De mudanzas, cunas y mi sinvergüencería

Foto: Chigaco, por Sawyer Bengtson 

Un 15 de junio de 2019 envié todos mis muebles, discos, libros y ropa de invierno a Chicago, Illinois. Esta mudanza salió de San Juan, Puerto Rico, así que va o iba en barco hasta Jacksonville, Florida, y luego en camión hasta Chicago. Me dijeron que todo llegaría entre 4 y 6 semanas. Hoy es 25 de agosto de 2019 y la mudanza no ha llegado, pero todavía no se cumplen las 6 semanas, así que toca respirar hondo y esperar.

Esta es la primera vez que me mudo así, mandando todo lo que tengo por barco a otra ciudad, pero tengo la sensación y la esperanza de que esta no será la última vez. Quiero decir que, secretamente, deseo que en un futuro, después de cinco o seis años acá, me toque otra mudanza como esta, aunque ahora mismo, en medio de la espera, repudie la idea. No creo que Chicago sea mi última ciudad, pero se ha convertido en una ciudad a la que regreso.

Llevo poco más de 40 días sin dormir en mi cama usual y ya me empieza a doler la espalda. La mudanza ha sido dura pero no imposible. Mis padres me han ayudado muchísimo. Sin su ayuda, hubiese llorado frustraciones y estreses muchas más veces. Ya no me da vergüenza decir que mis padres aún me ayudan a mis 25 años. Y con un espíritu así, sinvergüenzas, me mudo a Chicago por segunda vez. Esto importa. Esta sinvergüencería a mi estilo importa. Importa porque la primera vez que me mudé a Chicago, en el 2012, muchas cosas me daban vergüenza. Entre las más punzantes: me avergonzaba de mi inglés trabado y la cuna en que nací.

La vergüenza por mi inglés trabado tenía una solución clara: hablarlo hasta destrabarme. Y no verán mejor prueba de que logré destrabarme si les cuento que en el 2015 me enamoré en inglés de un americano niuyorquino, algo que me había jurado nunca haría. Este tipo se atrevía a decirme: It’s very hard for me to understand people who speak English with an accent. Obvio, lo nuestro no funcionó. Pero todavía hoy, recordar lo pendeja que me puso el amor me revienta. Me revienta no haber defendido mi acento y me arrepiento de nunca haberle contestado: Well, can you try harder to understand? y de paso tener la onerosa conversación: That’s a little racist, actually. Does my accent bother you? Pero qué va, todavía no tenía agallas y le tenía pánico a la confrontación. Mi autoestima estaba en empty como los tanques de gasolina cuando se vacían. Ya en el 2019 las cosas han cambiado. Después de ese desamor, y entre otros dolores, he ido llenando el tanque y calentando el motor. Como les decía: ya no soy tan pendeja, me he convertido en toda una sinvergüenza, con orgullo y a mucha honra.

Sin embargo, para convertirme en la sinvergüenza que soy hoy, tuve que confrontar, desmontar y transformar la segunda vergüenza punzante que les mencioné antes: que la primera vez que me mudé a Chicago, en el 2012, me avergonzaba de la cuna en que nací. Me avergonzaba de haber nacido en una familia socioeconómicamente privilegiada en una época (mi primer año de universidad para ser precisa) en la que comenzaba a entender más profundamente cómo funciona nuestro sistema capitalista y los prejuicios raciales, étnicos y culturales que este arrastra y propaga. Entre el 2012 y el 2016, llegué a convencerme de que no me merecía nada de lo que mis padres me dieron y me daban y que tenía que vivir una vida separada y diferente a la de ellos, acorde con mis ideales anticonsumistas y anticapitalistas. Me convertí en un muro de ideales inquebrantables… hasta que llegó la ansiedad para salvarme. La ansiedad llegó para hacerme ver, poco a poco y ataque de pánico tras ataque de pánico, que era una paradoja insostenible amar a mis padres y rechazar de dónde venían y el dinero que les sobraba al mismo tiempo. Tuve que confrontar, desmontar y transformar esa paradoja para aprender a vivir con ella. La ansiedad de esa paradoja me duró más de lo que hubiese querido pero duró lo suficiente como para ayudarme a construir puentes de ideales inquebrantables en vez de muros inútiles, que no me ayudaban ni a entenderme ni a amarme a mí misma.

