«Círculos alrededor de la luna llena», un cuento de Eloy Kaminski

Imagen: Daniela Gaviria, Literariedad.

En nuestra edición de enero-febrero de 2022: Tiempo y circularidad, les presentamos esta historia de Eloy Kaminski (*) en la que nos involucramos en un episodio del cual no es posible identificar lo real de lo onírico; nos envolvemos en una especie de acontecimientos cíclicos. Cuando creemos que todo está por terminar, el eterno retornar nos lleva de golpe al inicio de un suceso que nos revela que aún estamos atrapados.   

 

 

Acomodé la cabeza en la almohada y me propuse seguir con la lectura.

Busqué la posición más cómoda posible y una vez más tomé el libro en mis manos. Con suerte los ruidos molestos habrían terminado y podría terminar de leer este cuento tan intrigante: Las Ruinas Circulares.

No podía esperar para saber cuál era el resultado de los sueños extravagantes de este personaje. Así que agarré el libro y me puse a leer.

Pero luego de avanzar dos o tres páginas los ruidos empezaron otra vez, solo que esta vez parecía tratarse de una discusión entre un hombre y una mujer, lo que se estaba desarrollando del otro lado de la puerta.

Pero eso no era asunto mío. Yo solo quería que me dejaran en paz para poder terminar de leer este cuento, así que hice oídos sordos e intenté concentrarme en la lectura.

Leí una página más y aparecieron otra vez los ruidos y las voces. Pero parecía que la discusión estaba subiendo en intensidad porque ahora las voces por momentos se convertían en gritos y los golpes que parecían lejanos o débiles cobraron mayor intensidad.

Me pregunté qué podían ser esos golpes. Sonaban como si alguien estuviese dando suaves martillazos en las paredes, pero mientras hacía otra pausa en la lectura esos golpes se hicieron más poderosos y cercanos, así que mi incomodidad por la distracción que me causaban se transformó en el comienzo de una preocupación. Sin embargo intenté dejar de lado ese asunto y sumergirme otra vez en esta fascinante historia. Me reacomodé en la cama y agarré el libro una vez más.

Leí, o intenté leer cuando escuché un grito detrás de la puerta. Era la voz ahogada de una mujer, que me dejó atónito por un momento y a la que le siguió el rugido furioso de una voz ronca. Seguir leyendo me resultaba imposible. Dejé el libro de lado y me quedé inmóvil en la cama, escuchando.

El silencio fue completo. No se escuchaba nada excepto el movimiento de las cortinas cuando se movían con el viento. Me pareció que pudo ser posible retomar la lectura y de una vez terminar de leer esta historia, sin embargo las voces empezaron otra vez, pero esta vez fueron gritos furiosos y confusos.

La voz masculina sonó como un terremoto y la voz de mujer fue un chillido horrendo, una especie de súplica colmada de terror.

Cualquier cosa que estuviese pasando en la habitación contigua, del otro lado de esa puerta, estaba convirtiéndose en algo verdaderamente alarmante. 

Nunca fui un hombre entrometido y creo que las personas deben resolver sus propios problemas, pero empezaba a preguntarme si alguna tragedia estaba por suceder y si yo podría hacer algo para evitarla.

Entonces se reanudaron los ruidos, pero esta vez más fuertes, más potentes y con cada estruendo vibraba el suelo y las paredes a la vez que la voz de la mujer se convertía en un gemido agudo y sofocado.

Me alarmé. Sin duda algo serio estaba pasando. Me puse de pie y dudé una vez más acerca de intervenir en este asunto, y mientras dudaba y se consumían los segundos sentí los gritos más cerca que nunca, más desgarrados, más torturados. Escuché pasos acelerados que atravesaban la habitación contigua y un golpe tremendo contra la pared que divide nuestros dormitorios. La voz masculina sonó como truenos en el cielo y la femenina fue un clamor desesperado, un chillido de auxilio.

Corrí hasta la puerta y me aferré frenéticamente al picaporte que no giraba, mientras la pared se sacudía por los golpes que recibía desde el otro lado y la voz de mujer era un grito ansioso de socorro. Poseído por una alarma enajenada agarré el picaporte y sacudí la puerta, la golpeé, intenté derribarla mientras los alaridos y las súplicas estallaban del otro lado. El picaporte no cedía, la puerta no se habría y la voz de la mujer se agotaba y se perdía, se diluía, se desvanecía.

Entonces tomé impulso y me abalance contra la puerta mientras con todo el poder de mis pulmones gritaba: Nooo…

Me encontré en mi cama cubierto de sudor y despierto por el sonido de mi propia voz, por ese grito enfurecido que me salió de la garganta.

Por un momento no supe donde me encontraba y me tomó algunos minutos recobrarme y comprender que estaba en mi propia habitación y que todo lo acontecido no había sido más que un sueño, uno muy vivido y poderoso, pero solo un sueño. Así que respiré hondo y me senté en la cama.

