Razones de las botas ― Angélica Rodríguez Vargas

Foto:Angélica Rodríguez Vargas.

En los años 50, William Burroughs y Allen Ginsberg escribieron sobre el yagé a partir de sus visitas a la selva suramericana. Creemos que no entendieron nada. A continuación, una versión no drogadicta del asunto. 

 

 

Razones de las botas

Crónica de algunos viajes por la selva del Putumayo

 

Por Angélica Rodríguez Vargas*

Los mundos nuevos tienen que ser vividos antes de ser explicados

Alejo Carpentier

 

Los viajes suceden primero en la imaginación. Antes de tomar la decisión de ir a la selva, pasé mucho tiempo ensoñándola, leyendo las descripciones camaleónicas de Alejo Carpentier en sus pasos perdidos dentro de ella, que la describían como un solo organismo vivo, al mismo tiempo perturbador y purificante. Había logrado recrear con facilidad la sensación de humedad y tibieza que se encuentra debajo de los ramajes en lo oculto de un río y que se parece mucho al clima de las aldeas vietnamitas que no sé en realidad si existen, pero que logro imaginar con la precisión con que Kafka describió su América desconocida. Con una obsesión alimentada por la distancia, que era mayor en mi mente por la falta de recursos y tiempo, soñé la selva, por mucho tiempo, más veces que el mar, con la confusión inconsciente con que aplico a ambas geografías el principio materno, en lo que corresponde a la capacidad de dar y sustentar la vida. Ahora, doce años después de mi primer viaje, entiendo que necesitaba tiempo para poder escribir sobre esto.

La selva que yo conocí se recorre a pie, ya que las mulas cargan la madera y los alimentos. Es fácil perder las botas en el pantano y con ellas el equilibrio; caminar es un ejercicio de paciencia. Dicen que la selva, por una suerte de sabio capricho, expele al que no es bienvenido con enfermedad, garrapatas, advertencias o tragedias, porque la muerte parece ser allí algo más vívido y cercano, más natural que un homicidio callejero. También es fácil desacostumbrarse al silencio: la algarabía la orquestan los pájaros en coro con las ranas y los insectos; sin embargo, entre las constantes picaduras de los diminutos visitantes y el acaloramiento, la mente encuentra sosiego. 

Mis manos, acostumbradas a temblar por un desbarajuste del sistema nervioso, se concentran en ocupaciones más prácticas y sencillas; el estómago se paraliza por deshidratación; el sudor cubre el cuerpo entero y el rostro va perdiendo definición por el agotamiento. Pero la historia que quiero contar es la de los pies, que acostumbrados a los terrenos planos de la sabana, se abren paso hacia un barrio en lo alto de un monte, muy cerca del parqueadero del bus que ya ha recorrido doce horas desde Bogotá a Mocoa. Un hombre mayor, de piel morena y ojos de gato nos sale al paso. Es el taita Gaviota. Los taitas, en el Sur de Colombia, son los chamanes o curanderos, líderes espirituales de sus pueblos. Su etnia, en particular, la inga. 

Me acompaña mi cuñado, quien tampoco tiene certeza sobre la logística del viaje. El taita nos lleva a su casa, un solar a medio construir que deja a la vista la ciudad entre los árboles. Nos informa el plan y me presta unas botas pantaneras que me quedan grandes, eso es algo que lamentaré más tarde. 

––Lo que pasa es que cuando uno toma alcohol, irrespeta a la familia, a la pareja, a uno mismo–– me dice el taita, como sacando información confidencial mía de la nada.

Después del almuerzo, vamos a visitar una pariente suya que está enferma. La resistencia de la juventud, y no otra cosa, nos hace posible seguirle el paso al tolerante inga que se abre paso con la habilidad de un niño y la presteza de un machete por los amplios territorios heredados de su padre. El recorrido de cinco horas montaña adentro, entre cascadas, espinas y antiguos caminos de piedra, parece jugar a su favor y en contra nuestra. 

El corazón del Putumayo. Foto: Angélica Rodríguez Vargas.

Primera prueba: terrores nocturnos

Cuando llegamos es casi de noche, descansamos inocentemente debajo de un techo de madera donde colgamos la ropa empapada de sudor que por la mañana seguirá húmeda. Aquí el sudor no se seca, dice el taita. La abuela no sale de su habitación donde se está muriendo de males de la vejez. Nos sirven una copa de yagé, que se apodera de todo el cuerpo y lo domina. 

