Una ciudad caminada en los libros ― Juan Manuel Roca

Foto:Manuel Humberto Rodríguez Corredor 

Nos complace presentarles este ensayo de Juan Manuel Roca, recuperado por el mismo autor para nuestra edición de séptimo aniversario, «sobre la incomparable manera de caminar, de andar por libros y ciudades. De hacer camino caminando, como diría Machado». El poeta hace énfasis, durante este recorrido literario maravilloso, y con una mirada profunda, en Bogotá.

Por: Juan Manuel Roca*

Ciudad y libro son dos palabras que muy lejos del azar maravilloso que invocaba el Conde de Lautréamont trazando una suerte de bodegón con paraguas y máquina de coser sobre una mesa de disección, cada vez están de manera más cotidiana involucradas. Y no sólo como palabra sino como concepto, como andadura vital.

Cualquier hombre moderno sabe que las palabras Baudelaire y «flaneur», es decir, poeta andariego y ciudad, son de la misma estirpe, de la misma naturaleza. Praga y Kafka, Jean Valjean y el París de las cañerías y los albañales, México y José Trigo, Buenos Aires y una mitología casera en Manuel Mujica Laínez, para no hablar de los mitos arrabaleros de Borges, la Montevideo orillera de Onetti, la Santiago decadente de Donoso, la ciudad de las columnas que parece fundada por Alejo Carpentier, la Caracas en la que envejece un hombre becketiano como el personaje conmovedor de mi querido Adriano González León, la Lima horrible de Salazar Bondy y la triste fundación de un conato de ciudad debida al más grande poeta vivo de este lado del mundo, Aimé Césaire, nos remiten más que cualquier teoría de lo que se ha dado en llamar con facilismo literatura urbana, al sentir de quienes vivimos en la ciudad, en sus cuatro muros cardinales.Y a recuperar las ganas de caminar calles y escritos.

Este texto es un recuento de los encuentros que he tenido con Bogotá en muchos parajes de libros variopintos, de diferentes momentos de su historia y de sus imaginarios y por supuesto, de sus fatigadas calles que no sé cuántos pares de zapatos se me ha engullido.

Bogotá es una ciudad cuya belleza no se le entrega de manera fácil al mal viajero. Me recuerda esta ciudad la saga de la bella mujer envuelta en piel de asno, en una cierta aspereza que hay que vencer para encontrarla bajo un abrigo de harapos: ocurre que quien encuentra esa belleza ya está perdidamente enamorado, sin remedio posible. Condenado a andarla y desandarla.

No es tan cierto, aunque en el caso de Bogotá se presente en condiciones menos mitológicas que en los casos de Buenos Aires o de Ciudad de México, para solo citar dos urbes latinoamericanas, que la ciudad no haya sido motivo expansivo de inspiración para historiadores, narradores y poetas caminantes. Voy a intentar un rastreo sincopado a partir de una ciudad revisitada desde la escritura, de manera ecléctica como es la ciudad misma. Y desde su retícula secreta.

Empiezo por el Libertador, que amó tanto su Quinta en las estribaciones de Monserrate y que salió insultado bajo abyectos calificativos de Bogotá. O´Leary cuenta, al evocar a Simón Bolívar, que el libertador no quería, tras librarse la batalla de Boyacá, que Santafé siguiera llamándose de tal manera. Deseaba que la ciudad tuviera como nombre, en honor al religioso español a quien consideraba americano, Las Casas.

Si Bolívar hubiera cumplido su deseo, hoy hablaríamos de Colombia, Capital Las Casas, y tendríamos el gentilicio de delascasinos o, sencillamente, casinos donde quizá pudiéramos jugar el corazón al azar sin que ojalá ―doy excusas a José Eustasio Rivera― no lo ganara irremediablemente la violencia.

Desde la prosa de O´Leary sobre la antigua capital, son cientos los viajeros que han descrito la ciudad a su paso de viajeros, de caminantes. Eduardo Posada recuerda en sus «Narraciones» que un militar gringo, en 1820, hablaba de los rincones que encontró en estos pagos sabaneros hoy llamados Bogotá. Y anota la gracia de nuestros nativos espacios vertidos al inglés. Así, la bogotanísima zona de Las Nieves es señalada por el viajero como «Our Lady of Snows», la iglesia de Las Aguas, como «Our Lady of Waters», entre otros líricos nombres de las capillas de la ciudad.

Entre 1828 y 1839 anduvo por acá Augusto Le Moyne, autor de «Viaje y estancia en la Nueva Granada», un libro que registra costumbres de una época adormilada y virreinal. Es difícil que los bogotanos de hoy se imaginen lo que el viajero francés vio al arribo al poblado neogranadino: «eran las seis de la tarde, hora en que el día empieza a declinar. Las calles estaban silenciosas y todos los habitantes se habían detenido; los hombres se habían descubierto y algunos se habían arrodillado, como las mujeres, mientras las campanas tocaban el ángelus».

