«Recuerda esto», un cuento de Leonardo Bernal Prieto

Imagen: Nowshad Arefin 

 

En nuestra edición de septiembre-octubre de 2021: Metamorfosis, les presentamos un cuento de Leonardo Bernal Prieto (*).

Un dolor insoportable sube por mis tripas hasta volverse un nudo en mi garganta. ¡Bah!, si tan solo pudiera abrir esta bolsa negra, seguro encontraría alguna manzana a medio comer. Mis dedos entumecidos a duras penas pueden moverse sin hacerme bramar de dolor. «Necesito fumar de nuevo, esto no pinta bien», pienso mientras esculco entre los roídos bolsillos de este overol de jean que ahora cubre mi esquelético cuerpo como una larga sotana brillante de mugre. Encuentro mi amada cóncaba pieza de metal, que antes era la válvula de un cilindro de gas y la lleno de esta sustancia amarillenta que se convertirá en el humo que me hace olvidar la pesadez de este cuerpo inservible y me aleja de este extraño sentimiento que se anuda en mi garganta. Doy tres caladas rápidamente, retengo el dulce humo en mis pulmones hasta que una tos seca y dolorosa me anuncia la llegada de la intoxicación. Mi estómago y manos están en perfecto estado, ahora puedo destapar esta horrorosa bolsa. ¡Bah! No pudiste conmigo, ¡maldita!

Escarbo con impaciencia el contenido de esta maldita bolsa, no sé si es por el efecto de la droga o por el irreprimible instinto de autoconservación, pero un irracional apetito me hace buscar algún trozo de comida en los peores basureros. Papel higiénico y pañales cagados;  bolsas de leche vacías decoradas con la sonrisa estúpida de esos niños blancos de ojos verdes; un condón usado y dos pruebas de embarazo, reemplazan a mi apreciado botín ¡Bah! Estos estúpidos desechos me hacen recordar por qué huí de mi familia para encontrar su compañía en el dulce sabor de la droga que ahora embarga mi garganta y se apodera de mi nariz. Mis dedos tropiezan con algo extraño, quizá sea algo interesante que acompañe mi colección de binoculares, radiolas y juguetes antiguos de mi envidiable colección de basura. Saco el objeto rápidamente y ¿qué encuentro? ¡Algo que nunca había visto!, una botella extraña llena de arena que se asemeja al cuerpo de una preciosa mujer. La arena reposa perezosamente en el fondo del cristal. Al parecer, este raro objeto funciona dándole la vuelta. Torpemente acciono este mecanismo y veo con sorpresa cómo la arena cae con la fluidez de un delgado chorro de orina al otro extremo del cristal. No hay tiempo qué perder, guardo celosamente este tesoro en el único bolsillo que sirve de mi roída sotana y me echo el costal al hombro. El día hasta ahora empieza, pero mi estómago quiere que termine pronto…

Doy algunos pasos hacia la avenida, pero algo inusitado sucede, ¡Bah!, «debo comprar las papeletas a otro jíbaro…. Este viaje alucinógeno es una porquería», pienso mientras alzo mi cabeza rápidamente al cielo y encuentro que el brillante astro que suele quemar mis costillas, es un punto negro que emana un raro color violeta a su alrededor. «No sé cómo un hombre como Platón adoraba a esta demoníaca estrella que ahora calcina la cabeza de los hombres»… Asevero mientras intento caminar dentro de la espesa bruma que cubre todo mi campo de visión. ¡Necesito bajar ésta pesadez con algo de licor! Maldigo a dios mientras me dirijo torpemente a las cantinas y burdeles en búsqueda de la caridad de algún desprevenido transeúnte, para saciar mis pulmones y si es posible, mi trajinada barriga. Mientras cruzo la calle, mi imaginación se entretiene recreando la imagen de un tambaleante borracho que ha dejado olvidada su botella con un sorbo de cerveza sobre la acera. Me deslizo torpemente entre esas cajas metálicas y ruidosas que transportan a pequeños duendecillos que dirigen su asustada mirada a mi esquelética figura; su rostro ha cambiado… ¡Bah! «Es sólo un mal viaje», me digo a mi mismo mientras veo detrás de sus estúpidas caras un cráneo sonriente que parece burlarse de mí. 

Avanzo pesadamente por las calles mirando al suelo. Mi rango de visión se ha limitado por la espesa bruma que ahora cubre toda la acera. Un murmullo de música me dirige a una puerta entreabierta en donde una luz violeta tenue parece esconder a tres cuerpos que se desatornillan entre carcajadas. Una escena espeluznante aparece en frente de mí. El brillo de los cristales que refleja una botella rota de aguardiente hiere mis ojos, sumado al olor nauseabundo del licor anisado esparcido en una baraja de póker desleída por el alcohol, me sumergen en una pesadilla infernal. Recorro con el rabillo del ojo el lugar y encuentro a uno de los agonizantes jugadores quien está siendo manipulado como una marioneta por su compañero de mesa; esfuerzo aún más mí visión y veo que este pobre desgraciado se disputa  torpemente el fresco cadáver con un horripilante esqueleto y un pequeño demonio orejón que huele a huevo podrido. El tercer jugador, ríe espantosamente mientras aprovecha la situación para meter rápidamente los grandes billetes a su bolsillo y dirige su horrorosa mirada hacia mí. Sin pensarlo dos veces, salgo corriendo de ese asqueroso lugar, antes de que mi cabeza explote por la ensordecedora risa de estos fantasmas.

