Domando tigres: «Güeros», de Alonso Ruizpalacios

                                                          Imagen: Andrés Felipe Rivera

 

 

Por: Andrés Felipe Rivera

 

Su mirada, cansada de ver pasar
las rejas, ya no retiene nada más.
Cree que el mundo está hecho
de miles de rejas y, más allá, la nada.

R. M. Rilke

 

Para mí, correr es quizás una de las actividades más usuales en la etapa de la adolescencia. Si lo pienso bien, gran parte de mis recuerdos de esa época está colmada de muchas imágenes corriendo. Correr, callejear, gaminear (como le decía mi mamá luego de que pasaran horas sin aparecerme por la casa), me enseñó de las dinámicas del barrio, de las fronteras invisibles ―que se ven generalmente como realidades tan lejanas, donde los de aquel lado del parqueadero tenían rivalidades con los de este lado―. Correr también me llevó a la recocha, al escándalo, al matoneo y a las maldades propias de la época.

Recuerdo de cerca la imagen de mi madre, mientras escuchaba las quejas de los vecinos diciendo: su hijo me quebró el vidrio jugando con la pelota de tenis; su hijo con un chicle nos quemó el timbre jugando tín-tín corre-corre; su hijo tiró el balón del niño al techo; y, especialmente, recuerdo a la vecina que vivía en la esquina de la cuadra, diciéndole a mi mamá que yo, junto con un grupo de amigos del barrio, le habíamos quemado los zapatos a su esposo, los cuales hacían parte de la dotación de trabajo. Zapatos que efectivamente habíamos incinerado a punta de diablillos, totes y fósforos, hasta reducirlos a unas suelas de goma derretidas y a una humareda que infestó toda la cuadra, lo que hizo que la vecina nos pillara y tuviéramos que correr. Corríamos mientras nos reíamos, sin medir ninguna consecuencia.

Cuando Tomás dejó caer el globo de agua sobre la mujer y el bebé, en la primera escena de «Güeros», la película de Alonso Ruizpalacios que suscita estas palabras, estoy seguro de que no dimensionaba lo fuerte que cae un objeto como estos en la vida de una persona, así como yo no dimensioné lo que implicaban esos zapatos en la vida de mi vecino.

También resuena con estos años el ensordecimiento que se muestra en la película, haciendo uso de un radio casete y unos audífonos que enmudecen el sonido diegético del filme, aislando a Tomás de las perturbaciones exteriores, dejándolo sin más que sus preocupaciones, su diversión y sus deseos. Pero ¿es esto característico de la adolescencia?

Existe una falsa etimología de la palabra adolescencia, relacionando esta etapa con el dolor y la inconformidad. Y si bien esta es una etapa cargada de dolores de cabeza, ansiedades, angustias con las que hay que lidiar a la hora de crecer ―además de las preocupaciones inherentes a un contexto latinoamericano―, realmente la etimología se relaciona con el acto de crecer, de ir en aumento, de desarrollarse. Sin embargo, es tan fuerte su carga semántica, que ha sido adoptada para designar un segmento de la vida que, desde la perspectiva de la sociedad adulta, suele ser visto como una época llena de problemas y rebeldía. También porque en el curso de la Historia han sido las generaciones más jóvenes las que han irrumpido «en la escena pública para ser protagonistas en la reforma, la revolución, la guerra, la paz, el rock, el amor, las drogas, la globalización o la antiglobalización» (Feixa, 2006).

La película pone en conflicto las formas mediante las cuales nos organizamos y la manera en que se dan las distintas manifestaciones y confrontaciones respecto a las inconformidades: qué las motiva, quiénes y cómo se participa en ellas. La película retrata esto en medio de las huelgas estudiantiles de la UNAM que se dieron en México entre los años 1999 y 2000, en contra del Reglamento General de Pagos (RGP) de la UNAM y el Partido Revolucionario Institucional (PRI), que llevaba casi 70 años anidado en el poder.

La ansiedad de buscar algo es quizás el motor más preciado de la película: la búsqueda como un objeto, para mí, es indescriptible. Pero es, tal vez, un recurso poderosísimo que está en el punto medio entre las personas y sus sueños. Las películas de carretera tienen esto como premisa: llegar a, encontrarse con, ir de A a B… y Ruizpalacios se vale del viaje, o de esa búsqueda, para hacer alusión a la sensación de libertad.

En «Güeros» esa búsqueda está encarnada por un personaje enigmático: Epigmenio Cruz, un compositor que atraviesa a Sombra y a su hermano Tomás, por la relación de éste con su padre. ¿Qué nos mueve tanto como entender cuáles fueron los atractivos y las cosas que estimularon a nuestros padres? ¿Cuáles fueron sus luchas? ¿Qué canciones escuchaban cuando se enamoraban? ¿Qué los hizo sentirse libres? En fin: ¿qué los movilizaba?

Pese a ello, el primer conflicto de autoridad se da precisamente con los padres. Y el primer acto de rebeldía es con estos o con quienes cumplen dicho rol. Me pregunto si toda esa pataleta es porque uno realmente no entiende o no respeta los límites de la autoridad, o si hay una función errada de la autoridad en la educación.

Las crisis de pánico de Sombra y sus visiones del tigre me hacen pensar en las representaciones del miedo: el tigre, encerrado en la jaula del zoológico, como un adolescente lleno de vida y de un afán de comerse al mundo, que siente que éste le queda chiquito. La jaula termina siendo la casa de sus padres, el barrio, las diferentes condiciones y circunstancias de la vida, y, pese a eso, después de salir de allí, ese adolescente en curso de volverse adulto se da cuenta de que la jaula es mucho más grande, o que realmente no existe tal jaula.

 

Referencias

Feixa, Carles. (2006). Generación XX. Teorías sobre la juventud en la era contemporánea. Revista Latinoamericana de Ciencias Sociales, Niñez y Juventud.

Cámara en Mano

Cineclub pereirano dedicado la divulgación, crítica y análisis de cine desde sus dimensiones éticas, políticas y sociales.

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