Usted sí que es bien sapo le digo a mi cuñado, ¿por qué le contó al taita que yo tomo alcohol?

Yo no le dije nada.

Nos retorcemos entre los sacos de dormir con las botas puestas, como gusanos nuevos dentro del capullo. En la torpeza del mareo, me patea varias veces la cabeza al tropezarse con ella, en la búsqueda apresurada por llegar a la hojarasca a vomitar la enfermedad, mientras que el taita lucha, cantando y agitando con sus manos un ramillete de hojas la waira, que en español se traduce como «viento» con el que avienta las fuerzas invisibles. 

En la mañana, nos ponemos la ropa sudada y seguimos el camino más adentro, hacia un resguardo indígena. Las botas que no saben de tiempos, se esfuerzan por no dejarme atrás. Entre las casas alcanzo a observar una pelota de voleibol ir de un lado a otro; pido permiso para entrar a la competencia. La malla está mucho más alta de todas las que había visto colgadas en la ciudad, después de diez años de entrenamiento; por supuesto el ataque no pasa por encima de la malla, con cada fallo se repite una carcajada entre el público. Las botas no me ayudan a saltar. Me limito a tratar de no dejar caer la pelota y, pese a todo, ganamos. El premio es una gaseosa que en ese lugar cuesta cinco veces más que en la ciudad. 

Una antena parabólica para televisión adorna una casa en el caserío que no tiene luz eléctrica. Pocas velas iluminan, en la noche, mi viacrucis quejumbroso hacia el baño comunitario con las ampollas frescas en los pies. Me prometen, en vano, un caballo para volver.

Al amanecer, la memoria se esfuerza por coleccionar imágenes de una belleza irrecuperable con fotos. Deshacemos camino, mientras las botas obedientes recogen los pasos. En su intento por no pisotear las hormigas del tamaño del dedo gordo y una que otra anguila eléctrica en los charcos, las botas ignoran que avanzamos a La Paz, donde viviremos una de las noches más turbulentas de la vida. Adentro se cocinan los pies en un esfuerzo, por el momento inútil, de adaptarse a las condiciones. Caminamos con resignación.

La noche se alarga como si nos aproximáramos a un agujero negro. El cuerpo se esfuerza por no desintegrarse. Las visiones que tienen formas, colores, sonidos y climas se entretejen con los cantos de pájaro del taita. Todo tiene pelos, colmillos, alas, fluidos y ojos. Hemos sido reconocidos por el mundo de los insectos y una luna redonda y plateada es la única testigo de la situación. Alguien se queda de rodillas, sembrado en la tierra, en medio de la maleza, pidiéndose perdón.

 Yo no sé por qué vine le digo a mi cuñado sin saber qué hora es, pero yo me voy mañana temprano.

Yo también me responde con complicidad ya me di cuenta de que esta no es mi medicina.

Después de esa breve conversación, que habríamos de ignorar unas horas más tarde, nos ortigan. Dicen que es bueno para la circulación y para poner los pies de nuevo en este mundo. Compruebo que el dolor no es mental. Las púas de la ortiga son como aguijones que se enredan y rompen la piel, creando brotes del tamaño de una moneda. Al final siento tanto alivio, en todos mis cuerpos conocidos y no conocidos, que pido otra copita de yagé. Mientras la sirven observo estelas blancas que se desprenden de la waira mientras el taita reza el brebaje. Me tiemblan las manos de la conmoción, el taita me agarra una mientras me sirven, creo que para que no me vaya. Es tarde para arrepentirme.

La siguiente noche pedimos que, por caridad, no nos sirvan del mismo remedio, que de sabor está muy feo. Inútil petición. 

El remedio toca tomarlo con gusto, como si fuera un amigo que llega a la casa y hay que darle la bienvenida nos dice el taita, o si no se mete y hace daños. Y los revuelca.

