«La casa de enfrente», un cuento de A. F. Osorio

Fotografía analógica: Sara García.

 

 

Les presentamos un cuento sugerente de A. F. Osorio (*) que cuestiona la cercanía con los vecinos, con lo desconocido de enfrente, de su más reciente libro: Siete monedas (Una Tinta Medios Editores, 2022). En nuestra edición de julio-agosto, Lo habitado.

 

 

 

Tomaron la casa de enfrente, la que había estado abandonada durante varios meses. Era una réplica de la nuestra, el mismo número de habitaciones, incluso estaban pintadas igual. Se supone que iban a construir un barrio entero con casas repetidas, pero se atravesó la crisis. Valga decir, eso sí, al César lo que es del César, los nuevos vecinos dejaron la casa como una tacita de té en menos de una semana para poder vivir en ella.

Desde la ventana de mi cocina los veía, más que todo a él, a Sergio, desyerbando, pintando, arreglando muebles, sacando trastos. La señora casi nunca asomaba. Me asombró que alguien tan joven, casi de la misma edad de mi hijo, se moviera con los gestos de un adulto y tuviera los músculos bien formados, los de un adolescente atlético. Luego entendería que aquello era también producto de los rituales.

Cuando llegaron a la escuela para matricular a Sergio se presentaron como madre e hijo. La relación entre ellos era distante. No se miraban. Ella, Dafne, le señalaba con los labios, hechos un hocico, dónde debía firmar y él obedecía como un autómata. No mediaban entre ellos palabras dulces como «escribe aquí, corazón» o «cielo» o «querido». Nada. Solo señas. Sergio quiso hablar un par de veces y ella lo interrumpió con palabras cortas: «luego», «ahora no». Él acataba con resignación. Se moría por hablar. En ese entonces pensé que tal vez una mujer sola como ella había tenido que formar con el hijo una relación jerárquica, como la que los papás terminan teniendo con los críos varones, que se parece tanto a la que los coroneles tienen con los cabos.

En la carta de presentación, ella había escrito que era una viuda y agradecía de antemano que no se indagara más al respecto. Adjuntaba, eso sí, la partida de defunción del marido, que había muerto en el cumplimiento de sus deberes como inspector ganadero. No daba detalles.

Aunque desde el primer contacto me resultaron sospechosos acepté al niño. A mí me toca recibir a quien llega, la ley me obliga. Sí recuerdo que a la noche le dije a mi marido:

—Esos de enfrente se traen algo, ¿los has visto?

Él me ignoró porque estaba preparando un viaje largo en el que teníamos ilusión. Sabíamos que ganaría bastante dinero, así que no me empeñé en distraerlo. Además, con mi esposo no se habla mucho, no en vano en la secundaria, cuando nos conocimos, se había ganado el mote del «Mudo». A mí me gustó porque es un hombre serio. Si te dice algo es porque lo cumplirá. Hasta ahora no me ha defraudado.

 Sergio era tan raro que me esforcé porque las profesoras no lo sentaran cerca de mi hijo. Con que fueran vecinos era suficiente, argumenté. Tal vez debí explicárselo a Sebastián desde el principio, pero también pensé que crearle prejuicios contra un nuevo compañero, y a la vez nuevo vecino, no era una buena idea. Confié en Sebastián. Además, tiene que aprender a lidiar con la vida, no importa cuán dura se ponga. Sergio siempre andaba por ahí, solo. Observaba a los demás desde la corpulencia de su anatomía. Cuando me entregaron la documentación, reparé en la fecha de nacimiento. No tenía por qué ser tan alto y fornido. Un desarrollo precoz, pensé.

En alguna reunión de profesores hablamos de él. Coincidieron en que, si no lo encontraban dormido sobre la mesa, lo descubrían viendo al vacío, a través de la ventana. Fue la profesora Judith la que al final, estando ya solas en la sala, reparó:

—Sobre Sergio, hay algo más.

Judith siempre ha sido tímida. Es de esas guapas voluptuosas que quedan de piedra cuando un hombre las saca a bailar. En los bazares sufre bastante la pobre.

—Hay algo más.

Siempre le costaba hablar de sí misma y repetía varias veces una idea antes de llegar al hueso del asunto.

—¿No ha notado que mira demasiado?

—¿A qué se refiere Judith?

Bajó la mirada un instante. Sin darse cuenta llevó la mano al primer botón de la blusa, asegurándose de que estaba bien cerrado. Carraspeó. Antes de que siguiera sufriendo me anticipé.