Calma, ¡estas alucinaciones sólo son producto de la droga! Me digo decididamente luego de caer de bruces en un charco. Mojado y tiritando de frío, camino tambaleante a otra entrada que resplandece al final de la acera. El sol negro ilumina tenuemente a los peatones que pasan a mi alrededor asemejándose a grandes bultos deformes. Atravieso el umbral del edificio gritando desesperadamente… ¡AYUDA….! Dirijo mi mirada a una mesa en donde se escuchan de nuevo una sinfonía de risas satánicas. Me restriego rápidamente los ojos para limpiar este maldito sudor que quema mi enajenada visión. Abro con dificultad los ojos y ante mí aparece un pequeño hombre que vomita desesperadamente un caldo hediondo compuesto de sangre y alcohol; se revuelca tirado en el suelo mientras tres prostitutas desnudas mueven sus gráciles carnes lujuriosamente encima de él. En la mesa, un horroroso esqueleto vierte aguardiente en el gaznate de un rechoncho borracho que parece ahogarse en la infinita cascada de alcohol. Los compañeros de este pobre bribón, tirados en la mesa, destilan un olor a carroña insoportable; su mirada inerte se clava en mi temblorosa figura. Vuelvo a correr despavorido maldiciendo, tropezando con mesas y sillas que me hacen caer incesantemente hasta hallar de nuevo la entrada de este lugar infernal.

¡Esto no es normal!, grito al cielo oxidado guardián de esa mancha negra que envuelve toda la calle con su violácea aura infernal. Sudo, sudo copiosamente mientras mi estómago vuelve a rugir. Dirijo mi mirada a la acera de enfrente. Dos figuras lúgubres aparecen deslizándose pesadamente por la niebla. Escucho los gritos desesperados de una mujer. Corro detrás de ella para pedirle auxilio, pero mis zancadas son lentas; mis pies parecen estar recubiertos por una pesada cobertura de hierro que me impide avanzar con destreza. Después de mucho esfuerzo, puedo alcanzarlos. Veo con sorpresa que un granuja trata de arrebatarle su bolso a una viejecita que emite alaridos espectrales mientras forcejea vigorosamente con el malhechor. Detrás de estas espectrales fantasmagorías, diviso de nuevo la silueta del horripilante esqueleto; su osamenta se pavonea rítmicamente al son de las convulsiones que ahora arrebatan la vida al ladrón, quien entre gritos de dolor, enfoca su mirada perdida al infinito. El crujir de mi estómago se hace cada vez más violento, mientras mi corazón palpita violentamente y mis dientes parecen romperse al ritmo de un castañeo frenético. 

Como un animal, corro sin descanso con mis cuatro patas hasta chocarme contra una ventana. Me levanto pesadamente para reconocer mi mirada en el reflejo del vidrio quebrado por mi cabeza. Con horror, veo en esta estructura de aspecto reticular dos cuencas vacías en donde se encontraban antes mis ojos saltones, proyectadas en pequeños fragmentos de vidrio; desprovistos de la cobertura lacerada de mis labios, los dientes torcidos que siempre me han avergonzado, se presentan ahora con una sonrisa satánica toscamente dibujada en un trozo de cristal que separa mi cráneo del color violáceo del cielo; dos amenazantes huecos llenos de fragmentos brillantes de vidrio, reemplazan el lugar que antes gozaba mi prominente nariz !Soy la asquerosa calavera que ha matado a esos hombres! Grito desesperadamente mientras busco con impaciencia en mi roído bolsillo ese raro aparato; me percato con asombro que la totalidad de la arena ya ha pasado por la delgada cadera femenina que divide en dos el recipiente. Su contenido amarillento se encuentra de nuevo reposando con calma en el fondo del cristal. Al ver esto, mi cuerpo se desploma lentamente en la acera…

Me despierto agitado. Tomo mi costal y me embarco rumbo a lo desconocido… Un dolor insoportable sube por mis tripas hasta volverse un nudo en mi garganta. ¡Bah!, si tan solo pudiera abrir esta bolsa negra, seguro encontraría alguna manzana a medio comer. Mis dedos entumecidos a duras penas pueden moverse sin hacerme bramar de dolor. «Necesito fumar de nuevo, esto no pinta bien»,…¡Cómo detesto a los habitantes de este gran cementerio!, ¡BAH!,¿Quién entenderá las tempestades de mi drogada cabeza?

Literariedad

Asumimos la literatura y el arte como caminos, lugares de encuentro y desencuentro. #ApuntesDeCaminante. ISSN: 2462-893X.

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