«Jet lag», un cuento de Etgar Keret

Intervención de @saragapi en foto escultura de Ícaro, Green Chavant.

 

Les presentamos en Pasión, nuestra edición de abril de 2020, una traducción original de Literariedad de este cuento magistral de Etgar Keret*, a cargo de Angélica Rodríguez Vargas**, de nuestro Comité Editorial. Después de su lectura, sabremos que hasta la realidad, vista por este escritor israelí, resulta inverosímil.

 

Durante mi último vuelo de Nueva York una azafata se enamoró de mí. Sé qué piensan: que soy un fanfarrón, un mentiroso, tal vez incluso las dos cosas. Que me creo un donjuán, o por lo menos quiero que lo crean. Pero no es así. Aquella azafata de verdad se enamoró de mí. Todo comenzó después el despegue, durante la distribución de las bebidas. Yo dije que no quería nada de beber, pero ella insistió en derramar un jugo de tomate sobre mí. A decir verdad ya sospechaba que tuviera una debilidad por mí desde antes del despegue, porque mientras explicaba dónde se encontraban las salidas de emergencia y los procedimientos a seguir en una situación de contingencia, ha seguido mirándome a los ojos como si estuviera hablando solo conmigo. Pero la cosa no termino ahí. Cuando estaba casi al final de la comida, me trajo otro sánduche. «Quedó uno solo», le explicó a la niña sentada a mi lado que lo miraba con ojos ávidos, «y el señor lo pidió primero». Yo, sin embargo, no había pedido nada. En fin, aquella azafata había tenido un verdadero flechazo. Incluso la niña se dio cuenta. «Está loca por ti», me dijo cuando su madre, o quienquiera que fuera, se fue al baño. «Tíratela ya, aquí, en el avión. Culéatela en el carrito del Duty Free, como Sylvia Kristel en Emanuelle. ¿Qué esperas? Dale, amigo, clávatela por mí». Aquel modo suyo de hablar me sorprendió un poco. Era una monita delicada, podría tener más o menos diez años, y de repente «culéatela», «Emanuelle». Me sentía avergonzado y entonces cambié de tema. «¿Es la primera vez que vas al extranjero, pequeña?», le pregunté, «¿estuviste en Nueva York con mamá?». «Yo no soy una niña», se molestó, «soy un enano travestido y aquella es mi jefe, no mi madre. No digas nada a nadie, pero el único motivo por el que llevo esta horrible falda es que tengo dos kilos de heroína metidos en el culo». La mujer volvió poco después y la niña retomó un comportamiento normal. Pero cada vez que la azafata pasaba, con vasos de agua, maní, y todas esas cosas que llevan las azafatas, y sonreía, sobre todo a mí, la niña se excitaba y me hacía gestos con la mano, como si me incitara a tener sexo con ella. Después de un rato se fue al baño y su madre, o quienquiera que fuera, me miró con una sonrisa cansada. «Le habrá hecho enloquecer», dijo, intentando asumir un aire de indiferencia, «cuando me alejé hace un rato, quiero decir. Le habrá dicho que no soy su madre, que ella es un oficial de paracaidistas, cosas de ese tipo». Negué con la cabeza, pero ella continuó. Era evidente que cargaba con un peso adentro y tenía necesidad de desahogarse. «Desde que su padre murió», se sinceró, «no pierde ocasión para cobrármelo, como si yo fuera responsable de su muerte». Luego se echó a llorar. «No se sienta culpable, señora», le puse una mano en la espalda en un gesto consolador, «estoy seguro de que nadie piensa una cosa parecida». «Todos lo piensan», me quitó la mano con rabia, «sé muy bien lo que se dice a mis espaldas. Pero el hecho es que el tribunal me absolvió, así que no asuma conmigo ese tono condescendiente. Quién sabe qué cosas terribles habrá hecho usted». La niña volvió y fijó en la mujer una mirada mezquina y ella se calló inmediatamente. Después me miró, con una expresión más tierna. Luego me enrosqué en el asiento al lado de la ventanilla tratando de recordar todas las cosas terribles que había hecho en mi vida. Entonces, de improviso, sentí una mano pequeña y sudorosa empujándome entre los dedos una nota arrugada. Estaba escrito «AMOR MÍO, VEÁMONOS EN EL GALLEY POR FAVOR», firmado por «LA AZAFATA». Todo en gruesas letras mayúsculas. La niña me guiñó el ojo y yo me quedé sentado en mi puesto. De vez en cuando ella me daba un codazo en las costillas y cuando tuve suficiente, me puse de pie y fingí ir hacia el galley. Había decidido dar un paseo hacia el fondo del avión, de contar hasta cien y regresar, con la esperanza de que la pesada niña me dejara en paz. El aterrizaje estaba previsto en una hora y yo hubiera querido haber llegado ya.

