‘Cruzar la noche’, un cuento de Silvana Aiudi

Foto:Blue sky in the Midnight. Yayoi Kusama

La rutina, el tedio, los fracasos cotidianos. Así una noche y otra… Pero ¿qué ocurre cuando la noche desencadena situaciones inesperadas? Silvana Auidi nos ofrece un cuento donde la frontera entre el horror y la vida frívola de cada día parece a punto de cruzarse.

De algún modo sobreviví la noche
y entré en el día
al salvado le basta su salvación
aunque no sepa el cómo.
Emily Dickinson

1

Después del cumpleaños, Laura y yo estamos todo el tiempo juntas. Ahora está sentada en la silla del patio de atrás de la casa fumando. Se nota que le molesta la voz de la nena, que habla sin parar. A veces la observa de reojo y, otras, le pide que se calle. A veces anota en una libreta vieja. Laura tiene la cara avejentada y la piel rosada por el calor. Se escucha el goteo de la lluvia que pega en algo metálico y empieza a caer sobre la cerámica del patio. Las macetas y las plantas están en su lugar, algunas tienen las hojas verdes, como si el agua de lluvia las hubiera llenado de vida. 

Salgo al patio para poner un trapo de piso en la entrada que da a la puerta de la cocina. No sé si Laura va a entrar o la nena va a salir, probablemente no, pero tampoco quiero que ensucien el piso que acabo de limpiar. 

—Llovió anoche, parece que nos agarró una cola de tornado a las tres de la madrugada— es lo único que dice.

—La naturaleza es sabia— respondo intentando iniciar una conversación fallida. 

La casa es linda, pero algo chica. De acá puedo ver la estación de trenes y el almacén para ir dos por tres a reponer gaseosa o comprar cigarrillos. Me molestan los gatos, que ronronean todo el tiempo, y eso de cambiarles las piedras. Me siento tan sola que imagino que alguien viene a hacernos compañía, a conversar un rato. 

—¿Qué te parece si entrás? Está lloviendo de nuevo— le digo. Laura no responde. 

La lluvia golpea las ventanas de la casa. Lavo los platos y espero que sea la hora para que el micro del colegio pase a buscar a la nena. Faltan quince minutos todavía. No puedo dejar de pensar en la noche del cumpleaños. 

En qué momento decidí ir a vivir con Laura y la nena. Creo que mi departamento no me gustaba demasiado: las reuniones de consorcio, el gimnasio, los vecinos y la insistencia en poner cámaras en todos lados, no tener llave para entrar, el ruido de la avenida y el edificio vidriado y luminoso sin persianas. 

—Dale, bajá, llegó el micro— le grito a la nena. 

La nena intenta saludar a Laura. Laura le da un beso que apenas roza el cachete izquierdo de la nena. Después baja la mirada. Insisto en que entre; la nena ya se fue, le digo. Laura reacciona cuando ve las nubes que traen la tormenta.

—Las piedras van a romper las plantas.

—No anuncian granizo— le respondo. —Si querés, las entro.

—Sí, me dan miedo las tormentas.

Laura camina hacia la cocina. Parece un fantasma. Abre la alacena, saca del lugar un frasco de pastillas y agarra otra lata de gaseosa que se lleva a la pieza. Las pastillas le resecan la boca, ya sé. Todo es irreal como si hace años Laura estuviera en el mismo estado desde aquella fiesta de cumpleaños. 

Me voy a bañar y el agua me cae sobre las tetas que están caídas, casi tocan el abdomen. Me quedo un rato mirando la ducha y dejo que me caiga el agua en la cara. No quiero salir de ahí. Hago mucho esfuerzo para poder agarrar una toalla, secarme los ojos, respirar y ver a Laura tendida en la cama. Me queda la certidumbre de que es la última vez que va a volver a la pieza porque desde ahí me vigila. 

2

El día del cumpleaños, pasé a buscar a Laura a eso de las diez de la noche. Esta vez estaba apurada. Sabía que Gabriela se iba a enojar si éramos impuntuales: había estado cocinando desde el día anterior para la fiesta. Cuando llegué, Laura estaba lista. Así que solo me bastó con tocarle bocina y salió corriendo. Esa mañana, Laura había estado algo perdida. 

—Che, también viene Ernesto. ¿Te molesta?— dijo.

—No, para nada— mentí como de costumbre. 

—¿Y dónde está? — le pregunté.