La prueba de los terrores nocturnos es solo la puerta al mundo sobrenatural de la selva que no todos cruzan. Es una protección contra el afán por la psicodelia con el que muchos se allegan, como en los años 60, a la cultura de los hongos mágicos de María Sabina y que terminan por pervertir su uso medicinal. La pinta, lejos de ser una alucinación, es una visión que sucede como una recompensa cuando debe suceder. A veces es solo clarividencia mental. Otras veces puede ser auditiva, en forma de ícaros cantos o rezos de poder curativo de la gente encantada: pueblos indígenas que viven en una geografía invisible o un aleteo de alas de colibrí que precede su aparición flamante ante los ojos de la mente. Puede ser visual: geometrías de colores que necesitarían un ajuste en la realidad si quisiéramos usarlos en el mundo físico, se presentan como tejidos que van dando lugar a curiosas conversaciones con los animales guardianes de la planta: jaguares, serpientes o guacamayos, u otros seres. La experiencia con el remedio, sobre todo en la selva del Putumayo, es total abarca tanto los sentidos externos como los internos, difíciles a cierto punto de separar porque es la casa del yagé, la tierra donde está sembrado el bejuco (que produce la purga) y la planta chagropanga (que produce la visión).

¿Por qué está llorando? me pregunta el taita.

No sé le digo y me río con mi propia respuestaNo sé por qué lloro ni por qué me río.

Putumayo querido/ tierra de sabiduría/ donde está la planta del yagé/ que es una planta muy sagrada/ se oyen los cantares/ de esos lindos guacamayos/ cuando van volando/ por el río Putumayo canta, antes de empezar a improvisar bendiciones para los visitantes.   

El taita Yagé es un abuelo muy templado y muy serio. Habla cuando tiene que hablar, con la voz de uno, en un lugar de la mente que ya no es personal, porque es imposible mantener una individualidad.  Enseña con la verdad y la verdad es, por lo general, decepcionante. A veces miente, para probar la creencia. Es amargo, pero dulce, en el sabor y en lo que genera. Obliga a la reparación. Castiga y protege. Pone fin al autoengaño, denuncia la falsedad. No da muchas oportunidades. Muestra las soluciones con la simbología preferida por uno: puede tomar cualquier forma de dios. Nos conduce a su mundo, que es el mundo de las respuestas. Tal vez la palabra que mejor lo define es portentoso, cuyos sinónimos sirven, hasta cierto punto, de descripción: maravilloso, milagroso, prodigioso, asombroso, admirable, singular, increíble, grandioso, pasmoso, extraordinario, deslumbrante, soberbio.

Mi cuñado le grita en el oído al taita, pidiendo ayuda. El taita se asusta, le dice que no ruge como un tigre sino como una vaca. Ríe entretenidamente. Mi cuñado le grita al taita que se va a morir. Él le dice que no se preocupe que el cementerio queda ahí nomasito, que allá lo vamos a enterrar. Yo trato de rezar oraciones conocidas, reliquias de la infancia. Entre tanto, las botas empujan con fuerza el piso, meciendo con ansiedad la hamaca en la que voy ajustando la realidad.

¡Taita! grito yo, para pedir ayuda por primera vez.

Aguaaaaante, aguaaaante escucho en la oscuridad. No veo nada. Nada. Pero creo haber estado buscando, con la mano estirada, una cobija en el suelo durante mucho tiempo. Un murciélago cae revoloteando al piso de la casa donde nos reunimos. Trato de no pensar en la existencia del mal. Pero el mal existe.

 

Segunda prueba: los amantes del poder

Cuando llegamos a la finca del taita, a tres horas de Mocoa y a nueve años de la primera visita, nos disponemos a empezar la ceremonia. Un hombre joven llega colgando de los hombros de otras dos personas. Lleva el frío de la muerte. Nos produce desde lejos escalofrío. No quiero estar cerca de él. El taita dice que es su sobrino y va a intentar curarlo porque los familiares lo están acusando de brujería, pues el sobrino había invadido unas tierras ajenas pertenecientes a su padre, curandero también, espíritu que protege todavía el recinto. Los ingas, cofanes, sionas y kamentsa, pueblos yageceros, conviven con sus muertos. 

Varios taitas trabajan para su bienestar con armónicas, ícaros y danza. Cada día se le ven más alientos al enfermo. El cuarto día come sin ayuda, solo que a veces echa la comida en una gorra que se quita de la cabeza. El quinto día se despide, agradeciendo y dándonos a todos la mano. El sexto día la familia suya, en gesto de gratitud, envía un mercado a la casa del taita. El séptimo día es la prueba.