Prendí el velador y miré a mi alrededor para comprobar con alivio que de hecho estaba en mi cuarto y que las cosas eran normales y tranquilas.

Entonces fue que escuché por primera vez los golpes en la habitación contigua, del otro lado de la puerta. Al principio fueron golpes suaves y voces de personas que parecían conversar, pero pronto los golpes subieron en intensidad y las voces en volumen, de manera que aquella aparente conversación empezó a convertirse en una disputa.

Me sentí sumamente sorprendido y me quedé en la cama, todavía intentando despertarme por completo y comprender qué era lo que estaba pasando cuando la voz masculina se transformó en un grito y la voz de mujer parecía quejarse y suplicar. Atónito por completo me incorporé intentando organizar mis pensamientos y dar cuenta de lo que estaba pasando. Me pregunté si sería posible que acabara de tener un sueño premonitorio, una advertencia, y que se me ofreciera ahora la oportunidad de intervenir en este drama para salvar a esa mujer, o ayudarla, o hacer algo al respecto.

Así que con un salto salí de la cama y con el máximo apremio me puse las medias, el pantalón, me vestí por completo. Pero cuando me encontré vestido y listo para entrar en acción, noté que reinaba el silencio, solo el sonido de una mariposa intentando atravesar la ventana podía escucharse.

Me tranquilicé, me calmé. Pensé que quizás estaba imaginando tonterías, que cualquier cosa que estuviera pasando en la habitación contigua sería normal y no de mi incumbencia.

Esperé un momento y con alegría descubrí que nada más era alarmante o merecía mi atención. Fue entonces que escuché un estruendo del otro lado de la puerta y un golpe contra la pared, un golpe que se repetía como si algo o alguien fuese abalanzado contra esa pared una y otra vez mientras las voces tornaban a gritos que se mezclaban en mis oídos y se confundían en mi mente. Me puse de pie y corrí desesperadamente hasta la puerta. Me aferré al picaporte. Intente girarlo. Sin sorpresa y con angustia descubrí que no giraba. La puerta no se abría.

Del otro lado la tormenta continuaba y empeoraba. Los gritos del hombre desgarraban mis oídos, las súplicas de la mujer me impregnaban como una brea. Debía actuar, tenía que hacer algo. Pero no podía, la puerta no se habría. Los golpes en la pared aumentaban su frecuencia y su intensidad, los gritos me ensordecían y la súplica de la mujer, una vez fuerte y sonora comenzaba a perderse y agotarse. Tomé impulso, llené mis pulmones de aire y con todo mi poder me abalancé contra la puerta mientras desde el fondo de mi garganta gritaba: Nooo…

Sonó la alarma. Eran ya las cuatro de la tarde, hora de dejar de escribir y dedicarme a otras actividades que requiere la vida.

Pensé que en algún futuro me alcanzaría la gloria literaria y entonces podría dedicarme sólo a escribir. Pero ahora debía ir a trabajar, así que terminaría este cuento en algún otro momento. Me senté en la cama y empecé a ponerme las medias. Fue en ese momento que escuché los golpes y las voces en la habitación contigua.

Al principio parecía ser la conversación de un hombre y una mujer que tenían algún desacuerdo en el otro cuarto, del otro  lado de la puerta. Pero pronto las voces tornaron a gritos y ruegos desesperados mientras un ruido estruendoso, como un volcán, sacudía la casa. 

De inmediato me puse de pie y corrí hasta la puerta. Los gritos de la mujer, una vez sonoros y poderosos, comenzaban a apagarse, como si no pudieran salir por su garganta.

Sujeté el picaporte con todas mis fuerzas y con desesperación. Los gritos del hombre llenaban el aire, como un clamor del cielo. El picaporte no giraba.

Honolulu, Hawaii, Octubre de 2018                                                                                    

 


(*) Eloy Kaminski es un escritor y artista que dedicó una gran parte de su vida a viajar extensamente. Durante sus viajes recogió el material que en la actualidad componen sus ficciones literarias y creaciones artísticas. Luego de cursar la carrera de Letras en Buenos Aires se embarcó en un viaje a través del continente americano que concluyó en los Estados Unidos, donde reside actualmente y participa del Waikiki Writers Club que recientemente publicó uno de sus cuentos en la compilación: Kissing Frogs & other quirky fairy tales.

A su vez, su primer libro de cuentos: Natasha, fue publicado durante 2020. Se trata de una colección de cuentos y relatos que, a través de temas sórdidos y a veces macabros, expresan en su conjunto una opinión espiritual. En la actualidad Eloy elabora los manuscritos de su primera novela y dirige un negocio que se dedica a plantar árboles en la isla de Oahu.

Literariedad

Asumimos la literatura y el arte como caminos, lugares de encuentro y desencuentro. #ApuntesDeCaminante. ISSN: 2462-893X.

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