«Victoria», un relato de Javier Febo Santiago

En El territorio del cuerpo, nuestra edición de mayo, les  presentamos Victoria, un relato de Javier Febo Santiago* sobre la admiración y el deseo de dos cuerpos que se reconocen bajo la complicidad de una noche. Un fragmento de su novela Mala fama.

Es actriz.  De las raras, de las que están en contra de lo establecido, de las que lo dan todo pase lo que pase.  Son de las que están hechas de otra madera, no se inhiben a la hora de representar un papel complicado.  Donde la exigencia dramática es crucial para transmitirle al espectador lo que necesita para afrontar su otra realidad.  Si hay que gritar, se grita.  Si hay que gemir, se gime.  Si hay que ser soez, se es soez.  Si no hay más remedio que gozar, se goza.  Ser actriz en esas condiciones suele ser gratificante, se emplea todo.  No todas logran transmitir con coraje lo que el personaje por antonomasia requiere: La visceralidad, lo que sale de adentro, del espíritu, de la fantasía, de lo prohibido.  No se logran los objetivos con la puesta en escena de una mujer tímida, sin soltura, que no cierra los ojos, y que a la hora del acto absoluto muestra una cara de arrepentimiento.  Considero que no debe ser fácil entregarse por completo ante un desconocido.  No sabes de dónde viene, qué le gusta, qué le disgusta, si es violento, pasivo, si tiene experiencia, si debes guiarlo, si no se ampara en el guion y prefiere improvisar.  Son detalles que al conocerlos, la escena puede adquirir un valor adicional.

Victoria no aspira a ganar un Oso de Oro ni de Plata en el Festival de cine de Berlín, ni la Palma de Oro en el Festival de Cannes.  Para ella ser actriz no significa loores y glamour, significa energía.  Poseer esa energía que transforme un acto común y corriente en una experiencia inigualable es su aspiración.  Es la forma de compenetrarse con el otro, de conectarse hasta el cansancio, es la energía que busca quien quiera verla.  Quien quiera verla no tan solo busca una interpretación fascinante y acaparadora, busca ese algo que lo estimule a ir más allá de sus posibilidades.

Cuando la conocí no llevaba maquillaje, pero sí espejuelos.  Tenía el pelo recogido con un moño.  Vestía un mahón corto azul desgastado a la mitad del muslo, ajustadísimo, y una camiseta blanca con cuello en forma de v que permitía ver la mitad del sendero que divide los senos.  No llevaba sostén.  Ya se pueden imaginar lo difícil que se me hizo concentrarme en sus ojos.  Sus senos no son ni pequeños ni grandes, diría que tienen el tamaño exacto para exhibirlos con elegancia.  A mí la mujer que exhibe sus atributos físicos le adjudico puntos adicionales.  Ahora que lo pienso, tiene un parecido a Nyomi Banks, no tanto en su físico, pero sí en las facciones de la cara.  No la conocí por casualidad.  Fue gracias a la prima de un amigo de un compañero de equipo que deseaba ir a ver en concierto a Esperanza Spalding en el Festival de Jazz de San Luis.  No conocía su música.  Hubiera preferido asistir a uno de Lyambiko.  Pero me insistieron tanto que accedí.  Cuando terminó el concierto, Esperanza tenía un nuevo fan, y yo a alguien a quien besar.  