Al lado del baño, escuché una voz aflautada que me llamaba. «Por fortuna has venido», la azafata me besó en la boca, «tenía miedo de que la extraña niña no te diera la nota». Traté de decir algo pero ella me besó una vez más, luego se alejó de mí. «No hay tiempo», suspiró, «el avión podría caerse de un momento a otro. Tengo que salvarte». «¿Caerse?» Tuve un sobresalto, «¿y por qué? ¿Hay alguna avería?». «No», respondió Shelly (así se llamaba la azafata, lo sabía por la etiqueta que llevaba apuntada en el cuello de la camisa), «lo hacemos caer a propósito». «¿Cómo?», he preguntado. «Nosotros, la tripulación», ha respondido ella sin parpadear, «órdenes superiores. Cada dos o tres años hacemos caer un avión al mar, con la mayor delicadeza posible, para que la gente tome más en serio todo este asunto de la seguridad durante el vuelo. Sabes, para que esté más atenta de las instrucciones sobre cómo comportarse en los casos de emergencia y todo lo demás. Con frecuencia muere solo un niño o dos». «Pero ¿por qué justo este avión?», pregunté. Ella se encogió de hombros. «No sé. Ordenes de arriba. Probablemente en los últimos tiempos se ha tenido la impresión de que se ha difundido una cierta laxitud. Al menos eso parece». «Pero…», traté de objetar. «Amor mío», me interrumpió ella con dulzura: «¿dónde están la salidas de emergencia del avión?». No lo recordaba con precisión. «¿Ves?», murmuró con tristeza, «esto es prueba de laxitud. Pero no te preocupes. La mayor parte de los pasajeros se salvará. Contigo, sin embargo, no podía arriesgarme». Se inclinó, tomó una maletica plástica parecida a las de los colegiales y me la puso en la mano. «¿Qué es?», pregunté. «Un paracaídas». Me besó de nuevo. «Contaré hasta tres y luego abriré la compuerta. En ese momento, saltarás fuera. Es más, no tendrás que saltar ni siquiera. De cualquier manera serás aspirado». A decir verdad, no quería lanzarme. No me iba eso de saltar fuera de un avión en plena noche. Shelly pensó que yo estaba preocupado por ella, que tenía miedo de que toda esta historia la pusiera en aprietos. «No temas», me dijo. «Si no hablas, nadie sabrá nada. Siempre podrás decir que nadaste hasta Grecia».

No recuerdo nada de la caída, solo el impacto con el agua. Helada como el culo de un oso polar. Al inicio intenté nadar, luego descubrí que podía tenerme en pie. Me puse en marcha en dirección de algunas luces, tenía un dolor de cabeza terrible y los pescadores en la orilla seguían importunándome, como si yo estuviera en apuros y ellos me estuvieran socorriendo, pero en realidad querían que les soltara algún dólar: me llevaban en la espalda como un herido, me practicaban respiración artificial. Les di algunos billetes mojados pero no sirvió para nada. Cuando intentaron masajearme el cuerpo con alcohol, perdí literalmente el control y le di una bofetada a uno de ellos. Solo entonces se fueron, un poco ofendidos, y yo pagué una habitación en el Holliday Inn.

No logré dormirme en toda la noche. Quizás por culpa del cambio de horario. Me quedé relajado en la cama viendo televisión. En CNN transmitían en directo las etapas del rescate del avión, lo que era bastante conmovedor. Reconocí personas que recuerdo haber visto en fila hacia el baño. Venían subidas en botes, sonreían a las cámaras y saludaban con la manito. No murió nadie, excepto una niña que, según parecía, era un enano buscado por la Interpol. Entonces, aunque se tratara de una tragedia, la atmósfera era sobre todo agradable. Me levanté, fui al baño. De lejos podía escuchar el canto alegre y desafinado de los sobrevivientes. Por un instante, en la profundidad de mi bidé en aquella triste habitación de hotel, me imaginé allá abajo, con ellos, abrazado a mi Shelly en un bote, mientras agitaba la mano a la cámara en señal de saludo.

Lee aquí toda nuestra edición de abril de 2020.

 


descarga (5)* Etgar Keret. Tel-Aviv el 1967. Principalmente guionista de televisión y director de cine israelí, también es un escritor de cuentos cortos, y es considerado el máximo exponente de la narrativa moderna en hebreo debido al empleo de un lenguaje corriente para contar historias, en donde lo cotidiano, el humor negro y lo infantil, el surrealismo y lo grotesco forman parte de un mismo universo que puede leerse de una sentada. Sus cuentos son consumidos masivamente en Israel por un público en mayoría adolescente, y se han traducido a más de diez idiomas.

Angélica-Rodríguez-Vargas_Revista-Literariedad** Angélica Rodríguez Vargas es la Consejera editorial de Literariedad. Es poeta y narradora; acaba de publicar una traducción de la obra poética completa de Alberto Caeiro (Fernando Pessoa) con la Editorial Ataraxia.

 

Literariedad

Revista dominical que asume la literatura, la poesía, el cine y el teatro como calles, lugares de encuentro y desencuentro. ISSN: 2462-893X.

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