«Vietnow» y otros poemas de Matheus Kar

Imagen: Chih Chen

Nos alegra presentarles una selección de poemas de Matheus Kar* quien es desde este momento nuestro corresponsal en Guatemala. Sus poemas contienen y dejan fluir la fuerza vital, la ironía y la autenticidad; son una reflexión y al tiempo una crítica de la vida misma, bella y cruel.

 

Vietnow

El soldado que camina por la selva,
entre Nepal y Katmandú,
es el cartero buscando un buzón en la avenida:

«Madre, descendimos en sogas
de tímidos helicópteros apache.
Llovía. Y es como decir,
en código militar,
que no pasaba nada cuando pasaba todo.
Remplazamos la palabra por la metralleta.
Tartamuda, escupe su baba
entre las sombras.
Del enemigo no sabemos nada,
solamente que se llama Charlie.
Jamás aprendí a disparar
contra un nombre, contra la palabra.
Un hombre, en cambio, es frágil,
identificable.
Pero Charlie puede ser cualquiera,
cualquiera con un fusil.
Todo lo que sabemos de Charlie es misterioso».

«Padre, nos resignamos a la paranoia del disparo,
al claro amanecer de las guitarras bélicas:
sangre en las hojas de los árboles,
plantas machucadas por las botas comando,
techos de paja ardiendo,
el arroz desangrado a la orilla del río Saigón».

«Madre, al entrar, no saludamos.
Qué sentido tiene la cortesía
cuando es el gatillo quien contesta.
Cuando vuelve la noche,
todos los árboles se ven como Charlie
(o como debiera verse).
Mis ojos, cerillas ardiendo,
han perdido su lenguaje.
Únicamente las metralletas hablan,
en código morse reparten la verdad».

«Padre, caminar por el llano, por la montaña,
como recorrer una herida,
como entrar a un hormiguero,
y desde el sendero encriptado
preguntar por la salida:
¿Quién demonios es Charlie?»

«Madre, no te olvidés que Charles Mason
también se llamaba Charlie»

 

 

 

Todo gato fue niño alguna vez

Mi gato precioso, bohemio de alfombra,
como la rata,
no es de ninguna raza importante.
No es más afín al queso o al cordón
que al humor de Schopenhauer.

Su atuendo le es indiferente.
Es más gato
por no tomar conciencia de sus pelos.

Mi gato es mío porque a él
me someto,
y a su gesto indescifrable.

Es cafecito por fuera,
y negro por dentro,
con algunas manchas de silencio.

Sigiloso, escapó a todos los nombres.
Yo (un poco necio) le puse Poe,
pero en casa (más necios aún) le dicen Manchas.
Y, a pesar de todo, en su inocencia de gato,
como no me entiende,
todavía conserva su nombre.

Mi gato, avión en reposo,
es una isla en el ombligo del mundo;
un ojo que fosforece en la noche.

Sus maullidos rebotan por la casa,
mientras él persigue un mundo
escondido en un rayo de sol.

Mi gato es mueble,
valija silenciosa
de travesuras que tropiezan.

Mi gato, que en realidad es gata, no tiene género.
Pues ayer cumplió dos años muerta.
Pero, entre todo lo muerto,
su recuerdo es lo más vivo en esta casa.

 

 

 

II

sacúdanse los pájaros muertos de la cabeza
la verdad empieza allí donde termina
la verdad de la vida
¿acaso creen que un hombre despierto
es más interesante que uno dormido?

el sueño es la vida (genital) completa
y no han soñado todavía

contrario a lo que piensan
lo suyo fue siempre nihilismo mágico
otra forma de volar dentro de la jaula

sacúdanse los pájaros muertos de la cabeza
porque solo es cierta la ausencia
rumor de sílabas que parpadea

 

 

 

Charles Bukowski

Llegamos al club de lectura.
El libro a comentar es La senda del perdedor.
Sendas hay muchas, dicen,
pero libros de perdedores, muy pocos.
A ver, explícate, insinúan.
El viejo renegó de ser un beatnik.
En el camino,
Los vagabundos del dharma o
Las cartas de la ayahuasca
poco tienen que ver con la senda,
La Senda del Perdedor.
A ver, ¿por qué le dirían perdedor
a esa pequeña máquina de odio,
Henri Chinaski,
si siempre ganaba,
si era bueno para los golpes,
para el Vodka
y, a pesar de su rostro lacerado,
nunca se fue solo a la cama?
Era un tipo duro, como dicen.
Jamás alzó la mano para saludar
ni se la llevó al pecho para honrar
el National Anthem.
Arreglaba con los puños
lo que no podía con palabras.
En general, vivió en los márgenes,
como esas palabras que se quedan fuera de la hoja.
Y podrán decir de su novela:
«es un final parco, estéril y rápido»,
pero para mí es perfecto;
porque a Henri Chinaski,
esa pequeña máquina de odio,
le sucedió lo que a todos los perdedores les sucede:

consiguió un trabajo estable.

 


Matheus Kar, Revista Literariedad* Matheus Kar (1994). Nació en la «Sección de drama» de la Biblioteca Nacional de Guatemala. Fundador y miembro único del colectivo Bartleby. Creador de La Poeteca: taller de escritura para sensibilidades creativas. Lo destacan el Certamen Nacional de Narrativa y Poesía «Canto de Golondrinas» (2015), el Premio Luis Cardoza y Aragón de Antigua Guatemala (2016) y el Premio Nacional de Poesía «Luz Méndez de la Vega» (2017). Ha publicado Asubhã (Premio Manuel José Arce; Editorial Universitaria, 2016) y Alturas de Wall Street (Premio Ipso Facto; Editorial Equizzero, 2018; Tujaal Ediciones, 2019). Ha participado en festivales literarios en México, Costa Rica, El Salvador y Bolivia. Su trabajo se dispersa en antologías, revistas, fanzines, zines y blogs de toda Mesoamérica. Sostiene, además, estimulantes columnas de opinión en diversos medios. Es corresponsal de esta revista en Guatemala.

Literariedad

Revista dominical que asume la literatura, la poesía, el cine y el teatro como calles, lugares de encuentro y desencuentro. ISSN: 2462-893X.

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