlas usted decía, también, y no hay forma de rebatir eso porque hace parte de lo que vivimos en el mundo, que hubo una crisis de la razón y, con ello, una crisis del lenguaje para nombrar las cosas. ¿Se ha agotado entonces, en el momento en que estamos, la posibilidad del pensamiento?

—No, nosotros vivimos en una época que se terminó y una que nos llegó. Y no es que se haya agotado, es que estamos en un momento de transición. Yo creo que lo nuevo que va a surgir, que no sé qué es, va a ser de este fenómeno nuevo que es el mestizaje. Ya no es el mestizaje entre los españoles y negros, que somos nosotros. Es el mestizaje de hordas y hordas que se están moviendo en el mundo. Vas por la calle y escuchás idiomas que no sabías. De esa mezcla debe salir otra cosa totalmente diferente. Como cuando los germánicos invadieron al Imperio romano; de ahí salió Europa, que se puede llamar Occidente.

—Y en este proceso de transición en el que estamos, en el camino hacia eso a lo que vamos, ¿cuáles son los retos del poeta?

—Los retos del poeta son siempre los mismos. Él está frente a la misma realidad que todos los demás seres y eso le tiene que dar una voz para traer a la presencia cosas que otros no estén viendo. Yo creo que el tema de lo esencial es la vida, que es acariciar y ser acariciado, dos o tres cosas más y punto. Lo bueno es que haya poetas que sean testigos de la vida y no de la marcha de la historia.

—Quizás, por ese afán de ir con la marcha de la historia, por una idea limitada de contemporaneidad, es que ahora hay tantos jóvenes poetas tan malos.

—Yo creo que es verdad, pero en toda época lo fue. ¿Vos creés que en el tiempo de Hölderlin todos eran Hölderlin? Cuando Rimbaud se emborrachaba había dos millones de pelotudos que se emborracharon y no hicieron nada. Lo que pasa es que por ser contemporáneo no puedes pensar que tenés el tamiz del tiempo que te ha facilitado las cosas. La mayoría son malos siempre. Después quedaron los que vencieron su contemporaneidad.

—Para finalizar, ¿qué cree que les hace falta a los poetas jóvenes?

—Dejar de ser jóvenes. La juventud, por más que la valoremos, es una etapa de aprendizaje. Al poeta joven le falta la madurez de la vida, de haber vivido, y que le importe un poco más la humanidad.

III

Vivir o haber vivido sería dejarse acariciar largamente por el acontecer de la vida. Acostar nuestro yo en la palma del mundo para sentir la humanidad. Las palabras de Mujica son la más persuasiva invitación a desatarnos del mástil, a romper con la extensión de lo mismo, a abandonar la isla de nuestra mente segura y sumergirnos en el océano de lo otro, hasta cubrir entero nuestro yo. Sus palabras son la invitación a vivir nuestra vida como una obra, como un poema escrito por él, en el cual, cuando estamos en el fondo del profundo azul del misterio, donde nada es ya seguro, nuestro yo estará tan poco en sí mismo que se fundirá en todo y todo podrá acontecer en nosotros. Mi yo será alterado por la otredad. Seré un destello, luz de lo otro, de lo que no soy yo: “hay solo un atajo: perderse // es que lo alto no está en lo alto, / está no estando”, dice uno de los poemas de Mujica. Sus palabras son la más certera invitación a seguir el llamado de las cosas, a escucharlas. Sus palabras son un eco del llamado de las sirenas. Desde la isla segura de nuestro yo no hay nada que sea tan aterrador, y tan atrayente, como ese llamado.


[1] Mujica nació en Buenos Aires, en 1942. Es sacerdote, ensayista, poeta y, recientemente, debutó como actor. Estudió Bellas Artes, Filosofía, Antropología Filosófica y Teología. Tiene más de veinte libros publicados, entre poemarios y libros de ensayos, muchos de ellos sobre el lenguaje y sobre la creación, sobre Martin Heidegger y Georg Trakl. Vivió en Nueva York durante los años sesenta; se manifestó contra la guerra de Vietnam y a favor de los derechos de los negros y de las minorías. Se relacionó con el conocido gurú Satchidananda, quien le fue presentado por Allen Ginsberg. Cuando le preguntan por estos “locos” años, responde que lo único loco fue tanta sangre derramada, los asesinatos de John y Bob Kennedy, Malcom X, Martin Luther King, Vietnam, etc. Defiende esta época como un tiempo de grandísima creatividad. Además, vivió en la orden de los monjes trapenses bajo voto de silencio por siete años. La vida monástica, dice, es un método de desnudamiento. Su recorrido vital es el ejemplo más claro del camino de la errancia, del que Mujica habla, el camino de aquel que decide vivir la vida no como extensión de lo mismo, sino como ruptura y creación.

[2] Esto lo dice en un diálogo que sostuvo con Luis Arturo Restrepo y Juan Esteban Londoño en el V Congreso Colombiano de Filosofía, el 31 de julio del 2014, en Medellín: http://www.laraizinvertida.com/detalle-2346-filosofia-y-literatura-conversacion-con-hugo-mujica-ii-parte

Johny Martínez Cano

Profesional en Estudios Literarios de la Universidad Nacional de Colombia. No le gusta escribir sobre sí mismo.

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