Victoria acompañó a Jada, la prima del amigo de mi compañero.  Son amigas y también actrices.  Solo a Jada y a mí nos gusta el jazz.  A Victoria le gusta el rap, el hip hop, el gangsta rap, horrocore, g-funk, y el rhythm and blue.  Al amigo de mi compañero no sé lo que le gusta, apenas hablamos.  Y a mi compañero de equipo le gusta la bachata, el merengue y el reggaetón.  Aparte de Jada y de mí, ¿Qué hacían los demás en un Festival de Jazz?  Fácil.  El amigo de mi compañero quería conocer a Victoria, mi compañero de equipo quería sexo con Jada. Y yo, salía sobrando.  ¿Entonces?  Por casualidad coincidimos en el mismo bar.  Ellos antes de ir al Festival decidieron comer alitas fritas picantes y beberse unas cuantas cervezas.  Al verme solo bebiendo mi acostumbrado bourbon, se apiadaron de mí, según ellos.  La realidad, y perdón por ser tan honesto, lo que hicieron fue molestarme.  Esa tarde había lanzado siete entradas, permití una carrera, ninguna base por bola y solo cuatro hits, fue una salida de calidad, como siempre.  Con ese juego asegurábamos el banderín de la división.  Por eso me tocó a mí, a pesar de tener solo cuatro días de descanso.  Accedí porque los fanáticos a través de toda la temporada me apoyaron como nunca.  Y quería ser yo el que le pusiera el banderín en sus manos.  Teníamos la noche libre y quería beber y estar solo.  Tenía a Silvina, a Emily y a Mayte en la cabeza.  Pero, y repito, insistieron tanto, en especial Victoria hablándome por los brazos y empujándome por los hombros, que no tuve más remedio que aceptar.

Al acabar el concierto aun teníamos energía.  No sé si por la música o el exceso de alcohol, en el caso de los demás.  En mi caso era por todo lo anterior, y por como bailaba Victoria rozándome la entrepierna con sus nalgas, tuve varias erecciones.  Era difícil contenerme.  Cuando ella lo notaba, se viraba, me miraba a los ojos, me acariciaba la mejilla y sonreía.  Era una provocadora profesional.  Decidimos ir al mismo bar donde nos encontramos.  Antes de salir hacia el estacionamiento Jada se da cuenta que no está con ellos su primo y amigo de mi compañero de equipo.  Victoria dijo que a lo mejor fue al baño.  Mi compañero de equipo afirmó lo que dijo Victoria, pero añadió que había pasado bastante tiempo desde que se lo dijo.  Lo llamó, y no contestó.  Le envió un mensaje de texto, a los cinco minutos le respondió: «Estoy bien. Conocí a alguien. Nos vemos». Era mentira, las alitas le cayeron mal, es intolerante al pique.  Pero como no quería parecer un tipo débil ante Victoria, amante del pique, decidió probar suerte.  Una suerte que casi le cuesta cagarse encima. 

Al cerciorarnos que todo estaba bien, seguimos con el plan.  Plan que a la media hora se esfumó.  Victoria quería llevarme a su casa.  Estaba en las postrimerías de la ebriedad.  Postrimerías que hace que la ropa incomode, los nervios vibren y el sexo quiera sexo.  La magia del alcohol no tiene truco, es fiel a sus principios, no engaña.  Antes de someterte a ella lo sabes todo, sabes que te afecta la memoria, sabes lo violento o pacífico que te vuelves.  Sabes que género te atrae más bajo su ilusionismo.  Sabes de lo peligroso que puede ser conducir bajo sus efectos.  Y sabes de la resaca, de la famosa resaca.

Cada vez que decido beber bourbon, voy al bar en taxi y regreso a casa en taxi.  Cuando Victoria me vio en plena calle pidiendo uno se sorprendió.  Me imagino que se preguntaría: Un tipo con tanto dinero y pidiendo un taxi.  ¿Por qué no contrata un chofer para uno de sus muchos carros?  No tengo muchos carros.  Prefiero las casas, los libros raros y la fotografía artística.  Las casas me sirven de templo, de remanso.  Los libros abren las puertas de lo que imaginamos pero no podemos explicar.  La fotografía es el congelamiento de la vida, la vida en pausa, la vida en un instante.  No me importa la opinión de los demás, me importa la mía.

