Discurso sobre el colonialismo ‒ Aimé Césaire

En Disidencias, nuestra edición de junio, les presentamos tres fragmentos del célebre Discurso sobre el colonialismo (1955) del gran poeta e intelectual martiniqués, Aimé Césaire (*), donde expone con brillantez sus ideas, tan vigentes hoy, sobre la relación inseparable del racismo y la colonia.

 

 

Una civilización que se muestra incapaz de resolver los problemas que su funcionamiento suscita es una civilización decadente. Una civilización que decide cerrar los ojos a sus problemas cruciales es una civilización enferma. Una civilización que escamotea sus principios es una civilización moribunda. El hecho es que la civilización llamada europea, la civilización occidental, tal como la configuran dos siglos de régimen burgués, es incapaz de resolver dos de los mayores problemas a los que su existencia misma ha dado origen: el problema del proletariado y el problema colonial. Llamada a comparecer ante el tribunal de la Razón o el de la Conciencia, esta Europa se revela impotente para justificarse, y a medida que pasa el tiempo, se refugia en una hipocresía tanto más odiosa cuanto menos posibilidades tiene de engañar a nadie.

Europa es indefendible.

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¿Qué es en principio la colonización? En primer lugar, pongámonos de acuerdo en lo que NO es: no es evangelización, ni empresa filantrópica, ni voluntad de hacer retroceder las fronteras de la ignorancia, ni las de la enfermedad, ni las de tiranía, ni es la propagación de la religión, ni es difusión del Derecho. Hay que admitir de una vez y por todas y sin tratar de evadir las consecuencias, que aquí la última palabra la dicen el capital, la codicia y la fuerza, seguidos de la sombra amenazadora y nefasta de una forma de civilización que en un momento de su historia se descubre intrínsecamente obligada a globalizar la competencia de sus propias economías antagónicas.

 

Aimé Césaire
Aimé Césaire. Foto: euzhanpalcy.net.

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Colonización y civilización son términos contrapuestos. De todas las expediciones coloniales acumuladas, de todos los estatutos coloniales elaborados, de todas las circulares ministeriales expedidas, no sale airoso ni un solo valor humano. Habría que estudiar cómo trabaja la colonización para, en primer lugar, incivilizar al propio colonizador, para embrutecerlo –en el sentido literal de la palabra–, para degradarlo, para despertarlo a sus más recónditos instintos –a la codicia, a la violencia, al odio racial, al relativismo moral– y demostrar que, cada vez que en Vietnam cortan una cabeza y en Francia se acepta, cada vez que violan a una muchacha y en Francia se acepta, cada vez que sacrifican a un malgache y en Francia se acepta, un logro de la civilización cae con todo su peso muerto. Una regresión universal se opera, una gangrena se instala, un foco de infección se extiende, y al final de todos esos tratados violados, de todas esas mentiras propagadas, de todas esas expediciones punitivas toleradas, de todos esos prisioneros encadenados y torturados, al final de ese orgullo racial enardecido, al final de esa prepotencia desplegada, está el veneno inoculado en las venas de Europa y el progreso lento, pero seguro, del embrutecimiento del continente.

Y entonces, un buen día, una formidable sacudida despierta a la burguesía: atareadas gestapos, prisiones repletas, torturadores que inventan, refinan y discuten los métodos de represión y tortura. Uno se extraña, se indigna y dice: «¡Qué raro! ¡Es el nazismo!… Pero, bah, ya pasará». Y uno aguarda, y uno espera que… Y uno se oculta a sí mismo la verdad: que se trata de una barbarie, pero de la barbarie suprema, la que corona, la que resume la cotidianeidad de las barbaries, que es el nazismo, sí, pero que antes de ser víctima se ha sido cómplice; que a ese nazismo se le ha soportado antes de sufrirlo, que se le ha absuelto, que se han cerrado los ojos frente a él, que se le ha justificado, porque, hasta ese momento, solo había actuado contra pueblos no europeos; que ese nazismo ha sido cultivado, que uno es el responsable, y que, antes de engullirlo todo en sus sangrientas aguas, se filtra, penetra, gotea, por las rendijas de la cristiana civilización occidental.

Sí, valdría la pena estudiar, clínicamente, en detalle, los pasos dados por Hitler y el hitlerismo, e informar al muy distinguido burgués del siglo XX de que lleva dentro de sí a un Hitler ignorado, que Hitler lo habita, que Hitler es su demonio, que si él, burgués, lo vitupera, no es más que por falta de lógica, y que, en el fondo, lo que no perdona a Hitler no es el crimen en sí, el crimen contra la humanidad, no es la humillación de la humanidad en sí, sino el crimen contra el hombre blanco, la humillación del hombre blanco, y el haber aplicado a Europa procedimientos colonialistas contra los que se alzaban hasta ahora solo los árabes de Argelia, los culíes de la India y los negros de África.

Y es ese el gran reproche que hago al seudohumanismo: el de haber aminorado por demasiado tiempo los derechos del ser humano, el haber mantenido y mantener aún sobre ellos un criterio estrecho y parcelario, parcializado y parcial y, a fin de cuentas, sórdidamente racista.

 

 


(*) Aimé Césaire (Martinica, 1913-2008). Poeta, dramaturgo e intelectual reconocido como una de las figuras fundamentales de la poesía moderna en lengua francófona, fue uno de los creadores del concepto de negritud y un líder comprometido en la lucha de los negros. Es el autor de uno de los libros de poesía claves de todos los tiempos: Cuaderno de retorno al país natal.


Literariedad

Asumimos la literatura y el arte como caminos, lugares de encuentro y desencuentro. #ApuntesDeCaminante. ISSN: 2462-893X.

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