Tiembla el corazón de las palabras

Entrevista a José Ángel Leyva

Por Sofía Castillón

Fotografías: Santiago Arau

 

 

José Ángel Leyva (Durango, 1958) es poeta, periodista, editor y gestor cultural. Dirige la revista cultural La Otra. Revista de poesía+Artes visuales+Otras letras. Y también es (o mejor dicho, ante todo) una persona comprometida con la palabra y consciente de su propio tiempo.

 

¿Cómo viviste el sismo del 19 de septiembre?

Cómo la gran mayoría de los habitantes y visitantes de esta megaurbe, sorprendido, atemorizado y dolido cuando se toma conciencia de la dimensión  de la catástrofe, cuando sabes que la vida pende de un hilo y cuando adviertes que más allá de los daños materiales el dolor y la muerte campean en nuestro espacio. Los eventos naturales son inevitables, pero uno se pregunta qué tan naturales son estas desgracias, estas reacciones violentas de la Tierra. Cuánto hay de responsabilidad humana en los huracanes, las inundaciones, los terremotos, los maremotos, la pérdida del valor a la vida que nos ha azotado en los últimos años.

 

 

¿Qué recuerdos tenés del sismo de 1985? ¿Encontrás puntos en común con este último?

Yo tenía acaso un año y medio de llegar a esta ciudad, llamada entonces Distrito Federal, y la cual carecía de democracia, porque al Regente o Jefe de Gobierno lo nombraba directamente el Presidente de la República, sin considerar un ápice la opinión y mucho menos la voluntad de la ciudadanía. Eran épocas de dominio absoluto del PRI-Gobierno. Reconozco que a pesar de todo ello, era aún una ciudad más o menos vivible, pero ya comenzaba a sentirse el flagelo de la delincuencia y la impunidad. La corrupción era algo palpable.

No tenía la más remota de lo que era un temblor, mucho menos sabía, como la mayoría de los habitantes, que yo llamo habitantos, lo que se debe hacer en caso de un temblor de tierra. Y vino entonces mi experiencia. Nadie salía a las calles a pesar de lo brutal del movimiento telúrico que sacudía los edificios, hacía caer muebles, cables, postes, anuncios, etcétera. Así que regresé a mi cama para ver desde allí la furia de esa bestia que intentaba echar abajo la estructura del edificio. Todo quedó en silencio y enseguida se llenó de ruidos de ambulancias, bomberos, patrullas. Vino la conciencia de la tragedia, más no la claridad de sus dimensiones. Daban ganas de regresar a mi provincia donde nunca pasa nada, y cuando digo nada es nada.

Unas horas después el despertar de la gente, de la ciudadanía, fue impetuoso y sin restricciones. El Gobierno quedó rebasado y paralizado, evidenció su incompetencia. La sociedad tomó el control de la situación en sus manos. Surgía de los escombros una ciudadanía entera, madura, solidaria. Vinieron entonces movimientos populares, nuevos líderes, figuras y personajes como Superbarrio que escondido tras una máscara representaba a los sin casa, a los desalojados, a los damnificados o a los afectados por el terremoto. Se dice que el sismo vino a poner fin a 70 años de dominio priista. Al menos en la capital del país, donde se vivieron horrores, como la masacre de estudiantes y del pueblo en 1968 sin que pasara nada, incluso la realización de los Juegos Olímpicos.

El 19 de septiembre de 1985 quedó como una marca profunda en la memoria de los capitalinos o chilangos, pero creo que de todo el país. Fue una amargo despertar ciudadano, incluso sin metáfora, porque fue a las 7 de la mañana. Al día siguiente, cuando vino una réplica de grandes proporciones, el terror y la conciencia estaban ya amalgamados. Por fortuna no tuvo consecuencias. Lo más importante de esa fecha se recuerda, además de las víctimas y las heridas urbanas, por la vocación solidaria de los mexicanos, por su extraña disciplina en la desgracia.

Eso mismo es lo que hemos podido atestiguar con orgullo y con asombro este nuevo 19 de septiembre, 32 años después.

 

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¿Cómo ves las respuestas del Estado y de la sociedad mexicana?

De la sociedad ejemplar, del gobierno y de los medios masivos deplorable. El gobierno, más que ayudar ha intentado capitalizar políticamente la tragedia. Los medios han pretendido crear telenovelas, explotando la sensibilidad popular para inventar historias que eleven el rating, pues cada vez hay menos gente que ve la televisión. La simulación y el engaño, más la corrupción y la impunidad son instrumentos de las oligarquías nacionales para mantener el control social y desvirtuar la riqueza cultural de este país.

