‘Jugaré contigo’, fragmento de la novela de Maritza M. Buendía

Foto: Charlotte Hayde.

 

Tenemos la primicia de presentar el comienzo de la novela Jugaré contigo (Alfaguara, México, 2018) de la escritora mexicana Maritza M. Buendía.

 

Jugaré contigo, Maritza M. Buendía, Alfaguara, México, 2018. “El juego es sencillo, cada noche me disfrazarás de muñeca”. Como viaje iniciático, Susana establece las condiciones para llevar a cabo su peculiar juego erótico: su amante turco podrá prostituirla durante cinco noches en un escaparate sexual de la ciudad de Amberes, siempre y cuando esté acompañada de su libro y de sus cuatro muñecas de porcelana; biblia y herencia de la sabiduría amatoria de su madre y de su abuela.

 

Jugaré contigo

(fragmento)

 

La habitación de tres paredes mide un metro y medio de frente por tres de fondo. Una cortina de terciopelo rojo oscuro cubre la vitrina que suple por entero una pared. Adentro, en una esquina, en lugar de una cama, hay un viejo secreter de madera carcomida, encima de él un libro gordo de pastas negras y gruesas.

     Hincada, con el torso girado hacia un lado y la espalda hacia atrás, se encuentra una muñeca articulada de porcelana fría. Mide alrededor de treinta centímetros. Una de sus manos se recarga en la superficie del secreter, la otra sostiene una paleta de chocolate. Las pestañas largas, los ojos color avellana, la boca rosa. Por efecto de las rótulas, las rodillas parecen quebradas, al igual que los codos. Viste una falda tableada a la cadera que alterna distintos tonos del café hasta llegar al naranja. Lleva un diminuto brasier de encaje dorado que hace resaltar la blancura del cuello y de los hombros, y que deja al descubierto el ombligo como un oasis en medio del vientre plano. El cabello, rubio y rizado, está en dos colas de caballo.

     Pero lo que asombra a Susana es otra cosa: en medio de las rodillas entreabiertas de la muñeca se distinguen los finos trazos de pintura acrílica color peltre, que emulan un orificio de entrada. Alrededor, Levent diseñó una joya: una mariposa dorada. Lado a lado de donde dibujó los labios pegó siete pequeñas cuentas de oro de veinticuatro quilates y de medio centímetro de diámetro, hasta llegar al delgado pubis y redondear un par de alas unidas en el centro. La cabeza, el tórax y el abdomen de la mariposa se alinean en tres cuentas que desembocan en la simulación de un clítoris. La mariposa entera es una joya de oro hecha con precisa simetría.

     Susana mira a la muñeca por largo rato, contempla embelesada el trabajo de Levent, la manera como imprime al juego su sello personal: sólo le faltó firmar a la muñeca con su nombre.

     Contempla, pero no se atreve a tocarla ni a moverla de su sitio. Casi no la reconoce. Le pertenece, sí, sabe que se llama Natasha porque ella la bautizó, pero parece otra, tan diferente a aquella muñeca de vestido dorado que viajó encerrada en su maleta desde México a Estambul y de Estambul a Amberes, tan altanera como siempre a pesar de ir apretujada entre Roxana, Isaura y Alondra.

     Susana se espabila, sacude la cabeza: es su turno, le toca avanzar, dar el siguiente paso. Busca su bolsa de cosméticos en los cajones del secreter y saca un espejo redondo. Antes de colocarse los lentes de contacto color avellana parpadea varias veces para humectar los ojos. Extiende en el rostro y cuello una base blanca nacarada que le oculta las ojeras. Con un lápiz corrector engrosa los labios y afina la nariz, sombrea los párpados color capuchino y el rubor palo de rosa en las mejillas. Coloca una hilera de pestañas postizas en el contorno del ojo, arriba y abajo, y varias capas de rímel. Con un pincel rellena los labios de carmín, los remata con varios toques de brillo.

