Maurice Pialat. La agonía atormentada de un maestro. Parte I

 

 

Por: Juan Guillermo Ramírez

 

 

Cada uno es feliz cuando es todas las cosas, e infeliz cuando no es más que un individuo.

Arthur Schopenhauer.

 

 

El Festival de Cine Francés en su sección Clásicos, presenta un merecido homenaje al realizador francés Maurice Pialat (1925-2003), con la exhibición de algunas de sus películas. Podría haber participado generacionalmente en la fundación de la Nouvelle Vague pero, tras realizar su primer cortometraje profesional El amor existe en 1960, no consiguió comenzar en el largometraje hasta siete años más tarde. A pesar de que L’enfance nue (1967) es un film que muestra a los niños acogidos a la Asistencia Pública desde una perspectiva que recibió la explícita bendición de Truffaut, su realizador siempre se ha mostrado reacio a ser considerado como un heredero natural de la Nouvelle Vague. Cineasta eternamente situado a la contra, ha filmado retratos oblicuos de su crisis matrimonial, No envejeceremos juntos, 1972, o de la agonía de la madre, La guele ouverte, 1974, antes de regresar al mundo de los adolescentes en Passe ton bac d’abord, 1978, en el seno de una trayectoria donde sus películas “son como fragmentos de materia viva y sufridora: finalmente, no se filman más que heridas -dirá más tarde- que poseen su propia anatomía y segregan sus propios principios vitales” (Jean Michel Frodon, editor de Cahiers du Cinema, 1995). La entrega incondicional que exige a sus actores, parecida a la identificación impuesta por Eric Rohmer a los suyos, se traduce en la desnuda brutalidad que destilan sus imágenes.

Como Jacques Doillon, el realizador de A nous amours, 1983, no duda en interpretar personalmente la figura del padre autoritario cuando se trata, como en este caso, de abordar la relación con una hija en el film que por otra, supuso la revelación como actriz de Sandrine Bonnaire. Pero, en el más puro estilo “cinema-verité”, Pialat también fue capaz de modificar el guión original, donde estaba previsto que este personaje muriese, para aparecer de improviso en el plató del rodaje de una de las últimas escenas y poder captar así la sorprendida reacción del resto de actores. En acertada definición de José Luis Guarner, “al lado de ese caníbal de la realidad, Claude Chabrol, implacable pintor al escalpelo de la burguesía provinciana francesa, resulta casi un cronista oficial de la villa”.

“El cine de Maurice Pialat está vivo, palpita, pero es inevitablemente doloroso y está impregnado hasta las últimas consecuencias por esa impresión de realidad insistentemente reclamada por André Bazin”.

Tras Loulou (1980) y Police (1984), Sous le soleil de Satan (1986) supone la tercera colaboración de Pialat con Gérard Depardieu, un actor apto para meterse en la piel de personajes dispuestos a desnudar sus sentimientos y emociones. En este caso se trata de la adaptación de una novela de Georges Bernanos que remite a Robert Bresson que en su día adaptó Le Journal d’un curé de champagne (1950) y a un cierto espíritu clerical que hubiese levantado aplausos ente los integrantes de la Nouvelle Vague. Treinta años después, lo que este film consiguió fue seducir a los componentes del jurado del festival de Cannes que le concedió una de las más polémicas Palmas de Oro. Tampoco es convencional la aproximación que el realizador haría en Van Gogh (1991), del célebre pintor holandés que morirá sin que su obra haya sido comprendida. Si Alain Resnais hizo de él un terreno abonado para la exploración cartográfica de sus telas, Pialat convierte su biografía en una reflexión autobiográfica que nada tiene que ver con la aproximación cinematográfica a la pintura realizada por Jacques Rivette en La bella mentirosa.

