«Somos la calamidad vuelta carne», poemas de Nelson Alonso

Imagen: Detalle de Satán, El ángel caído, de Gustave Doré.

 

 

En nuestra edición de abril-mayo de 2022: El Mal, les presentamos una serie de poemas de Nelson Alonso (*).

 


La botella

Tic tac tic tac
La botella destrozada en la esquina
enumera a los padres que rompieron mi cara.

Ya perdí la cuenta,
el reloj también perdió la cuenta de las cicatrices en mi costado…

La botella rota desata la fuente de sangre,
abre los puentes que llevan a pudrirme de rencor,
y suena una lágrima y otra y otra
y mamá dice que todo marcha bien.

Yo le creo:
sería mal hijo si no creyera sus palabras,
sería mal hijo,
pero sería peor hombre
si usara palabras bonitas
para hablar de sufrimiento.

El dolor me arranca la lengua:
es un dolor que ríe porque aquí nunca pasa nada.

Y entonces todo dramaqueen uno,
todo niña porque también llora cuando siente dolor.

Y suena la puerta:
mi cuarto es un vibrar de autobiografías en la carne.
Afuera (mi angustia) tiene aspecto de mortal.

La risa se quiebra entre mis manos,
la impotencia cobra la fuerza de un puño sobre la pared
y cuando siento el peso de la noche,
alguien me cuenta lo mucho que ha llorado:
yo guardo silencio.

Hay una botella destrozada:
mamá dice que todo marcha bien.

Sin embargo, omite verdad entre los golpes:
y mi desprecio, eternamente de padres,
ha roto a llorar de nuevo.

 

 

El viento se levanta

(Basado en la película de Hayao Miyazaki)


Le vent se lève, il faut tenter de vivre.
Paul Valéry


Se levanta el viento por la mañana,
el tren anuncia amor y desventura:
un sombrero atraviesa el vagón
y el delirio surge de lo que siempre recuerdo.

Se mueve el mundo,
truenan huesos en las entrañas de la tierra.
El acero se descarrila,
corre un rumor de lamentos
y cuando la calma apenas fallece
una mujer agoniza por la enfermedad.

He soñado con aviones,
con bombas y sobras de la guerra.

He soñado con viajes que no temen al cielo
y con personas libres de un cielo sin fortuna.

Pero este tren me encadena con ruido palpitante
y la furia, ay de la furia que rompe mi certidumbre:
me recompensa con una pintura jamás terminada,
me toca el costado,
caigo encendido sobre el océano…
regreso a la colina gritando tu nombre
y entonces una sonrisa se diluye sin decir adiós.

Sabes, este pecho funciona como el tuyo,
el juicio es mi esclavo de la última hora,
hay alas de hierro que se queman:
y lo inerte en la tierra
vivirá sobre el viento.

 

 

Biología de los peces

Un dibujo, un cuento y se desataron los peces:
las tilapias y su capacidad para cambiar de sexo
me hicieron pensar que vos y yo también somos tilapias.

Nos reproducimos para morir olvidados,
y pensamos que el pasado es mejor
aun cuando la vergüenza tiene un carácter demasiado público.

O eso pensás creer…

La respuesta nunca estuvo en acostumbrarnos al derrumbe:
el océano tuvo la rutina de casi siempre ahogarnos.

Y entonces vos decís que en aquel momento cerraron la universidad,
que los revolucionarios de las llantas quemadas la cerraron,
que la piscigranja terminó completamente vacía
y que luego unos travestis corrieron hacia vos.
Dijiste qué susto porque nunca habías visto unos travestis semejantes:
ahora sabés que son como nosotros,
que nosotros también somos acuáticos.

Entonces hablaste sobre cómo te ayudaron a no perder la nota,
a comprobar si las tilapias habían aguantado veinte días sin comer.
Pobrecitas, se multiplicaron tanto
que no crecieron lo suficiente
y nadie las compró por pequeñas.

Ahora me mirás y yo te miro el océano,
miro tilapias y cambios en una subversión de agua.

Por lo visto ya es tarde y de pronto me pregunto:
¿cómo es posible que un cuento desencadenara el laberinto
en el día más difícil para la biología de los peces?

