«Pájaro bofe», un cuento de Pedro Romero Irula

Foto: Sara Gaviria Piedrahita 

 

En esta ocasión presentamos un cuento de Pedro Romero Irula*, quien resulta uno de los jóvenes narradores salvadoreños de mayor interés en nuestros días y quien a través de un lenguaje sencillo, una narración desenfadada y un uso nada pretencioso de su capacidad para construir grandes alegorías, nos invita a conocer el oscuro espíritu de El Salvador.

Presentación de  Josué Andrés Moz

 

Pájaro bofe

Pedro Romero Irula

Nos encontramos en El Salvador profundo, en uno de esos lugares en los que nadie piensa nunca. Aquí la historia no sucede, digamos que más bien pasa de largo por la carretera que se extiende muchos kilómetros más allá del lugar, casi en otra dimensión. Campos y barrancos como salidos del Salvaje Oeste enmascarados bajo nombres arbitrarios: Playas Negras, La Tirana, Espíritu Santo de Gualcho, Terroritos, Samuria, Chocaique.

En uno de estos sitios ocultos vivía una señora en una casa grande de paredes amarillas, rodeada de un terreno en cuyos límites crecía un solo árbol como una torre vigía, una ceiba o un amate. La única compañía de la señora era una perrita. De no ser por su mascota, la señora pasaría meses, incluso años, fuera de la presencia de cualquier otro ser vivo, porque incluso los fuereños muy rara vez cruzaban la vereda que pasaba frente al terreno.

Un día llegó el pájaro bofe y se posó en el árbol. La perrita se perturbó al instante y corrió al patio, donde empezó a ladrar, algo muy fuera de lo común, pues se trataba de un animal manso y silencioso. La señora, de hecho, creía que la perra era muda o por lo menos bastante tarada hasta ese día que la encontró desgañitándose sin parar frente al árbol: flai, flai, flai. Era un ladrido que lo hacía a uno rechinar las muelas hasta pulverizarlas.

La señora buscó evidencia de algo anormal por todo el terreno, pero no encontró ni una piedra que no estuviera en su lugar acostumbrado. Chucha pendeja, pensó, se volvió loca. Y por más que la ahuyentó, que le tiró patadas, que la calló, que la sobornó con comida y que la intentó encerrar, la perrita siempre terminaba al pie del árbol a persistir en su condenado flai, flai, flai.

A fin de cuentas, la mujer no podía ver al pájaro bofe apostado como una mala sombra frente a su casa y no tenía la más mínima idea del peligro que corría.

Por la noche no durmió un solo instante: se quedó desparramada en su catre con el candil apagado, demasiado cansada para intentar, una vez más, que la perra se callara. El calor, además, era perverso y la hacía rezumar un sudor aceitoso que, a la luz de la luna, enorme esa noche, le daba un aspecto prieto y tornasolado como un charco de gasolina.

La mañana siguiente los sorprendió a los tres en la misma tensión: la señora desvelada en su cuarto, la perra empecinada en su flai, flai, flai, el pájaro bofe inmóvil en su rama, esperando. Entonces, el segundo en esta serie de eventos insólitos, un fuereño que venía por la vereda se detuvo a pedir agua.

La señora lo invitó a entrar. Bonita la chucha, le dijo el fuereño. Flai, flai, flai, continuaba la perra. Como por instinto, la señora se la ofreció. Llévesela, le dijo. ¿Cuánto pide por ella?, preguntó el tipo. La señora no sabía muy bien qué contestar y le pidió diez pesos, solo por nombrar una cantidad. Lo mismo habría aceptado diez centavos. Pero el fuereño lo ponderó unos segundos, se llevó la mano a las alforjas y le dio un par de billetes enrollados. Les llevó una media hora arrancar a la perra de la sombra del árbol. Aún en medio de los forcejeos, no paró de ladrar. Al final, el tipo la dominó y desapareció vereda adentro con la perra escandalosa.