 

Police

El comienzo está dictado por un interrogatorio. Dos hombres sentados, mirándose frente a frente. Largos contracampos y campos que se contrastan. Un policía ha atrapado a un traficante de drogas e intenta sacarle alguna información, algunos nombres. Pero otro resiste, a la mejor manera de un estoico. El interrogatorio parece haber comenzado desde hace mucho tiempo atrás, y el policía comienza a impacientarse. Como si se hubiera aprendido el método maquiavélico, aquel famoso que dice que el fin justifica los medios, el policía no pone ningún elemento irónico ni mucho menos de humor en su lenguaje cuando le dice: “Si yo debo cogerte de la nariz te la parto. Y cuando la fracturo me convierte en alguien muy malo, y eso no me gusta”. Él dice simplemente la verdad. Y eso hace ganar tiempo. Police comienza con dificultad, parece no querer despegar y se sabe ya que para su primera incursión en el universo del polar –un subgénero del cine negro-, Maurice Pialat respeta una de las grandes leyes del género: su película tiene un héroe y este héroe es un buen policía. Pero ya que se está en un polar y en una película de Pialat simultáneamente, no hay ninguna oportunidad para que Mangin, el policía, interpretado por Gerard Depardieu, sea una especie del arcángel Gabriel que desciende sobre la tierra. Más bien se le siente inmediatamente honesto, eficaz y positivo.

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Más allá de su trama ligada al tráfico de drogas y proxenetas tunecinos que operan en Marsella y París, presupone y demuestra una existencia fallida en donde la sociedad sólo reconoce la adoración y acumulación del dinero y la posibilidad de amar a otro está interrumpida por la preferencia individual de querer conservarse y no ser lastimado.

Realizar un “polar” es acercarse a un género cinematográfico muy preciso y muy prolífico. Es, seguramente, el único género que nunca pasará de moda. El polar, para alguien cuyo oficio es hacer películas, es como un paso obligado, como un examen tácito de un saber hacerse cineasta. Con Police, Maurice Pialat explora muchos objetivos: muestra el trabajo de un policía en sus actividades cotidianas, cuenta una historia policíaca con tráfico de drogas, dinero robado, asesinato en las calles, y, a fin de cuentas, lo que él hace es relatarnos una historia de amor, porque Pialat, al mostrar a un policía, está mostrando a un hombre lleno de temores y de expectativas frente al amor y a los sentimientos. Una especie de Maigret moderno, una forma de doble retrato íntimo de Maurice Pialat y de Gerard Depardieu. En Mangin hay todo aquello que tienen en común.

Acabando de festejar sus 67 años, Police no es más que su séptimo largometraje en 18 años. Su primer largometraje fue La infancia desnuda, después vendría No viviremos juntos,  La boca abierta, Pasa tu bachillerato primero, y Loulou. El día del estreno de Police, venía acompañada de una carta abierta a los periodistas firmada por el mismo Pialat y decía: “El público recibe las películas de una manera muy pasiva, sin tener inquietudes, sin preguntarse siquiera si la obra fílmica tiene cierta calidad, si la facultad de recepción visual es muy viva. Los intelectuales son los peores espectadores que existen. Ellos no van a ver una obra, más que para confrontar sus ideas con aquellas que suponen sean las del realizador. No se dejan ver ni ven una película por puro placer. Ellos piensan en vez de alegrarse y divertirse”.

Police es una historia. La de un policía, la de una mentirosa, la de un abogado y la de un medio. El policía es una persona como cualquier otra, enfermo, nervioso, de mala fe; pero sobre todo, y ante todo, es un buen hombre. El abogado, interpretado por Richard Anconina, posee un pudor contenido. La mentirosa, protagonizada por Sophie Marceau, es admirable, justa y violenta. Ella encarna la mentira o el engaño como una mentira indeleble que se lleva y que se asume, como un combate que de antemano se ha perdido. El medio es el de la mafia confrontada a la maquinaria policíaca, y Pialat pinta las atmósferas densas y palpables, sin caer jamás en el documental demostrativo ni en la admiración complaciente. Simplemente son dos avientes reglamentados con sus miedos, sus odios y sus costumbres. Hace algunos años se decía, cuando se ama la vida, se va a cine. Hoy, cuando se ama la vida, porque es mezquina y soberana, porque es gris y luminosa, porque es inútil, entonces se puede amar el cine de Maurice Pialat.

Literariedad

Revista dominical que asume la literatura, la poesía, el cine y el teatro como calles, lugares de encuentro y desencuentro. ISSN: 2462-893X.

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