Llegamos a su apartamento.  Desde lo alto la cuidad toma otra dimensión.  En ese pensamiento estaba cuando Victoria me desabotona el pantalón, me baja el zíper y empieza a masturbarme mientras me besa el cuello, la boca, me lame las tetillas, me aprieta las nalgas y a intervalos cortos se roza la vagina con mi pene en su mano.  Es de lo único que me acuerdo.  Al despertar al otro día estaba aturdido.  Después de un rato me doy cuenta que Victoria está en la cocina.  Se escucha cuando abre y cierra la nevera, el microondas, el sonido del microondas al terminar, el choque de los vasos, las tazas, los platos, el crujir de la comida en el sartén.  Y se huele lo que está en el sartén y lo que se está haciendo en la cafetera.  Salgo de la habitación y me encuentro con una mujer más hermosa que el día anterior.  Sonríe mientras prepara todo lo que piensa me va a gustar.  Me dice: No te pregunto cómo estás, porque sé que estas jodío.  Ya todo preparado comenzamos a comer en silencio.  Llegó el momento en que el silencio se tornó insostenible, decidí romperlo. 

—Está muy rico todo esto. Gracias.

—Te iba a preparar un sándwich, pero creo que esto es mejor, más completo.

—Sí, me gusta.

—La tortilla con queso de cabra, salmón y espinacas me encanta.  Además de sabroso es saludable.  Es mi combinación favorita.  Aunque como cosas que no son saludables como el pollo frito, las papas fritas, la tocineta, las alitas fritas picantes, que ya tú sabes que me fascinan con cerveza.  Creo que mantengo la balanza mucho más inclinada hacia lo saludable.

—Comer cosas que no son saludables es parte del disfrute de estar vivo.  Retar al cuerpo con cosas que no le hacen bien le ayuda a resistir, a ser fuerte.  Victoria, el jugo está buenísimo.     

—Lo hice con los limones del huerto de mi padre.  Sabe diferente.  Es más intenso.       

—¿Cómo estuve?

—¿A qué te refieres?

—A cómo estuve anoche.  En la cama.

—No recuerdo.

—¿Cómo que no recuerdas?

—Yo también estaba borracha.

—Pero no tanto como yo.

—No sé si no tanto como tú.

—Me acuerdo que me bajaste el zíper y me lo mamaste por un rato.  Luego de eso, no me acuerdo de nada.

—Me dijiste: Discúlpame, ya son casi las doce de la noche, tengo que dormir.  Será otro día.

—Qué vergüenza.

—¿Y qué hiciste?

—Me masturbé mirándote y frotándote el pene.

—No te rindes.

—Jamás.  A pesar de tus ronquidos.

—Solo un poco cuando bebo de más.

—Yo no diría que roncas un poco.  Diría demasiado.

—No exageres.

—No exagero, de verdad.

—Me gustas.

Victoria al escuchar lo que le dije, miró hacia su plato vacío como desconcertada.  Al alzar la mirada, me dijo: yo solo quiero aventuras, conocer gente, disfrutar de la vida, no sentir amarras y no solo acostarme con un hombre.  Necesito descubrir muchas cosas.  No creo en la reencarnación, y mucho menos en una vida en el cielo.  Creo en mí, en lo que en mí hay, y lo que hay en los demás.  Una vida, solo una.  Tú también me gustas, pero eres peligroso.  O sea, tienes todo para volverme loca.  Por lo tanto, debo pensar bien las cosas.  No ser impulsiva.  Soy muy joven para parar el viaje.  

Ahora tengo a cuatro mujeres en la cabeza.

 


* Javier Febo Santiago nace en Chicago, Illinois, E.U. y reside en Canóvanas, Puerto Rico, en enero de 1977. Obtiene un BBA en Administración Comercial de la Universidad Metropolitana de San Juan. Sus obras han sido publicadas en varias revistas literarias y antologías en Puerto Rico, Perú, México, Venezuela, Dinamarca, Chile, Argentina y Nueva York. Premiado en el certamen de poesía Premios Guajana en Puerto Rico. Ha publicado los poemarios Avisos de locura (2010), Novilunio (2011), HUM Ano (2012), Epicedios (2013), El Anarquista (2014), y el libro de relatos El Abismo Inventado (EDP University, 2019).

Literariedad

Asumimos la literatura y el arte como caminos, lugares de encuentro y desencuentro. #ApuntesDeCaminante. ISSN: 2462-893X.

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