Y nadie responde: el cuento no hizo nada, tampoco el dibujo.
Y nadie más responde: nosotros no hicimos nada
y ahora somos pescado.

 


Veinticuatro

(Escrito en 2019, en conmemoración a los 24 años de la
caída en combate del poeta salvadoreño, Amílcar Colocho)

 

El suelo heredará sus huesos
para testimoniar que nada tuvo.
Amílcar Colocho


Veinticuatro:
número para clausurar tus ojos,
cantidad insuficiente para volver a la tierra.

El retorno es el sueño de tu palabra,
aunque nadie sueñe,
aunque tu vida se desbarate bajo la lluvia.

En nuestro siglo de nuevas ideas
la paz es un cuerpo arrastrado por la calle,
una autoridad que se arranca las manos a propósito,
un pronunciamiento con olor a muerte…
y la guerra continúa,
los bandos ahora son distintos:
hay tanto por señalar para conocer la caída
y tan poco para resistir entre aires de primer mundo.

Veinticuatro,
veinticuatro años compañero,
y apenas hemos comprendido
el auténtico significado de tu montaña.

 

 

París chiquito

Pues de lo que hablo no es sino de esta época,
y de lo que ocurre en China y España, y en el mundo.
César Vallejo


París chiquito es la cuna de los grandes poetas:
aquí descomponen líneas para sus gustos europeos,
se renueva su dolor compartido por el abandono
y se declara que el lenguaje del pueblo también es poesía,
que la sabiduría viene desde ángulos imposibles para los sentidos,
que los pequeños dioses son conductas sociales incomprensibles…
y que nadie comprende sus aspiraciones etílicas
en una literatura que reside como manifiesto de la mortalidad.

A esta tierra vuelve el que tiene la fuerza para llorar de nuevo,
el que recorre sus avenidas con todos los vientos en su contra:
ninguno quiere ser la envidia de quiénes admiran el fracaso
ni morir olvidados en algún muelle desconocido.

Cae la noche detrás de la montaña
y el mundo gira sobre una ciudad que ya no existe.

Aquí comienza el primer aliento de la vida,
aquí yace lo eternamente anacrónico de la palabra.

Somos la calamidad vuelta carne,
hemos llorado con una intensidad que justifica lo de esta noche.

Vociferamos blasfemias cuando nadie las exige…
imaginamos, también, que el cielo baja sobre nosotros,
que la ciudad nos resguarda de la soledad a puros golpes,
que con este ruido lo desbordado abrirá todas sus puertas.

Es mejor no saber nada en esta tierra diminuta,
pues la locura nos consume mientras continuamos diciendo:

Por esta noche estará bien salir de copas,
tomar la selva con un cristal de alcohol barato.
Viene conmigo la multitud de bebedores,
de refugiados nocturnos.
Vienen con intenciones imperdonables
mientras bebemos litros de sueños exterminados.

Qué divertido:
hemos llegado a cualquier taberna que nos recibe.

París chiquito nos resguarda con sus dolencias:
a través de sus calles hay laberintos de una mente desconectada
y suenan las cuerdas vocales de un ebrio que se piensa poeta
que no es ni ebrio ni poeta,
pero afirma que los excesos forman parte de su literatura.

En el púlpito tiembla un miedo que será olvidado más tarde
y explota la procesión de sombras en este lugar que nadie conoce.

Alguien dice:

Es que yo admiro la vida bohemia, yo pienso en poesía y las ganas de salir con ustedes me vienen a la memoria.

Qué divertido es morir, pequeño saltamontes,
qué divertido es buscar un lugar para dormir en el suelo,
vomitar hasta que solo salga aire,
y creer que el alcohol nos volverá mejores artistas.

Qué divertido, pequeño, qué divertido.

La vida nunca fue un sueño sino una pesadilla mal organizada,
la tragedia es la razón principal para que mis labios ya no tengan miedo.

En la mesa se ha subido alguien mientras baila cualquier canción,
y el ingenio es ahora un receptáculo de una triste disculpa,
los poetas se remiten a ensoñaciones vistas en el paraíso,
la distancia se acorta con tres botellas de poesía,
París es apenas la puerta del inframundo
y sobreviene el espectáculo que se desliza sobre nuestro rostro.

