«Como si los fantasmas existieran», un cuento de Luz Adriana Bedoya

Imagen:The anonymous photo project

 

 

Les presentamos un cuento de Luz Adriana Bedoya (*) en nuestra edición de diciembre de 2022: La ausencia.

 

Se desprendió de repente, y pasaron varios días antes de que yo logara asociar a esa serie de sucesos, al parecer, casual e insignificante, el abandono de mi sombra. Ojalá, lo hubiese sospechado antes, cuando el reloj dejó de despertar en las mañanas, la vez que iba en pantuflas y solo lo noté al poner el pie en la primera escala del bus, o ese día que el vigilante, agrandado por su uniforme, y que podría jurar llevaba varios años en la recepción, se negaba a autorizar mi entrada al edificio asegurando que no me había visto antes. Y esa no fue la única vez que llegué tarde esa semana. Un día fueron los lentes, otro las llaves, el dinero, desaparecían como si estuvieran embrujados. Lo curioso era que después de varias vueltas por la casa en su búsqueda, ahí estaban, en el lugar de siempre. Empecé a preocuparme cuando ahogué las plantas por exceso de riego, intentando que volvieran a estar de cara al sol y perfumadas. Pero lo de verdad extraño, fue lo del calendario, cinco días sin pasar sus hojas. Como si el mundo se hubiese detenido el ocho de abril.

Al principio, creí que se trataba de algún fenómeno sobrenatural, tengo cierta capacidad extrasensorial que me permite percibir energías espirituales que vagan en otros planos diferentes al terrenal. Por eso no sentí el miedo que sintieron mis compañeros de oficina aquella tarde. Decían que los estaban asombrando, que algún fulano deshacía los pasos, que alguien cercano iba a morir. Un fantasma, decían, como si los fantasmas existieran Yo también la vi pasar, ligera como una nube que arrastra el viento.

Fueron Laura y Miguel los que entre extrañeza y burla notaron que no tenía sombra. Mi sombra, que era como mi otro Yo, tan diferente a mí e idéntica al mismo tiempo, ya no andaba conmigo. Mi brújula. Un lugar para escamparse cuando la vida duele. Alguien con quien brindar cuando la alegría no cabe en el cuerpo. Se había ido. Quería una vida propia y yo no podía impedírselo, aunque su exilio me doliera. Tendría que acostumbrarme a que ya no estaría a mi lado, alerta, para detenerme cuando me faltara la palabra y el gesto adecuado, o estuviera a punto de cometer algún desatino, del que más tarde, seguro me iba a arrepentir. Ya no sentiría su dedo índice, casi imperceptible, sobre mi  hombro cuando caminara distraída, expuesta a un asalto callejero, o a perderme en el tumulto de los almacenes; ni estaría su silueta pegada a mí para evitar que me manosearan en el metro. Se trataba de mi sombra que se iba dejándome en la intemperie. Podía entender sus deseos de emancipación. Tenía derecho a una vida propia. Lo incomprensible era que permanecía cerca. Lo estaba haciendo más difícil siguiéndome a todas partes. Me acompañaba, si a eso se le puede llamar compañía, de la oficina a la casa, pero no entraba, llegaba hasta el andén y esperaba a que cerrara la puerta con llave para irse. Sin que ella se diera cuenta yo la veía alejarse hasta que la luz de la lámpara ya no la alcanzaba. Luego de unos días, ya no la vi más, entonces empecé a buscarla por todos los puntos cardinales de la ciudad.