La participación ciudadana deja en claro varios asuntos, entre éstos que es capaz de autogobernarse, de organizarse, de responder solidariamente, de reconocerse en el otro, de que no está todo perdido, de que hay un sustrato humano y cultural para edificar y reconstruir la democracia, la paz, el futuro. De que hay mucho motivos para sentir orgullo de ser parte de esta historia, de esta cultura. El sismo deja al aire la corrupción, el maquillaje del desarrollo urbano, el pillaje, la rapiña política, la ausencia de legalidad en la construcciones que se vinieron abajo.

 

 

¿Qué pudiste ver sobre la reacción de las juventudes mexicanas en respuesta al sismo?

Que no está anestesiada, que está viva y alerta para tareas mayores, que no le es indiferente el otro.

 

 

¿Cómo ves el escenario social mexicano post-sismo?

Hasta el momento bien. Pero ya comienzan las acciones gubernamentales a intentar adormecer los ímpetus, a colgarse medallas. Son tiempos electorales. Pero soy optimista, creo que esta segunda señal es para que reaccionemos y pongamos fin a una larga etapa de dolor, de crueldad, de delincuencia organizada y no, de inexistencia de justicia, de endiosamiento de la impunidad, de brutalidad machista, de enajenación mediática.

Todos recordábamos 1985 por el desastre, pero poco atendían a la importancia del despertar social. Los mexicanos nos dormimos en nuestros laureles, la izquierda dejó de ser oposición para treparse al vagón de la conveniencia y el soborno, la derecha, que se jactaba de su carácter empresarial y su moral nacionalista mostró muy pronto su vocación predadora, su cinismo rapaz. El regreso del PRI ha sido feroz, porque si antes eran fieras las que dominaban ahora son aves de rapiña, animales de carroña. Pero las hienas ríen ya en todos los partidos. Confío en que la sociedad sepa valorarse y comience por sí misma a asumir su ciudadanía, a reconstruir el tejido social, a forjar ciudadanía. Sólo así habrá futuro para los mexicanos, que ahora tiene claro que la frontera norte, no es una barda de vecindad sino de exclusión, que al sur hay más de 300 millones de hispanohablantes y más de 200 millones de brasileños, que nuestro país posee cerca de 120 millones de habitantes, es decir, un mercado interno muy grande. Que somos un territorio abierto por todos los costados para dialogar y comerciar con el mundo. Que el problema no es la frontera norte, sino los propios muros culturales y sociales, mentales.

 

 

En Facebook publicaste una reflexión:

Tiempo de rebelión y de reconstrucción, que no nos mate el olvido ni la indiferencia, que no nos ponga de rodillas la culpa ni la ira, que no nos deje sin piernas la tristeza, pongamos a correr la sangre y empecemos de nuevo donde nadie se muera de obediencia y miedo. Si al norte hay una frontera al sur hay esperanza, la Tierra está rodeada de cielo y de señales. Comienza a temblar el corazón de las palabras. (No confundir esta reflexión con un poema, solo son pasos de un peatón en la cabeza)

¿Qué rol crees que tiene la palabra durante el proceso de reconstrucción?

Es fundamental para la resignificación de la realidad, del país, de la ciudad, del ciudadano, de la democracia, de la vida. Somos lenguaje, memoria, imaginación, sentido. A los ciudadanos les han quitado la palabra, o no se las han dado, o no la hemos defendido. En todo ellos los intelectuales tenemos mucha responsabilidad y culpa. Los intelectuales, es decir, todos aquellos que trabajan con la palabra, hemos permitido que ser pervierta la palabra, que carezca de valor y de sentidos, la hemos desgastado en ejercicios vanos y hemos asentido a conveniencia en usos equívocos y perversos. La palabra es un instrumento de poder y de transformación. La palabra niega o revela la existencia. La humanidad no ha estado a la altura de ese don, de esa virtud, de ese precioso instrumento. Se encarcela en nombre de la libertad, se asesina en nombre de Dios, se tortura en nombre del derecho, se desaparece en nombre de la vida, se miente en nombre de la verdad, se gobierna por la gracia divina, se calla por prudencia, se denuncia por patriotismo, se invade por ayuda, se odia por humanidad, se excluye por sanidad. La civilización no es digna del lenguaje, así lo demuestran las escenas de la destrucción de Siria, la desaparición de los 43 estudiantes normalistas en México, el asesinato masivo de migrantes en mi país, el armamentismo de los poderosos, el terrorismo en todas sus expresiones, la desigualdad abismal entre pobres y ricos, el hambre, pero sobre todo el disimulo y la cobardía de quienes niegan los significados de las palabras. Nombrar las cosas es el primer movimiento de la construcción y de la reconstrucción.

Literariedad

Revista dominical que asume la literatura, la poesía, el cine y el teatro como calles, lugares de encuentro y desencuentro. ISSN: 2462-893X.

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