Desde la ventana

En la mañana, la ciudad se despierta solitaria; pocos caminantes pasan por la calle, deben sentir la grandeza inalcanzable del horizonte solo para ellos y sus pasos; las casas están cerradas y el ruido de los carros se ha desvanecido, ahora es un recuerdo, nada más; el sol aparece solo para quitarle a las calles el frío de la noche; algunos animales, confundidos, deambulan en busca de alimento y se asustan de tanta soledad; los almacenes no abren, se confinan en silencio.

En la tarde, las nubes ocultan el sol que deja de acariciar las calles; las palomas se arremolinan por montones, forman una convención para entender toda esta soledad extraña que las deja libres; se siente el crujir de los techos de las casas refrescándose debajo de la sombra; los restaurantes no abren, se confinan en silencio; los árboles grandes respiran profundo y bailan suave al compás del viento frío arrullador; los caminantes son sombras; el sol renuncia a su poder y empieza a esconderse naranja para llamar la atención, pero nadie lo ve.

En la noche, el mutismo empuja al viento; la ciudad es iluminada por unas luces pálidas y los árboles y los animales duermen; las casas y los edificios se encienden y la luna se muestra tímida, buscando su lugar; los semáforos parecen luces de navidad que cambian y les dan paso a las corrientes de aire apuradas por ir de un lado a otro, sin rumbo; los bares no abren, se confinan en silencio; los caminantes desaparecen y también son recuerdo, nada más.

En la madrugada y sin el ruido de los carros, se escucha el canto leve de los pájaros dándole un aliento al nuevo día; el sol llega con su luz, pero no con su calor; las casas se apagan y vuelven a la muerte; nada abre, todo se confina en silencio.

Y esa vuelta al día, de todos los días por muchos días, la veo desde mi gran ventana: es la única pintura que puedo admirar, no puedo salir de casa; afuera, un virus tan parecido a la calma, asusta a la vida de los humanos y los acorrala en sus jaulas de cemento. Todos observamos desde nuestras ventanas cómo pasa y respira el mundo sin nosotros. Entonces tomo un libro, cualquier libro, qué más da, lo abro y lo leo, encontrándome con la única libertad que me otorga el encierro.

jerogarciar

Salsa, Literatura y docencia, Esos son mis nombres y mis apellidos.

4 comentarios sobre “Desde la ventana

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