…dejaron todos de caber en el día…

Fotografía: David Montoya

El oficinista que soy cuando no escribo me refirió la siguiente historia. Se encontraba almorzando con otros oficinistas y, distraído, lateral, escuchaba las disquisiciones de sus compañeros de purgatorio. La conversación, siguió con ojos redondos y huidizos, pasó de los perros al desierto. Porque los perros nunca están muy lejos del desierto, ni el desierto de los perros.

La cosa fue así. Hablaban de perros y una mujer que se sentaba a su izquierda, cabello rojo, tez blanquísima, ojos ámbar y facciones de actriz de películas de autor, en respuesta a no recuerda muy bien qué el oficinista, dijo, pero los perros solo viven en el presente. Luego todos callaron, como si algo más hubiera ocurrido, pero no había ocurrido nada. Entonces se volvieron a él preguntándole, todos, uno de ellos, que si aquella charla le parecía muy prosaica. No faltó sorna en la pregunta, apuntó que había detectado. El oficinista que soy cuando no escribo me aclaró que había respondido que, de hecho, la apreciación de la pelirroja le parecía muy singular, que aquello le evocaba la idea de un perro budista y que cómo era aquello posible, ¿verdad?

Todo ello, en las combinaciones y recombinaciones que sufren las conversaciones terminó por llevarlos a hablar de sexo, pero no se puede hablar de sexo si no se habla, también, de Rubem Fonseca y Mandrake, su detective infame, y si se habla de Fonseca, se habla de la literatura brasilera, extraña en estas latitudes por su exógena cualidad intrínseca, es decir, por su naturaleza musical y portuguesa, pero no lusa, más sí latina. Al final, solo lejana en una forma otra, la del país oculto tras la selva, nada más. El oficinista le dio una calada a su cigarro y remató diciendo que si se habla de literatura brasilera, se habla de Clarice Lispector, de Machado de Assis y de João Guimarães Rosa, cómo no.

Entonces sucedió que a la mesa, frente a la pelirroja, se sentaba un tipo que había leído muy bien su Fonseca, pero, sobre todo, su Guimarães Rosa, y decidió, por la efervescencia de la que es capaz una conversación sobre perros que ha mutado a una conversación de perros figurados, o sea, literaria, relatar dos historias improbables, no en su potencia y sustancia poéticas, sino en su irrupción en un espacio insulso y en un tiempo inacabado como el del almuerzo de oficinistas, que no es otra cosa, hay que anotarlo y ser honesto, que un interludio entre el tormento y el tormento. La primera fue «O burrinho pedrês», «El burrito pardo», la otra, «A hora e vez de Augusto Matraga», a saber, «La hora y la oportunidad de Augusto Matraga».

Yo me preguntaba, mientras veía cómo el oficinista que soy cuando no escribo se desmadejaba intentando poner en palabras todo aquello, por qué las historias de Guimarães Rosa habían descolocado tanto a ese pobre tipo. Me contó que, en tanto el otro servía los relatos, él miraba por la ventana y notaba cómo la calle gris y frígida se iba, poquito a poquito, volviendo sertón, que es el nombre que los vaqueros del Brasil le dan al desierto o a la pampa brasilera. Veía los buitres y los cabritos; veía las vaquitas, los cebús y los caballos; y veía al burrito pardo, y también a don Augusto Esteves llenando el espacio ahí no más, al otro lado del cristal. Comprendió que le narraban la épica casi cinematográfica de una vida que jamás podría atrapar a no ser por medio de la lectura de la poética del autor de Cordisburgo. Y se sintió desposeído. Mi oficinista, mi pobre doliente, mi oficinista de infértil labor se sentía triste y vacío, como si le hubieran arrancado algo de dentro y lo hubieran arrojado al descampado de una tierra que no conocía y no conocería porque mi pequeño y gris oficinista, anclado a su silla y su tarea podía solo soñar con la epopeya de los vaqueros. Y le vi los ojos blancos y le vi la boca seca, y le vi correr el sudor por las sienes, y la desesperación de la persecución le reventó en las facciones porque ese hombre que soy cuando no escribo, hubiera querido limarse los dientes para parecer feral y ser cuatrero y pendenciero, y arrepentirse de sus infames acciones y ser tentado por el profundo y quedo llamado de la violencia liminal o haber renunciado a su humanidad para ser un burrito pardo y viejo que con su último aliento fuera capaz de vivir, vivir, vivir.

 

Encore

En las naciones del ocaso, donde el sol raya los caminos del polvo, hay un cuervo que le grazna a una sombra, es la sombra de mi oficinista que, sentado en su eterna condena de trabajo y sueño, ha logrado impávido instalarse en el envés del martirio.         

Roberto Segrov

No dormimos esa noche. Ni los médicos, ni mi madre. Tampoco yo, cuando supe, era demasiado tarde, ya había nacido. 1 de Mayo de 1980. Lo siguiente que recuerdo es estar sentado en la sala de mi casa con nueve años. Leía a Kafka y me desconcertaba con La transformación. El mundo se conmocionó, habían volado el edificio del DAS. Aquello me marcó para siempre: Literatura y Violencia y la forma en que ambos discursos modelan nuestra identidad, no solo la colombiana (por demás ilusoria), sino, la humana. Como Borges, no me envanezco de lo que he escrito sino de lo que he leído. He encontrado la forma más eficaz de conjurar la violencia existencial, primero, las artes marciales, luego, la literatura. En mi panteón de dioses tutelares, como para Roberto Bolaño, Borges es Dios, de ahí para abajo, en un orden perfectamente anárquico están Hemingway, Kafka, Emily Dickinson, Sábato, Carolina Sanín, Clarice Lispector, D.F.Wallace, Flannery O'Connor, Faulkner, Katherine Mansfield, Lovecraft, Poe, Ásimov, Cortázar, Rulfo, Saer, Bolaño como cuentista, Fredy Chikangana, Bolaño como poeta, Bolaño como novelista, Bolaño como actor porno y como vago. Desprecio la literatura colombiana a no ser que el escritor lleve por nombre García Márquez, Fuenmayor, Rojas Herazo o Marvel Moreno. En el cine soy omnívoro. En la música, adicto ecléctico con tendencias al metal finés y al Death Metal Melódico de todo pelaje.

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