«Día uno», un cuento de Sara Gaviria Piedrahíta

Foto:Christian Quintana.

 

En marzo de 2020 el mundo que conocíamos cambió para siempre; en este cuento Sara Gaviria Piedrahita nos narra cómo se dio ese cambio, pero a través de los ojos de un personaje insólito. En nuestra edición de marzo-abril de 2021: Pájaros del día, nuestra edición de octavo aniversario.

 

Hoy más que otros días las personas caminan por la calle como pájaros asustados. Con mi mirada las sigo una a una desde mi ventana. El ruido es intenso, todos las radios están prendidas, las notificaciones del teléfono llegan una tras otra.  Estoy durmiendo con un ojo abierto y las orejas atentas en caso de que deba correr a esconderme bajo la cama. Mi cuerpo recuerda violencias pasadas.  Cada que escucho un ruido cerca de la puerta corro bajo las cobijas o dentro del clóset. Cuando no logro esconderme aparece algún desconocido que me pasa las manos por encima, me besa la cara y me sostiene contra su cuerpo cuanto se le antoje. Mi cuerpo queda impregnado con ese olor opaco que tiene la calle y yo tengo que bañarme de nuevo para poder estar cómoda.

Pero hoy es distinto: hay más prisa, cargan paquetes más grandes, los televisores suenan más fuerte y ellos hacen llamadas preguntando «¿estás bien?» y al otro lado no están bien. Las teclas del computador van rápido, bellas, dulces, suaves, luminosas, juguetonas. Las llamadas entran una tras otra: «no lo he decidido», «sí, pero tengo que averiguar», «pero qué le vas a pagar a la empleada por quedarse en su casa», «no sé, que se la rebusque», «pero es que ya cerraron la terminal», «no, es que da lo mismo», «sí, ahora lo decido», «me da mucho pesar, sí claro», «igual puedo conseguir otra», «espera que esta gata se tiró sobre el teclado», «sí, ya te llamo».

Y otra vez la palmada. Ni alcancé a jugar con los botones luminosos y ya estoy en el suelo.  Camino para morder un par de granitos de concentrado y esa gotera fría y dolorosa me moja la cola. Grito y corro a esconderme de nuevo. Ella sigue haciendo llamadas, creo que llora. Le doy una vuelta a sus piernas, sobo mi cabeza contra ella y me voy a comer. Pero ella me agarra, me dice que me ama, que la perdone, que soy valiente y que estaré bien. La rasguño y sigo mi camino a la comida. Hay mucha comida, varios platos que nunca se me ha permitido tocar están llenos de concentrado. Concentrado de pescado, de pollo, de carne y multiproteína con cereal. Y el recipiente de agua ahora está en el lugar donde cae la gotera. Abre la maleta, me meto en la maleta, me saca de la maleta, me meto en la maleta, mete su ropa en la maleta. Se duerme y yo me rasco en la maleta toda la noche. 

Hoy no hay ruido, ni personas asustadas para seguir con la mirada como si fueran hormigas, no hay paquetes, ni carros, ni humo. Los pájaros se han acercado más, cantan y juegan. Acérquense más, preciosos, vengan a jugar con mis garras. Y se acercan jugosos pero el desgraciado de arriba los espantó con sus ladridos.

Y ahora ella está llorando, consiguió un cupo en un pirata, que no permitieron animales, que su mamá está sola. Abre una pequeña rendija en la ventana, me dice que volverá cuando pueda. Que no sabe si tardará una semana, un mes, o varios meses. En China llevan dos meses y acá no se sabe. Pero me deja la ventana para que yo decida salir de acá. Porque yo soy fuerte, valiente y empoderada. Y las humanas solo usan esas palabras cuando les conviene a ellas mismas y no a las otras. Entre el silencio me espanta el eco de la puerta cuando se cierra. 

Llevo llorando dos horas. Lloro y como. Lloro y tomo agua de gotera y como pollo, pescado, carne y multiproteína con cereal. Saben igual todas. Ya no lloro. He olido la ventana, el techo y afuera no hay extraños. Salto a la calle después de inspeccionarla con cuidado. Siento el viento en mi cola, cruzo la calle sin morir, sin los desconocidos besucones.

Afuera no está desierto: hay palomas cojas, bicicletas clandestinas, habitantes de la calle salen de sus huecos para andar, por fin, sobre el andén con la mirada en alto. La ciudad que nunca nos ha pertenecido, la ciudad que nos hace huir a rincones oscuros, que nos hace correr bajo la cama, que nos hace limpiar los besos de extraños y las caricias no deseadas, ahora tiene miedo y se esconde. Tuvimos que esperar que ellos tuvieran una probada del miedo que sentimos cada día para poder habitar la calle sin peligro.

Saragapi

Comunicadora y antropóloga, lectora de cartas. Siempre estoy buscando el monte.

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