Novela de ajedrez — Stefan Zweig

Imagen:Super-Chess.Paul Klee

¿Existe una obsesión más inútil que esa de pasar horas, días, años enteros tratando de acorralar a un rey de madera sobre un tablero también de madera? El ajedrez, al que algunos llaman deporte ciencia y otros juego de reyes, es también una forma de la quimera. Compartimos este fragmento del excelso novelista Stefan Zweig.

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Stefan Zweig fue uno de los más influyentes escritores austriacos de la primera mitad del siglo XX. “Novela de ajedrez”, su obra más conocida, fue publicada después de que el autor se suicidara junto a su esposa en Brasil, donde se había exiliado huyendo de la persecución nazi. El protagonista de su obra, un anónimo jugador de ajedrez que se enfrenta con el campeón del mundo durante un viaje en transatlántico, es también un perseguido y torturado por las fuerzas de seguridad de la Alemania Nazi, que han ocupado Austria. Antes de aquella partida intrascendente –pero definitiva– aquel anónimo perseguido le confiará su historia a uno de los pasajeros del barco, ofreciendo una descripción exquisita de la obsesión por el tablero. 

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Novela de ajedrez 

Stefan Zweig

(Fragmento)

La alegría de jugar se había transformado en pasión del juego, la pasión del juego en necesidad de jugar, en manía, en frenesí que se posesionó, no sólo de mis horas de vigilia, sino poco a poco también de mi sueño. No podía pensar ya sino en términos de ajedrez, en movimientos y problemas de ajedrez; a veces me despertaba con la frente húmeda y me daba cuenta de que en mis sueños, inconscientemente desde luego, debía haber seguido jugando. Cuando soñaba con personas, ello ocurría sin excepción refiriéndolas a movimientos de alfil, de torre, al avance o retroceso del caballo. Incluso cuando se me llamaba para declarar, no me era posible pensar de un modo preciso en mi responsabilidad; tengo la idea de que en los últimos interrogatorios debo haberme expresado de manera harto confusa, porque los funcionarios se miraban a veces visiblemente extrañados. Pero mientras ellos preguntaban y deliberaban, yo, en mi pasión desdichada, sólo esperaba en realidad que se me condujera nuevamente a mi encierro para proseguir mi juego, mi juego demente, otra partida y otra y otra más. Cada interrupción me resultaba a la postre un trastorno; el cuarto de hora que necesitaba el guardia para poner mi habitación en orden, y aun los dos minutos que tardaba en entregarme las comidas martirizaban mi febril impaciencia; a veces, la escudilla con la comida quedaba hasta la noche sin que yo la tocara, porque jugando, me había olvidado de comer. Lo único que sentía físicamente era una sed terrible; debe haber sido consecuencia de la fiebre de aquella manera de pensar y jugar sin interrupción. Vaciaba la botella en dos grandes sorbos y pedía al guardia más agua. Me la traía y, no obstante, al momento volvía a sentir la lengua reseca en la boca. Por último, mi excitación durante el juego -y ya no hacía otra cosa de la mañana a la noche- alcanzó tal grado que me resultaba imposible quedarme sentado un solo instante; reflexionando sobre las partidas caminaba sin cesar arriba y abajo, cada vez más rápidamente. siempre arriba y abajo y siempre más impetuoso cuanto más me aproximaba a la decisión; el afán de ganar, de triunfar, de vencerme a mí mismo se trocó paulatinamente en una especie de furia; no temblaba de impaciencia, porque siempre uno de mis yo ajedrecistas le resultaba demasiado lerdo al otro. El uno azuzaba al otro, y por muy ridículo que acaso lo juzgue usted, empecé a insultarme, diciéndome: ‘¡más rápido, ¡más rápido!, ¡adelante, vamos!’ cuando un yo no respondía bastante pronto al otro. Hoy tengo, desde luego, la noción exacta de que aquel estado constituía ya una forma patológica de la sobreexcitación, para la que no encuentro otra denominación que ésta hasta hoy ignorada por la medicina: intoxicación ajedrecística. Esa monomanía empezó a atacar no sólo mi cerebro, sino también todo mi cuerpo. Adelgacé, dormía mal, poco e intranquilo, y al despertar siempre me costaba un esfuerzo abrir los párpados que pesaban como plomo; a veces me sentía a tal punto débil que, al tomar un vaso, me costaba trabajo levantarlo hasta los labios; tanto me temblaban mis manos. Pero en cuanto empezaba a jugar, me sobrevenía una fuerza brutal; caminaba de un lado al otro, arriba y abajo, con los puños cerrados, y a veces oía mi propia voz como a través de una neblina roja, gritándome a mí mismo con maldad y ronquera: ‘¡Jaque! ¡Mate!’» No puedo decir cómo ese estado espantoso, indescriptible, hizo crisis. Todo lo que sé a ese respecto es que una mañana desperté, y que ese despertar era distinto al de todos los días anteriores. Mi cuerpo estaba como aislado de mí; descansaba muelle y cómodamente. Un cansancio denso y reparador como no lo había experimentado en meses parecía haberse posado sobre mis párpados, en forma tan cálida y benéfica, que al principio no podía decidirme a abrir los ojos. Hacía ya unos minutos que estaba tendido despierto, gozando sensualmente con los sentidos apagados esa languidez, ese tibio dejarse estar. De pronto tuve la sensación de oír unas voces a mis espaldas; voces vivas, humanas, voces de susurro que pronunciaban palabras, y no logrará usted imaginarse mi alegría, porque desde hacía meses, casi un año, no había oído otras que las duras, incisivas y malas que se pronunciaban junto a la mesa de mis jueces. ‘Estás soñando’, me dije. ‘¡No abras los ojos, de ninguna manera! Deja que ese sueño dure; de lo contrario, volverás a ver la habitación maldita, la silla, el lavabo, la mesa y el papel pintado con el mismo dibujo. Sueñas…, ¡sigue soñando!»

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Literariedad

Revista dominical que asume la literatura, la poesía, el cine y el teatro como calles, lugares de encuentro y desencuentro. ISSN: 2462-893X.

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