Alarmas almadas

Foto: Sebastian Moreno. 

 

“No hay que creer demasiado en las armas”.

(Estanislao Zuleta 1935 — 1990)

Cada vez que leo el poemario “Alarmas armadas” comprendo algo nuevo sobre nuestro país, Colombia. Este es uno de esos libros que a medida que pasa el tiempo, por la memoria y por la videncia que lo conforma, se actualiza, se contrasta y constata a partir de la realidad social que se vive. A primer ojo y desde el punto de vista más tradicional de la poesía se puede objetar incluso su elaboración poética, pero estoy segura de que es lo que menos le interesa al libro, a su apuesta. Este poemario lo he ubicado en mis estudios acerca de la Poesía testimonial colombiana, como un poemario condolido, en el sentido en que a partir de la hibridez de géneros entre la poesía y la crónica logra retratar personajes antagónicos del conflicto armado, acercar a los lectores emocionalmente a la experiencia de la violencia.

Se encuentra aquí el retrato colectivo de un país en estado de excepción, Colombia puede dar cátedra y modelo hacia otros países sobre ello. Esa zona de indeterminación entre las normas y el Estado social de derecho, la fuerza de la ley violenta, del orden bélico que se vuelve cotidiano, incluso entre la subjetividades, cada vez más desvinculantes, cada vez más competitivas, en donde “hay que darse puñal”; o la ley del “vivo vive del bobo”; la corruptela de saltarse el puesto en la fila; la necesidad de hacer valer enérgicamente el poder a quien se oprime, de sentar mecanismos de poder para reorganizar la jerarquía; el partidismo y la politiquería que remplaza el pensamiento crítico. No es una sola persona, ni un nombre propio, es nuestra cultura de la violencia que escala todos los niveles y la encarna en elecciones hacia este personaje o hacia líderes que representan el régimen de guerra. La norma es la excepción, el autoritarismo solapado funciona para el capitalismo y el mercado, desde las acciones individuales más dictatoriales y por su misma aspiración totalitaria, cada vez más frágiles e inseguras.

La voz lírica se enuncia en la mayoría de los poemas en tercera persona y alterna hacia el yo íntimo cuando quiere mostrar, que esta es su motivación principal, el cinismo y la degradación a la que nuestra cultura de la violencia llega con la banalización de la misma.  A finales de los noventa la poeta María Mercedes Carranza llamaba a sus encuentros de poesía frente a la violencia con el nombre más antibélico que encontró: “Alzados en almas”, recuerdo esto también a propósito del título del poemario, que no busca subvertir la guerra sino exhibir el ilimitado nivel de violencia que podemos alcanzar en el país, con esto también logra la expresividad que lo antitético del poemario busca, es decir con la intención de mostrar se logra también afectar al lector, llegar al alma como una alarma, indignar y hastiar, saturar el signo para afectar.

Si la poesía es el alma frente a las armas, (a las que no hay que creer demasiado, según dice Zuleta) esta es un alma de todos, llena de sombras, de cuerpos y cadáveres que nos tocan, a lo humano y lo no humano de nuestro país llega este libro para que te veas en él. “Léete” dice el lema de la Feria del libro de este año 2019 donde Colombia es el país invitado, el libro estará en el stand 216, de Lugar común editorial, pabellón 3,primer nivel. Aquí dejo también algunos de los poemas-retrato:

 

Victimarios

Algo será, pero no basta
que se declaren culpables, contritos.
El tamaño de su egoísmo
Hará imposible que miren sus manchas.
Cuando el humilde encuentre -prenda perdida-
su dignidad, la levante, la afirme,
el tirano juzgará ilegítimo tal gesto,
aprestará el azote,
zurcirá leyes para atarlo de nuevo
a su yugo de esclavo.

 

Asesinos

Los asesinos llegan:
Dos jinetes depredadores
En potente motocicleta.
La bestia de acero estremece el aire
Con un bronco rugido,
Estentóreo clamor de guerra.
Se lanzan al ataque.
La víctima se quiebra bajo el rayo de pánico,
Confusamente sabe
Que no hay escapatoria.
La descarga de plomo resuena en sus oídos
Con la trepidación lejana
De un redoblante.
No puede impedir ante sus ojos
Una puerta circular se abra.
Mira y palpa el silencio,
Lámpara que se va apagando.
Entretanto, los asesinos huyen
Ofuscados pero fortalecidos
Por la droga del odio
Por la droga y el odio.
No habrá policivo brazo
Ni aparato de justicia
Que los alcance;
Saben que su audacia está protegida.
Han tenido de nuevo el privilegio
De segar una vida, igual que los dioses.
Tras ellos, a la sombra,
Está el poder y el dinero del intocable.

