«Puro sabor», un cuento de Lina M. Betancourt

Imagen: The Anonymous Photo Project

 

Les presentamos un cuento de Lina M. Betancourt (*) en nuestra edición de diciembre de 2022: La  ausencia.

 

Mi tía tildó de loca a mi mamá hasta que le pasó a ella. Se veía venir: nos pasaba a todas. A mi tía se le demoró porque ella había venido al mundo así, como desajustada.

Duró 15 años enamorada de un hombre-caimán, una especie mixta que desmembraba al hablar. Y también comenzó a trabajar tardíamente vendiendo libros. Esto último fue lo que me pareció más desajustado de todo: que primero aprendiera a vender los libros que habría de querer leer mucho después. 

Con tanta tardanza, no me sorprende que le haya pasado hasta ahora, estando tan vertiginosamente cerca de los 50. A mi madre le ocurría desde los 16. A mi madre le había ocurrido todo muy rápido. 

A mí, en particular, también me llegó todo un poco temprano, pero tan imperceptiblemente -menos de lo que dura una semicorchea- que era más una amenaza, una sugerencia de anticipación que una anticipación completa. Y, como mis ritmos eran tan cercanos al ritmo ideal de la familia, sin ser el ritmo de la familia propiamente, fui yo la que se dio cuenta.

Cuando mi tía me dijo que ya le había comenzado a pasar lo de mi madre, supe por qué a las dos las habían echado al mundo como hermanas. Una melodía sincopada acentúa una nota en lugares débiles sin que los fuertes pierdan su acentuación, como sí sucede en el contrapunto, por ejemplo. Lo sabroso de la salsa es la síncopa. Lo que necesitaba la familia era sabor.

Me enteré un día entresemana. En una de mis corridas por el parque, me entró un mensaje de WhatsApp de mi tía. Escuché el audio mientras seguí corriendo: ella se escuchaba lejana, como si me hablara desde una cueva -la cueva de la tardanza, del malajuste, supongo-: «¿te acuerdas de que tu mamá sentía la ausencia de los muertos? ¿Te acuerdas de que decía que le quitaba las cositas y se las cambiaba de puesto? ¡Pues me pasó a mí ayer, imagínate! Yo me dije, ¡juepucha, esto le pasaba era a Gloria!».

Terminé de escuchar el audio y dejé de correr. Sentí la cara roja. La espalda me sudaba, los pies me sudaban. Le había llegado a ella, a la de la tardanza. ¿Qué significaba esto para la familia? El sol de la una de la tarde alcanzaba a atravesar las nubes de mayo. Jadeante todavía, la llamé.

-Siento la ausencia ahora sí. Lo que decía Gloria. La ausencia se le roba las cositas a uno.

-Pero a ti no se te ha muerto nadie. Mi mamá dice que es la ausencia de los muertos la que se le roba las cositas. 

-No se me ha muerto nadie… es la ausencia de los que se van a morir.

Y sí. Las dos eran hermanas por una decisión que había tomado el ritmo. A una le llegaba todo anticipadamente y a la otra todo le llegaba tardíamente y gracias a ellas la ausencia venida y por venir nos llegaba a todos con sabor. Gracias a las dos, la familia se volvió sabrosa.

 

 

(*) Lina M. Betancourt. Le gusta el café del mediodía, los días tupidos de cine y el álbum de jazz de Shostakovitch. Es literata de la Universidad de los Andes. Ha trabajado en la industria editorial y de traducción, y ha sido florista, barista y profesora. Es escritora y viajera en esta y todas las vidas.

Literariedad

Asumimos la literatura y el arte como caminos, lugares de encuentro y desencuentro. #ApuntesDeCaminante. ISSN: 2462-893X.

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