«No hay sombra sin luz», un cuento de Mauricio León Guzmán

Fotografía analógica: Daniela Gaviria.

 

¿De qué manera nos puede seducir la luz o la sombra? Les presentamos un cuento de Mauricio León Guzmán (*) en el que somos víctimas de una serie de actos macabros provocados por una acompañante misteriosa.

 

 

Pero toda sombra es, al fin y al cabo, hija de la luz y sólo quien ha conocido la claridad y las tinieblas, la guerra y la paz, el ascenso y la caída, sólo éste ha vivido de verdad.

El mundo de ayer, Stefan Zweig

 

Hola, doctora. No pensé que usted fuera tan joven y bella, parece todavía una adolescente como yo. ¡Qué linda nariz tiene! Me encanta su consultorio, debe estar entre los más lujosos de Quito, me gustan las persianas blancas que tapan todo el ventanal, la iluminación con luz artificial. Esos adornos de objetos antiguos del hogar sobre la mesa son bonitos, en especial la plancha y el candil. La tijera también es hermosa y me recuerda todo, doctora, me recuerda todo. Le voy a contar lo que pasó. Nadie quiere creerme, doctora. Fue ella la que me incitó a cometer todas las agresiones. Lo que digo es verdad. Tiene que creerme. Fue ella.

Sí, desde la primera vez, fue ella la que me dijo lo que debía hacer. Yo tenía diez años y caminaba todos los días durante unos veinte minutos desde mi casa hasta la escuela Quito Luz de América. Siempre ella aparecía en las mañanas soleadas, solo podía ver su sombra y escuchar su voz. Se me acercaba y conversaba conmigo todo el camino. A veces se ubicaba a mi lado y otras detrás. La primera vez me dijo: «Corta las trenzas de Lucía», una compañera del quinto grado más bajita que yo, pero más delgada y bonita, con una nariz recta, bien proporcionada y sin ningún defecto. Y así lo hice. Tomé a escondidas una tijera de peluquero, parecida a su tijera, doctora, que guardaba mi madre junto a sus implementos de belleza, que le servían de poco pues mi madre es fea como yo, de ella heredé esta gigante nariz aguileña. Mi madre había comprado la tijera pensando en usarla para cortar mi pelo y ahorrar un poco de dinero. Tenía un mango negro y cuchillas de acero muy afiladas y puntiagudas. Mi madre nunca llegó a utilizarla, ni siquiera para igualar las puntas de mi pelo.

Lucía se sentaba en un pupitre delante del mío que era el último de la primera fila junto a la ventana del aula. Durante la clase con la señorita Julia, la profesora de Religión, saqué la tijera de mi mochila con lentitud, vigilando de que no me vieran, introduje los dedos pulgar e índice en los anillos, la acerqué con cuidado a la cabeza de Lucía y le corté con disimulo y suavidad unos quince centímetros de ambas trenzas rubias. Sentí un poco de temor mezclado con la satisfacción de haber cumplido la tarea encomendada. Luego, oculté bien otra vez la tijera en el fondo de la mochila, debajo de unos textos escolares y unos cuadernos. Los cortes los hice con tal cuidado que Lucía no se dio cuenta hasta que la clase terminó. Entonces, se puso a llorar y me culpó. Eso llamó la atención de la señorita Julia, que me tomó de la mano con fuerza y me llevó donde la Directora de la Escuela. Ella convocó de inmediato a mis padres para quejarse de mí.

Esa fue la primera de muchas veces que mis padres tuvieron que acudir a las convocatorias de la Directora por mis ataques a las niñas. Desde ese entonces ellos dejaron de amenazarse con el divorcio, pero siguieron peleando todas las noches, apenas volvían de sus trabajos. Ya no discutían por cualquier tontería, ahora el motivo era distinto. Se echaban la culpa el uno al otro por mi mal comportamiento: «Tú eres la responsable, por no vigilar a la loca de tu hija», decía mi padre. «Nuestra hija», respondía mi madre.