El espejo de la taberna siempre enfoca terriblemente las caras
y la mesa de otro cliente por poco es botada por los fallecidos.

La fiesta muda de espacio y tiempo,
cualquier excusa es bienvenida para la sed de estos muchachos.

La calle se despliega por nuestras aventuras
porque después de la poesía viene la perdición de la carne.

Fulano dice:

Una chispa explota mi tímpano en la noche,
tímpano de ceniza y piedra que arde siempre,
resiste para siempre,
no reconoce madre
y su única potencia vive en esta ciudad de porquería…

Mengano responde:

Buscamos la verdad porque tu voz calla
al pie de una sombra de pólvora y castigo.
He aquí mi diestra, extraño verbo no conjugado,
he aquí mi alma manando la esencia del silencio.

Y prosiguen los parloteos mientras tambalean sus pasos,
y nosotros somos ellos y todos y ninguno.

Qué divertido.

Todo vive con nosotros y canta a lo supuesto,
todo sonríe con gracia de farsa colectiva.

El poeta dejará para siempre nuestro cuerpo y sangre
y experimentará su palabra sobre el sepulcro.

Sin embargo, hoy es niño que llora solitario
mientras reclama un beso y se marcha a dormir.

Guardemos silencio…

París chiquito es la cuna de los grandes poetas:
despierta, no duermas pequeño saltamontes
porque la oscuridad apenas está comenzando.

 

 

Terminal

Antes pensaba que los lugares donde guardan los autobuses
eran donde los autobuses también dormían.
Pensaba que eran como sus casas después del trabajo
y que cuando apagaban las luces igualmente cerraban los ojos.

Eso era tierno
(oh qué ternurita, pequeño soñador).

Del mismo modo, yo pensaba que podía ser un bus:
hacía sonidos de motor y humo,
batía mis manos
(no entiendo por qué, si era un automóvil)
y poco a poco comenzaba a jugar de cobrador o motorista
sobre un barril atrás de mi casa.

Todo era bueno, reconfortante:
entonces me di cuenta
que estaba a punto de crecer.

 

 

Tricolor

Para El Salvador

Escrito coagulado de libertad,
trabajo de pobreza que llora por los poros:
unión es una calle donde grita el conflicto,
donde la tristeza hace perforaciones sobre chiqueros
y presume banderas con franjas ideológicas.

Nunca una visión de tuertos conocerá el sudor o la sangre,
tampoco pondrá como primero un suelo que agoniza.

 

 

Historia de un tonto

El tonto en construcción llega al salón de clases:
mira a sus compañeros, saluda y no responden.
El ruido sigue como serpiente que rastrea un sitio
para escupir el veneno.

Alguien toma su mochila,
termina en la basura
y las risitas orquestan un dolor a escondidas.

Qué más da el desconsuelo del camarada,
qué más da la vergüenza que se extiende por años,
qué más da el sufrimiento porque es entretenido.

El nerviosismo punza cuando el cuerpo traiciona
y la imaginación vuelve con ilusiones de pólvora encendida.
El tonto, cuando llega a casa,
mira el rostro de su padre que duerme
y en el fondo a su madre que muere por su ausencia.
El tonto guarda el odio reflejado en la escuela
y lo reparte a quienes nada tienen de culpa.
Un círculo ha venido al mundo,
las acciones giran bajo los pies del optimismo.
Duele, cómo duele quedarse solo en este desierto.
La pena se repite, llora.

Sin importar los años siempre piensa en su padre,
su odio crece como un arbusto sin raíces.

Y así baja al barrio que se rompe para sus pies de niño…
ya que luego la calle lo dejará descalzo.

 


(*) Nelson Alonso (El Salvador): 11 de agosto de 1997. Estudia Licenciatura en Letras en la Universidad de El Salvador (UES). Escribe poesía. Sus poemas han aparecido en diversos espacios físicos y virtuales. Estuvo a cargo del proyecto de difusión poética Una verdad sin alfabeto.

 

Literariedad

Asumimos la literatura y el arte como caminos, lugares de encuentro y desencuentro. #ApuntesDeCaminante. ISSN: 2462-893X.

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