Esto ocurría cuando, aún más que hoy, se sabía que Bogotá estaba 2.600 metros más cerca de las estrellas, ya que uno de los pocos pasatiempos de sus habitantes era mirar el cielo. Porque en materia de diversiones los antiguos bogotanos que hicieron del aburrimiento una religión, contaban con pocas cosas a la mano. Muy al contrario de lo que ocurre en la ciudad de hoy, arropada con una frenética actividad. Y con millones de caminantes. En aquellos tiempos el tedio se veía salpicado, según el formidable cronista Cordovez Moure y sus «Reminiscencias de Santa Fé», por algunas notas de piano que salían de las grandes casonas. De esos pianos de cola que llegaron a nuestra ciudad por selvas y trochas y altas montañas y que a veces se escondían en la niebla hasta llegar en andas a la Sabana.

Aquel cronista, a quien debemos una historia que parece emanada de unas páginas de Edgar Allan Poe, «Custodia la emparedada», no ignoraba la explotación sobre la que se daban esos lujos: «Era necesario que el precio de los jornales fuese muy bajo y abundantísimos los indios cargueros para no arruinarse por el capricho de poseer un mueble de pura fachenda».

John P. Hamilton, diplomático inglés que vivió en Colombia durante la presidencia de Bolívar, señala en un pequeño librito que los domingos, al atardecer, se celebraban en Bogotá riñas de gallos. Y Miguel Cané, a quien se atribuye el título de «Atenas suramericana» para Bogotá, habla de los bogotanos de 1883 como de hombres «inteligentes, varoniles y despreocupados». Que además producían admiración en España por la obra de intelectuales como Caro y Cuervo, más aún si se pensaba que vivían «en la región del cóndor, en las entrañas de América». Donde la altura no es la ideal para el viaje a pie.

Podría trazarse un arco de esta ciudad atrapada entre los libros, desde el paraguas del Padre León descrito por José Asunción Silva, hasta la «horrible» ciudad trazada por el poeta norteamericano William Burroughs en sus «Cartas del yagé». Del «diminuto París», aristocrático, cosmopolita y corrupto que señalaba el poeta suicida en algunas páginas suyas, hasta la negra visión del poeta beatnik, que despacha así a Bogotá en una carta a Allen Ginsberg recogidas en un urticante libro: «como en ninguna otra ciudad que haya visto en América del Sur, se siente en Bogotá el peso muerto de España, sombrío y opresivo. Todo cuanto es oficial lleva el sello de Made in Spain».

La ciudad de José Asunción Silva bajo el sonido de «Las campanas plañideras/ que les hablan a los vivos/ de los muertos» es la misma de «Cien años de soledad», la obra del caribeño Gabriel García Márquez que en su juventud se vio trasladado a Bogotá, un lugar poco aconsejable para un hombre solar, un lugar donde se sabe que no hay nada más triste que un costeño con gabardina. En «Cien años de soledad», el narrador de Aracataca afirmaba que en esa gélida capital de entonces «Treinta y dos campanarios tocaban a muerto a las seis de la tarde», algo que tampoco dista mucho de la Bogotá que registra nuestro novelista Luis Fayad cuando narra la visita de Charles de Gaulle. Al paso del general una marejada de empleados y estudiantes le gritaban exultantes a su paso por la Avenida Jiménez con la carrera Séptima: «¡Viva Francia! ¡Viva De Gaulle! ¡Vive la Colombie!»

Hay muchas visiones trágicas de la capital recogida en un centenar de libros. Está la ciudad emocionada y silenciosa que vio el avisado y más grande cronista colombiano, Luis Tejada, cuya prosa magra y jugosa a la vez envidiaría Azorín, cuando pasó el cadáver del general Herrera desde el Hotel Franklin. Era la ciudad que se enteró consternada del asesinato de Rafael Uribe Uribe a golpes de hacha en vecindades del Capitolio, o la Bogotá de 1948 tras el asesinato de Jorge Eliécer Gaitán narrado en sus saqueos y en sus duros avatares, entre otros, por Luis Vidales, Hernando Téllez, Osorio Lizarazo, Arturo Alape y, más recientemente, por el dramaturgo y narrador Miguel Torres que lo hace desde la perspectiva de Roa Sierra, el asesino de Gaitán.