¿Qué logré, junto a mi psicólogo que tanto aprecio, mientras descifrábamos los mensajes que me daba mi ansiedad? Logré transformar esa vergüenza en lo que hoy llamo mi «consciencia de cuna». Y respecto a mi «consciencia de cuna» he comenzado a delinear y definir algunos parámetros por el bien de mi salud mental. Comparto lo más básico por si resonara con alguno de ustedes. Pienso, por ejemplo, que si naciste en una cuna más cómoda que la menos cómoda, lo mínimo que puedes hacer es preguntarte por qué. La respuesta será multifactorial: algunos factores más personales y otros más universales. El resultado más importante de este cuestionamiento, no obstante, es universal: la respuesta a ese «por qué» te ayudará a entender cómo funciona el mundo en el que vives, al igual que a enfrentarte con tu «consciencia de cuna». Luego, en el otro extremo de esos parámetros, coloco de lo máximo que puedes hacer con tu «consciencia de cuna», que es la vida que he elegido para mí pero no necesariamente la que otros eligen para sí mismos. Si naciste en una cuna más cómoda que la menos cómoda, de lo máximo que puedes hacer es utilizar tu «consciencia de cuna» para tratar de cambiar el estatus quo, o sea, la realidad de que algunos nacemos en cunas más cómodas que otros. Creo que todos tenemos el derecho a la misma cuna, una ni muy dura ni muy cómoda, lo suficientemente agradable como para que te permita dormir tus 8 horas diarias tranquilamente, para luego salir a comerte el mundo justo y libre que hemos soñado. Me he comprometido con dar este máximo hasta el día en que muera. Llevaré una vida en la que cuando me leas o seas mi alumnx, provoque en ti el mínimo establecido y comiences por hacerte la pregunta que estoy segura, si no te agradan las injusticias, te llevará a querer lograr el máximo establecido. Y ese máximo no es el límite. Cuando obtengamos el mundo justo y libre que soñamos habrá nuevos retos que enfrentar. Pero celebraremos y seguiremos en la lucha. Porque de eso se trata, comienzo a intuir intensamente, todo esto: desde cambiar el mundo, ser adulto, esta segunda mudanza a Chicago y mucho de lo que me han enseñado mis padres. Estos eventos se tratan de tomarse los momentos propios, casi impredecibles, para celebrar y seguir luchando.

Cuando llegue la mudanza celebraré, tomaré un poco de vino, pincharé un disco, dormiré plácida en mi cama que tanto extraño y me levantaré, espero, al otro día. Al otro día sudaré desempacando y desempolvando cajas, limpiando y acomodando y me dolerá la espalda por mover muebles pesados. Por unos segundos, estoy segura, añoraré los días en los que no llegaba la mudanza, después de haberme quejado tanto porque la mudanza no llegaba. Pero esto no me dará vergüenza. Porque ya he aprendido que lo importante es ser una sinvergüenza. En esta segunda mudanza el lema y el norte es mi sinvergüencería: ya no sentiré vergüenza porque mis ideales y mis realidades se contradigan. Se puede ser hija de mis padres y querer cambiar el mundo a la vez. Se ha de tener «consciencia de cuna» para lograr una misma cuna digna, igual de cómoda para todos. Dialogar con tu «consciencia de cuna», queridos lectores, me parece que es el primer paso para acuñar las ganas de cambiar el mundo.

Adaline Torres Feliciano

(San Juan, 1994) Colecciono letras de canciones, tweets, fotos borrosas de ciudades, postales, paseos por plazas de mercado, ataques de ansiedad y despedidas. Escribo pa' no llorar.

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