‘Antes que la luna eclipse’. Un cuento de Alfredo Abad

         Abril estaba hecho de lluvia y de pájaros. Cuando despertó, la mañana y la luz murmuraban en su piel. En ese rutinario momento en el que una habitación está llena de crepúsculos y llanto, de deseos y agonía, de estremecimientos y vacíos… ella era profundidad. Había matices en los pliegues de sus sábanas, pueden verse imágenes de todo tipo cuando ciertas perspectivas se definen en un instante. Árboles, rostros, senderos… y de sus ramas, hojas al viento; y de sus visiones, sonrisas plenas; y de sus recorridos, asombros continuos. Los ojos entreabiertos sueñan esa amplitud, también su ocaso. Despertarse es abrirse al abismo que el día despliega.

         Un insecto deambula, rastros… ¿insignificancias? Quizá su recorrido es el mismo viaje que la vida le ha entregado a ella, cuando al cuestionarse encuentra sus estigmas, sus gritos, sus lamentos, su impreciso rol. Sabe que el insecto no sueña, no planea un futuro, no sucumbe ante preguntas sin respuesta. Es abril, él no lo sabe, y lo abraza una lágrima, el mar en que agoniza.

        Hay márgenes que ella lee con suficiencia. Un libro abierto sobre sus muslos no solo se puede interpretar a partir de las palabras que le son reveladas. Es el vacío sobre el cual se profundiza a distancia, el que posibilita las máculas negras que ya nada le dicen. Lee el espacio blanco, se integra en sus ondulaciones, en sus distancias, en sus rodeos. Sus ojos leen los territorios que nadie reconoce, el cumplimiento cabal de un proceso en el que se manifiesta un sentido privado, propio. Al dotar de significado al vacío, una sonrisa le otorga a su rostro una expresión denodada que nadie puede contemplar.

         La invade un dolor, y el ocre rojo que divisa en su entrepierna. Ella se ha convertido en ese descubrimiento. Ha devenido sangre, flujo, despertar, emancipación, dolor, hallazgo, desafuero, vida, muerte, unción, perplejidad, reconocimiento, canto, murmullo. Eclipsa en sus entrañas, para renacer también. Antes que la luna eclipse de nuevo verá otra luz, su cielo se abrirá, su despertar será rocío. Es la promesa que la vida le ha ofrecido en silencio, ella no lo sabe.

         Bendecida por la lluvia, su piel es invención, poesía traslúcida. Tampoco lo sabe. Pasos más allá, entre transeúntes sin nombre, fantasmas de carne, almas rotas que sonríen, hambre sin rostro, respira el rigor de la ciudad. Y los pasos se hacen raudos, fugaz desafío al espacio. Las sombras y sus derivaciones, los premonitorios encuentros con el vértigo, las lúcidas visiones de los amaneceres muertos. La algarabía se ha tomado la proximidad del cuerpo. Lo agobia, lo oprime, su piel es un rumor callado. ¡Quién puede escuchar el rumor de sus días! Esa fértil transfiguración en cuyo deseo muere con angustia el fervor de una mujer que ansía, todo, sin saberlo. Un perro roza su pantorrilla con indiferencia.

         Ignora, no es tan malo ignorar. Esa incertidumbre intensifica sus búsquedas, incipiente perplejidad de donde se nutre un corazón hambriento. Ya no es una mujer, es humanidad entre los escombros de su condición. Por eso sonríe a las nubes que opacan el sol, las sombras son abrigo, mendicidad solventada, descanso fortuito. Y ahora entre las discrepantes voces, entre la comunidad diseminada que grita, ahogada, su sed; el dolor estalla, la miseria reta sus pasos. Leve refugio las sombras, el hambre a su alrededor condiciona sus gestos. Pandemonio exaltado, atroz imprecación de la masa.

         Entre el caos progresivo la ciudad glorifica su inconformidad. Ese malestar alimenta su espíritu, esa agresiva disonancia que es música impregnada de desafío y llanto, de avidez y perdición, de imprecación y gozo ante los rótulos publicitarios que atraen su atención y glorifican su ruina. Senderos de un capitalismo execrado entre indulgencias para un consumismo inicuo. En todo espíritu transgresor reposa el poder de transformar sus días en decrepitud burguesa. Tampoco lo sabe. Su ignorancia se viste con harapos de felicidad torva.

         Es el instante donde el cenit destruye toda ambición. El hambre, la sed, el cansancio, el pensamiento, la actitud, los propósitos… desenfados del cuerpo. Mujer que resplandeces, se dice, eres oquedad y magnificencia, contradictoria expresión de quien ignora su altivez. ¿Quién puede verte? ¿Quién hallarte? ¿Quién transfigurarte? Descubre la vida entre la inverosímil plenitud que concede aquello que no se espera. Origina, se tu misma la cúspide que aguarda el encuentro, el esbozo en cuyos matices se amplía la existencia, hacia otra latitud. Así se horadan los surcos en donde germinarán nuevas presencias.

         Antes que la luna eclipse en los días de abril, las búsquedas no terminarán, se intensificarán. Ella abrirá su cuerpo, revelará estigmas, renovará sus pasos, cantará sus gritos, invocará a los dioses que su paganismo crea. Visualizará el rostro que sonríe por primera vez… y sabrá que los besos saben a flor salvaje, a arena dulce del mar que no muere.

Alfredo Abad

Profesor Escuela de Filosofía Universidad Tecnológica de Pereira

2 comentarios sobre “‘Antes que la luna eclipse’. Un cuento de Alfredo Abad

  1. Excelente cuento, posee un acervo léxico prolijo y unas emulcionadas figuras que que muestran un profundo conocimiento de la sociedad… Es esencialmente filosofía hecha poesía… Muy bellamente escrito Alfredo.

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