Sin amor

Imagen: Peyton Fulford. "Abandoned Love".

 

People always talk about how love is this totally unselfish, giving thing, but if you think about it, there’s nothing more selfish.

– Jesse en Before Sunrise, película de Richard Linklater y Kim Krizan

 

Isn’t everything we do in life a way to be loved a little more?

– Celine en Before Sunrise, película de Richard Linklater y Kim Krizan

 

I

Se supone que todas las civilizaciones o comunidades modernas se rigen por ciertos códigos de valores y nociones del bien vs. el mal que se establecieron hace siglos y se han preservado para evitar, ante todo, la guerra, y asimismo promover la paz y la sana convivencia entre ciudadanos. Sin embargo, también vivimos en un mundo donde la siguiente premisa es irrefutable: (casi) todos los gobiernos son corruptos. Entonces, ¿por qué insistimos en educar hacia los valores que se supone evitan la corrupción?

Últimamente, especialmente acá en Puerto Rico, escucho mucho la siguiente presunción: «Los valores se enseñan en la casa», como si los valores no se pudieran enseñar o aprender en otro sitio. Estoy de acuerdo con que la casa sea un buen lugar para empezar, pero también, por la misma observación de que (casi) todos los gobiernos son corruptos, pienso que los valores se deben enseñar, discutir y revaluar continuamente en la casa, en la escuela, en la universidad, en el trabajo, entre amigos, en los medios, en la psicoterapia, etcétera. Porque si es verdad que (casi) todos los gobiernos son corruptos, y si es verdad que dormimos tranquilos porque los valores se enseñan y se discuten en la casa, ¿dónde es que nos descarrilamos? y ¿por qué nos descarrilamos?

Antes de seguir indagando hondo, urge aclarar lo siguiente: ¿de qué código moral de valores hablamos? Hablamos, sobre todo pero no exclusivamente, del amor, la honestidad, la espiritualidad, la responsabilidad, la justicia, la libertad, el respeto, la lealtad y la solidaridad. Si nuestros padres, maestros y otras figuras adultas fueron buenos ejemplos y transmisores CONSISTENTES de estos valores cuando éramos niños y adolescentes, se supone que nosotros también seamos buenos ejemplos y transmisores CONSISTENTES de estos valores. De lo contrario, si nuestros padres, maestros y otras figuras adultas fueron malos ejemplos y transmisores INCONSISTENTES de estos valores cuando éramos niños y adolescentes, es alta la probabilidad de que NO nos hayamos convertido en buenos ejemplos y transmisores consistentes de valores. En fin, que por ahora voy sencillita, sumando 2 más 2 es 4. Pero quiero seguir indagando, ¿dónde, cómo, por qué es que se complica todo?

Les cuento que cada día me convenzo más de que en el centro de todo está el amor. Está el amor y ya que el ser humano tiende a enamorarse ―a amar y dejarse amar―, de ahí nos surge la necesidad de todos los otros valores.

 

Keep it a hundred, I’d rather you trust me than to love me

– Kendrick Lamar

 

II

Tomemos por ejemplo a la honestidad. ¿Para qué es necesaria la honestidad en la vida? Para aprender a amar y para enamorarse «de verdad». Uno no se enamora del que es falso. Y si te enamoras de alguien falso, cuando te enteras de su «verdad», se te derrumba el mundo y el dolor es inmenso. Ahora, sabemos que la «Verdad» es casi imposible de palpar. Casi nunca conocemos a una persona en su estado más honesto, crudo y visceral. Todos escondemos ciertos demonios y nuestro subconsciente esconde varios más. No obstante, me reafirmo en lo que digo y creo: no hay cosa más humanamente involuntaria que enamorarse de alguien que se atreve a desnudar la mente.

