Los placeres de un cinéfilo -Parte 2-

Martin Scorsese: los signos de la pasión callada

 

Por: Juan Guillermo Ramírez

La pasión nos angustia porque estamos buscándonos siempre y no nos encontramos jamás, pero tiene la virtud de mantenernos inquietos, ocupados y preocupados, sin dejarnos reposar en el goce de la pura contemplación.

Carlos Gurméndez

La edad de la inocencia, una historia basada en la novela de Edith Warton, una escritora atravesada por el ruido seco y doloroso del contrato social. Porque esta escritora, nacida en Estados Unidos en 1862 en el interior de una familia adinerada, denuncia a lo largo de su trabajo literario, lo que ella más conoce: la lucha por la libertad, la herencia de los complejos individuales y los prejuicios impuestos por las convenciones sociales.

La obsesión minuciosa de la cual hace excelente prueba Scorsese a todo lo largo de la película, para manifestar los valores interiores, los ritos, las comidas pantagruélicas de la alta sociedad de Nueva York a fines del siglo pasado, han producido múltiples contrasentidos. Porque el problema no es el manierismo autosuficiente o el fetichismo decorativo de su puesta en cámara. Lo que verdaderamente prima es lo que no está en el registro fílmico: todos esos detalles nunca son empleados como objetivos de pasión o de placer estéticos, son más bien pruebas de una puesta en escena de la vida.

Revisando el abundante universo de Max Ophuls –mucho más que el de Luchino Visconti o de James Ivory- en lo que tiene de basculante, de pendular, se ubica muy cerca La edad de la inocencia en cuanto al registro de la trayectoria trágica de un hombre, Newland Archer (Daniel Day Lewis), un hombre fascinado por el medio en el que transita, por ese mundo artificioso y lleno de detalles que conforman su vida estrecha.

La puesta en escena, en cámara, oscila en una doble polaridad que señala con elegancia, una alternativa rítmica, veloz y maquiavélica –la vida en sociedad- y una suspensión del tiempo. Algo que se fija en la duración, sustrayéndoselo de la sociedad. Bajo la aparente fachada de un estadio comportamental de la aristocracia el realizador, se interesa por apropiarse de la verdad y del sentimiento, de su toma de conciencia; en últimas, de lo violento de los sentimientos. Es el llamado inmediato y brutal de una observación fragmentada del mundo. Porque mientras más rica es la interioridad del alma enamorada, las imágenes son cada vez más violentas. Y es a través de una conciencia enamorada en estado de expectación, susceptible de asir el menor detalle, que el plano cinematográfico encuentra en esta perturbadora cinta toda su densidad, su coherencia y su emoción.

Algunas de mis películas son conocidas por la representación de la violencia. No tengo nada que demostrar con eso tampoco.
Algunas de mis películas son conocidas por la representación de la violencia. No tengo nada que demostrar con eso tampocoMartin Scorsese

La edad de la inocencia registra una maquinación, una manipulación en la cual Newland será a la vez el maestro involuntario y la víctima. La película se abre a un escenario teatral, lugar supremo del juego y de la representación. La ópera que allí se escuchaba al señalar la trayectoria de una pareja cuya relación se frustra. Teatro de la vida o vida teatral, la estructura de la película reposa continuamente en el encierro –espacial y social- del personaje. Es así que las numerosas escenas de comida son la representación de las manifestaciones de la barbarie. El refinamiento de los decorados hace nacer un dualismo: la castración y la fascinación. Lo genérico de La edad de la inocencia radica en su mismo título. Va dibujando una misma dialéctica de la aristocracia: cómo hacer ver sin mostrar, cómo decir las cosas sin mostrarlas… La mafia y la aristocracia: el mismo universo cerrado, recogido por reglas y códigos. ¿El personaje de Mrs. Mingott no es acaso un papel similar al del Padrino?

La edad de la inocencia no tiene edad, parece inscribirse fuera de la época cinematográfica actual. Obra sutil de una violencia frenada, la película evidencia las obsesiones personales de Martin Scorsese: la culpabilidad y el deseo, o la imposibilidad de satisfacer esta obsesión.

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Literariedad

Revista dominical que asume la literatura, la poesía, el cine y el teatro como calles, lugares de encuentro y desencuentro. ISSN: 2462-893X.

Un comentario sobre “Los placeres de un cinéfilo -Parte 2-

  1. Esta película me fascinó. La vi muchas veces , ejerce la “fascinación” que también es engaño.
    Fascina un amor tan profundo como imposible.
    De tal modo que el deseo nunca desaparece. (La condición del deseo es la restricción” – Lacan) , hasta que Archer decide no subir a la casa de Ellen (en París)
    Lo de la violencia contenida se vive todo el tiempo, va creciendo junto con las bellezas y las hipocrecías….Se manifiesta casi crudamente cuando él imagina la muerte de May
    Debía ser una decisión externa, ya que él no torcería su “destino”.
    De todas maneras en la imposibilidad (y su concreción) están embarcados ambos personajes , y la tercera que finalmente logra que Newland cumpla con el “deber ser” , del mandato paterno del obsesivo .
    Pero Ellen también se castiga y satisface su deseo, valiéndose de juegos como el del barco que debe terminar de pasar para ella darse vuelta .
    Creo que finalmente , el film ha cumplido su misión : imposibilidad hasta el fin , también en el espectador…
    Pero ambos realizan las vidas para las que fueron destinados. (Ella tampoco se cree merecedora de una nueva vida. La histeria habla de una insatisfacción constante , que llega al sufrimiento)

    Gracias por ésta joyita analizada !!!

    Estela Almeida Barbosa

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