—No lo había notado, pero estaré pendiente. No se preocupe, profesora.

Hizo una leve reverencia y sin más salió del salón. Era la mejor profesora de geometría que tenía la provincia.

Después de las primeras evaluaciones del año a nadie le sorprendió el desastre de las notas de Sergio. Ni siquiera era bueno en atletismo, clase en la que el señor Toledo tuvo que reconvenirlo, sacarlo varias veces de los juegos, prohibirle que entrenara con los demás porque maltrataba a los otros con su fuerza desproporcionada. Por culpa suya vivimos el primer episodio de un tabique roto. Traté de comunicarme con su madre y la respuesta me pareció de lo más estudiada:

«Sí, el chico es algo brusco, le gusta ser rudo, le diré que tenga más cuidado». En momentos así agradezco que los políticos hayan desestimado la locura de las escuelas mixtas.

Llamé a Sergio a mi despacho. No quiso sentarse.

—Esto puede llevar tiempo.

—No importa.

—¿Qué tiene que decir de sus notas? Son de espanto.

—Hago lo que puedo.

—Si no coopera tendremos que suspenderlo y eso a su mamá no le hará gracia.

—A ella no le importa.

—No estaría tan segura. Las notas en el otro colegio eran buenas.

—Son falsas.

—¿Perdón?

Sonrió. Había gozo en los labios gruesos y sensuales de esa criatura. Se llevó las manos enlazadas a la parte de atrás de la cabeza, miró por la ventana. La luz le daba en la frente.

Podría apostar que disfrutaba lo que hacía.

—Olvídelo, bromeaba.

Quise insistir con la madre. Llamé de nuevo a los teléfonos de contacto que nos dejó. Nunca más volvió a responder una llamada, aunque la buscamos por varios motivos.

Estuve tentada a devolver a Sergio a la casa a ver si la señora espabilaba, pero algo me decía que sería peor. Intenté otra vez. Incluso marqué desde la nuestra a la casa de ellos.

A través del cultivo de los Rabeya, lo único que nos separaba, podía ver encendidas las luces de la primera planta. Hice un tercer intento muy tarde en la noche, cuando aún quedaba una luz encendida. Cuando iba por la tercera marcada apagaron la última bombilla. Si mi llamada había sido escuchada, sería el único sonido que flotaba en la habitación.

Al día siguiente mi marido me llamó a decirme que su negocio se había complicado y que necesitaba que hiciera un par de contactos, él se estaba quedando sin dinero para gastar en las cabinas telefónicas. Me ocupé del asunto, delegué lo de Sergio al profesor Januario, pero al final del día me reportó que no habían contestado tampoco a sus llamadas.

—¿Fuiste a la casa de ellos?

—No. El calor estuvo insoportable.

—¿Fuiste a la oficina de ella? Te quedaba camino a casa.

—Lo olvidé, mi hijo tuvo un percance.

Había olvidado que Januario no se caracterizaba precisamente por la diligencia. La suerte estuvo de parte de Dafne, a los demonios también los guían buenas estrellas.

Sebastián salió en la bicicleta con la promesa de volver antes del atardecer. Cuando, a lo lejos, lo vi caminando junto a Sergio quedé de piedra. Ambos venían con la cabeza empapada como si hubieran nadado juntos en el río. Se despidieron entre risas, muy amigazos. Por primera vez vi a Sergio portarse como alguien de su edad. Mi Sebastián tiene la cualidad de hacer que los demás se sientan cómodos con él. Por eso mismo sentí miedo. Al verlos, a la distancia, sentí el pálpito de que mi hijo podía empezar las malas andanzas. Sin embargo, su ánimo era el de siempre. Nada había cambiado en él.

—¿Se divirtieron?

—¡Mucho!

—¿Cómo es Sergio? En la escuela habla poco. Ni siquiera lo hace contigo.

—Es divertido. Es buen chico.

Me enterneció que usara esa línea sacada de la tele. También me parecía dulce que se expresara con seguridad, esforzándose por no preocuparme.

—Lo invité a ver Los Impostores.

—¿El sábado?

—Sí.

—¿Lo dejará su mamá?

—Me dijo que ella no se mete en nada. Deberías ser como ella.

Lo fulminé con la mirada, el comentario me tensó las manos como si me hubiera picado un alacrán. Las tenía templadas entre el limpión.

—Es broma.

—Eso espero, jovencito. Pon la mesa.

Mientras extendía el mantel deslizó lo de las cicatrices.

—Son enormes y rojas.

—¿Qué cicatrices?