Nunca fui yo la de las ideas, doctora. Todo lo que hice fue porque ella, la sombra, aparecía y me lo proponía en el trayecto a la escuela, siempre bajo un sol mañanero luminoso: «Pínchalas en la espalda con la tijera», «Corta las tiras de las mochilas», «Cercena bichos y mételos en las loncheras», y así sucesivamente. Esas son solo algunas de las cosas que me decía, doctora. Todo eso y mucho más lo hice. Después de hacerlo me daba modos para devolver la tijera al lugar donde mi madre la guardaba. Cada vez que fui descubierta atacando a mis compañeras, la Directora y mis padres me preguntaban: «¿Por qué lo haces?». Yo aprendí a poner una expresión de ingenuidad, una cara de yo no fui, y siempre contestaba lo mismo, que no era yo, que ella, la sombra, me había obligado a hacerlo, pero no me creían, pensaban que era fruto de mi imaginación infantil. Los castigos nunca fueron muy severos ya que aseguraban que no era más que esa maldad inocente que tenemos las niñas. La mayoría de las veces me dieron la tarea de escribir en diez páginas de un cuaderno: No haré daño a mis compañeras, No haré daño a mis compañeras… Como si haciéndolo fuera a recapacitar y abandonarlo. Fue algo inútil, pues no era yo, era ella. Ella seguía apareciendo cada mañana de sol y acompañando mi andar. Mis padres, como cualquier padre, no creían que yo fuera capaz de imaginar tantas formas de malicia y solían decir: «Seguro estás en malas compañías». Y, en efecto, así era, pero ellos no creían mi versión y no se preocuparon por averiguar con quien andaba yo. Era ella quien planificaba esos ataques.

Mis compañeras me temían y me aislaron. Yo salía sola a los recreos escolares. Nadie se juntaba conmigo. Sentía cómo los distintos grupos de niñas dispersos a lo largo del patio clavaban sus miradas sobre mí y susurraban: «Ahí está la loca horrorosa». Hablaban y hablaban mal de mí sin parar: «Cuidado con la fea demente». Yo me sentaba en un rincón y permanecía allí con la cabeza hacia abajo, pero mirándolas de reojo. Mi única amiga y compañera era ella, la sombra, que empezó a incitarme a cometer actos cada vez más violentos: «Trae la tijera y llévala siempre contigo, te será muy útil», me decía. Desde entonces siempre cargaba conmigo la tijera. En ningún momento, mi madre se dio cuenta de que esta ya no estaba entre sus cosas. A pesar de su gran nariz, mi mamá nunca ha tenido el olfato necesario como para descubrir mis andanzas.

«Para, para, saca la tijera», me decía ella, la sombra, mientras caminábamos. Nos deteníamos un rato y nos gustaba contemplar el brillo del sol reflejándose en las cuchillas. Eso le hacía volar la imaginación e idear nuevos ataques a las chicas hermosas de la escuela: «Inicia una pelea con Aurora y córtale la cara», me dijo en una ocasión. A unas seis cuadras del colegio esperé a que pasara Aurora, una niña muy bonita, con un pelo lacio y negro que le llegaba hasta los hombros, y una nariz perfecta como la de una diosa griega. Era muy tímida. Nunca decía nada, muy calladita la pobre. La amenacé y empecé una pelea. Yo tenía la tijera en mi mano, pero esta vez la agarré del mango como si fuera un puñal. La moví varias veces con violencia cerca de su rostro. Aurora me miraba con unos ojazos verdes asustados, de pupilas brillantes y dilatadas, y me suplicaba: «No me hagas daño, por favor». Pero no me importó y le corté la cara, dejándole una herida abierta de unos cuatro centímetros. Amenacé a Aurora que, si contaba algo de lo sucedido, la próxima vez la mataría. Como el ataque ocurrió fuera de la escuela y no hubo testigos, ni mis padres ni la Directora se enteraron. Desde ese día, Aurora no regresó más a la escuela.

