Discordancia

Imagen: Jaime Villaseca

Casi siempre, cuando me reflejo en el espejo, veo al que dicen que soy o al que creen que soy. Aunque no siempre he tenido que verme obligado a ello, algunas veces he sido quien he querido ser y muchas lo que tuve que ser. Vengo de ver allí a un hombre tan parecido al presidente de los Estados Unidos de América que si me apuran diría que era él, aunque, por favor, no me apuren, que del afán viene lo que verdaderamente somos, y bien se sabe que a pocos les sirve la verdad, la verdad de otro. Pero lo más extraño no fue que lo viera sino que al salir del cuarto de baño me encontrara en la Casa Blanca, en un salón en donde se exponían las imágenes de los demás presidentes, mis predecesores, con una pequeña leyenda a modo de presentación o de legado para las generaciones futuras en la parte inferior. Más que imágenes, para los nativos de la fotografía, eran grabados en carbón realizados por la misma familia a lo largo de doscientos años. Luego de que me cerciorara de no ser observado, observado por alguien quiero decir, porque ya está rancia la noticia de que el país que yo gobernaba en aquel momento lo ve todo, bien sea a través de sus propios ojos robóticos o de aquellos extranjeros que tiene boca, me dispuse a leer cada una de las frases. Las había de todo tipo, desde la guerrerista hasta la progresista, desde la homofóbica y xenófoba hasta las incluyentes y humanistas. A la vez que leía, daba una mirada a los rostros y los compadecía o los respetaba, pero no pude dejar de fijarme en cada gesto, bien fuera falso o genuino, en cada pequeña mancha o sombra pero sobre todo en cada espacio en blanco, aquellos lugares del papel en los que, por la razón o la intuición, no había pasado el carbón ni la mano del artista generando un efecto de sombra o algo parecido. Y como tuve tiempo suficiente de ver cada retrato y leer cada palabra, y porque lo que más me gusta en la vida es alterar la historia, me tomé el trabajo de desordenas las palabras en cada pie de imagen hasta que el significado de las mismas fue diferente las veces posibles. Fue divertido en principio porque me imaginaba a esa estatua plana, hecha de blanco y de negro, de abandonos y presencias, decir las mismas palabras pero en otro orden, que es como si nos convirtiéramos en otro o tuviéramos una lengua ajena y esta se tomara las libertades propias del leguaje, haciéndonos quedar en ridículo o como unos desquiciados, o como cuando leemos, que somos todos menos nosotros mismos. Cuando ya no tuve más combinaciones posibles, me decidí por los pesados marcos que protegían las obras de arte del polvo o del tiempo. Los intercambié uno a uno y los imaginé entonces diciendo lo que no habían dicho o habrían dicho jamás. Todo esto, por supuesto, no por otro motivo que consolarme por el hecho de ser otro, pero otro que jamás me imaginé, como cuando alguien que nos conoce nos describe ante su memoria cuando ya estamos, aunque seamos nosotros mismos.

Sergio Marentes

Animal que lee lo que escribe.

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