«Fin de la fiesta», un cuento de María Isabel Pachón

Foto:Manuel Humberto Rodríguez Corredor

Les presentamos, en nuestra edición de séptimo aniversario, un cuento de María Isabel Pachón* que sintetiza lo que significa caminar por Bogotá (la única ciudad del mundo que no embellece bajo la lluvia) cuando acaba la fiesta. 

Al día siguiente se levanta como toda vacía, como toda inapetente, como toda triste, como toda sin ganas de nada. (Solo es uno de los restos de la fiesta). Y después del dolor en la nuca y de que el sol le toque las sienes, llegan los recuerdos intermitentes, el remordimiento: ojos de búho sobre ella, dientes de piraña mordiéndole la lengua. Y cierra la cortina que se le olvidó cerrar la noche anterior y le sabe a mierda la vida y suena el teléfono y que señorita Camila son sus papás y que ahorita no Rosita y que qué les digo.

—No sé, invénteles algo, que estoy enferma o algo.

Al otro lado, fijo están diciendo que es que Camila no cambia, que eso seguro salió ayer (y uno va a ver y sí), que en qué nos equivocamos, que ni siquiera cuando estamos lejos nos contesta, en cambio Felipe tan buen muchacho que es, tan buen miembro de familia.

La noche le pesa en la rodilla izquierda. Se quita el brassier, se quita las medias, se quita los jeans que huelen a rumba. Se cubre, de nuevo, con las sábanas. Empieza a dar vueltas y vueltas en la cama. No puede dormir (no va a poder dormir en semanas). El pasado no la deja sola. En qué estaba pensando (no pensaba). Y vuelve a sonar el hijueputa teléfono y que señorita Camila es el joven Matías.

—Dígale que ahorita le marco, Rosita.

Matías se enteró ayer de que los papás de Camila no están y por eso está de intenso, por eso está llame que llame, pero ella no es de esas (quien la viera anoche: reina de la pista). Las manos le sudan, siente que un vómito espeso le sube por el esófago. Llega corriendo al inodoro, pero no le sale nada. Se mete el dedo índice hasta las amígdalas y nada. Regresa a la cama. Ojos de búho sobre ella, dientes de piraña mordiéndole la oreja. Necesita hablar con alguien. La llamada de Juanse se va directo a buzón. Coge impulso y se pone de pie, se viste. De pronto Felipe quiere salir a almorzar o algo. Tiene la música a toda y la puerta cerrada.

Golpea una vez.

No contesta.

Vuelve a golpear.

Y nada.

Entonces entra. Felipe no está solo, ni vestido.

—Camila, salte —le grita.

Ella suelta una risa nerviosa.

—Pipe, tranqui, vale güe…

—¡Marica, que te salgas!

Camila ya hace rato sabía. Lo había cogido un par de veces mirando con deseo a los mismos que ella mira, mirándola a ella con envidia. Lo había cogido mirándose en los espejos de los restaurantes y de los ascensores. No, no, no, ella nunca se ha comido su pose de machito. Y no solo tienen el mismo gusto en hombres, sino también en música, en series, en películas y, cuando tenían seis o siete años, en bufandas y bolsos. El recuerdo de un pasado más lejano, mejor, la distrae un momento y le saca una sonrisa, pero los restos de la noche anterior no tardan en volver para joderle la vida. Y el peso en la rodilla y el dolor de muelas y las náuseas y la tembladera y el silencio: ojos de búho sobre ella, dientes de piraña mordiéndole los senos. Eso nunca pasó (¿O sí?). «Mierda», si no sale de este encierro se va a terminar arrancando la piel.

Llueve. Bogotá, piensa Camila, tiene que ser la única ciudad del mundo que no embellece bajo la lluvia. Las ventanas de los buses se empañan, la gente pelea contra un tiempo que se ralentiza, se les olvida manejar, las calles se encharcan, huelen a caño, a mierda, a combustible viejo, a orines, los pitos, los motores y los gritos de los vendedores de paraguas no dejan oír el sonido de las gotas caer sobre el suelo, los perros callejeros aceleran su paso para no ser atropellados, señoras en tacones y blazers de oficina corren con las carteras en la cabeza, intentan evitar los charcos y algunos hasta llaman a sus seres queridos dizque para confirmar que todo está bien y ella piensa: jueputa, solo está lloviendo, ni que en Bogotá nunca lloviera. Se le viene a la mente un comercial tristísimo que sonaba en la radio cuando ella era niña: Bogotá, Bogotá no tiene mar, pero tiene… Bogotá, Bogotá no tiene mar, pero tiene… No logra recordar la segunda parte. El semáforo se pone en verde, un carro pasa a toda velocidad sobre un charco y la moja.

—Hijo de puta —le grita Camila.

Todo el mundo se ve mal diciendo groserías, repite siempre su madre, pero una mujer se ve peor. Empapada y sucia sigue caminando. (En la madrugada mitad de su cuerpo se sumergía en el barro). Cruza el puente peatonal de la Autopista con ochenta y cinco y coge hacia el sur. Busca el anonimato. La voz nasal de Lorena Zuluaga preguntaba «¿Esa es Camila López?», (la misma que canta y baila), «Marica, la vieja está en la mierda», «Denle agua. Denle agua».