No sentí culpa o arrepentimiento de lo que hice. Ella, la sombra, tampoco lo sentía. Más bien me daba nuevas ideas, cada vez más perversas. La siguiente ocasión me esperaba como de costumbre en mi caminata matutina a la escuela. El sol me pegaba en la mejilla izquierda y ella anduvo a mi lado derecho, rezagada apenas un poquito. Su voz murmuraba a mi oído: «Tienes que escarmentar a tus compañeras». Seguimos caminando varias cuadras bajo el sol. «Elige a Alba, es débil, no podrá defenderse». Llegué a la escuela y busqué a Alba, una niña muy delgada, tan flaca que sus piernas parecían las patas de un flamenco chileno. Pero era muy guapa, de tez blanca, con una bella nariz recta y respingona, cuya punta se inclinaba hacia arriba con sutileza. «Síguela a su casa sin que lo note. Identifica un lugar en el trayecto donde puedas atacarla», dijo la sombra. Aceché a Alba por varios días. Anduve tras de ella hasta conocer bien cada una de las casas, parques y terrenos baldíos que se encontraban en el trayecto. «En ese terreno puedes hacerlo, está suficientemente apartado como para que no llame la atención. Llegó el momento de ejecutar lo planeado», dijo la sombra. Entonces seguí a Alba, al igual que en los días anteriores. Una cuadra antes de llegar al lugar elegido, me acerqué poco a poco. Caminé sin hacer ruido, muy despacito, detrás de ella como si fuera su sombra, una sombra que no se despegaba pero que guardaba silencio. «Prepárate. Saca tu tijera. Ahora es cuando. Hazlo», dijo la sombra. Empujé a Alba hacia el terreno con tanta fuerza que cayó de bruces. Aproveché para lanzarme sobre ella y clavarle seis puñaladas en la espalda que reventaron sus pulmones. Alba gritó, pero nadie escuchó. «Muy bien, lo hiciste. Ahora vete, antes de que alguien aparezca y te vea», dijo la sombra. Di media vuelta y corrí a mi casa. Al siguiente día, la Directora vino al aula y nos dio la noticia: «Ha muerto su compañera Alba», nos dijo con los ojos lagrimosos. Pasaron los meses y no se supo nada más de lo sucedido.

Cuando llegó el invierno, los días se pusieron grises, nublados, lluviosos y fríos. En mis recorridos a la escuela, ella, la sombra, no apareció. Mis padres descansaron unos meses de las llamadas de la Directora, pero siguieron peleando entre ellos cada noche. Las amenazas de divorcio emergieron de nuevo. En la casa todo parecía haber vuelto a ser como antes. «Ya no las aguanto más, feas narizonas», gritaba mi padre.

Con la entrada de la primavera, el sol volvió a brillar en las mañanas y ella, la sombra, también regresó. «Ya estoy aquí nuevamente. Busca a Marisol. Ya sabes lo que tienes que hacer», dijo la sombra. Marisol era igual de delicada y bella que Alba, pero un poquito más robusta, con una nariz simétrica y pequeña y unos cachetes rosados que la hacían parecerse a un ángel. Hice lo mismo que con Alba. La espié con precaución por varios días hasta conocer bien el trayecto y ubicar el lugar donde la asaltaría. Una vez que repasé todos los detalles y estuve segura, elegí el día de la agresión. Arremetí contra Marisol camino a su casa, haciéndola caer boca arriba. Me lancé sobre ella como una leona sobre su presa y la acuchillé tantas veces que perdí la cuenta. «Listo. Ahora vete. No pierdas tiempo. Huye», dijo la sombra. Pensé que Marisol había muerto. Pero no fue así, un morador del lugar, que escuchó los gritos a lo lejos, la encontró desangrándose y llamó a una ambulancia. Marisol perdió el conocimiento y estuvo así varios días en la sala de cuidados intensivos de la Clínica La Luz. Sabía que fui yo quien la atacó. No fue tan débil como pensé. La sombra me dijo: «Ve y termina lo empezado». La obedecí y fui a la Clínica llevando la tijera escondida en mi mochila, subí al sexto piso, donde se encontraba Marisol. No estaba permitido visitarla y la resguardaban policías las 24 horas. Aproveché un descuido de las enfermeras y los guardias durante el cambio de turno y entré a la sala. Me acerqué a Marisol, que tenía los ojos cerrados y estaba inconsciente. Saqué la tijera de la mochila y me disponía a clavarla en su corazón, cuando escuché que abrieron la puerta. Asustada, guardé con rapidez la tijera nuevamente en la mochila. «Niña, ¿qué haces aquí?», dijo una enfermera, «tienes que salir de inmediato». Me tomó con fuerza de la mano y me sacó a empujones. No tenía caso volver e intentarlo de nuevo, era imposible.

