Carta a mi querida profesora

Camino de herradura. Foto: Milton Torres
Camino de herradura. Foto: Milton Torres.

Me da tanto, tanto miedo que me pegue con la regla si le contesto a los mayores, que me ponga planas o me hale las orejas cuando quiero ir al baño, o cuando quiero salir rápido para mi casa porque no me la aguanto a usted, o a quienes me esconden la cartuchera o se ríen de mí.

Me da tanto miedo ser como mi papá. Me da tanto miedo estudiar para saber que también voy a ser cogedor de café, que me podría ganar un jornal de veinte mil pesos a la semana para comprar comida, ropa, zapatos y jarabes para la tos de seis personas. Tampoco quiero ser como ninguno de mis hermanos, no quiero morirme de hambre en un rancho con una muchacha tonta, ni hablar mal de ese señor que salía en la televisión prometiendo que no nos iban a quitar la finca por las deudas, y que mi abuelito dice que es un puro hijueputa cada vez que daña la mejor parte de la telenovela para hablar de lo que está haciendo por el país.

Le tengo tanto miedo a los muertos; no quiero seguir comiendo recuerdo de comida e ir todas las noches al velorio de un plato vacío, de una bolsa de pan donde empacaron chocolate algún tiempo atrás para el algo de los trabajadores.

Si quiere sáqueme de la oreja de la clase y lléveme a coordinación de disciplina o ante el mismo rector. Si quiere, querida profe, páseme por cada salón exhibiendo mis testículos, esos tan flacos testículos de niño de Colombia, desnutridos, con la cara de perro de la necesidad.

Si quiere, escríbale a mis papás. Dígales que se preocupen por mí, por mi tristeza, que hagan algo para que yo no termine metiendo vicio, pídales que vengan ante usted lo más rápido posible. A mí me da igual; yo no les mostraría su carta porque como le dije no me gusta que me peguen y también porque ellos no saben leer y no pueden perder tiempo leyendo pendejadas, pues usted no les pagaría el día perdido en el cafetal, y aunque quisiera no podría porque anda con pasajes fiados y hace tres meses más o menos que no le llega un peso.

No le de rabia conmigo, doña Teresa. Lo que pasa es que yo en lugar de estudiar, prefiero irme a oler las espigas del maíz, a hallar insectos en las flores del café, correr los potreros en compañía de mi perro alobunado. ¿Sabe?, mi perrito tiene el nombre de aquello que nos dan en los cumples o cuando nos quieren mucho, su pelaje es como el primer color de la bandera, es el mejor en su especie para escarbar y gruñir y aúlla con un acento más melancólico que el de un lobo original. Prefiero contar las estrellas en las noches con él, húmedo el patio de lágrimas de la luna, contar las estrellas que me señale con su nariz indiscutible. Qué no preferiría a estudiar. Me pone la piel de gallina sólo pensar que seré bachiller algún día como mis tíos, hombres que se la pasan borrachos para olvidarse de que en la casa tienen una mujer tonta y cuatro culicagados olorosos a berrinche.

No quiero ir sin zapatos a la escuela, no me gustan las piedras y el pantano del camino de herradura, el camino largo desde éste filo donde está mi casa hasta allá. No quiero ir con un cielo sin sol y sin estrellas en las tripas, no me gusta que usted sea tan bella, querida profe. Usted fuera más bonita si no me diera clase de español, esa mescolanza de signos, de rayas, de bombones y palitos con que no sé quién escribió la historia de ese señor que se enloqueció por creerse las bobadas de los libros, y salió sobre su rocín carretillero por los caminos de un lugar no recordado. Detesto el día de la raza, el día de la mujer donde les reparten rosas, besos en una y otra parte, sonrisas a diestra y a siniestra dizque por recordar la muerte de unas trabajadoras hace mucho tiempo. Y lo qué más me saca la piedra, siempre quise decírselo, no me crea tan pendejo, es que usted me diga que no puedo ir al baño porque quién sabe qué es lo que voy a hacer fuera del salón, cuando en verdad siento que toda la vejiga se me está saliendo a gotitas.

Esas son todas las cosas por las que quiero que sepa que no volveré jamás a la escuela, querida profe.

Con cariño,
El último de la primera fila, a su derecha.


@amguiral

Albeiro Montoya Guiral

Tuve cinco perros y a todos los enterré bajo el mismo naranjo. (Twitter: @amguiral).

6 comentarios sobre “Carta a mi querida profesora

  1. Una carta es buena cuando el lector queda sin palabras, cuando quiere releer a pesar del temblor. Así he quedado yo.

    1. Gracias, Rosalinda. Esta es una carta sincera, al menos, escrita, en el fondo, verdaderamente por un niño. Este país no nos dejó crecer. Nos perdió de nuestros propios ojos, buscarnos durará toda la vida. ¡Muchas gracias!

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