No es el destino sino los azares

En particular siempre me ha llamado la atención el asunto del destino, de esa suerte de ruta que parece estar señalada desde que nacemos a la espera de que andemos el camino, sin importar que nos desviemos o nos escabullamos por senderos adyacentes, pues en algún momento algo nos arrojará de nuevo a donde corresponde. Así que del destino parece importar tan solo el final, lo cúlmine, esa meta que espera a que pasemos con los brazos en alto o la cabeza gacha, jubilosos o derrotados, humillados o altivos, vejados u ovacionados. Pero no creo en él; es decir, creo en el camino al que nos arrojan los mecanismos de la predisposición social o los vericuetos del azar, pero jamás en que haya para nosotros un único punto de llegada. De cualquier manera soy consciente, y es lo que más suele enfadarme, de que refutar las teorías del destino es un propósito absurdo, un objetivo imposible, necedades a las que uno se entrega con ahínco en medio de un debate familiar, una tertulia entre amigos o correrías momentáneas de pasillo para sofocar un poco los agobios de oficina.

Porque tal vez aquellos postulados del destino son los únicos que se reservan el derecho de mutar a como se vayan dando los acontecimientos. Uno puede estar predestinado para grandes cosas, pero si trastabilla, se va de jeta contra el piso y muere de una contusión cerebral, resulta que ese era su destino, es lo que estaba escrito, le tocaba. Trabajar una vida entera, luchar por un sueño o forjarse a pulso, son tan aliados del destino como lo son el azar, la casualidad o las eventualidades. En el extremo de la tozudez podemos alegar, en medio de la discusión, que uno puede correr en ese instante y arrojarse a las llantas de un camión o acabar de inmediato con la vida de alguien, tan solo para demostrar que cualquiera tiene el poder de torcer los designios, pero entonces el interlocutor apelará de inmediato a la idea de que justo ese era el destino, que estaba preconfigurado ya que un grupo de babosos se tranzaran en una discusión sobre la ineluctabilidad del destino y uno de ellos perdiera los estribos y corriera a acribillar a alguien. Si en un accidente nefasto o en medio de una súbita tragedia alguien muere es porque le tocaba, y si se salva es porque no, porque no estaban completos sus días o la vida le deparaba todavía grandes cosas que alguien había escrito para él. Me acordé de todo esto porque, a raíz de aquella fatídica tarde en Las Ramblas de Barcelona, comienzan a asomar las circunstancias que llevaron a cada una de las víctimas a caminar por esas calles con el asombro, la devoción y la extrañeza que todo turista lleva adheridos a la piel, sin intuir que asistían al final del camino, al final de los finales, que la estupidez humana en su versión más cruenta reservaba para ellos el punto exacto para dejar de ser en este mundo. Familias que recorrieron cientos de kilómetros para ir a encontrarse con la muerte en uno de sus días más alborozados, porque les tocaba; personas que desviaron su camino y en último momento decidieron transitar por el corazón de Barcelona aunque estuviera atestado de visitantes sin saber que unos minutos después morirían, porque les tocaba; otros más quienes decidieron entrar a una tienda atraídos por curiosos suvenires sin saber que aquella decisión intempestiva les salvaba la vida, porque no les tocaba. O te toca o no te toca, repiten como si fueran un mantra quienes se suscriben a la inexorabilidad del destino sin objeciones de ningún tipo.

Me resisto a creer que a uno le toque o no le toque morir de acuerdo a una puesta en escena que desde siempre ha esperado por nosotros, porque algo dentro de mí me dice que la vida se trata de una sucesión de azares, de un ir y venir sin saber para dónde aunque creamos saberlo, de un continuo cambio de ruta sin que siquiera lo intuyamos. Pero entre tanto tropiezo inadvertido se abre paso la vida y con ella van llegando dosificadas las conquistas por las que hemos trabajado, aunque también muchas veces reclame su lugar el extravío. Una mañana decidimos girar en una esquina porque la calle se nos antoja agradable o porque queremos caminar unos cuantos pasos más mientras hacemos tiempo para una diligencia que desde hace rato nos espera, sin advertir que aquella decisión pueda repercutir en nuestro porvenir o en el de alguien más. Entonces te sientas en un café que de otra manera no hubieras visitado, y resulta que tus gestos o tu fisonomía llaman la atención de alguien, porque le recuerdas a un amigo o a un ser querido de quien no tiene noticias hace ya mucho tiempo. Luego pasa que ese alguien, un par de días después, decide llamar a su amigo para saber qué es de su vida, para acordar con él un almuerzo o un par de cervezas, y ese amigo olvidado acepta la invitación sin saber que esa tarde en la que se encuentra con ese amigo de otros tiempos, que lo recordó mientras te veía a ti sentado en el café de aquella calle que decidiste transitar tan solo en el último momento, esa tarde en la que en otras circunstancias pudo haber estado durmiendo o viendo películas hasta quedar dormido, mientras regresa a casa, tal vez con las manos en los bolsillos, feliz de aquel encuentro, conocerá a la mujer de su vida mientras esperan los dos el cambio de luz en un semáforo, se casarán y tendrán dos hijos, uno de los cuales caerá en la drogadicción por malas compañías, lo que un día, veinte o treinta años más tarde, lo llevará, después de una noche alucinante, completamente enajenado o extasiado hasta el desquiciamiento, a enzarzarse en una brutal pelea con un joven que madrugó, como lo hacía siempre, a trotar cinco kilómetros a un ritmo endemoniado como parte de su preparación para una competición internacional en un deporte al que le entregaba la vida desde que era niño, sin sospechar que un hombre, un único hombre sobre la faz de la tierra, tú, decidió muchos años atrás hacer un poco de tiempo antes de una diligencia, tomarse un café y truncar desde el pasado sus sueños en la más completa inocencia.

A esto algunos le llamarán destino, pero yo le llamo la vida.

Andrés Mauricio Muñoz

Andrés Mauricio Muñoz (Colombia, 1974). Su libro de cuentos Desasosiegos menores, Premio Nacional de Cuento UIS 2010, publicado también bajo el título Hombres sin epitafio, por Ediciones Pluma de Mompox, fue considerado en los Premios Nacionales de Literatura Libros y Letras 2011 como uno de los cinco mejores libros de ficción publicados ese año en Colombia. Textos suyos han sido traducidos al árabe, alemán e italiano y aparecido en antologías de Colombia, España y México. Editorial Universidad de Antioquia publicó en 2015 Un lugar para que rece Adela, su más reciente libro de cuentos, el cual ha sido recibido con entusiasmo por la prensa y la crítica colombiana. El sello Seix Barral, de editorial Planeta, acaba de publicar su novela El último donjuán.

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