Tinto es rito — Roberto Segrov

Foto: Camilo Hortúa para Literariedad

 

Nos alegra presentarles en nuestra edición de mayo de 2019: La Traviesa, dedicada al café, este ensayo de Roberto Segrov; el poeta se pregunta por la identidad de Colombia y busca una respuesta en la historia de la cultura cafetera, desde una perspectiva filosófica.

 

 

Tinto es rito

Roberto Segrov

Tell me about an ambush. I ambushed you with a cup of coffee!
Sam (Robert De Niro)
Ronin

En Historia de Colombia. País fragmentado, sociedad dividida[1], libro que escriben a cuatro manos Marco Palacios y Frank Safford, Safford afirma que ante la fragmentariedad de la identidad colombiana, producto, bien se sabe, de la máquina capitalista colonial y de una geografía abrupta que, incluso en época precolombina, imposibilitaba la comunicación y convivencia entre las distintas naciones prehispánicas que habitaban esta zona de Abya Yala[2], el café puede ser acaso un factor que permite, de una manera harto incierta, pensar en un rasgo de lo que se puede llamar colombianidad.

El argumento de Safford más que histórico es, cómo no, económico. Ni la industria aurífera, ni la de la extracción de plata, carbón o cobre definió la economía del país, en términos de incluirlo en la compleja conversación mundial del mercado. Solo el café logró referenciar nuestros límites de república y nuestra identidad o, mejor, nuestro temperamento de país agrícola.

Descontento con este argumento de carácter mercantil más que identitario[3] (sin querer caer en el esencialismo de negar que la economía y sus dinámicas también modelan la identidad proteica de los pueblos) prefiero acudir al lenguaje mitológico, acaso el único que posee la potencia suficiente para delimitar o aproximarse de modo menos taxativo al relativo, complejo e inaprensible concepto de identidad. Es decir, sí acepto al café como símbolo e imaginario mitogenético de un rasgo particular de nuestra cultura, pero no determinando el símbolo a partir de una mirada exógena y opresora como lo es esa que proviene de las dinámicas del mercado capitalista, sino como una coordenada mitológica que abre un espacio para entender nuestra cosmovisión, una que se asienta o bebe, mejor, de la tradición de relacionarse con la tierra en un diálogo igualitario; a saber, no instrumentalizando la tierra sino entablando una dialéctica de la siembra[4] para hacer germinar un fruto que es más olor y sabor que alimento.

Si los israelitas, que se autoproclaman el pueblo de Dios, y que exportaron toda su miseria y mitología a todos los pueblos de la tierra, iniciando así parte de lo que sería la macabra máquina del capitalismo[5], tuvieron el maná de Yahvé en su travesía por el desierto, nosotros, no menos religiosos, tanto más por la brutal forma en que se impuso la visión de Dios por estas geografías, lo que produjo esas exquisitas tensiones de asimilación y apropiación que redundarán en un sincretismo de diez mil vírgenes y otros tantos cristos y señores caídos y santos que hierven a la pertinaz luz de la cercana candela de las veladoras, pero decía que nosotros, para nuestra travesía por este yermo infinito que es la historia de Colombia, tenemos el café.

Al café negro, sin azúcar, sin panela, sin leche le hemos llamado tinto. Tinto es rito siguiendo la lógica de que el rito no es repetición o rutina, sino ceremonia ideada para aproximarse y, a la vez, conjurar el horror vacui subyacente a la existencia. Hay pueblos que se fabrican una retórica de la esperanza para enfrentar el sinsentido de la vida, aquí tenemos el primer tinto del día: tras esa fina llovizna de vapor que asciende de la taza, la angustia existencial se amilana y medra el goce de la vida. Los italianos, por dar un ejemplo, diseñaron un mecanismo infalible para el insomnio, para vigilar la noche, donde el misterio acecha, se llama espresso corto, y llenan el espacio con palabras, así como con gestos, del café aseguran que debe ser caldo, cómodo e in compagnia: caliente, cómodo y en compañía, y uno comprende que se aproximan a esta bebida desde un pensamiento sagrado.

Asimismo, nosotros (es decir, nuestros ancestros) consentimos la tierra, la hacemos germinar, recolectamos el grano, lo ponemos a secar, lo tostamos, lo molemos y, como la música en los espacios que nos contienen, liberamos un relato de aroma que todo lo llena, lo aprieta y lo nombra. Beber café es volver al momento en el que se inicia una tradición.

Ante el exterminio propuesto por las maquinarias letradas de la sinrazón, en su ánimo de imponer su visión de mundo a través de las furiosas olas de la historia, nosotros hemos alargado una taza de café. Ante el frío del universo, el vaho del café difumina las penas de los días.

El esclavo africano en la plantación caribeña, humillado y cansado, dolorido y castigado, cantaba y bailaba para conjurar la violencia histórica y social a la que era sometido, detenía el tiempo y abría un espacio en illo tempore dónde habitar y curar su dolor y desarraigo; nosotros, menos golpeados, pero ante la ominosa amenaza de las multinacionales del saqueo, ponemos un pocillo de tinto sobre la mesa y congelamos las horas para ingresar en una dimensión que es sabor, comunión y rev(b)elación. El primer sorbo nos rescata goteantes de las mareas del caos y nos pone ante nuestra piel en la justa proporción de lo que somos. Entonces, el día y la sucesión incomprensible de acontecimientos signados por la determinación intolerable de la sociedad humana, se hacen menos catastróficos.

 

Notas:

[1] Universidad de los Andes 2002.

[2] Nombre con que en lengua Guna se designaba al continente americano, significa “tierra madura o florecida”.

[3] Hay que recordar que la noción de nación está ligada al concepto de identidad y que la de estado o país lo está a conceptos que se desprenden de la economía y de las leyes; pocos, así, son los que pueden entenderse como estados-nación. Ciertamente, Colombia es muchos países como lo señala Aurelio Arturo en su bello poema, pero más que países, Colombia es naciones.

[4] Esto, entre otras cosas, es lo que se entiende por minga/minka.

[5] Antonio Benítez Rojo, en La isla que se repite, entiende la colonización europea en América como un dispositivo que hace parte de una inmensa máquina del capitalismo puesta en movimiento bajo la retórica de la evangelización.


Roberto Segrov dice de sí mismo que es omnívoro en el cine. En la música, adicto ecléctico con tendencias al metal finés y al Death Metal Melódico de todo pelaje. Es autor de los libros de poemas Formas de romper las olas (Buenos Aires Poetry, 2018) y de Tríptico lunar (Taller de edición Saint Neve, 2019).

Literariedad

Revista dominical que asume la literatura, la poesía, el cine y el teatro como calles, lugares de encuentro y desencuentro. ISSN: 2462-893X.

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