Definitivamente, estas son visiones muy distintas a la del poeta francés Phillippe Soupault que vino a Bogotá de paso a otros países latinoamericanos, enviado por la Resistencia francesa durante la ocupación nazi con el fin de crear capítulos de la agencia France Press. El poeta decía en su «Oda a Bogotá»: «Y he aquí que una estrella, la que brilla para los prisioneros/ he aquí que una estrella me conduce/ hacia una cima que se llama Bogotá/ la ciudad adornada por las nubes… Esa cima, esa ciudad Bogotá/ es sobre todo el lugar donde el amor por la poesía/ por la poesía poderosa por la poesía milagro/ no ha sido jamás desatendido/ ni despreciado/ nevermore… desde vuestra cima/ oh amigos colombianos/ de Bogotá/ juzgáis el mundo/ y desde esa altura preferida por los pájaros y las campanas/ podéis ver el espacio y el tiempo… podéis saber como os digo/ que la poesía es más fuerte/ que las explosiones de las bombas/ que la voz de la poesía es más potente/ que el estruendo del cañón… Aló Bogotá Aquí París/ la poesía vive, la vergüenza ha muerto». Es bueno imaginar a Soupault caminando entre vendedoras de frutas y desempleados dedicados «a medir calles», imagen criolla del flaneur.

Nicolás Guillén, con su aire de trompetista de jazz y su nariz de boxeador que semejaba un nudo de corbata, por los años cuarenta llegó enfundado en un abrigo a Bogotá para afirmar que la suya fue «una experiencia durísima para un hombre del trópico y por añadidura aledaño al mar», según sus palabras de acezante transeúnte.

También Alcides Arguedas escribió de Bogotá un libro memorable de viajero. Y en algún lugar, más en una carta que en un libro ―dato para sabuesos literarios― debe haber una alusión de Joao Guimaraes Rosa, pues el gran escritor brasileño ejerció la diplomacia en esta ciudad.

A lo mejor también haya por ahí una carta de Paul Gauguin escrita en Panamá, ciudad desde la que odió a los colombianos en épocas en las que trabajó en la construcción de su Canal, dirigida a su hermana María, cuyos restos se encuentran hoy en una urna visible en la Iglesia de Santa Clara. La hermana de Gauguin se casó con un Uribe, colombiano, uno de esos grandes señorones bogotanos que no encajaba en el gusto del arisco pintor. Y murió acá. Y recorrió las mismas calles que anduvo Silva.

Para no quedarnos en el coto de caza de lo que ahora llaman «género», masculino en este caso, la viajera inglesa, Rosa Carnegie-Williams que vivió en la Bogotá de 1882 entre cincuenta mil habitantes, escribió el libro «Un año en los Andes o aventuras de una lady en Bogotá», donde en compañía de su esposo, un negociante inglés, habla con pasión de nuestras frutas, de una región frutal llena de chirimoyas y guanábanas, de pomarrosas y curubas.

Un largo itinerario por las letras viajeras envuelve a Bogotá, recogido en infinidad de libros. Desde la llegada de Humboldt en visita a José Celestino Mutis, Expedición Botánica en la mira, hasta el arribo del poeta mexicano José Juan Tablada, al que la Quinta de Bolívar le pareció «el relicario de la tristeza» del héroe.

Para el poeta chileno detractor de Neruda, Pablo de Rokha, «Bogotá es una gran fruta de almendro, en la cual todo el gusto está en la semilla». Para André Maurois: «la poesía de Bogotá no sólo está en la naturaleza. Mis amigos los poetas me llevaron a una curiosa casa a comer obleas», escribió en sus «Consejos a un joven francés que sale para Colombia». Se le adelantó a Mick Jagger en eso de la ingesta de obleas en La Candelaria.

En lo que atañe al poeta guatemalteco Luis Cardoza y Aragón, que se casó en Bogotá con la legendaria Lya, Colombia más que paisajes y retórica y malos políticos, es el país de los amigos: «Baldomero Sanín Cano, Gerardo Molina, Luis Vidales, Fernando Charry Lara, Hugo Latorre, Jorge Rojas, Aurelio Arturo, Jorge Zalamea, León de Greiff, Carlos Martín, Camacho Ramírez, Álvaro Mutis». Con algunos de ellos caminó la Calle Real, engullida de pasos. Así decía en su «Nocturno de José Asunción y de Porfirio», publicado en sus obras completas y dedicado a Jorge Gaitán Durán: «Porfirio, el mariguano,/ prolongado alarido de arcángel y cianuro,/ patibulario cuervo, agrio delirio, fantasma y túmulo:/ ‘Una limosna para el más grande poeta de Colombia’».

Entre tantos viajeros que escribieron sobre la ciudad, cómo no recordar al Che Guevara y los trazos de esta ciudad: «el primer día en Bogotá fue regularcito, conseguimos la comida en la Ciudad Universitaria pero no alojamiento», o la impresión que causó en Fidel Castro el gentío en las calles y en los cafetines en vísperas del 9 de abril, un día que fue, más que planificadores y urbanistas, lo que le cambió de forma radical la cara a la ciudad. Esa impresión del líder cubano resulta vívidamente recogida en «El Bogotazo, la obra de Arturo Alape.