—¿No te contó?

—No.

—Qué raro, me dijo que te había dicho.

—¿De qué hablas?

—Se quemó la espalda en un incendio. Tiene la espalda como una cuadrícula, líneas rojas a lo largo de la espalda. Por eso nunca se quita la camiseta en las clases de gimnasia, no importa el calor que haga, le da pena y no quiere que se burlen de él. Además, ya le tienen un apodo.

—¿Cómo lo llaman?

—Revejido, porque parece el más viejo de nosotros.

El día en que llegó a ver Los Impostores mi marido seguía de viaje. Les preparé los frijoles, asé la carne, hecha en la parrilla, puse arepas grandes para que les echaran suficiente mantequilla y sal. Desde el día anterior compré los mejores aguacates. Durante la visita me pareció un niño normal. Exclamaba con las persecuciones que veía en Los Impostores.

Se reía cuando Sebastián imitaba la voz del narrador:

—Y en el próximo capítulo otra aventura de…

—Lo haces igual, Seba. Te van a contratar para que hagas la voz.

En la mesa comía rápido, pero sin dejar las buenas maneras. A la hora de la limonada, cerca de la cocina, conversaron.

No resistí la tentación de sentarme cerca y oír lo que hablaban. Sergio tenía una voz cambiante, de muchacho. Crecía con rapidez. La voz, los huesos, los músculos eran demasiado contundentes para su edad, pero tenía la mente de un niño, jugaba como tal, se distraía como cualquier otro.

Me asombró lo que le pidió a Sebastián:

—Déjame dormir hoy con ustedes. En la casa hace frío.

—¡Claro!, ¿por qué no?

—¿Dejará tu mamá?

—Creo que sí.

—Déjame decirle que le ayudo a lavar los platos. Acabo de ver que no lo ha hecho.

—¡Buena idea! A ella no le gusta fregar platos.

—¿Sabes, Seba? A las mujeres les gusta que las mimen, que hagan el trabajo duro y aburrido por ellas. A Dafne le encanta que yo haga esas cosas. Es lo que un hombre debe hacer, ¿entiendes?

—Ajá.

—Hazlo cuando crezcas y tengas una novia, se enamorará de ti.

—Pero yo no quiero tener una novia.

—Querrás una, ya verás.

Entró con determinación a la casa y anunció su prestancia con los trastos sucios.

—Déjeme hacerlo, señora.

Fui yo quien a la cena le dijo que si quería podría quedarse con nosotros. Le pedí que llamara a la casa y me pusiera con su madre.

—No hace falta. Ella siempre dice que sí.

—Si es así es mejor que regreses con ella. No le gustará que pases una noche fuera sin avisar.

La luz de la lámpara le daba en la frente. La belleza de sus rasgos era favorecida, de nuevo, por la iluminación. Sí. Había algo salvaje en él. Una belleza primaria de macho que se asoma por la abundancia de la juventud. Si hubiera llegado a joven no le iba a quedar tiempo para espantar a las mujeres que sin duda no lo dejarían en paz.

—Tiene razón, señora. La llamaré.

Tomó el teléfono que estaba sobre la mesa que mi suegra nos regaló en la boda.

—Déjame hablar con ella, Sergio, quiero saludarla.

—Hola, querida. —Jamás le dijo mamá. Consultó sobre la quedada, habló mirando a la casa, que parecía un barco muerto entre la noche, al otro lado del cultivo. Solo una tímida luz en la habitación de arriba daba cuenta de que había alguien adentro.

—Te la paso. Anunció, con el teléfono entre la oreja y el hombro. Las manos, ambas, en los bolsillos, como posaban los detectives privados en Los Impostores, sólo le faltaba un sombrero de ala ancha y un cigarrillo entre sus labios, carnosos. Cuando tomé el teléfono oí una respiración fuerte, contrariada. Era el jadeo de alguien ebrio o molesto, pero al hablar sonaba en un tono neutro.

—Hola Dafne. ¿No hay problema en que…

—Sí.

Su respuesta era ambigua.

—¿O sea, se puede quedar? Si prefieres, puedo…

—Sí. Déjelo allá.

—Perfecto, enton…

—Adiós.

Colgó. Sergio me miraba con una sonrisa ladina, como si fuera de lo más normal. Sebastián lo tiró de la camiseta y en dos segundos alcanzaron la habitación. Jugaron hasta muy tarde en la noche con el tren eléctrico y los modelos de Justice League.