Camila camina por esta ciudad a la que esta condenada. Camina como mujer porque aún no se aprendido los pasos sigilosos del grillo. La miran, la despojan, de nuevo. Apenas pasa el Monumento a Los Héroes las fachadas se vuelven color pastel, los edificios pierden su altura y el comercio se diversifica. Se fija en cada establecimiento: una óptica, junto a un Servientriega, junto a una casa de señoritas, junto a una pollería, junto a un garaje que vende títulos universitarios a seiscientos mil, junto a un almacén de fajas. Bogotá es una miscelánea que quiere ser un Sears. Las acercas se empiezan a volver cada vez más angostas, hasta que en un momento se acaban y le toca pasarse a la calle. Mantiene la mirada fija en sus pies, intenta cambiar el caminado. Pero de nada sirve. Los obreros empiezan: venga mi amor, por qué tan solita; el man de la tienda: venga mi amor, por qué tan solita; un transeúnte: venga mi amor, por qué tan solita; otro transeúnte: venga mi amor, por qué tan solita; el taxista: venga mi amor, por qué tan solita; el policía: venga mi amor, por qué tan solita; la voz de su padre en su cabeza: tú qué hacías por allá sola, mi amor.

Camila tenía ocho años la primera vez que reconoció el deseo de un hombre sobre su cuerpo. Esa Semana Santa llevaba siempre puesto el vestido de baño morado de dos piezas que le había regalado su abuela de navidad. Su madre tenía que rogarle todas las noches para que no se fuera a dormir con este. El Domingo de Ramos su tío Roberto, el esposo de su tía Mercedes, se quedó cuidándolos mientras las mujeres iban a misa. Ellos jugaban en la dentro de la piscina, su tío estaba acostado en la asoleadora. Camila gritaba «Marco», Felipe y sus primos «Polo». «Marco», «Polo», «Marco», «Polo». Logró atrapar a su hermano y abrió los ojos para encontrarse con la mirada sedienta de su tío, las babas se le escurrían por los contornos del labio, de la misma forma que se le escurrían cuando le servían el plato de bistec a caballo que hacía Mercedes. Camila no volvió a utilizar nunca ese vestido de baño.

Siente que la planta del pie empieza a palpitar, los tendones a estirarse con dificultad para mantener los tobillos en su sitio. No puede más. Entra en un bar/rockola/corrientazo: sopa, seco y postre a ocho mil quinientos. Las paredes están decoradas con tapas de cerveza, fotografías de caballos y pinturas del sagrado corazón. Una voz dulce de mujer suplica en el canto: Así es que déjame y vete ya, déjame vivir. Camila vence el asco y se sienta en una de las sillas Rimax rojas. Es la hora de almuerzo de los oficinistas. La miran con cara de esta vieja qué hace acá, la miran con cara de venga mi amor, por qué tan solita y ella, esta vez, les sonríe, porque qué más. Y la voz tierna de hombre: No tengo nada, nada, nada, nada, nada, nada. No ha comido desde ayer al mediodía. Pide una Pony Malta y una empanada de arroz. Escurre la grasa con la servilleta. Nada le entra. La pepa es la mejor dieta (qué bueno).

Revisa el celular: seis llamadas perdidas de su mamá, dos de su papá y una de Matías. Ninguna de Juanse. Le devuelve la llamada a su papá, pero le contesta su mamá y empieza el sonsonete: qué en dónde andas Camila que por qué no nos contestas que qué estás haciendo por allá tan lejos que no era que estabas enferma que qué hiciste anoche que con quién saliste que a qué hora llegaste que por qué tan tarde que claro que saliendo tres días seguidos quién no se enferma que en cambio tu hermano sí se quedó en la casa juicioso que en cambio tu hermano esto que en cambio tu hermano aquello que por qué no eres más como él y menos como tú ay Camila ay Camila ay Camila y Camila no aguanta más y se le termina saliendo qué fue lo que se quedó haciendo su hermano en la casa. Su madre le cuelga.

«Mierda». Felipe la va a odiar. Ojalá entienda que le hizo un favor, que es mejor cuando no esperan nada de una, que es mejor cuando dicen: es que Camila siempre es así, la cagada. Le entran ganas de llorar. (Es la pepa, no es ella).

No puede pedir un Uber, a su celular se le acabó la batería. Escampó. Su ropa ya está seca, pero sus pantorrillas siguen mojadas. Un taxista para por fin: 

—No, mi amor, yo por allá no voy.

Los otros dos taxistas que se detienen tampoco van para allá. De solo pensar en montarse en uno de los buses repletos que dice «Andino» se le revuelve el estómago, así que decide seguir caminando. Cuando va llegando a su casa, se acuerda por fin del final del comercial. Ciclovía, eso es lo que tiene Bogotá.

Lee aquí toda nuestra edición de séptimo aniversario: Viaje a pie.


María Isabel Pachón - Revista Literariedad.jpg* María Isabel Pachón Varón nació en Bogotá, Colombia. Se graduó de filosofía y literaturaen la Universidad de Los Andes. Ha publicado en La Parada y la revista digital STOPART. Actualmente vive en el Paso Texas y está cursando su segundo año de MFA en Creación Literaria en la Universidad de Texas.

Literariedad

Revista dominical que asume la literatura, la poesía, el cine y el teatro como calles, lugares de encuentro y desencuentro. ISSN: 2462-893X.

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