Durante horas anduve por las lomas de El Poblado y las circunvalares de Laureles y atravesé la ciudad por la avenida San Juan y la calle Colombia, sin verla aunque fuera de lejos. Y de repente, cuando ya había perdido la esperanza temiendo que esta vez fuera definitivo, ahí estaba, sentada en uno de los sillones que hay en el parque de Los pies descalzos. Llevaba mi vestido preferido, el largo de florecitas rojas, el de manga caída que deja ver los hombros. El entusiasmo no me cabía en el cuerpo, tal vez, me esperaba para asirme de nuevo. Me acerqué por detrás, muy despacio, quería sorprenderla como si se tratara de una vieja amiga a la que hace años no se ve, y cuando estuve tan cerca como para tocarla, solo quedaba de ella un aroma sutil, similar al de los jazmines cuando el sol se está ocultando. La extraño. Me hace mucha falta cuando voy de compras y el peso de los paquetes está a punto de reventarme los brazos, o cuando la gente pasa muy cerca estrujándome como si no me hubiesen visto; cuando el viento arrecia o el calor desespera. A veces, me sorprendo mirando sobre mi hombro con la esperanza de que ella esté ahí. La volví a ver, días después, no sé cuántos porque había perdido la noción del tiempo, la semana se había vuelto insípida y blancuzca. Esta vez iba delante de mí, esperaba del otro lado de la calle a que cambiara el semáforo, y cuando yo creí que estaba por alcanzarla, se adelantó de nuevo sin dejar de mirarme por encima del hombro. Detrás de ella, llegué a puntos de la ciudad que solo conocía de oído. Iba sin fijarme por dónde, casi corriendo para no perderla de vista, esquivando la indigencia que por allí acostumbra caminar, la basura, las carretas de los venteros ambulantes, y de pronto estaba en medio de la calle acosada por el pito de los carros que reclamaban su vía. Corrí desde la avenida de Greiff, asustada, con rabia, entristecida, hasta el edificio Coltejer, cuando un habitante de calle me preguntó a quién buscaba. Necesitaba descanso, dijo, mi jefe. Estaba pálida y había perdido peso. Una semana en casa y estaría como nueva. Sé que sus intenciones eran las mejores, pero en el silencio su ausencia se hizo más pesada. El amanecer, el medio día, el ocaso, cada movimiento del sol aumentaba la nostalgia. Ella fue la que me enseñó a no necesitar el reloj para saber la hora.

Y estaba aprendiendo a arreglármelas sin ella, cuando sucedió lo de la otra noche. Un ruido en el techo me despertó de súbito. Alerta, esperé unos minutos antes de levantarme en un intento de averiguar a quién podían corresponder las pisadas en el techo. Fue cuando escuché su voz. Me llamó por mi nombre. La voz provenía del interior de la casa. Aún faltaban tres horas para que el reloj despertara. Estaba oscuro y hacía frío.

Su voz retumbaba como el eco de un diapasón. Estaba en la casa. Me levanté, y fui hasta la ventana que da a la calle. Todo estaba como siempre a las tres de la mañana. Las casas, amparadas por el cuarto de luna y el resplandor de unas cuantas estrellas, dormían con placidez. Con pasos sigilosos y la luz intermitente de una pequeña linterna, revisé los rincones de la casa y solo había silencio. Volví a la cama con la esperanza de escucharla de nuevo. Con los ojos fijos en el techo esperé un largo rato. La noche volvió a su ronroneo acostumbrado: la nevera, el aire en el tejado, el movimiento del tiempo en el reloj. Podía sentirla entre ese palpitar. Encendí la luz y probé distintas posiciones, seguía sin sombra pero estaba conmigo; me rondaba como un buen recuerdo.

Estoy segura de que los ruidos en el techo, no los hace un ladrón o un gato. Aunque cada vez es más etérea, mentiría si dijera que ya no me hace falta, pero me he acostumbrado a vivir sin ella. Cuando me siento sola, espero al pie de la ventana a que el sueño me venza. Paso allí el tiempo que tardan en desvanecerse las abolladuras en la almohada y las arrugas en la sábana. Anoche, cuando me acosté, las cobijas aún estaban suaves y tibias.

Literariedad

Asumimos la literatura y el arte como caminos, lugares de encuentro y desencuentro. #ApuntesDeCaminante. ISSN: 2462-893X.

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