Toulouse Lautrec: el pincel de las bragas

En un siglo demasiado proclive a la hipocresía, Toulouse-Lautrec, con su agudeza anti-sentimental, dejaba al desnudo no sólo los cuerpos, sino también los corazones.
En un siglo demasiado proclive a la hipocresía, Toulouse-Lautrec, con su agudeza anti-sentimental, dejaba al desnudo no sólo los cuerpos, sino también los corazones.

Por: Juan Guillermo Ramírez

 

Yo pinto las cosas como son. No comento. Henri de Toulouse Lautrec

Toulouse Lautrec (1864-1901) perteneció a una de las familias más antiguas de la nobleza de Francia. Su padre fue conde y su madre, que ostentó también un linaje aristocrático, tuvo una influencia decisiva en la vocación futura de su hijo. Dotada de una amplia cultura y sensibilidad, la mujer lo alentó en su pasión por la pintura, comprendiendo que debido a las deformaciones físicas, él necesitaba encontrar esa íntima felicidad que produce la creación artística. Después de una tórrida infancia invadida por las calamidades: una caída por las escaleras y su baja estatura, Lautrec fue creciendo a pesar de todo y fue pintando, creando e inventando los carteles. Para él la noche fue tan importante como la existencia de ese París nocturno que lo cubría con su presencia femenina. Esta versión fílmica francesa realizada por Roger Planchon que no alcanza a equipararse a la versión de John Huston, Moulin Rouge, se reduce a sucesos nocturnos habitados por mujeres de cabaret y prostitutas. A Lautrec la vida nocturna le atraía cada vez más. En el Moulin de la Gaette conoció a una joven bailarina, la Goulue, cuya coquetería lo cautivó y lo sedujo. La persiguió cuando ella se fue a danzar en el Moulin Rouge. Era una lujosa casa de espectáculos, en cuya entrada había un enorme molino de viento pintado de rojo. La sala de baile era extensa, adornada con tapicerías multicolores, festivamente iluminada. Allí la gorda Louise Weber, más conocida como la Goulue, exhibía la carne voluptuosa de sus 16 años en bailes exóticos. Lautrec sintió admiración por sus habitantes usuales y los retrató en un gran lienzo.

“Pero el amor, mi querida y pequeña Yvette, el amor no existe”.
“Pero el amor, mi querida y pequeña Yvette, el amor no existe”.

A los 26 años de edad, Lautrec enfrentó el desafío de crear un nuevo cartel del Moulin Rouge y fue a buscar inspiración en la Goulue. Ya en los primeros esbozos descubrió el secreto de la publicidad e innovó la técnica del cartel: su propuesta trató de esquematizar el tema e impactar al espectador. Retrató a la fascinante La Goulue, esa mujer de monstruoso apetito, de falda blanca y blusa roja, exactamente en el centro de la composición, encuadrada por la silueta fantástica y casi etérea de Valentín y la forma casi abstracta de una lámpara de gas. Al fondo se insinúa apenas el recorte en negro de los frecuentadores entusiasmados. Lautrec se lanzó a vivir intensamente la esencia misma de las noches de aquel Montmartre que inmortalizó en sus cuadros para toda la eternidad. En las calles de mala fama de la Butte, los hombres se batían a cuchillo por una mujer llamada “La Casquivana”. La única luz que iluminaba el paso de los pocos peatones que se atrevían a cruzar esas calles por la noche, era la luz de gas. Dos siluetas sombreaban aquel lóbrego panorama: Lautrec, pequeña silueta, tal vez algo alargada por su inseparable bastón. Que sabía manejar si llegaba el caso y la de su primo Gabriel Tapie, que aquel año de 1891 había llegado a París para cursar sus estudios de Medicina.

Más allá de sus limitaciones físicas, que sin duda le hicieron sentirse diferente, Toulouse-Lautrec era un gran observador de profunda inteligencia y comprendió que la pintura debía bajar desde los cielos a ras de tierra para hacerse moderna. Desde los olimpos pseudomitológicos, pero también desde la pretensión de luminosidad simple de los impresionistas, a la carnalidad desenfrenada de los ambientes urbanos incipientes.
Más allá de sus limitaciones físicas, que sin duda le hicieron sentirse diferente, Toulouse-Lautrec era un gran observador de profunda inteligencia y comprendió que la pintura debía bajar desde los cielos a ras de tierra para hacerse moderna. Desde los olimpos pseudomitológicos, pero también desde la pretensión de luminosidad simple de los impresionistas, a la carnalidad desenfrenada de los ambientes urbanos incipientes.