Entonces, ¿somos honestos porque creemos en la vida después de la muerte y queremos que nos vaya bien en esa vida? No estoy tan segura de esto. Refraseo y pregunto otra vez: ¿por qué creemos en la honestidad y en ser honestos los que no estamos tan seguros si hay o no hay una vida después de la muerte? Yo soy honesta porque creo firmemente en el amor y en enamorarse, como describía en el párrafo anterior. Aunque amar así casi siempre duela: porque nunca conocemos a la otra persona al 100%. Por eso una parte del amor también es confiar, tener fe, ser leal, entregar un poco de sí, creer en la espiritualidad que se puede dar entre dos personas. ¡¿Ya ven cómo el amor arrastra y crea la necesidad de otros valores?!

Bueno, ya estuvo, me siento lista para proponerles lo siguiente: si nos transmitieron bien los valores o no, me parece una cuestión de amor. Cuando éramos niños y adolescentes, aprendimos que los valores de verdad importan y son necesarios, si mientras nos criaban, nos amaron con honestidad, espiritualidad, responsabilidad, justicia, libertad, respeto, lealtad y solidaridad. Si nos amaron sin la consistencia de esos valores, nos amaron, consciente o inconscientemente, con condiciones. Y si nos amaron con condiciones, la forma en que aprendimos a amar, probablemente, fue con condiciones. ¿Y qué significa amar con condiciones? Amar a medias, al 20% o al 80%, pero nunca al 100%.

Alto. Un momento. Que no cunda el pánico:

No todo está perdido si te amaron con condiciones en tus etapas de formación o luego en la adultez. ¡Siempre hay tiempo para aprender a amar! Por ejemplo, cuando crecemos, y usualmente cuando nos enamoramos por primera vez, nos damos cuenta de que la forma en que nos enseñaron a amar estaba un poco distorsionada, y por eso acabamos en el psicólogo, no por locos como dice el estigma, si no por tratar de entender la forma en que nos enseñaron a amar y cómo partir de esa forma: qué desaprender, qué mejorar, qué enfatizar o simplemente qué ajustar.

¿Y por qué voy de los códigos de valores que siguen las civilizaciones o comunidades modernas, a la corrupción endémica, hasta la forma en que nos enseñaron a amar? Porque no hay moral que valga si a uno lo amaron o le enseñaron a amar de forma distorsionada e incompleta. (Casi) todos los gobiernos son corruptos, me temo, porque a (casi) nadie le han enseñado a amar sin condiciones. Si no te sabes amar completamente, al 100%, aunque haya temporadas o instantes en los que flaquees, y si no sabes amar al otro y a tu comunidad completamente, al 100%, aunque haya momentos (también humanos y dignos de evaluación) en los que flaquees, no sabes para qué son los valores que te inculcaron en casa o en la escuela o en tu canción favorita.

Por ejemplo, completa este ejercicio (y escribe un contratexto si encuentras un valor que no esté relacionado a la forma en que amamos):

La/el [inserta un valor aquí] es para aprender a amar.

La honestidad es para aprender a amar.
El respeto es para aprender a amar.

Y así sucesivamente.

 

III

Ya termino con la siguiente propuesta: ¡hay que redirigir la conversación hacia el amor! Que sólo amando se aprende y se entiende por qué son necesarios los valores que nos inculcaron, por qué queremos ser ejemplo de esos valores y por qué nos hierve la sangre cuando los «líderes» de nuestras comunidades no respetan ni representan dichos valores. Y a todos los que nos interesa genuinamente amar sin condiciones, les digo: no es que el amor no sea gris ni que no duela. Todo lo contrario: es solo desde el dolor desamoroso que podemos describir cómo se ha amado y por qué duele la traición, la insatisfacción o el amor con condiciones. Y es solo después del dolor que aprendemos, y algunos necios nos seguimos atreviendo a amar sin condiciones. Por último, se me hace imperativo recalcar lo que ya había exclamado anteriormente: la que quizás se deba convertir en una de nuestras certezas más consistentes: que siempre hay tiempo para aprender a amar.

 
Adaline Torres Feliciano

(San Juan, 1994) Colecciono letras de canciones, tweets, fotos borrosas de ciudades, postales, paseos por plazas de mercado, ataques de ansiedad y despedidas. Escribo pa' no llorar.

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