Con mi acompañante, un italiano que se metió al mundo del yagé por su propia voluntad y dejó por eso su país de origen, decidimos quedarnos una noche más para una ceremonia de despedida que queríamos tener con el taita y su esposa. El hermano del taita, intercede con él, para pedir permiso por unas personas que no tienen donde tomar y quieren hacerlo en su casa, en Mocoa. El taita nos dice que él es malo para decir que no. Dicen que quieren hacer una ceremonia de agradecimiento debido a que, con su mediación, no metieron a la gobernadora a la cárcel. 

El taita les dice que sí, pero a nosotros nos dice que vamos a tomar de nuestro propio yagé. Luego, que no, que ellos traen un crudo muy bueno. El crudo es una preparación que, como su nombre lo dice, no pasa por el proceso de cocción y dicen que es más suave y que refresca los órganos. Lavamos con jabón el piso. El taita nos dice que debe quedar bien limpio, porque todo es importante. Nos ponemos las botas y esperamos.

Comienzan a llegar, son doce personas, casi todos hombres. La gobernadora nunca llega. La persona que dirige es de la etnia cofán. En las ceremonias, lo primero que se hace normalmente es rezar para llamar a los espíritus de la selva y pedirles sanación y luz. Luz es claridad de pensamiento y conocimiento. Pero ellos no rezan, nos sirven el yagé en un vaso de plástico. 

A ellos sírvanles harto, que ellos son tomadores dice el taita, refiriéndose a nosotros. 

Nos recostamos en la hamaca esperando que llegue la reacción. La visión trae aguas sucias. Un mes después habría una avalancha que dejaría 1400 muertos. Predomina el temor. En el segundo piso, mi acompañante ha perdido la conciencia, se levanta la camisa dejando al descubierto el vientre y produce sonidos indescifrables. Le pido ayuda a la esposa del taita, quien sube conmigo a verlo.

Nos están dando una paliza dice. Y toca la armónica, agitando los collares de cascabel.

Bajo y le pido ayuda al taita porque no sé qué le pasa a mi acompañante, a quién hemos conseguido llevar de nuevo a su hamaca, pero no recobra la conciencia. Lo toma de los brazos, de pie detrás de él, sosteniéndolo y se dirige al brujo principal.

Esto no es una ceremonia, esto es una guerra psicológica dice en voz alta. Los demás no responden. Silenciosamente nos contaminan el agua.

El taita me dice que no me atreva a dormirme. A mi acompañante le soplan aguardiente en el estómago y él se pone cada vez peor. Le digo al brujo que lo deje en paz. Él me dice que lo que pasa es que el yagé de ellos es fuerte. Le digo que no es el remedio, que es él. Le pido a mi acompañante que se siente, que él es capaz, que se acuerde por qué estamos ahí. Él se sienta y recobra la conciencia. No se moverá en toda la noche, que parecerá infinita. Para ir a vomitar, vamos de a dos. Nos movemos los cuatro de un lado a otro, evitando el humo de tabaco, mentalizado quién sabe para qué. Afuera de la casa pasean los fantasmas, pero la verdadera guerra es en silencio y es espiritual.

En la mañana, los corruptos deciden por fin retirarse. Estamos cansadas, la esposa del taita y yo, mirándonos a los ojos cada una desde su hamaca. Yo trato de cantar en mi cabeza para no descender otra vez.     

¿Quién es la que tiene aquí los millones? Nos pregunta uno del grupo mirándonos las mochilas, antes de irse. 

Cuando se van, lavamos las hamacas y bajamos a la ciudad a buscar ruda para un baño de hierbas que corte el malestar. Siento miedo y no me quiero dormir. Veré el diablo en todas partes y será así el regreso a Bogotá y los días siguientes. Al entrar al apartamento donde vivo, le produciré pesadillas a mi roomate. Por mi parte, soñaré con muertos durante dos semanas, hasta que les diga que ellos allá y yo acá con determinación. 

Es que una cosa es saber que existe dice el taita, otra cosa es sentirlo.

Yo les zapatié bien duro en la cabeza dicen sus botas.

Al irse, se puede observar todavía el humo de tabaco fumado por nadie. Pero no durará mucho en la atmósfera mental. Las formas creadas volvieron a donde su creador, con la implacable ley de la dureza. Nosotros aprendimos a rezar de verdad. Las hamacas retomaron su vuelo de arcoíris con prontitud y a veces un trueno de fuego retumba en el horizonte quemando la hierba, el que lo oye y lo ve experimenta un tremor.