Seguí la rutina que siempre tengo cuando mi marido no está en casa. Me serví un vodka, llené un vaso largo de agua y hielo. Saqué de la mesa de noche uno de los libros de cuentos que guardo ahí para que me acompañen cuando él no está. El cansancio y el efecto del trago me dieron sueño rápido. Leí un cuento sobre un tritón que había sido pescador o algo así.

Apagué la lámpara y la habitación quedó en la oscuridad total, como nos gusta a mi marido y a mí. Eso lo compartimos: perdemos el sueño con la luz más leve, con el sonido más liviano. Pues fue un sonido el que me despertó esa noche.

La madera crujió. Podría jurar que antes de oírla me di cuenta que alguien estaba en la habitación. La mano derecha actuó con rapidez. Ella, por sí sola, casi sin que yo se lo ordenara, encontró el interruptor de la lámpara. Vi la silueta en medio del vacío. Mis ojos heridos de luz tuvieron que esperar para reconocerlo. Era Sergio. Ahí estaba, de pie, sin camisa, acercándose con la seguridad de un felino. Le pregunté qué hacía, si necesitaba algo. Respondió que no podía dormir.

—Quería verla, señora.

Ahí me espanté.

Traté de apoyarme en la mesa de noche para saltar más rápido fuera de la cama y me llevé por delante el vaso de agua.

Se quebró y pensé en mi hijo. Rogué para que no lo escuchara.

Sergio puso una rodilla sobre la cama, luego la otra, se desplazó sobre el colchón, de rodillas, se acercaba despacio, con la dificultad de quien camina en una laguna, con el agua hasta la cintura. Le pedí que saliera de la habitación. Sonrió. La luz, otra vez, me entregaba otra imagen del muchacho. Esta fue la que menos me gustó. La cara retorcida de lascivia. Bajó de la cama y con la habilidad de un cuerpo tan joven se quitó el pantalón del pijama. Estaba excitado y exhibía su virilidad insultante. No me quedó de otra que gritar y salir de la habitación corriendo.

Llegué a la escalera que terminaba en la habitación de Sebastián. Él estaba de pie, recién levantado, somnoliento, bajo el umbral. Le dije que volviera a la cama. Me preguntó por Sergio. Le grité: «Que vuelvas a la cama, te digo». Lo tomé por la cadera y cerré tras de nosotros la puerta, con el seguro. Mi niño tenía tanto sueño que balbuceando me preguntó otra vez por Sergio.

—Volvió a casa. Dafne lo llamó. Está enferma.

Le acaricié el pelo, lo revisé desde la cabeza a los pies. Le acaricié la frente, le besé la frente. Logré que volviera a dormir. Ahí estaba yo, paralizada, abrazada a ese hombrecito en miniatura que era mi hijo. Los dos solos, indefensos. Por la ventana de la habitación vi a Sergio caminando de regreso a casa. Y otra vez la luz, esta vez la de la luna. Una luz de plata le hacía ver la espalda más grande, como si tuviera diez años más. Se había colocado el pantalón del pijama, solo eso llevaba encima. Iba descalzo y con el torso al aire.

Esa noche la pasé en vela. Cuando el sol asomó, entre las últimas sombras pude ver la sábana manchada de sangre.

Ahogué un grito. Era mi pie. Había caminado sobre los restos del vaso roto, me había cortado. Como pude recogí las sábanas ensangrentadas sin despertar a Sebastián. Limpié las huellas de sangre, impresas por mi pie en la carrera desde la habitación hasta la cama de mi hijo. Todo eso lo hice después de asegurarme de que la casa tenía todas las puertas y las ventanas bien cerradas.

Sonó el teléfono. Era mi marido.

—Hoy vuelvo, estoy en camino. Paré a desayunar en El Alto.

—Ven rápido, anoche pasó una cosa horrible.

—¿Qué pasó?

—Tú ven rápido. Tengo miedo.

El Alto estaba a solo 45 minutos de distancia en coche, pero mi marido estuvo de regreso en 20 minutos o algo así. Vi el carro por la ventana. Lo vi pasar frente a la casa de ellos, frente al cultivo. Nos abrazamos apenas nos vimos. Después de que le conté la historia, él se fue a la ventana a ver la casa de enfrente. Fue mi marido el que se dio cuenta de los gallinazos. Volaban sobre la casa, lúgubres. A veces bajaban al techo y lo azotaban a picotazos. Ese fue el pretexto para llamar a la policía.

