El hombre que domó a la lluvia

Por Carolina Zamudio*

A contracorriente de lo indicado, conocí a la persona antes que al escritor. Y conocerlo quiere decir haberlo escuchado hace algunos años, en La Cueva, legendario punto de reunión de tertulias, durante el Carnaval de las Artes de Barranquilla. Poco sabía, en verdad, sobre la obra de uno de los grandes poetas colombianos contemporáneos. Pero, un encanto incipiente nacía en mí al escuchar a Juan Manuel Roca, quien hablaba sin afectación y con una lucidez poco común; desde el humor y la ironía, casi sin sonreír. Lo saludé respetuosamente al terminar, en una necesidad de devolver, aunque fueran unas pocas palabras, a quedar atragantada de maravillas.

También me llevé el primer libro suyo que guardo en mi biblioteca, Los cinco entierros de Pessoa, sin saber que esa antología era solo el comienzo de una lectura casi sin pausa de su poesía. Después llegó Asedios a la palabra, que ofició por largos meses de biblia sobre mi mesa de noche. Se trata de una edición de sus poéticas que alerta sobre su condición desde la misma portada: naranja monje, seguida de dos páginas violeta obispo. Nuevamente a contramarcha, una tarde en Puerto Colombia el poeta dejó su firma en el libro para ese entonces ávidamente intervenido a lápiz, con signos de admiración, subrayados y recuadros. Travieso, no se resistió a espiar el camino de una lectora por sus líneas. Quizá haya advertido que una de las primeras frases resaltadas sugiere: “En poesía no basta con las verdades fácilmente compartibles y arrulladoras, pues al igual que la filosofía su territorio de exploración natural está en la duda”.

También usó en la dedicatoria la palabra audaz. Quizá ese haya sido el santo y seña para que me atreva hoy a escribir este texto en un intento de exorcizar algunos hallazgos personales que justifican que, luego de haber leído de manera desordenada trece de sus libros, me haya dispuesto a la tarea, ahora sí, de leer en su totalidad las seiscientas cincuenta y un páginas, más epílogo y prólogo, de Silabario del camino, su reciente libro de poesía reunida. Se necesita un atril o una bandeja de cama con patitas para disfrutar esta edición de cuatrocientos ochenta y ocho poemas, más uno. Es recomendable tener a mano esos apoyos para subirse con comodidad al relincho de sus caballos.

Un poeta de sí

Cuando todos —o casi todos— quisieron ser alguien, él inventó a Nadie. No por azar, esta figura poética de su obra toda, da título al primer poema de la compilación. Roca, el hombre con estampa de cantante de boleros y sombrero de Magritte rebusca en los desvelos imaginarios y reales de los hombres de los nobles oficios para darles su voz. No es necesario llegar al último texto de su Silabario…, dedicado a la editora Luz Eugenia Sierra, para constatar que en el repertorio de sus libros son actores principales el sepulturero, la costurera, el sastre, los músicos ambulantes, quienes practican la cetrería, los vigilantes, el lechero, los náufragos o el buhonero. El panadero, quien “extrae del horno su pan”, mientras la muerte “hornea su sombra”. El estibador, los boticarios y carpinteros. La enfermera, la mucama, los vendedores de lotería y los maquinistas de tren “que viajan al olvido” …

Son los oprimidos, los de los márgenes, quienes desnudan unas pocas certezas. Y lo hacen junto a las flores, aunque ni siquiera ellas den respiro ante el vigor de sus imágenes. Desposeídos y olvidados, los mutilados son quienes marcan el tono caminando fortalecidos por entre sus aliteraciones. El desgreño va desde el riñón del poeta a la mandíbula del lector, siempre junto a la belleza. Se asiste a la obra de Roca como a un circo que duele un mundo delirante. Las secuencias son burlescas, tanto como disparatadas las metáforas, hasta que se entra a su universo para advertir que lo que hacen no es otra cosa que mostrar la tragedia de la vida. El regodeo en lo roto y lo raído se dice sin conmiseración aparente, se lo invoca como se señala pan, agua o vino.

“Una casa sin ritmo puede caerse al primer temblor”, canta. La casa que es su poesía tiembla un ritmo lleno de unicidad, humor e ironía. ¿No es, acaso, justamente la ironía, una forma sofisticada de la inocencia? En esta dirección, dialoga con sus muertos queridos, vivos en él. A Kafka le cuenta un chiste: “El pobre insecto membranoso amaneció convertido en hombre y no pudo traducir su oscuro sueño”. Pero, a Gregorio Samsa no le hace nada de gracia la humorada y se desquita con el poeta insomne muchos años después. Evoca a su madre Clara, con dulzura o en plegaria, y, siempre, a su tío Luis Vidales. Aunque, como advierte: “a la mesa de los ausentes nunca se sentó la tristeza”. Y lleva consigo a Vallejo, su “poeta de la guarda”.