—Lo tenemos que pasar a buscar. Hoy la nena se queda con la niñera. Por eso puede venir. De paso lo conocen. 

No dudé en mostrar mi cara de fastidio. A eso de las diez y media de la noche, llegamos al cumpleaños. Durante el trayecto, no hablé demasiado con Ernesto.

 

Nos encantaba ir al departamento de Gabriela porque era una anfitriona de lujo: nos preparaba nuestros platos favoritos y además nos hacía sentir cómodas. Esa noche era su cumpleaños y el departamento estaba lleno de gente que no conocíamos. Saludamos, hola hola te presento a tal hola qué toman qué frío a mí déjame con el calor no sé a quién le puede gustar el invierno, y nos sentamos entre nosotros para hablar sin importar los demás.

La fiesta tenía de todo: globos plateados, globos azules, música que salía de los parlantes conectados al televisor, videos de canciones, tragos. Entre toda la gente del lugar, estaba una chica que había ido al cumpleaños con su hijo de unos tres años. El nene corría por el departamento y gritaba. Creo que estaba aburrido o tenía sueño. Ya era tarde así que la chica lo puso a mirar televisión y se fue a fumar al balcón con otros invitados. La televisión estaba a todo volumen y los parlantes no se habían desconectado de modo tal que todos en el cumpleaños, en algún momento, nos encontramos escuchando Bob Esponja. Por suerte estaba otra chica que había venido hacía poco de su viaje a Europa y nos entretenía contándonos sus anécdotas en Amsterdam, que le encantaban las bicicletas, de lo bien que funcionaba todo allá, de lo diferente que era la comida y no como en Argentina que todo es así nomás.

 De lo único que pude disfrutar, al principio, fue de la comida y del vino porque después la cosa se puso peor: Ernesto resultó ser amante de las telenovelas. Nos habló por largo rato sobre Verónica Castro, Patricia Palmer y Carlos Mata. Algo aburrida, cambiaba de tema sin éxito, pero Ernesto volvía y volvía sobre lo mismo. La verdad, el tipo me tenía bastante podrida. Para mi respiro, apareció Gabriela con la torta de cumpleaños. Fue un alivio doble: porque el nene que veía dibujitos animados apagó el televisor, se subió a upa de la madre, que había entrado hacía poco de fumar en el balcón, y todos cantamos que los cumplas feliz. Saludamos, Gabriela abrió los regalos y comimos la torta. La hermana de Gabriela puso música, comenzamos a bailar y cantar en el living del departamento. La fiesta ideal. Faltaba un robot que bailara y alguien disfrazada de Britney, que más tarde llegó. 

Se escuchaba un timbre de fondo, pero nadie le prestó atención. Era sábado y Gabriela estaba en todo su derecho de hacer un cumpleaños en su departamento. Yuta, fuera yuta, alguien empezó a gritar hacia la puerta del departamento en señal de que la vecina dejara de tocar el timbre. Y todos enloquecimos cuando empezó a sonar Gilda e hicimos algo parecido a un pogo, saltando al compás de la canción y cantando a gritos el estribillo. Nos divertíamos, nos encantaba la fiesta. Ernesto había dejado de hablar, los que querían fumaban en el balcón, el nene se había quedado dormido en el sillón, lo podía ver a los lejos, y Britney hacía coreografías que todos seguían. 

Tal vez porque ya era tarde, casi las tres de la mañana, y había tomado demasiado, empecé a sentirme mal. Quizá era por la excitación. 

—¡Me duele la cabeza! — le grité a Laura.

—¿Qué?

—¡Me duele la cabeza! — le volví a gritar.

—Vamos a sentarnos— alcancé a escuchar.

Nos sentamos en el sillón donde dormía el nene. Lo corrimos un poco hacia el costado. 

—Escuchame, ¿querés una aspirina? Tengo porque siempre me dan dolores de cabeza— me dijo Laura. 

—Sí, dale—.

Hasta que Laura fue a buscar la aspirina de su cartera, que estaba en la pieza del departamento, el tiempo transcurrió en cámara lenta. Los oídos me retumbaban y miraba al nene durmiendo al lado mío y a la gente saltando al ritmo de alguna cumbia ahora y reírse como marionetas en la oscuridad y a Britney llena de glitter cantando Crazy. Se me cerraban los ojos y cada vez que los abría, era una nueva imagen en cámara lenta de lo divertidos que estaban todos a lo lejos, cada vez más lejos de mí.