Esta fue una fugaz historia sobre los que aman el poder y no el poder verdadero. Pero las polillas buscan también la luz, aunque al acercarse se les chamusquen las alas. 

Solo quiero agregar que, por alguna razón, las botas siempre vuelven.

 

La casa de la noche ceremonial. Foto: Angélica Rodríguez Vargas.

Tercera prueba: entregar las botas

Le pido al taita que me cuente, otra vez, la historia de la niña del pueblo encantado.

Una vez los mayores se fueron de cacería, cuando de pronto uno de ellos se quedó solo y vio un pájaro con colores bellísimos entre los árboles. Pensó «lo voy a cazar y con sus plumas me hago una corona bien hermosa». Y, zaz, le lanzó una flecha, pero el pájaro desapareció. El abuelo se juntó con los otros y de regreso empezó a sentir un dolor muy fuerte debajo del pie, como si se le hubiera enterrado algo. Con el peso de la cacería en la espalda y el dolor, casi no puede volver. En su casa, pidió que todos los taitas amigos fueran ayudarle. Empezó la ceremonia y el abuelo seguía quejándose. De pronto, en la madrugada, llegó una niña de más o menos diez años con una corona de plumas y le dijo «buenos días, abuelito, vengo a pedirle permiso para curarlo. Hoy, entre los árboles, usted me trató de matar y a mí me dio mucha rabia. Pero yo soy pariente suya y le pido disculpas por el dolor que le causé, por eso, con su permiso, vengo a curarlo. Pero eso sí, sírvanme, por favor, una buena totumada de yagé». Le sirvieron una medida bien grande y luego de tomársela la niña cantó y danzó y lo curó. Luego se fue.

Taita, pero ¿ellos, la gente encantada, están vivos o muertos? Le pregunto con intriga.

No sé. Después de una pausa, retoma. Una vez en ceremonia, se me rompió el collar. Luego, una cuerda de la guitarra. Yo me concentré. Llegaron dos espíritus del yagé y me mostraron quién me estaba atacando. Me dijeron, tome, con esta arma lo puede matar. Yo les dije, no, yo no quiero matar a nadie. Me dijeron, listo, usted pasó la prueba. Lo vamos a llevar a la casa del yagé. Ese día llovía muy fuerte y yo estaba debajo de un árbol. Ellos me llevaron a un lugar muy hermoso y empezaron a mostrarme todas las plantas que había y para qué servían, para qué enfermedad. Me enseñaron mucho sobre plantas medicinales. Cuando volví, todos me preguntaron que dónde había estado tanto tiempo y que por qué no me había mojado. Llegué con mi canto, ellos me lo enseñaron.    

Vuelvo a Bogotá con las botas puestas, que me acompañarán a las ceremonias cercanas, mientras que pueda volver a la selva. Se convierten, con facilidad, en mi objeto de apego. 

Yo soy capaz de dejar a mi pareja les digo a mis amigas yageceras, pero a mis botas no.

Algún día serán mías responde una de ellas.

Siga de patepalo dice la otra. 

En el 2019, las botas fueron incineradas en un ritual desconocido, por la amiga que las recibió en solemne entrega. 

En el 2020, al bajar del avión en Puerto Asís, compré unas botas nuevas. Cinco días después de su especial servicio en la selva, fueron entregadas en un mercado cercano al aeropuerto, a la espera de cualquier peregrino. Las botas casi nuevas y yo ya no somos las mismas. 

Lee aquí toda nuestra edición de séptimo aniversario: Viaje a pie.


Angélica-Rodríguez-Vargas_Revista-Literariedad* Angélica Rodríguez Vargas es la Consejera editorial de Literariedad. Es poeta y narradora; acaba de publicar una traducción de la obra poética completa de Alberto Caeiro (Fernando Pessoa) con la Editorial Ataraxia.

Literariedad

Revista dominical que asume la literatura, la poesía, el cine y el teatro como calles, lugares de encuentro y desencuentro. ISSN: 2462-893X.

Un comentario sobre “Razones de las botas ― Angélica Rodríguez Vargas

  1. Termine de leer el Chiribiquete de carlos uribe que
    Donde la espiritualidad de los murales y los chamanes son el centro del la cultura tradicional chiribiquete pero no había tenido la oportunidad de saber como es esa experiencia con las plantas sagradas el yopo o el yagé.me encanto La crónica muchas gracias

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