      Encima de un banco giratorio de tela roja acojinada, Levent dejó una peluca rubia y rizada peinada con dos colas de caballo, una falda tableada talla siete y un brasier de encaje dorado treinta y dos C. Con un cepillo, Susana alisa y sujeta su cabello negro en un chongo bajo y se pone la peluca rubia. Desabotona la blusa y se quita la falda, guarda el collar de ámbar en un estuche y besa a Natasha en la frente. Enciende las luces rojas de neón y abre las cortinas de golpe.

      Y todo comienza.

      Como si fuera un maniquí de carne, se sienta en el banco, cruza las piernas, arquea la espalda para levantar el pecho. Lleva las sandalias rojas de Milena, las de plataforma y tacón alto. Pliegue a pliegue desenvuelve una paleta de chocolate. Sonríe con mirada de niña traviesa. Con la punta de la lengua, muy despacio, lame el chocolate. Entorna los ojos, ladea la cabeza, los pómulos se adelgazan cuando lleva la paleta a la boca.

      Los hombres se detienen en la vitrina, observan: Susana recorre lentamente la paleta por sus labios, estira más la espalda cuando marca un camino de saliva y chocolate a lo largo del cuello, saca del brassier uno de sus senos y cubre el pezón de chocolate. En una tela colgada en la pared del fondo, Levent pintó un columpio en el aire en medio de un páramo desierto. Y ahí, al centro, está Susana y su pezón dulce.

     Los hombres intercalan algunas palabras y gestos (sonrisas, saludos), miran a una mujer vestida de Lolita en un aparador. Algunos preguntan el precio al levantar dos, tres o cuatro dedos; siete dedos es igual a setecientos euros. De pronto se siente angustiada, ¿por qué no pensó antes en el dinero?, ¿por qué dejó la decisión hasta el último momento? Recuerda a la abuela Julia en la puerta principal de la Casa Grande, regateando con los vendedores ambulantes. ¿Será cierto que los europeos no regatean?

     Viudos y universitarios, un puñado de hombres de traje gris transita por las calles peatonales antes de volver a casa con la esposa y la familia. La mayoría son altos y rubios, con la piel tan clara y delicada que enrojece a la menor provocación del sol o del aire frío. Altos y silenciosos, rara vez se les escucha reír. Sus movimientos son breves y contenidos, igual de delgados que su figura. Desde la calle, rondan la vitrina, un derecho de propiedad reclamarán al pasar la puerta.

      Susana juega al todo o nada, vende esa ilusión. Sabe que los hombres pronto darán el primer paso, lo presiente. Cada cinco minutos cambia de postura. Cuando descruza las piernas, entreabre las rodillas como Natasha, abandona la paleta en medio de los senos, baja del banco y los descansa en el asiento como si la tela acojinada fuera una charola.

      La vitrina de la izquierda la ocupa una negra preciosa, de senos grandes y pezones erizados, de caderas anchas que piden ser palmeadas. La negra se pega a la ventana, baila, se frota con movimientos ondulados y suaves. Tiene la boca húmeda y carnosa que invita a ser besada. En la vitrina de la derecha está una italiana espigada y elegante, de nalgas blancas como la nieve. De cuando en cuando, la italiana acaricia su cabello cobrizo y lacio, pasa la mano por el vientre y se detiene en la orilla de una diminuta tanga negra. Con la mirada perdida estira el borde del elástico.

      Desde el umbral de la puerta, un hombre alto y rubio pregunta el nombre y el precio de Susana, pero ella no entiende lo que el hombre dice, habla un idioma desconocido. El hombre saca una credencial de su cartera, la señala y pregunta con el rostro, como si quisiera asegurarse de que tenga en regla los papeles de migración o las licencias sanitarias.

      Confundida entre los tonos guturales y cortantes, Susana responde en español con voz temblorosa:

      —Mi nombre es…

      ¡Qué tonta! De inmediato se da cuenta de su torpeza: no debe dudar, a ella le sobra valor. Observa de reojo a Natasha, le hace un guiño. ¿Qué haría la muñeca si estuviera en su lugar? Tranquiliza al hombre con la mirada y extiende una mano hacia el aire, lo invita a pasar. Con la voz fuerte y clara, reinicia:

      —Mi nombre es Susana… Te estaba esperando… ¿Quieres sentarte? —con una sonrisa encantadora toma al hombre de la mano y lo sienta en su banco.

