Hōjōki [Canto a la vida desde una choza] (selección) – Kamo no Chōmei

The Ryōgoku Fire Sketched from Hamachō Imagen:Google

Les presentamos una selección de una obra, escrita hace apenas 800 años por el monje budista Kamo no Chōmei, que narra todos los desastres, desde los terremotos hasta la hambruna, pasando por el fuego y demás catástrofes que vivieron los habitantes del Kioto de la época. La traducción es de Masateru Ito.

 

 

Selección

 

II

 

En los cuarenta años o algo así,
desde que llegué a la edad
de comprender el corazón de las cosas,
he presenciado
muchos sucesos extraordinarios.

Una noche de hace tanto tiempo
-sería el vigésimo octavo día
del cuarto mes
del tercer año de Angen-
sopló un viento fuerte y ruidoso.

A eso de las ocho estalló un incendio
en el sudoeste de la ciudad,
luego se propagó al noroeste.

El fuego finalmente alcanzó
la puerta sur del palacio,
esta puerta, la cámara del estado,
el paraninfo de la universidad y la oficina del interior:
todo se redujo a cenizas una noche.

Dicen que el incendio comenzó
en Higuchi-Tominokoji
en el alojamiento de una compañía de bailarinas.

El viento se movió con furia
sin rumbo fijo
y el fuego se extendió
como un abanico desplegado.

Las casas lejanas
se ahogaron en espiras de humo.

Más cerca, voraces llamas
vapulearon la tierra.

¡El cielo todo carmesí!
las cenizas levantadas brillaron
iluminadas por el fuego.

Las llamas impelidas
por despiadadas ráfagas
volaron cuadras enteras.

¿Quién, en medio de todo esto,
no habría perdido el juicio?

Algunos sofocados por el humo
cayeron al suelo;
otros, devorados por las llamas,
murieron al instante.

Aquellos que a duras penas lograron
salvar la vida
perdieron todos sus bienes.

¡Muchos preciosos tesoros
se volvieron cenizas!
¡cuántas y qué horrendas pérdidas!

El incendio destruyó
dieciséis casa nobles,
¿quién sabe cuántas más?
he oído decir
que fue un tercio
de toda la capital.

Docenas de hombres y mujeres fallecieron.
innumerables caballos
y vacas
también perecieron.

Todos los actos humanos son insensatos,
mas gastar riqueza y atormentarse
por edificar una casa en esta arriesgada ciudad
es sobre todo absurdo.

 

 

VI

 

Poco antes o después
un gran terremoto
sacudió la tierra.

Esto también fue
un suceso extraordinario.

Se derrumbaron las montañas
y se llenaron los ríos

Se agitaron los mares
e inundaron la tierra.

La tierra se hendió
y el agua salió a borbotones.

Las grandes rocas se quebraron
y rodaron abajo
hasta los valles.

Las barcas que pasaban cerca de la costa
quedaron a merced de las olas.

Los caballos en las calles
tropezaron al andar.

En las afueras de la capital
ni un templo ni pagoda
quedó intacto.

Unos se desplomaron
y otros cayeron.

Se levantaron el polvo y las cenizas
en vehemente humareda.

El temblor de la tierra
y el derrumbe de las casas
sonaron igual que truenos.

Los que quedaban en casa
serían aplastados.
afuera, la tierra estaba agrietada.

Sin alas
no se podía volar.
solo un dragón
hubiera podido montar las nubes.

El terremoto, en verdad,
es lo más terrorífico del mundo.

El único hijo de un guerrero,
de seis o siete años de edad,
jugaba bajo el techo de una tapia,
haciendo una casita

La tapia se derrumbó de pronto
y el niño quedó atrapado,
enterrado y desfigurado,
con los ojos bien saltados.

Dio lástima ver los padres
que lo abrazaron
y lloraron a grito herido.

Conmovido comprendí
que aún al soldado más valiente
No le importa la opinión ajena
cuando pierde un hijo.

Entre tanto cesaron los temblores violentos;
los secundarios continuaron.

Todos los días sacudieron
veinte o treinta temblores,
cada uno de tal magnitud
que atemorizaría en tiempos normales.

Después de diez o veinte días
comenzaron a calmarse.

A veces se sucedían
cuatro o cinco temblores,
luego dos o tres,
y después cada vez menos.

Estos movimientos secundarios duraron
por tres meses.

De los cuatro elementos
el agua, el fuego y el viento
causan siempre grandes daños,
más la tierra no causa catástrofes
con frecuencia.

En tiempos pasados
en los años de saiko,
sacudió un terremoto,
que ocasionó la cabeza
del gran buda del templo de todaiji
y muchas otras cosas de horror.

Por lo que he oído, sin embargo,
aquel no fue tan grande como este.

Durante algún tiempo,
la gente habló
de las vanidades de ese mundo
y parecía que renunciaba un tanto
a las pasiones humanas.

Mas pasaron los días y meses
y años,
los comentarios se disiparon
y todo se quedó en el olvido.

 

 

VII

 

Así como hemos visto,
nuestra vida es dura
en este mundo.

Nosotros y nuestras casas
también son vanos y efímeros.

Inagotables angustias manan
del lugar de residencia
o del rango social.

El hombre humilde
que vive al lado de un hombre de poder
no puede festejarse a rienda suelta,
aunque esté alegre.

Aun cuando tenga
una tristeza insoportable
n o puede llorar a gritos.

Su aire ansioso,
su conducta siempre amedrentada,
son los de un gorrión
que se acerca al nido de un halcón.

El hombre pobre
que vive al lado del rico
se avergüenza de su apariencia miserable.

Sale y entra en su casa
día y noche
de un modo humillado.

Advierte la envidia
de su mujer, de sus hijos y de sus sirvientes.

Se entera de que los ricos los desprecian
y su alma se inquieta.

Nunca jamás
podrá encontrar la paz.

Si uno vive entre la muchedumbre
no puede huir
cuando estalla un incendio.

Si vive alejado de los demás,
viajar es un disgusto
y el peligro de asaltos acecha.

Los poderosos son avaros
los que están solos sin valimiento
serán siempre desdeñados.

hombres de gran fortuna
tiene mucho que temer.

Aquellos que no la tienen
conocen solo el resentimiento.

Si se confía en el favor de otros,
será sometido por ellos.

Si cuida a otros con afecto,
será esclavo
de su propia ansiedad.

Si se conforma con el mundo,
será atado de pies y manos.

Si no le obedece,
será considerado como un loco.

De allí me pregunto:
¿dónde debemos vivir
y cómo?

¿Dónde buscar refugio
y descansar un rato?

Y, ¿cómo podemos hallar la paz
siquiera fugaz
en el alma?

Literariedad

Revista dominical que asume la literatura, la poesía, el cine y el teatro como calles, lugares de encuentro y desencuentro. ISSN: 2462-893X.

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