Los venenos

A la hora del desayuno el viento golpeó en
las ventanas como si hubiese tenido manos.
El llanto de los gatos

Federico de la Vega

 

Venenos de distintos sabores. Obra autoesquizofrénica, contiene las variantes de la enfermedad literaria de Federico de la Vega en un palimpsesto de imágenes irónicas y atroces. Personalmente me gusta la literatura de la palmada en la cara. Es decir, esa literatura escrita con alevosía y con odio sistemático. Casualmente (causalmente) esa literatura siempre me aguarda, acaso porque, como con los martirios del amor, se cae siempre en lo mismo. Se elige a los mismos. Se vuelve a las mismas descarriladas relaciones de fuego, sudor, gritos, sangre y semen. Literatura de la que se sale sollozando, pero con una media sonrisa.

Quiero pensar que el gesto en la lectura es el de Brandon (Michael Fassbender) en el punto de no retorno de Shame. Angustia y epifanía. Como apunta Sixto Rodríguez en “This Is Not a Song, It’s an Outburst: Or, the Establishment Blues”: I can’t stop so I’m hurting. Incontables e incontenibles veces mis amantes me han producido nausea y rencor, pero he vuelto a ellos desesperado como he vuelto a esta literatura: sabiendo que el saludo será una palmada con la mano abierta y mojada en pleno rostro. Sabiendo que no sabré si reír o llorar cuando todo haya terminado; solo para buscar un nuevo inicio: la inauguración de un mundo de tormenta sobre las ruinas rotundas del alma, de la negación, del deseo. Porque eso soy (eso somos), deseo o renuncia.

A la literatura de Federico de la Vega ingresé desde antes de leerlo, o leyendo de otro modo. Andaba yo con mi amigo Jorge Tapia por Santiago de Querétaro. En uno de esos cabrillazos que mi amigo suele dar, me propuso que desandáramos el camino y que volviéramos unas cuantas calles para ir a la Autónoma de Querétaro. En el patio barroco, en una oficina minúscula, Federico cura la producción editorial de la universidad, desde la memorabilia hasta la estéril escritura académica. Federico trabaja con su compañera, Diana, y con un chico de nombre Ramsés Gabin; se sienta frente a su computador con la silla casi tocando el suelo, de modo que los ojos le quedan a nivel del escritorio y debe alargar las manos hacia arriba para teclear. Al principio se me pareció a uno de esos harleystas que montan una motocicleta con manillares altísimos, luego, a esa imagen se sobrelapó la de un ser extraño que tocara un clavicémbalo o la de un niño intentando alcanzar las teclas de un órgano de tres plantas. Federico de la Vega se vuelve en su silla giratoria como despertando de un sueño o como si lo hubiera pillado uno viendo pornografía o hackeando el Citibanamex, exclama: «¡Qué onda!» y se levanta, le estrecha a uno la mano y se desplaza presuroso a los anaqueles de la librería de la editorial; extrae títulos siguiendo un sistema enigmático y le atiborra a uno los brazos de libros.

Visité a Federico de la Vega en cuatro ocasiones y en cuatro ocasiones se dio la vuelta como sorprendido o despertado, exclamó: «¡Qué onda!» y me llenó los brazos de libros.

Pero su libro de cuentos tuve casi que robarlo. Inventó que no había ejemplares. Le entregué el mío y mientras leía la enrevesada dedicatoria, metí la mano en el cajón de su escritorio y extraje el librito. Dirán ustedes que es un hecho que lo sustraje, la verdad es que sé que me dio la espalda para que yo pudiera hacerme con sus escritos. Compartimos la responsabilidad: no lo robé, no me lo entregó. Sospecho, y esto es resultado de la lectura, que quiso infligirme esas páginas. Porque hay literaturas que detonan como una venganza.

De vuelta a mi país, sobre la oscura incertidumbre del océano, elevado por el viento de una carrocería de aluminio, leí los venenos de Federico.

La experiencia me hizo sentir que el avión descendía bruscamente unas cuantas decenas de metros, pero nadie más lo notó, solo yo supe el peligro al que estábamos expuestos; yo, solo yo, con aquella granada de fragmentación en mis manos.

Solo agregaré unas líneas más porque el recuerdo de la lectura me ha puesto los pelos de punta. Una literatura que inicia la pendeja de mi madre y que termina cuando ponga punto final en esta pared tomaré de un trago el mercurio, y que en algún momento del recorrido contiene, como una semilla malvada, una imagen como extraída de Begotten, de Elias Merhige, es una literatura que se recomienda leer con una máscara para soldar asbesto en lo profundo del Pacífico o con un traje para manipular plutonio.

 

Roberto Segrov

Roberto Segrov nace en Bogotá queriendo haber nacido en Estridentópolis. Escribe poesía, narrativa, traduce la obra de los poetas que más lo trasnochan y dicta clases de literatura en varias universidades de la capital colombiana, también es oficinista, lo anterior, todo en ese orden. Ha publicado los libros de poesía Formas de romper las olas (Buenos Aires Poetry, 2018), Tríptico lunar (SaintNeve, 2019) y Estudios para el intento de ciertas pesadillas (Editorial Pie de Monte, 2019), así como el libro de relatos Un crepúsculo que no termina (Ediciones Camelot, 2019).

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