Pero volvamos a Burroughs, al poeta beatnik y a sus descripciones de Bogotá cuando en los años cincuentas llegó en procura del yagé. Es la visión de un país polarizado ―¿cuándo no?― por los partidos políticos y los rezagos virreinales. El espléndido e hiriente libro de sus cartas cruzadas con Allen Ginsberg es uno de los mejores documentos sociales sobre nuestra ciudad en la época del general Gustavo Rojas Pinilla.

No tan lejana a la visión de William Burroughs, es la de Antonio Caballero en su feroz novela «Sin remedio», una narración en la que describe a Bogotá «como una gruesa morcilla purpúrea». Para mí que la nueva ciudad que ahora asalta tantas páginas de los nuevos poetas y narradores, casi como un leitmotiv, está muy lejos de una ciudad en la que el norte daba risa, el centro daba miedo y el sur daba lástima, según leí alguna vez que afirmara nuestro más importante arquitecto, Rogelio Salmona, alguien que se ha encargado de ennoblecer nuestros espacios y de descubrir su poética secreta, como si fuera un libro y mil caminos. Esa belleza escondida, no me cansaré de repetirlo, que posee la mujer envuelta en piel de asno, esa esquiva belleza que no se entrega a primera vista y que al momento de descubrirla hechiza y cautiva, aunque en muchos libros se haya fallado a la hora de descifrarla y en muchos otros se amueble hasta el cansancio una forzada escenografía ciudadana sin que se logre poblar de seres de verdadera carnadura humana. Mucho tinglado urbano pero poca exploración de sus habitantes.

Bogotá es una ciudad que hicimos nuestra en sus espacios y que ya empezamos también a hacer nuestra en los libros, una ciudad que llevamos a cualquier lugar donde vayamos, como la casa del caracol que permanece adosada a su lomo.

Ciudad y libro nos aglutinan en este encuentro a través de dos estancias para el goce, ambas propicias para la reflexión. Abrir las puertas de un gran libro es como entrar a una ciudad. Desde el milagro o la derrota, el fasto y la miseria humana, la arquitectura y el sueño, la sorpresa del beso o del asalto; desde lugares de hormigón y rostros por descifrar, los habitantes del rumoroso libro de la ciudad somos, como los viejos argotiers descritos por Fulcanelli en «El Misterio de las Catedrales», lectores de piedras, traductores de espacios, ciudadanos de las formas habitadas en las que algunas veces logramos encontrar el ritmo en la prosa vertiginosa de autores que fundan de nuevo un lugar. James Joyce y Dublín, París y André Breton, Nueva York y Federico García Lorca.

Hay otra consideración final sobre el carácter libertario del libro, sobre la falta de aduanas que permite entrar y salir libremente de países y ciudades, que establece casi sin premeditación una cierta extraterritorialidad. El invisible y nada ortodoxo pasaporte a otros ámbitos es expedido por la libre voluntad de un escritor caminante. De tal manera podemos ser moradores del Berlín de los tambores de hojalata en unas páginas de Günter Grass, o recorrer el Moscú de Mijail Bulgakov para ver cómo el diablo llega al Kremlim en «El maestro y Margarita», podemos caminar tras la cortina de la niebla en una página de Rober Louis Stevenson, vadear la calle de «El Golem» en un gueto de la Praga de Gustav Meyrink o entrar a la catedral de Dijon donde Allysius Bertrandt cuenta que el diablo le entregó su «Gaspar de la Noche», o ser momentáneos habitantes de una desangelada oficina como el pobre mister Bartleby.

Es posible que nadie, o quizá todos, seamos caminantes extranjeros en las páginas de un libro.

Lee aquí toda nuestra edición de séptimo aniversario: Viaje a pie.


El poeta en Magritte Museum. Foto: Andrea Roca.

* Juan Manuel Roca (Medellín, 1946) es un poeta con una de las trayectorias más importantes en Colombia. Reconocido por haber estado al frente del Magazín Dominical de El Espectador por más de una década, espacio cultural que ayudó a formar toda una generación, es dueño de una obra poética fundamental y de una vida consagrada a la escritura y el pensamiento. Es el director de la línea de Poesía en la Maestría en Escrituras Creativas de la Universidad Nacional de Colombia, y ha recibido premios tan importantes como el Nacional de Periodismo Simón Bolívar y el Casa de América de Poesía Americana. Es colaborador asiduo de Literariedad.

Literariedad

Revista dominical que asume la literatura, la poesía, el cine y el teatro como calles, lugares de encuentro y desencuentro. ISSN: 2462-893X.

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