Hace un año que encontraron el cadáver de Sergio en la casa de enfrente. Dafne lo colgó de los pies, abrió el pecho y el vientre en canal para que la sangre fluyera, asquerosa por el piso, donde había un símbolo satánico dibujado. Sin duda fue la sangre y las vísceras del niño lo que llamó la atención de los gallinazos. Lo mató la misma noche en que durmió con nosotros. Yo, como directora del colegio, tuve que reconocer el cuerpo. Aún llevaba el pijama con que lo vi, bañado de luna, caminando hacia su casa, hacia la muerte.

Tardaron en encontrar a Dafne. Fue noticia nacional. En los periódicos leí que otro chico, apenas un año mayor que Sergio, dos años más grande que mi Sebastián, había logrado huir de la trampa. Los reportajes contaban que ella siempre calcaba la estrategia: iba a las chabolas, montada en un coche de lujo con chofer contratado, seleccionaba en un potrero o en una esquina a un niño pequeño, lo llamaba con el pretexto de regalarle algo, volvía al otro día con obsequios más vistosos, lo raptaba.

Ella los alimentaba bien, sí, pero les daba esteroides para desarrollarlos rápido y convertirlos en Apolos pequeños que complacían su vista y su carne, porque Dafne los entrenaba en los asuntos del catre desde muy jovencitos, eso decían los periódicos. Su único y último error fue pescar a un chico ya grandecito, el mismo que escapó y la denunció.

Meses después, durante el juicio y luego de la condena, que fueron cubiertos con un amplio despliegue mediático, los periódicos también hablaron de la confesión. Dafne los embriagaba con sustancias poderosas para adormilarlos y someterlos a rituales de los que los niños despertaban heridos, llenos de moretones. Ella les decía que habían sido raptados por un demonio malo, muy malo, pero que no temieran porque ahí estaba mamá Dafne para protegerlos, porque nunca más ese monstruo invisible iba a llevárselos, porque ella estaría ahí, visible, para protegerlos. A otras víctimas, Dafne les había hecho también cosas horribles: cortó sus tobillos y brazos hasta dejarles surcos imborrables. Al que fue su primera víctima, un niñito de ocho años, le sacó los ojos antes de ofrecerlos en los rituales oscuros. Según la autopsia de Sergio, la bruja lo sedó durante el último rito, por eso no gritó, por eso no escuchamos nada.

Después de que mi marido llamó a los policías mi hijo se despertó. Le pedí que volviera a dormir porque aún era temprano, pero él seguía preguntando por Sergio. Inventé alguna excusa, no recuerdo cuál, pero esa mañana la pasé distrayendo a Sebastián. Hice bien, porque los policías, después de que nadie atendió a los llamados, entraron por la fuerza a la casa de enfrente, descubrieron el cuerpo. Llamaron a toda una tropa, que llegó con el ruido de las sirenas, una ambulancia y tres patrullas que levantaron polvo del camino, los campesinos que caminaban o pedaleaban rumbo al trabajo se detuvieron en corrillo frente a la casa. Mi hijo hizo más preguntas. Un policía llamó a nuestra puerta y nos interrogó en la sala. Le pedí a Sebastián que nos esperara en su habitación. En medio de la preguntadera del policía, mi niño bajó las escaleras corriendo, asustado. Nos dijo, tartamudeando, que habían sacado el cuerpo de Sergio. Fue la primera vez que se le trabó la lengua. Luego me enteré que los policías del pueblo son poco dóciles en el tratamiento de cadáveres. Sacaron el cuerpo del niño en una camilla, con una sábana sobre las heridas del torso, pero dejándole la cara descubierta. Sebastián lo vio y desde ese momento perdió la fluidez del habla. Hizo varios meses de terapia para superar el tartamudeo. Cada vez lo hace mejor, pero cuando se pone nervioso es incapaz de terminar ciertas palabras. Debe respirar muy hondo, concentrarse y hablar como si leyera un texto muy complejo en voz alta.

A Dafne la metieron presa por no sé cuántas decenas de años. En otro país la hubieran colgado o sentado en la silla eléctrica. Los políticos salieron a decir que deberíamos considerar la pena de muerte para ciertos delitos, sobre todo para los que atentan contra los niños. En fin. Después, el crimen fue olvidado. Desde entonces, a mi Sebastián le cuesta mucho, muchísimo hacer nuevos amigos.

 

(*) A. F. Osorio. Escritor colombiano radicado en Beijing, China. Cuentista, cronista de lo prohibido.

 

Literariedad

Asumimos la literatura y el arte como caminos, lugares de encuentro y desencuentro. #ApuntesDeCaminante. ISSN: 2462-893X.

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