Afanoso ante todas las artes, despliega el ardid de estos placeres a sus anchas y los comparte. Cincela, pinta, martilla y ejecuta su batería de palabras, como en un canon de coro de niños que hace eco de sus gustos: Hopper, Morandi, Velázquez, Durero, Millet, Delvaux, Leonardo, Goya, Degas o Gauguin, entre tantos. Al leer al poeta, queda una lista de pendientes que son en sus libros los nombres propios. En esa categoría también están los ríos, quizá los que hayan logrado algunos de los poemas más bellos sobre los paisajes de su país, sin contar los epígrafes y dedicatorias, que son un salvavidas amable para el lector, en eso de ampliar la vista que excede a sus imágenes. Y su eterna Casandra… ¿Qué mejor que una obra reunida, además de saciar con suficiencia, deje algo de sed?

Esta poesía de la ‘fiereza’, como festeja Gonzalo Rojas, se permite más de una vez la autocita. Hay palabras en el diccionario Roca que podrían ser a esta altura oportuno lugar común, su marca de agua: panales del silencio, el viento que se enjaula (“ese Hamlet desolado”), las moscas, las madrastras, la mortaja y los locos. En un registro muy pocas veces sibilino, van la usura, el vacío, el silencio y los fantasmas; la muerte, que es “madrastra del vacío”. Un ejército de sombras, el ángel, los perros góticos y la lejanía. También están las mujeres que lavan el agua, el agua que es ágrafa y el agua que se lava. La niebla y la bruma son las paredes de la casa. Pero es, sin dudas, la palabra ‘escamotear’ la que sirve de cimiento.

El escritor, quien se dice sin oficio definido, podría haber sido cantante de tangos o el mago que ensayó en su infancia, pero eligió convertirse en un Moliner colombiano y extravagante, el creador de un diccionario para incitar al juego. Las trincheras, los hospicios y las tabernas; los mercados, los anticuarios y los salones; las funerarias y las iglesias son sus lugares.

De los ciegos, como advirtió Héctor Rojas Herazo, “ama la tensa afinación de los sentidos, su destreza olfativa, su acechante disciplina para quedar en suspenso, oyendo y oyéndose, buscando rumbos entre los señuelos y susurros de su personal oscuridad”. El momento es a menudo la madrugada. “La noche viaja hasta la blanca estación de los rocíos,/ O pasa su tiempo colocando en los faroles/ Una danza de sombras y membranas./ ¡Qué más puedo decirles de la noche!/ Va de viaje con el viento/ Decretando la abolición de las fronteras”, como en el poema Ciudadano de la noche, que da título al libro de 1989.

El hombre del sombrero gris

En tiempos de poetas de versos magros, los de Juan Manuel Roca son de un grito agudo y rebosante. La prosa poética tiene dejos de crónicas, que más adelante se vuelven eso en sí mismo y hasta así se hacen llamar. De Biblia de pobres, la Crónica de Quibdó tras la lluvia quizá sea el texto que alcance los parajes más altos de toda una estética.

Leyéndolo, dan ganas de ponerse su sombrero o ampararse en sus paraguas para observar la vida desde el tedio y el respaldo de la academia, o junto al licor de los poetas que se embriagan de ocio, aún a riesgo de encontrarse con todos los que fue y sus propios fantasmas. Aunque, a decir verdad, la abundancia de toda una vida desguazando significados, permite hacer el recorrido de su mano —con él y con su sombra. Dan ganas, decía, de pasear bajo la lluvia, con “El puntilleo de la lluvia”, con “el cincel de la lluvia” o bajo “los taladros de la lluvia”; con la que “enjaula el paisaje”, con la “timbalera (que) es la lluvia” o hasta con la “lluvia leprosa”. Acaso la metáfora sea, al fin, una forma de desquitarse por esos crueles apodos de los niños o un recurso para domar lo que nos rodea, por dentro y por fuera.

“En realidad, me hubiera gustado ser/ El gato de Alicia/ Que se desvanece en el aire/ Y deja solamente el templo de su sonrisa”, reflexiona en La farmacia del ángel. A lo largo de los cuarenta y tres años que recorre este Silabario… reiteradas son las veces que se pregunta sobre el oficio del poeta. “Porque uno no es el atril donde las gentes/ Quieran leer sus arrulladoras palabras”, se enoja en Ladrones nocturnos. Tal vez pueda imaginarse al maestro enjaulando sus ideas en servilletas de bares o libretas, y llevándolas como amuleto en el bolsillo de su traje oscuro o su morral, durante largas caminatas por Bogotá. Él insiste: “Los poetas prefieren guardar el secreto y proclamar que no existen, aunque a cada rato los vean, como al basilisco y las sirenas, al unicornio y el centauro”, o cuando dispara “Te dirán que ese asunto del poema es cosa de hombres desdichados”.