      Cierra la cortina. Afloja la corbata, quita el saco, desabrocha la camisa.

      —Tengo todo listo, preparado para ti —abre un cajón del secreter y saca una botella de líquido transparente, sirve una copa—. ¿Quieres? Es un licor de azafrán que fabrican las mujeres de mi país. Es imposible conseguirlo en otro lado. Lo traje para ti. Prueba, es delicioso.

      Da un trago a la copa y la ofrece al hombre por el mismo lado de donde ella bebió, quiere que la pruebe primero a través de la huella de sus labios. Él mira y escucha, se deja hacer, no se decide a tomar la copa que la mujer le ofrece.

      En un alegre impulso, Susana gira a la izquierda para hablar a través de la pared:

      —Negra, llegó el primero… ¿Me escuchas?

    —Déjate de fantasías aztecas, mexicana, ni siquiera sabes hablar inglés —la negra responde al instante—. Mejor tócate los pezones y menea tu culo de reina. Atiende al caballero como una verdadera hembra.

     El hombre observa extrañado a la muñeca en el secreter, con el meñique le alza la falda y descubre la mariposa dorada, palpa el oro con la yema del dedo. Quiere hablar, pero Susana alarga los brazos para tocarse, para tocarlo: lleva el índice a sus labios y luego a los labios de él; no entiende su idioma, no le hace ninguna falta.

      Se arrodilla y descalza al hombre, sostiene el pie entre sus manos, comienza a frotar el arco. El hombre deja de acariciar a la muñeca, bebe el licor de un trago sin hacer ningún gesto. Está dispuesto a marcharse, no sabe por qué entró ahí, con ella. Retira los pies, busca sus zapatos. Y Susana debe hacer algo, cualquier cosa, detenerlo, nada arruinará el inicio del juego. Ella quiere bailar o pasear en el columpio que dibujó Levent. Finge que está desorientada, que tropieza por culpa de las sandalias rojas, cae en los brazos del hombre.

     En un movimiento reflejo, él la sostiene por la cintura, la empuja hacia el banco, la besa en el cuello, le mordisquea la oreja. Ella abre los brazos para recibirlo e imagina que trepa al columpio. Desde ahí puede pensar, sentirse como Natasha, ser como Natasha: es la muñeca rubia de pestañas largas y mejillas rosas, la que huele a chocolate, a niña pequeña y feliz; es la muñeca que estira los brazos al cielo y las piernas al aire mientras levanta la falda a la altura del ombligo.

      El hombre observa una réplica de la mariposa de la muñeca, a mayor escala, en la entrepierna de la mujer. Con los dedos temblorosos, el hombre recorre la joya de oro que poco a poco se va humedeciendo.

 


53839912_2324590211143808_8669625184736509952_nMaritza M. Buendía. Zacatecas, México. Doctora en Humanidades-Literatura por la UAM-Iztapalapa, México. Es autora de la novela Jugaré contigo (Alfaguara, México, 2018), Premio Nacional de Literatura Gilberto Owen con Tangos para Barbie y Ken (Textofilia/IZC, 2016), Premio Bellas Artes de Ensayo Literario José Revueltas con Poética del voyeur, poética del amor. Juan García Ponce e Inés Arredondo (UAM/CONACULTA 2013), y Premio Nacional de Cuento Julio Torri con En el jardín de los cautivos (Tierra Adentro 2005). Fue becaria del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes, Jóvenes Creadores, y formó parte de la primera generación de la Fundación para las Letras Mexicanas. Actualmente, es miembro del Sistema Nacional de Investigadores e imparte clases en la Licenciatura en Letras y en la maestría en Literatura Hispanoamericana, ambas de la Universidad Autónoma de Zacatecas, México.

 

 

 

9786073168953

Literariedad

Revista dominical que asume la literatura, la poesía, el cine y el teatro como calles, lugares de encuentro y desencuentro. ISSN: 2462-893X.

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