 

El sospechoso

Examinaron el asunto y concluyeron:
“hay que aplicar el infalible método
de imponer nuestra verdad a sangre y fuego”
Arrasaron campos
sometieron pueblos
tiñeron con sangre el suelo y el agua.
El enemigo se vio precisado
a dar respuestas de igual contundencia.
La gente de paz fue sitiada
por ambos extremos,
y con frecuencia secuestrada o muerta.
En su sabio entender los contendientes
dieron en condenar lo neutro.
“Es un engaño la imparcialidad”-dijeron-
e invocaron la vieja sentencia:
estás conmigo o estás en mi contra.
Los pacíficos, mansos, desarmados
se convirtieron en los enemigos.
Adoptaron los verdugos el cobarde recurso
de no confrontar al temido oponente,
dirigir el ataque hacia el inerme,
el neutral, desde siempre el sospechoso.

 

Aquel país

Hubieras esperado, en aquel país de altas montañas
y valles apacibles donde susurra el agua,
encontrar gobernantes que exaltaran lo justo,
que al honrado alabaran y al mendaz repudiaran.
Hubieras querido que en aquel país de verdes praderas,
olorosas selvas apretadas de follajes y siglos,
las manos de los jefes desde arriba esparcieran
licor de concordia, olor de esperanza, trazos de paz.
Pero el alma y la carne de aquella región transparente
habían sido infectadas por morbos y plagas:
ciego egoísmo, anonada avaricia,
malquerencia al hermano, desprecio por la vida.
Todo vale en el país que abolió la moral:
robar no es un delito si borras evidencias;
no estimar la verdad suele ser apreciado:
asesinar es bueno si con ello resguardas
la muy sagrada propiedad privada;
el chantaje se aplaude si con ello procuras
guardar el equilibrio de justas injusticias
y el amado sistema de desigualdades.
Matar se dispensa si el muerto no pagaba impuestos,
si era indigente o revolucionario.
Se aprecia y encomia la maledicencia
como si fuese eficaz medicina.
En la dura competencia de la democracia
lo indicado es ahorcar al pequeño
para que viva y reine el caro monopolio,
que al fin y al cabo los frutos de la tierra
serán cuidados por las limpias manos
que amparan el poder.
Acallar al jilguero
oír trinar al cuervo.
Degollar la oveja,
liberar al lobo.

 

El pueblo más feliz del mundo

En selvas, en llanos, en las montañas,
guerra incesante, muerte;
en ciudades y pueblos, la parranda eterna.
Es el país más feliz de la tierra,
es el más inconsciente.
Los muertos se apartan a un lado
y se encienden las gaitas.
Los más exultantes no tiene un pan
para aliviar el hambre de siglos
que tortura los vientres de famélicos hijos.
En casa, una heroína venerada a golpes,
resignada reina de las humillaciones,
ve con ojos ausentes el carnaval de afuera
que se anima y crece en plazas y tabernas.
Bendicen, celebran con sangre y alcohol
la virtud de once mil y mil vírgenes más,
cada día del carrusel del año.
El más nimio hecho puede ser pretexto
para proclamar cese de labores,
iniciar ferias, armar festivales
y encender así masivas francachelas:
por la cosecha, el agua, las montañas
los afloramientos de minerales,
la incesante floración de púberes doncellas.
Eso sí, en toda fiesta, una reina y un reinado.
¿Quién ha dicho que pobreza excluye monarquía?
Orquestas de fama, bailes tumultuosos
aunque la región vecina haya sido arrasada
por el agua o por el fuego, aunque hermanas ciudades
sufran asedios armados o un baño de sangre.
De un lado, balas, llanto, muerte; del otro, parranda,
Jolgorio, escenario de frívolos festejos.
Aquí felicidad es lo mismo que inconsciencia.

 

Maneras del tirano

El señor gritó desde su trono
apretando los puños:
“¡Nadie escapará sin daño
al azote de mi furia!”
Cuando llegó el momento,
sólo dos pobres siervos
padecieron tortura.
De nada eran culpables,
a no ser de arrastrar
sus miserables vidas.
No había ira en el Señor
ni motivos para validar
aquel atroz castigo.
El caso era que el amo,
olvidado y ocioso
se creía obligado ante su pueblo
a dar una lección de fuerza,
una sangrienta muestra de poder.
Así, en adelante no debían ignorarlo.

 


Fernando Núñez nació en Aracataca (Magdalena) Colombia. Biólogo de la Universidad Nacional de Colombia (Bogotá). Maestro en ciencias, Biología-Genética de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM México, D.F.)

Portada del libro Alarmas armadas, Fernando Núñez, Lugar común editorial, 2016.
Angélica Hoyos Guzmán

Creo que la literatura es la vida. Investigo sobre las formas de la sobrevida en el mundo contemporáneo a través de la poesía y el arte. Colecciono indicios.

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