No sería Roca quien es si se tomara su trabajo con pompa y creyera ciegamente en los muchos premios y reconocimientos recibidos, si se abrigara en la certeza de la impronta de su obra en esta y otras épocas siguientes: “Y todos los poetas los engolados los puros/ Los amorosos los solemnes y los piojosos/ Todos los arrogantes y soberbios poetas/ ¿Van a morir? ¡Yeah! ¡Tres veces yeah!”, grita y se divierte al final del poema El rock de los adioses.

En Las hipótesis de Nadie, poema que da nombre al mismo libro, dice de una forma muy bella: “Puede ser el viento./ La página en blanco. Puede ser./ Puede ser el que viene/ Borrado por la lluvia (…) El ladrón de lejanías./ Puede ser el viajero de sí,/ El nómada de sí mismo”. De los poetas asegura que “viven recostados en la hierba” y es en Monólogos donde duda y se confiesa: “Escribo con carboncillos de sauce./ Me pregunto qué trozo soy del paisaje”.

Viajero de sí, anda por su cuerpo y fuera de él. Porfía con la fórmula de ‘mi ciudad’ y hasta invita a la tentación de pensar en ella como en su Medellín natal, incluso en la Bogotá en donde vive, pero es preferible quedarse con la opción de la ciudad donde queda su casa, que es su cuerpo, en la que habita su poesía. De ‘mi país’, el de su imaginería, se infiere que los cuadros se instalarían en los parques —no en los museos—, al amparo de la lluvia bajo inmensos paraguas y la compañía del incesante arrorró de la Singer que pedalea su madre. Pero, cuando habla de ‘este país’, en cambio, sí se piensa en el compromiso y en el desencanto, en que inventa un mundo fantástico que discurre en simultáneo al real, para hacer posible resistir al verdadero.

En este arco policromo, ¿dónde hallar, entonces, el mayor magnetismo? A lo mejor en la hondura de nueve líneas del texto Parábola del vacío:

“En la umbría capilla,

Entre olores de cirios

Y una ración de eternidad,

El predicador

Demandó a sus fieles

Que pusieran

En el saco las limosnas

Lo que poseyeran de más.

Lo llenaron de vacíos.”

Cuando se entra a este universo, difícil es salir de él; el mundo corre el riesgo de parecer insulso, escaso, un aturdidor de sinsentidos. Hacia el final del libro, de su obra toda con diecinueve títulos, más otros poemas hasta el momento inéditos, la poesía se hace más sosegada y plácida. Da la sensación de que el Poeta se permitiera de una vez por todas tirarse sobre la hierba, lo que no quiere decir en modo alguno abandonar la intensidad, menos aún la voz, de la que ya no tiene escapatoria. Nada más inapropiado ante un poeta de las dudas que pretender sentencias que aspiren a una verdad, pero este Silabario del camino, que se editó en el año en que Juan Manuel Roca celebra sus 70 años, está condenado, sin duda alguna, a perpetuidad.

Roca, Juan Manuel, Silabario del camino, Poesía reunida (1973-2014). Confiar y Letra a letra, Bogotá, 2016.

Memoria del agua (1973)

Luna de ciegos (1975)

Los ladrones nocturnos (1977)

Señal de cuervos (1979)

Fabulario real (1980)

País secreto (1987)

Ahasverus, judío errante (1987)

Tríptico de Comala (1989)

Ciudadano de la noche (1989)

Pavana con el diablo (1990)

Monólogos (1994)

La farmacia del ángel (1995)

Teatro de sombras con César Vallejo (2002)

Hipótesis de nadie (2005)

Testamentos (2008)

Biblia de pobres (Biblia Pauperum) (2009)

Temporada de estatuas (2010)

Pasaporte del apátrida (2011)

Luis Vidales en clave de Morse (2012)

No es prudente recibir caballos de madera de parte de un griego (2014)

Poemas sin libro

 

* Carolina Zamudio (1973): poeta, periodista y narradora.

Carolina Zamudio

Carolina Zamudio. Curuzú Cuatiá, Argentina, 1973. Poeta, narradora y periodista. Publicó los poemarios "Seguir al viento" (Argentina), "La oscuridad de lo que brilla", edición bilingüe (Estados Unidos), la antología "Doble fondo XII", junto a Víctor López Rache (Colombia), con el título "Rituales del azar", y las plaquettes "Teoría sobre la belleza y otros poemas" (Argentina) y "Las certezas son del sol", (Argentina). Periodista y Magíster en Comunicación Institucional y Asuntos Públicos. Fue incluida en antologías de Argentina, Colombia, España, Estados Unidos e Italia. Ganó el Premio Universitarios Siglo XXI del diario La Nación. Condujo el ciclo radial “Los libros no muerden”. Trabajó por más de quince años en la Argentina como periodista gráfica y radial. Residió en Abu Dhabi, Emiratos Árabes Unidos; Ginebra, Suiza, y Barranquilla, Colombia, donde vive en la actualidad.

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