Vindicación de Luis Tejada – Pablo Montoya

El cronista Luis Tejada.
El cronista Luis Tejada.

Por: Pablo Montoya

Bajo y magro. De labios gruesos, ojos de un oscuro melancólico y un bigote que es apenas una línea de sombra. Así lo dibujó Ricardo Rendón. Y el caricaturista le puso, además, un pelo negro e hirsuto y un vestido ajustado y pantanero. Tejada nació en Barbosa, en 1898, cuando Antioquia era una provincia en la que conservadores retardatarios crecían como flores silvestres. Fue precoz en la inteligencia literaria y prolijo en la escritura de la crónica. En esto último gozó de un privilegio que solo él tiene en Colombia: fue el precursor y al mismo tiempo el más alto ejemplo de un tipo de literatura en donde la brevedad y la contundencia del lenguaje son cruciales. Su vida fue corta e intensa y estuvo colmada por la felicidad de las letras, la bohemia y los viajes. Se la pasó de un lado a otro, por Antioquia, la costa Atlántica y el altiplano cundiboyacense. Y, entre tanto, poseído por un frenesí increíble, escribió 655 textos que representan uno de los momentos más deliciosos y plenos de la literatura colombiana. Prueba de ello son su magistral dominio de la exactitud verbal, la lucidez de su visión y la sabia ironía que atraviesan el horizonte de sus consideraciones. Sus padres, educados bajo los principios del liberalismo radical, hicieron que Tejada fuera un ave rara, dueña de una fresca rebeldía, en un ámbito en el que predominaban la sumisión y la beatería. Pero mientras los progenitores realizaban desde sus pedagogías campañas contra el licor y otros vicios semejantes, el hijo los practicaba con inobjetable placer.

Desde muy temprano, Tejada se inmiscuyó en lo que fue lo más importante de las dos primeras décadas del siglo XX que le correspondieron: la incipiente modernización de un país que parece estar destinado a la barbarie bucólica de sus selvas, sus montañas y sus llanos. Como Montaigne, defendía la virtudes anárquicas del ocio. Como Lafargue, alababa las glorias prodigadas por la pereza. Y hacer estos elogios en su tiempo era ir en peligrosa contravía. Le encantaban las muchachas, y si eran hermosas e inteligentes todavía más, y decía que solo escribía para el solaz de ellas. Leía por simple esparcimiento y no por el afán de conseguir alguna erudición. Detestó siempre el arrasador anhelo de sus coetáneos antioqueños por conseguir dinero a como diera lugar. Creía que la estolidez del país y su atraso vergonzoso se debía a sus dirigentes políticos, a sus ricos pedestres y al papel que la Iglesia católica ocupaba en todo ello. Como pocos en su entorno, defendió a los marginados y pensó que no había otra utopía posible para la humanidad que la del comunismo. En sus crónicas hay alabanzas a Lenin, a los poetas rusos de la revolución Bolchevique, a las luchas proletarias. Tejada desapareció muy ligero y no tuvo el tiempo suficiente para que su entusiasmo se tiñera de sospechas. De haber vivido un poco más –murió en Girardot, en 1924, de una voraz mezcla de tuberculosis, sífilis y cáncer–, se hubiera dado cuenta del destino siniestro, de la monstruosidad totalitaria, que le esperaba al comunismo soviético y a todos los que vendrían después.

Su visión del mundo, acaso por su juventud, acaso porque entendía que esa era la base de la condición humana, era contradictoria. Hoy elogiaba el aeroplano, la locomotora, la bala del revólver. Mañana despotricaba contra el progreso y sus formas de controlar la higiene pública. Tejada prefería besar con la boca sucia de microbios y no con la pulcritud dada por la crema dental. Como crítico de la sociedad fue también un crítico de la cultura. Sus crónicas de esta índole son de una inteligencia plausible. No vaciló en decir, por ejemplo, que para que Colombia saliera de su bruma literaria, las nuevas generaciones debían estallar en mil pedazos la gramática y derribar los pódium ocupados por sus cultores. Para él no había otro camino que lanzar la literatura, si esta quería renovarse, por las sendas de lo desconocido, la audacia y la revuelta. En ese entonces, en que Colombia iba pasando de su falaz arcadia campesina a la pesadilla de sus urbes masificadas, los altares eran Marco Fidel Suárez y Guillermo Valencia. Contra ellos, el joven Tejada, desde las tribunas de sus crónicas, arrojó granadas refrescantes. Y el sentido de sus críticas sigue siendo vigente en una Colombia azotada por el facilismo literario de las plumas periodísticas, por una novelística atravesada de todo tipo de criminales y un realismo mágico tristemente oficializado.  Ahora que he leído sus crónicas, no me cabe duda de que es uno de los grandes de nuestra literatura. Aunque su grandeza no es majestuosa, ni aparatosa, ni gloriosa. Su obra goza del tinte de lo secreto, de lo cotidianamente inolvidable, de la amable tibieza que deja lo íntimo y lo pequeño. Sin embargo, Tejada es todavía un desconocido entre nosotros. Con su cuerpo desgarbado, descansando en el sillón, en su mano larga un libro, el humo de su pipa revoloteando por la atmósfera –así lo pintó una vez más Ricardo Rendón–, Tejada sigue a la espera de sus lectores. Pero si estos no aparecen, él levantará los hombros con desdén y seguirá durmiendo, plácido, entre las volutas del humo.

Pablo Montoya


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Literariedad

Revista dominical que asume la literatura, la poesía, el cine y el teatro como calles, lugares de encuentro y desencuentro. ISSN: 2462-893X.

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