«Mal visto, mal dicho», un cuento de Samuel Beckett

Fotografía analógica: Ángela María Pérez.

 

 

 

Mal vu Mal dit

Mal visto, mal dicho

Samuel Beckett

 

Traducción de Juan Camilo García Bernal (*)


Edición de julio-agosto, Lo habitado

De su lecho ella ve levantarse a Venus. Aún. De su lecho por tiempos claros ella ve levantarse a Venus seguido del sol. Es lo que así desea en el principio de toda vida. Aún. La tarde por tiempos claros ella disfruta de su revancha. Allí Venus. Ante la otra ventana. Sentada rígida sobre su vieja silla espía el radiante. Su vieja silla de pino tallada y sin apoyar brazos. Ella emerge de los últimos rayos y cada vez más brillante declina y se abisma a su turno. Venus. Aún. Derecha y rígida resiste allí a la sombra creciente. Toda de negro vestida. Cuidar la pose es más fuerte que ella. Dirigiéndose de pie hacia un punto preciso seguido ella se fija. Para no poder reanudar que infinitamente después. Sin saber más ni cuándo ni por qué motivo. De rodillas sobre todo le duele no quedarse para siempre. Las manos posadas la una sobre la otra sobre un apoyo cualquiera. Como la base de su cama. Y sobre ellas su cabeza. Héla allí por tanto convertida en piedra de cara a la noche. Solos sanjan sobre el negro el blanco de los cabellos y aquel un poco azulado del rostro y de las manos. Para un ojo no teniendo necesidad de luz para ver. Todo esto en el presente. Como si tuviese la malhora de ser aún en vida. 

La cabaña. Su emplazamiento. Atención. Ir. La cabaña. En el inexistente centro de un espacio sin forma. Más bien circular que otra cosa finalmente. Plano por supuesto. Para salir en línea recta ella tarda de cinco a diez minutos. Según el paso y la radial. Ella que ama —ella que no sabe más que errar no erra nunca más aquí. Unas piedras allí abundan siempre más numerosas. La más mala hierba se hace allí siempre más rara. Enclave en el medio de una escuálida campiña ella triunfa lentamente sobre aquella. Sin que nadie allí se oponga. Allí se hubiese opuesto jamás. Como si se tratase de una fatalidad. ¿Qué viene a hacer una cabaña en un sitio parecido? ¿Qué ha bien podido venir a hacer allí? Atención. Antes de responder que en la lejana época de su edificación la lucérnula venía hasta sus muros. Sobreentendiendo quién otro más que él el culpable. Y a partir de él como de un refugio maléfico cómo mal decir que el mal se ha esparcido. Sin que nadie jamás haya preconizado su demolición. Como si una fatalidad la protegía. Y ahí está. Piedras tiznadas de un efecto llamativo bajo la luna. Suposición de que por tiempos claros ella esté en oposición. Pronto la anciana apenas recuperada de la puesta de Venus pronto en la otra ventana ve surgir la otra maravilla. Como cada vez más y más blanca a medida que se eleva blanquea las piedras cada vez más y más. Rígida de pie rostro y manos apoyados contra el vidrio inmensamente se maravilla.

Las dos zonas forman un recinto vagamente circular. Como el esbozo de una mano temblorosa. ¿Diámetro? Atención. Mil metros. Menos. En promedio. En el más allá lo ignorado. Felizmente. Impresión frecuente de estar más bajo que el mar. Sobre todo la noche por tiempos claros. Mar invisible tan cerca. Inaudible. Bajo la hierba toda la superficie. Una vez pasada la zona pedregosa. Salvo allá donde ella se ha retirado del suelo calcáreo. Mil marcas blanquecinas de importancia desigual. Espectáculo atrapante bajo la luna. En realidad de bestias solas unas ovejas. Luego de muchas dudas. Son blancas y se contentan con poco. Desde cuándo súbito vinieron misterio y cuándo asimismo retornaron. Sin pastor divagan a su voluntad. ¿Las flores? Atención. Algunos azafranes aún. En tiempo de corderos. ¿Y el hombre? ¿Expiado al fin completamente? Eh no. ¿No será pues sorprendida un día de no verlo más? Sorprendida no puede estar más sorprendida. ¿Cuánto? Una cifra que advenga podrá. Doce. Con algo del horizonte decorar el pequeño círculo. Ella levanta los ojos del suelo y a sus pies ve a uno. De éste se aparta y ve a otro. Así sucesivamente. Siempre a lo lejos. Inmóviles o alejándose. Jamás los vio venir hacia ella. O ella olvida. Ella olvida. ¿Son los mismos? ¿La ven ellos? Suficiente.

Un páramo habría hecho mejor el trato. Pero no se trata de hacerla mejor. Faltaban los corderos. Sin o con razón. Un páramo lo habría permitido. Los corderos por la blancura. Y por otras razones todavía oscuras. Otra razón. Y para que pueda de súbito allí no haber más. En tiempo de corderos. Que de un momento a otro ella pueda levantar los ojos y no ver eso más. Un páramo no los habría excluido. En fin está hecho. Y qué corderos. Sin ninguna vivacidad. Manchas blancas en la hierba. Al margen de las madres indiferentes. Fijadas. Luego un instante de errancia. Luego fijadas de nuevo. Así sucesivamente. Decir que hay sobrevivientes en este siglo. De la calma.

 

 

(*) Juan Camilo Garcia Bernal. Soy un diletante. Escritor íntimo (aún) que se dedica a leer y a escribir febrilmente a través de los impulsos, los deseos y la liberación de la conciencia. Me encantan los juegos y las deformidades del lenguaje, así como los cruces endogámicos de la literatura. 

 

Literariedad

Asumimos la literatura y el arte como caminos, lugares de encuentro y desencuentro. #ApuntesDeCaminante. ISSN: 2462-893X.

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s