—Acá tenés. Tomá— escuché a Laura. Me daba la aspirina.

—Mirá si alguien muere hoy —le dije. —¿Quién se va a dar cuenta con este quilombo? — pregunté sin notar el efecto que iba a causar. 

Cuando me desperté, la fiesta había terminado y los invitados ya no estaban. No entendía nada y me dolía demasiado la cabeza. Me levanté del sillón como pude y vi a Ernesto tirado en el baño mientras salía agua del bidet hacia arriba y le mojaba la cabeza. Ernesto se encontraba encorvado, como si se hubiera caído y tenía una mano apoyada en la canilla del bidet, inmóvil, muerto. Otra canción de Gilda de fondo. Nadie había apagado la música.

—¿Y ahora qué hacemos? — pregunté.

Laura se puso a tocar el cuerpo como tratando de buscar una puñalada o algún rastro de sangre que indicara qué había pasado. Le abrimos la camisa e intentamos bajarle el pantalón. Vimos un golpe en la frente. Nos quedamos mudas, sin saber qué hacer. Yo empecé a llorar a los gritos y decir que mi vida era una mierda, que ya no podía más, que era lo único que me faltaba. Laura fue a la cocina, se sirvió gaseosa y la vi tomarse una pastilla. 

 — ¡Están nuestras huellas digitales, lo tocamos todo, ahora nos van a culpar a nosotras! ¡La puta madre, loco, la puta madre! — grité histérica. 

Laura propuso ponerlo en la bañadera con agua un rato para que se borraran las huellas. Lo volvimos a desnudar y agarramos el cuerpo, pero se nos cayó. Pensamos qué hacer con Ernesto, qué decir si alguien llegaba a contar algo de lo que había pasado, qué le diría Laura a la nena que ahora estaba con la niñera, pero que en pocas horas volvería a la casa, a esa casa de Villa del Parque.

—Aprovechemos que está oscuro y llevémoslo al Tigre. Lo podemos tirar al río— propuse. 

Sin hablar, nos levantamos. Yo estaba encargada de agarrarlo de los hombros y la cabeza, pero se me patinó y cayó boca abajo. Cada vez pesaba más. Lo dejamos así por un rato. Lo dimos vuelta y notamos que tenía un golpe en la frente. Gabriela agarró las llaves del auto, lo cargamos y lo pusimos en el ascensor. El ascensor era chico, de esos de antes, en los que no entran más de dos personas. Metimos a Ernesto ahí y Laura subió con él. Gabriela y yo bajamos por las escaleras para, de paso, asegurarnos de que no hubiera nadie en el palier. Era algo probable porque rozaban las cuatro de la mañana. 

Llega el ascensor a planta baja. Ernesto pesa cada vez más. Lo agarro de los brazos primero. Después de las piernas. Laura nos abre la puerta. Gabriela está afuera. Laura vigila. Lo arrastro. La cabeza de Ernesto golpea los escalones de la salida del edificio. La calle está oscura. Llueve. Hay neblina. Gabriela tiene el auto en marcha. Tiramos a Ernesto en el baúl como podemos. Laura lo cierra. Nos subimos. Gabriela quiere arrancar y se le para el auto. Hace poco aprendió a manejar. Se pone nerviosa. Es la única que sabe manejar. Tranquila, dice Laura, nadie nos vio, va a salir todo bien. Gabriela arranca. Quiere prender la calefacción y se equivoca. No sé qué toca y prende el limpiaparabrisas.  Le cambia el tono de voz. Sirve igual, apenas garúa ahora, pero nos sirve igual, digo. Le doy una franela a Laura. Laura limpia el vidrio de adelante. Gabriela hace maniobras para salir entre dos autos estacionados. Le cuesta. El auto no tiene dirección hidráulica. Un colectivo nos toca bocina. Le hago señas para que pase. Pasa. Salimos. Tigre nos queda a una hora más o menos. Llegamos. Vemos que hay algo de gente. Se ven adolescentes que vienen de bailar. Ríen. Están fumando y algo borrachos. Le indico a Gabriela que estacione en un lugar donde los árboles oscurecen la calle, un lugar que nos permite arrastrar el cuerpo y tirarlo al agua. Se escucha algo que cae al agua. Agarramos a Ernesto y lo tiramos al agua con el menor ruido posible. Miramos alrededor. Subimos al auto. Volvemos. Gabriela nos deja en una parada de colectivo por Camargo. Subo al que me deja en la torre donde vivo. Llego en un estado que siento entre drogas y alcohol. Me abre el señor de seguridad de la torre. Es fea, vigilada, blanca. Me cruzo en el ascensor con una vecina mucho más joven que yo y que vive en el último piso. Mi vecina tiene el pelo planchado, unas plataformas y chatea desde su iPhone. Yo, me bajo en el segundo. Llego y me siento en el sillón. Tomo algo de vodka que quedó de mi última separación. Me voy a bañar y veo el agua que cae sobre las tetas caídas y con estrías que tocan el abdomen. Me acuerdo de la vecina joven. Me acuerdo de mi ex que se fue con una ecuatoriana de veinte años. Salgo de la ducha. Miro la humedad del techo. Voy a la habitación. Quisiera que esté oscura. Nunca hay oscuridad total en esa puta torre. La luz de un pasillo vidriado y de mármol blanco refleja en la habitación llena de ventanas como pecera. Así me duermo. 