Cuando Marisol recobró la conciencia, avisó a sus padres y ellos me denunciaron a la policía. Enseguida los agentes irrumpieron en mi casa y me llevaron detenida. Me expulsaron de la escuela y la noticia se propagó por todo Quito como la llama encendida de una mecha de dinamita. El fiscal que llevaba mi caso no pudo probar mi intervención en la muerte de Alba, pero los jueces me sentenciaron por el intento de asesinato de Marisol a seis años de reclusión en la correccional de menores. Por buena conducta me rebajaron la pena a cuatro años.

Hoy se cumplió la condena y salí por fin, doctora. En la correccional todo era oscuro, no entraba el sol ni siquiera en el patio. No había ni un atisbo de luz natural. Por eso ella, la sombra, dejó de acompañarme, nunca apareció en todo ese tiempo. Al inicio, mis padres venían juntos a visitarme cada semana, pero el último año se alternaban una vez al mes y solo uno de ellos lo hacía. No soportaron la situación y finalmente se divorciaron. Mi mamá dice que estuvo buscando otra escuela en todo Quito, pero que ninguna quiso aceptarme. Por eso decidió que nos mudáramos donde nadie nos conociera. Ya me matriculó en el colegio de niñas Sendero de Luz, en Guayaquil, cerca de la nueva casa donde viviremos. Esta semana viajaremos para allá.

Mi madre piensa que necesito ayuda profesional de una psiquiatra, que el apoyo psicológico en la correccional no fue suficiente. Y aquí estoy, doctora, en su consultorio. ¡No puedo creer que usted sea tan joven y bonita! Me gustan los adornos en la mesa. ¡Qué linda la tijera! ¿Le importa si la cojo? Es hermosa y todavía está muy afilada. Mire, me lastimé el dedo, pero no se preocupe, estoy bien.

Como le contaba, mi mamá y mi papá creen que tengo problemas mentales. Pero ya le dije, doctora, no fui yo quien ideó todo eso que le conté, fue ella, la sombra me obligó. No estoy loca. Tiene que creerme. Ella me ha incitado a hacer el mal. No he sido yo. ¿No me cree, doctora? Venga conmigo. Vamos afuera. Sígame. Verá que no miento. Vamos para que usted mismo la vea. Hoy es un día soleado, esos días ella aparece. Venga, vamos. Camine un poco más. Mire, aquí está, junto a su sombra, doctora. ¿Escuchó lo que me dijo?

 

 

(*) Mauricio León Guzmán. Ecuatoriano, residente en Chile. Economista, máster en Economía y Doctor en Ciencias Sociales. Algunos de sus microrrelatos y cuentos han sido finalistas en concursos como el Festival Internacional de Cine de Terror de Atacama-FICTA 2020 (tercer lugar, categoría Adultos); Premio Flexus 2020 de la Revista Origami, Chile, y El sillón de terciopelo verde, Aragón Radio, mayo 2021. Varios de sus cuentos han sido publicados en revistas y antologías.

Literariedad

Asumimos la literatura y el arte como caminos, lugares de encuentro y desencuentro. #ApuntesDeCaminante. ISSN: 2462-893X.

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