La señora se disponía a dormir hasta derretirse en el colchón de su catre cuando, ya entrada la noche, la asaltó una vez más el flai, flai, flai. Por la gran puta, exclamó, no puede ser. Gracias a la luz angulosa de la luna, tan cercana que parecía estar a dos cuadras de la tierra, pudo distinguir a través de su ventana en penumbras a la perrita brincando furiosa alrededor del árbol. No podía ver que el pájaro bofe ahora se posaba en una rama más cercana a la casa, el pico apretado, las plumas tensas como una armadura.

El resto de la noche transcurrió tal como la anterior. La señora creía que el tiempo se había roto justo en uno de los peores días de una existencia pacífica, o más bien fantasmal, y solo así se explicaba que esa perra estúpida se pusiera a ladrar como si de eso dependiera no solo su vida sino la del mundo entero. El hecho de que un segundo fuereño se anunciara a la entrada del terreno a pedir agua, más o menos a la misma hora que el del día pasado, solo le confirmó a la señora que se encontraba en el infierno. ¿No pasó por aquí ayer?, le preguntó la mujer. Creería que no, le respondió. En ese caso, si apura el paso, puede encontrarse con otro hombre que pasó ayer por acá. No me diga, dijo el fuereño, mirando a la perra con el ceño fruncido. No le miento, repuso la señora. Siempre conviene viajar acompañado, sobre todo cuando se hace de noche, añadió. Tiene toda la razón, sentenció el fuereño. Y continuó: estos lugares son raros, pero no me gusta la compañía de otra gente. El hombre miraba al árbol con evidente nerviosismo y se dirigía a la salida con pasos disimulados. Bueno, entonces llévese a la perra, ofreció la señora. No quiero ser molestia, dijo el otro. Ella insistió. Piénselo bien, le previno el fuereño. ¿Está segura? Al final el hombre se cruzó de hombros y, después de otro forcejeo, se alejó con la perra.

Como es previsible, tras la puesta del sol la señora no tardó en escuchar el flai, flai, flai. El pájaro bofe estaba tan cerca de la casa que una ligera inclinación habría bastado para que su pico destrozara la ventana y la mujer quedara por completo a su merced.

Me lleva la puta que me trajo, gritó lanzando el candil por la ventana. Tomó un corvo y salió al patio donde la perrita le movió la cola sin dejar de emitir su flai, flai, flai. La señora le asestó un machetazo tan profundo que perdió el equilibrio. Se incorporó, bufando, y golpeó con el corvo una vez más y otra y otra hasta que la hoja se partió. El camisón empapado de sangre se le pegaba a la piel. Metió los trozos de la perra descuartizada en una bolsa, la arrojó lejos en la vereda, se lavó la cara en la pila y regresó a su catre.

Entonces el pájaro bofe abrió las alas e hizo lo que había llegado a hacer.

La señora amaneció muerta, por supuesto, con un tajo que le cruzaba el tórax entero, donde una herramienta similar a unas pinzas le había escarbado un rato a la altura del hígado, donde se había hartado con ahínco de las tripas de la señora. En algunas versiones de la historia, la vieja era depravada y roñosa y si el pájaro la había visitado era para evitar que el mal se esparciera por aquellas lejanías. En otras, era una persona justa y solidaria, el mejor de los corazones nacidos de este lado del Lempa, y el demonio la había visitado simplemente por joder. Así funciona la salvación en El Salvador profundo.

 


* Pedro Romero IrulaPedro Romero Irula (San Salvador, 1997). Narrador, lector y estudiante universitario. Junto a Luis Contreras, preparó la muestra de nueva narrativa salvadoreña «Lados B» (Los Sin Pisto, 2019), que incluye dos cuentos suyos. Ha publicado cuentos y artículos en las revistas La Zebra, Café Irlandés, Distópica, Tránsitos y Grafomaniacos. Uno de sus cuentos fue traducido al inglés para la Revista La Piscucha.

Literariedad

Revista dominical que asume la literatura, la poesía, el cine y el teatro como calles, lugares de encuentro y desencuentro. ISSN: 2462-893X.

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