Reculada

Imagen: Joaquim Riaq.

 

El primer paso de este año fue hacia atrás, porque perdí un poco el equilibro debido a un líquido de dudosa procedencia que pisé, y espero que no sea ningún pronóstico o señal de lo que vendrá porque no creo en esas cosas que, de paso, sucedían frente a mis ojos mientras tanto: gente comiéndose doce uvas fervorosamente, seis verdes y seis rojas, una con cada campanada, mientras pedían sus doce deseos, uno con cada uva; otros bañándose con champaña rosada, unos por dentro y otros por fuera, todo hay que decirlo; alguien enseñándole su color de ropa interior a otro que lo miraba con gesto de aprobación y casi de admiración por atreverse a vestirse de amarillo, o mejor, a atenerse a su belleza interior; una señora sacando de sus bolsillos puñados de lentejas e indicándoles a los demás que las metieran en los suyos junto con una moneda de una denominación que ya está fuera de circulación; quienes hicieron juiciosamente un paquetico organizado con maíz, chocolate, lentejas, sal, azúcar y otros víveres para guardarlos durante todo el año; alguien que, como un poseso, partió hacia el río más cercano para sumergirse desnudo y dejar la soltería de una vez por todas; algunos que salieron disparados a darle la vuelta a la manzana, sin mirar atrás, con una maleta en la mano derecha; una abuela rezando concentrada, con los ojos cerrados, de memoria, el salmo noventa y uno; la dueña de la casa en donde estábamos, haciendo un sahumerio acompañado con una vela blanca recién encendida; una de las hijas de la señora, barriendo de adentro para afuera; el hermano de la anfitriona, previo convenio con ella, haciéndose un baño con jazmín y romero; alguien guardando entre su billetera un billete que deberá conservar durante todo el año para tener dinero; el esposo de la dueña de casa, por su parte, dirigiéndose automáticamente a sacar una de las tres papas de debajo de la cama  que previamente había lanzado allí sin mirar; algún hombre, que no sé bien quién era, repitiendo el acto de las papas pero extrayendo un vaso de agua con un huevo sin cáscara dentro de él; unas señoras bebiendo de su copa de champaña como si nada, aunque en ellas se encontraran sus joyas; alguien poniendo en el interior de su zapato tres hojas de laurel para luego quemarlas al aire libre; la tía de la anfitriona realizado la novena de San Patricio; otros recorriendo cada rincón de la casa, buscando piedras de sal marina para ir a bañarse con ellas del cuello hacia abajo; el hijo menor de la casa, imagino que entrenado por sus padres, colgando una hoja de sábila en la puerta de entrada de la casa; y hasta quienes se abrazaron de primeras con una persona del sexo opuesto, quizá por casualidad o porque mis ojos ya estaban lo bastante predispuestos a creer que era por alguna razón que no lo hacía de otra manera o que nada más abrazaron a quien tuvieron más cerca.

Todo esto, y quién sabe cuántas cosas más que no pude ver, sucedió en apenas un minuto. Lo que me hizo pensar que si mi paso atrás tiene algo que ver con lo que vería en el nuevo año, con retroceder, sin duda esto, todo esto, estaría ya incluido entre lo más extraño. Espero que haya sido suficiente, porque por andar fijándome en eso, no me bebí el café que me había preparado para tomar justo a las doce, mientras leía un poema que había seleccionado al azar de un libro del que no había leído ni el título.

Sergio Marentes

Animal que lee lo que escribe.

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