Noche tras noche, en el Moulin Rouge, en el café concierto, o en el café de Bruant, cualquiera podía encontrar a la pareja, como un dúo inseparable, bajo la luz cegadora de los focos que iluminaban el espectáculo que se estaba desarrollando en la pista, bajo el brillo, ¿tal vez también cegador?, del alcohol, del sombrero hongo echado sobre los ojos de Lautrec. La imagen se hizo famosa. El enano sentado ante una mesa bien provista de botellas, con las breves piernas colgando por debajo de los blancos manteles, dibujaba, dibujaba febrilmente sobre un papel, un cartón, encima de la mesa, sobre el mantel. Y así Lautrec innovó en la estética de su tiempo. No era un artista cerebral que calculara y teorizara efectos y resultados. Era un artista que se volcaba sobre la práctica, que dio rienda suelta a su sensibilidad refinada, que encontró soluciones inusitadas mediante un nuevo ángulo de visión y una gran capacidad de componer el espacio en estructuras construidas para destacar el objeto de interés de sus obras. Era un compositor funcional que reinventó el mundo para hacerlo más comprensible, más real a los ojos de aquellos que lo habitan. Con eso valorizó su mensaje.

La pintura en el burdel permitía advertir la ausencia de alma del burgués, el vacío de su interioridad. Y, a la vez, su visión dual de la mujer, entre la fascinación y el miedo. Era el primer paso hacia la aparición del lenguaje plástico de nuestro siglo, abierto por Picasso con Las señoritas de Aviñón (1907). Una obra que él quería titular "El burdel filosófico".
La pintura en el burdel permitía advertir la ausencia de alma del burgués, el vacío de su interioridad. Y, a la vez, su visión dual de la mujer, entre la fascinación y el miedo. Era el primer paso hacia la aparición del lenguaje plástico de nuestro siglo, abierto por Picasso con Las señoritas de Aviñón (1907). Una obra que él quería titular “El burdel filosófico”.

Dejando a un lado los prejuicios, procuró quitar el velo que cubre la autenticidad del ser humano, en busca de la verdad que cada uno abriga por debajo de las convenciones, del ademán o de la actitud impuestos por las circunstancias sociales. Los retratos de las estrellas de la vida nocturna parisiense adquirieron en su arte un registro especial. Lautrec fue quien hizo la verdadera publicidad de Jane Avril, la esbelta y flexible vedette que él descubrió en el Moulin Rouge. Una mujer que danzaba como una orquídea en delirio. Lautrec fue la consagración de la belle époque, ese período histórico que pretendió ser de gran despreocupación de todos, pero que alcanza apenas una minoría ajena a los problemas más serios de la época. No obstante, Jane Avril es, para Lautrec, sobre todo una mujer elegante, de graciosos movimientos angulares, rostro triste y sufrido, que se presenta sola, sin cualquier provocación vulgar. Ella será su modelo constante, aislada o en conjunto con otras figuras, en las más diversas ocasiones. Lautrec se volvió un rebelde consciente que, aunque mantenga el apego hacia su madre, abomina la vida burguesa, sus ilusiones y prejuicios. Pasa cortos períodos en los burdeles de la calle des Moulins y de la calle d’Ambroise. La mano del amigo Bruant lo condujo a ese mundo y allí descubrió una nueva faz de la vida. De esa convivencia nace el álbum de dibujos Ellas, en el cual retrata a las prostitutas sin idealización ni concesión a la moral burguesa. Esos retratos no son el resultado de un juicio, sino el producto de una comprensión profunda, de un entendimiento que sólo ocurre entre amigos. Lautrec, de hecho vivió entre sus modelos, comió con ellas, escuchó pacientemente sus confidencias, participó de sus alegrías y de sus tormentos. En ellas encontró las cualidades y defectos comunes a todo ser humano.

Reflejó los ambientes marginales en que vivió: salones de bailes, burdeles, vida galante... De forma paralela al itinerario que Baudelaire recorrió en la literatura, Toulouse-Lautrec protagonizó una especie de descenso de la pintura a los infiernos.
Reflejó los ambientes marginales en que vivió: salones de bailes, burdeles, vida galante… De forma paralela al itinerario que Baudelaire recorrió en la literatura, Toulouse-Lautrec protagonizó una especie de descenso de la pintura a los infiernos.

Por esta razón las retrató sin la sensualidad que convencionalmente se espera de las prostitutas. Al contrario, ante los ojos espantados de la sociedad burguesa, las muestra no como máquinas especializadas en exaltar los placeres del sexo, sino como personas de carne y hueso que desempeñan una profesión y que poseen momentos de ingenuidad y de intimidad absolutamente naturales. Lautrec sufre una crisis de delirium tremens; en la excitación cae y se rompe la clavícula. No presenta rasgos de locura, pero la familia lo interna en una clínica psiquiátrica. Durante la primera semana es sometido a la fuerza y recibe enormes cantidades de calmantes. Cuando recobra la consciencia, implora a su padre que lo libere. Es en vano. Su padre no se atreve a intervenir a favor del hijo que lo desilusionó. Abandona la clínica y dos años después muere en brazos de su madre a las dos y cuarto de la mañana.

 

PRESENCIA DE TOULOUSE LAUTREC EN EL CINE

Moulin Rouge (1952) de John Huston

Lautrec (1998) de Roger Planchon

Moulin Rouge (2000) de Baz Luhrmann

La última aparición cinematográfica de Toulouse-Lautrec, hasta ahora, ha sido en Midnight in Paris (2011) de Woody Allen.


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Literariedad

Asumimos la literatura y el arte como caminos, lugares de encuentro y desencuentro. #ApuntesDeCaminante. ISSN: 2462-893X.

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