3

Mis ojos se habían acostumbrado a la oscuridad cuando decidí que iba a vivir con Laura. Algunos meses habían pasado de lo de Ernesto y la vida parecía ser un transcurso de emociones que flotaban entre el aire y la tristeza. Le mentimos a la nena que el papá la había abandonado aquella noche y que ahora estaba en un crucero con otra. La nena, para nuestro fastidio, tardó en reponerse. Hacía peor la cosa que ella fuera cariñosa con nosotras. Tardamos en llevar adelante el plan. 

El día en que la nena volvió del colegio, Laura me buscó con sus ojos. Lo venía haciendo hacía semanas. La nena era la única familia de Ernesto y lo buscaba por las redes sociales. Te abandonó, ¿no entendés?, le decía Laura. 

Con el pasar del tiempo, la nena empezó a darse cuenta de que algo no cerraba en la historia que le contábamos y a mí había algo en los sentimientos de Laura que me producía miedo y hasta cierto temor de quedarme otra vez sola. Era mejor una amiga que el fracaso de otra relación de mierda. 

Siempre tuve miedo de lo que está pensando la otra persona cuando no está conmigo. El hecho de tener a Laura cerca y conversar me hace creer que está ahí, en presente, teniéndome en cuenta. Tal vez, no. Pienso que todo es una mentira y que se quiere ir, que está ahí porque no le queda otra. Suelo creer que a la gente no le gusta estar conmigo. Tal vez porque creo que hay alguien mejor, siempre alguien mejor afuera. Nunca sé dónde estoy y entonces voy buscando algo parecido a la felicidad que parece nunca llegar.

—Hacele la comida— me ordenó Laura después de discutir con la nena porque no se quería bañar. 

Le preparé polenta con queso de mala gana. A mí también ya me fastidiaba y, a pesar de que tenía el departamento vacío en la torre esperándome, no tenía intenciones de volver.  

—¡Comé! — le gritó Laura desde la pieza. 

La nena no hacía más que preguntar por Ernesto y llorar. Al llanto le siguieron gritos y puteadas y que dónde está mi papá, dónde está, te dije que se fue, adónde, se fue, déjate de joder y los ojos de Laura me dieron la señal, juro que no quería, pero tuve miedo de que la nena fuera a la policía, y Laura movió la cabeza, me dijo que sí, me vigilaba y yo qué iba a hacer, agarré el cuchillo con el que estaba cortando la cebolla y degollé a la nena, la degollé como a un chancho. 

Murió al instante.

Laura se paró, caminó como zombie hacia mí y me dio un beso en la frente. Me sentí aliviada. La maté, decía, la maté. Nadie se va a enterar, no hay nadie que los busque, no eran nada sin mí, dijo Laura mientras me miraba y sus ojos me devolvían a la oscuridad a la que yo estaba acostumbrada.  

Lee aquí toda nuestra edición de julio.


Silvana Aiudi- Revista LiterariedadSilvana Aiudi (Buenos Aires, 1982). Es profesora en Castellano, Literatura y Latín. Escribe en Panamá RevistaCrisis y La Vanguardia sobre feminismos populares. Colaboró en Novedades Educativas y dictó talleres sobre Diversidad, literatura y educación. Este cuento corresponde a su primer libro Del mismo lado de la crueldad (El ojo del mármol, 2017).

Literariedad

Revista dominical que asume la literatura, la poesía, el cine y el teatro como calles, lugares de encuentro y desencuentro. ISSN: 2462-893X.

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